Prólogo I/II “El príncipe perfecto”
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Ser príncipe es algo que suena como un sueño.
Y lo es… mientras no seas tú el que tenga que vivirlo.
Porque desde afuera todo se ve perfecto: los salones iluminados, las telas caras rozando el suelo, las reverencias, las sonrisas que se inclinan ante ti como si fueras algo más que un título bien vestido. Es fácil enamorarse de la idea de una vida así.
Pero lo difícil es vivir dentro de ella sin asfixiarte.
Mi nombre es Felix. Príncipe heredero. Futuro rey.
Un título muy largo para alguien que, en realidad, nunca ha tenido la oportunidad de ser simplemente él mismo o sentir.
Desde que tengo memoria me enseñaron a existir de una sola forma sin derecho a negarme.
Me enseñaron a caminar recto, a no correr, a no reír demasiado alto. A elegir cada palabra como si fuera una pieza en un tablero. A mirar a los ojos sin mostrar lo que siento. A sonreír… siempre sonreír.
Mi padre decía que la sonrisa era una herramienta política.
Tiene sentido, supongo. Él mismo nunca la usaba.
Era un rey antes que cualquier otra cosa. Antes que esposo. Antes que padre.
Siempre impecable, siempre distante, siempre… suficiente para el reino.
Nunca para nosotros.
Mi madre era más distinta.
Ella sí sabía sonreír.
Pero no en público.
Recuerdo que cuando estaba conmigo o con Haerin —mi hermana pequeña— su expresión cambiaba. Se volvía suave, real, casi cálida. Como si en esos momentos olvidara el peso de la corona que nunca se quitaba del todo.
Pero bastaba que alguien entrara a la habitación para que esa versión desapareciera. En cuestión de segundos volvía a ser la reina perfecta. Elegante, serena, intocable.
Aprendí muy pronto que en este lugar, incluso el amor tiene un horario… y un público específico.
Crecí rodeado de todo.
Menos de lo único que realmente quería.
Porque sí, no me falta nada. Técnicamente lo tengo todo. Un reino esperándome, un futuro asegurado, un nombre que pesa más de lo que debería.
Pero el amor… ese nunca estuvo incluido en el paquete de rey.
Y aun así, siempre fui un loco romántico.
Ridículo, lo sé.
Pero de niño imaginaba historias como los cuentos de hadas en donde alguien llegaba por mí. No por mi apellido, ni por mi posición, ni por lo que representaba. Solo… por mí, por ser yo mismo.
Alguien que no necesitara una razón política para quedarse conmigo.
Un príncipe azul, supongo.
Lo irónico es que yo soy el príncipe.
Y aun así, nadie viene a salvarme.
En cambio, estoy a punto de hacer exactamente lo que juré no hacer nunca.
Casarme.
Sí, no les basta con controlar hasta mi sonrisa si no que también mis sentimientos, en el fondo siempre supe que uno nunca decide a quien amar pues esto en un sentimiento genuino pero como ya les dije, no tengo más opción.
El Consejo lo llama “Selección Real”.
Un evento cuidadosamente diseñado donde las familias más influyentes presentan a sus hijas —y en algunos casos, a miembros de su linaje— para ser evaluadas como futuras consortes. No es un baile, ni una celebración. Es más parecido a una inspección elegante disfrazada de tradición.
Cada candidata es observada, medida, analizada.
El castillo lleva semanas transformándose para eso. Nuevos arreglos, nuevos protocolos, nuevas rutas de seguridad. Los guardias han sido redistribuidos, ascendidos, reemplazados.
Todo se mueve con precisión acorde a la ocasión.
Todo funciona como debe de ser y como esta establecido.
Todo… menos yo.
Mi antiguo guardia fue reasignado sin ceremonia alguna. Nunca tuve una conexión real con él, así que su ausencia no dejó un vacío… solo espacio.
Espacio que fue ocupado por alguien nuevo.
No le presté atención al inicio.
Otra armadura. Otra figura inmóvil detrás de mí. Otra presencia obligada.
Hasta que dejé de verlo como parte del entorno… y empecé a verlo como alguien.
Era más alto que yo.
Mucho más.
Y eso, en un lugar donde todo está medido y contenido, ya llamaba la atención.
Pero no fue solo eso.
Había algo en su forma de estar.
Algo que me atraía y que me llenaba de curiosidad sin razón aparente.
Descubrí, sin demasiado esfuerzo, que el nuevo personal debía cumplir con ciertos requisitos: juventud, resistencia, lealtad comprobada. Nada de veteranos cansados ni figuras decorativas.
Eso lo situaba en un rango de edad cercano al mío… aunque claramente mayor.
Veintidós. Veinticinco, quizá.
Veinticinco años… dispuesto a dar la vida por él príncipe heredero.
No sé por qué, pero eso me hizo pensar más de lo que debería –y eso que aún no han encontrado forma de controlar mi pensamiento–.
No le vi el rostro completo al principio. La armadura cubría lo suficiente como para mantener la distancia necesaria. Pero había detalles que se escapaban.
Sus ojos, por ejemplo.
Oscuros. No simplemente negros… profundos. Como si ocultaran más de lo que mostraban. Había algo felino en su mirada, algo que no encajaba con la disciplina perfecta que se esperaba de un guardia real.
Y sus labios… Dios.
No debería haberme fijado en eso.
Pero lo hice.
Empecé a notarlo en los pequeños momentos.
Cuando caminaba detrás de mí, siempre a la distancia exacta.
Cuando alguien se acercaba demasiado, y él apenas inclinaba el cuerpo, listo para intervenir.
Cuando el silencio se alargaba y yo, sin razón aparente, era consciente de su presencia más de lo normal.
No era incómodo.
Era… diferente.
El día en que llegaron las primeras candidatas, me llamaron para iniciar el proceso de evaluación.
Sonreí, asentí, hice todo lo que se esperaba de mí.
Y antes de entrar a el gran salón dije que no me sentía bien.
No fue una mentira del todo.
¿Fue una falta de respeto dejar plantadas a las miles de doncellas y mujeres importantes? Sí.
¿Alguien iba a cuestionarme? No.
Ser príncipe tiene sus ventajas. Pero esa no fue la razón real. Había algo más interesante ese día.
Algo que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba decidido por nadie más.
Él.
Habían pasado semanas desde su llegada y, aun así, no sabía nada de él más allá de lo evidente. Y eso, en un lugar donde todo el mundo es un libro abierto para quien tiene el poder de leerlo, era… extraño.
Así que hice algo que normalmente no haría.
Me acerqué.
No fue un gesto impulsivo. Fue lento, calculado… como todo en mi vida.
Me giré lo suficiente para tenerlo frente a mí.
Y por un segundo, el mundo pareció ajustarse a ese pequeño cambio.
—Tu nombre —dije, sin rodeos.
El silencio duró lo justo para notarlo.
—Hwang Hyunjin.
Simple. Directo.
Lo repetí en mi mente.
Luego en voz baja, casi sin darme cuenta.
—Hwang… Hyunjin.
El nombre se sintió extraño en mi boca. Saboree cada sílaba.
Y fue en ese momento cuando ocurrió.
Una sensación leve, como una corriente que no debería estar ahí.
Lo miré de nuevo.
Y por primera vez desde que empezó todo esto…algo dentro de mí cambió ligeramente de lugar.
Sonreí.
No la sonrisa perfecta. No la que me enseñaron. Una real.
—Interesante…
Y no supe si lo decía por él… o por lo que estaba empezando a sentir. Porque si había algo que tenía claro en ese instante… era que, por primera vez en mucho tiempo, mi vida no se sentía completamente escrita.
Y eso…
era peligrosamente tentador.

﷽
— 𝓔𝓼𝓽𝓻𝓮𝓵𝓵𝓪 ✰
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