Introducción
Felix no era de los que se quejaban fácilmente.
Tenía un techo bonito, una madre algo cristiana y suficiente dinero para no preocuparse si quería cambiarse de color de cabello cada dos semanas. Había estudiado ballet desde pequeño en academias privadas, y ahora, a sus veintitrés años, estaba por graduarse de Musicología mientras trabajaba a medio tiempo para ahorrar con sus amigos.
Porque tenían un sueño: abrir una academia para chicos que no tenían la misma suerte que ellos.
Pero los sueños cuestan, y no solo en desvelos. Necesitaban patrocinadores, y rápido.
—¿¡Ir a la iglesia?!— su grito rebotó por toda la cocina.
—Felix, es solo un par de horas— respondió su madre, rodando los ojos mientras sorbía su café.
—¡Soy gay, mamá!— se agarró el pecho dramáticamente—
—Ser gay no te impide sentarte un rato a escuchar la palabra de Dios— le lanzó una mirada que no aceptaba réplicas.
—Lleva a Olivia...—
—Soy agnóstica, no cuenta— su hermana se encogió de hombros y salió de la cocina.
Felix suspiró, mirando el pase de la iglesia como si fuera un billete de ida al infierno.
—Mamá, ¿de verdad crees que de ahí saldrá un patrocinador para la academia?
—Créeme, cariño, la iglesia está llena de gente con dinero... y conciencia— le guiñó el ojo antes de salir.
Felix gruñó, pensando que prefería lavar platos mil veces antes de sentarse a escuchar a un pastor...
Pero si eso significaba cumplir su sueño, quizás valía la pena.
Lo que no imaginaba era que ese domingo, entre bancas de madera y sermones que le irritaba, conocería a un hombre con sonrisa suave y mirada intensa que lo haría cuestionarse si realmente estaba dispuesto a sacrificarse por su sueño... o por algo más.








