La Deuda del Ídolo

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Summary

​"Él era el hombre que yo amaba en silencio. Esa noche, se convirtió en mi pesadilla". ​Para Alex Nash, Marco Vane era su refugio y su mejor amigo; el hombre al que amaba desde las sombras de un vestuario, sin saber que Marco guardaba el mismo sentimiento, contenido por un miedo mutuo a romper lo que tenían. Pero una noche, tras una fiesta que prometía la cercanía que tanto anhelaban, el destino se tornó oscuro. Bajo el efecto de sustancias que nunca eligió consumir, Marco se transformó en un extraño, destruyendo su vínculo y aquel amor jamás confesado de la forma más traumática. ​Ahora, para salvar su carrera y sus secretos, Alex impone su propia justicia: Marco deberá ser su fiel sirviente en una búsqueda ciega de redención. Atrapados en un juego de desprecio y obediencia, ambos enfrentarán el castigo más amargo: un sentimiento que se niega a morir entre las ruinas de lo que pudieron ser.

Genre
Lgbtq
Author
Amber
Status
Ongoing
Chapters
22
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El bajo de la música retumbaba contra las paredes de la casa, una residencia amplia en las afueras que rebosaba de gente del círculo del baloncesto local. Marco, a sus veintiséis años, se mantenía cerca de la barra, moviéndose con esa calma sobria que siempre lo distinguía. No era que no supiera divertirse, pero tras varias temporadas en la liga, había aprendido a valorar más la tranquilidad que el caos de una fiesta de descanso por el Summit Showcase. Había aceptado ir solo porque Alex se lo había pedido; para él, ver a su compañero más joven disfrutar de su éxito era recompensa suficiente.

Desde su posición, Marco no le quitaba la vista de encima a Alex. A sus veintidós años, Alex era un torbellino de carisma. Estaba a unos metros, rodeado de conocidos y algunos jugadores que habían pasado por su misma universidad. Marco lo observaba con un afecto profundo, casi protector. Alex era su mano derecha en la cancha y su mejor amigo fuera de ella; verlo reír y desenvolverse con esa seguridad le producía una satisfacción silenciosa. Marco apretó los puños ligeramente, ensayando mentalmente las palabras que llevaba semanas queriendo decir. Había planeado que esa noche, lejos de la presión de los partidos, sería el momento de confesarle que lo que sentía iba mucho más allá de la amistad. Sin embargo, al verlo allí, tan radiante y lleno de energía, una punzada de duda lo detuvo. ¿Y si arruinaba lo que ya tenían? El miedo a perder su cercanía lo hizo retroceder, sintiendo que cualquier confesión en ese entorno ruidoso sería un error. En el fondo de su mente, Marco contaba los minutos para que pudieran irse, aunque la valentía empezaba a escapársele entre los dedos.

—Sigues siendo el mismo tipo analítico de siempre, Marco —una voz familiar lo sacó de sus pensamientos.

Era Julián. Habían sido compañeros en la universidad, una dupla que prometía mucho hasta que el destino los separó: Marco hacia la gloria de la liga y Julián hacia una oficina de seguros tras una lesión que nunca sanó del todo. Julián no era un extraño, era un viejo amigo a quien Marco todavía apreciaba, pero esa noche algo en él estaba fuera de lugar. Sus pupilas estaban dilatadas y su mandíbula se movía con una tensión rítmica que Marco, en su sobriedad, no alcanzó a interpretar como la señal de peligro que era. Julián estaba bajo los efectos de una sustancia; era la única forma que conocía para soportar estar en una fiesta llena de rostros que le recordaban el futuro que le fue arrebatado. Su hábito le permitía disimularlo ante los demás, pero por dentro, su percepción estaba lo suficientemente distorsionada como para creer que Marco, en su seriedad, estaba sufriendo tanto como él.

—Hola, Julián. Solo estoy tomando un respiro —respondió Marco con una sonrisa cordial.

—Estás demasiado tenso, hermano. Miras a ese chico como si fueras su guardaespaldas y no su amigo —Julián se apoyó en la barra. Para él, la rigidez de Marco era una de las peores ofensas, un desperdicio del privilegio que él mismo mataría por tener—. Relájate.

En ese momento, el teléfono de Marco vibró. Era un mensaje de Alex: «Sácame de aquí, por favor. Estos tipos no dejan de hablar de contratos y me aburro muchísimo».

Marco soltó una pequeña risa y se concentró en el móvil para responderle que lo vería en la salida en cinco minutos. Fue en ese breve instante de distracción cuando Julián, impulsado por la empatía distorsionada de la droga, vertió discretamente un vial de PCP líquido en el vaso de Marco. En su mente alterada, Julián estaba convencido de que le estaba haciendo un favor, dándole a su amigo la llave para que finalmente se soltara y dejara de observar la vida desde la barrera.

Marco guardó el teléfono, sintiéndose listo para irse.

—Me voy, Julián. Alex ya tuvo suficiente y yo también. Fue un gusto verte —dijo Marco, levantando el vaso para despedirse.

—No te vayas sin brindar por los viejos tiempos —insistió Julián.

Marco, queriendo ser amable con su antiguo compañero, dio un trago largo y decidido, terminando casi todo el contenido. El sabor era inusualmente ácido, con un toque metálico que le raspó la garganta, pero no le dio importancia. Dejó el vaso en la barra y caminó hacia Alex, quien ya se abría paso entre la gente con una expresión de alivio al verlo llegar.

Salieron al aire gélido del estacionamiento, pero el frío no logró despejar la bruma que empezaba a espesarse en el cerebro de Marco. Al llegar al coche, sacó las llaves del bolsillo, pero sus dedos se sentían como si pertenecieran a otra persona: torpes, pesados, incapaces de atinar al sensor de la puerta.

Alex, que caminaba a su lado con paso ligero y la mente totalmente despejada, ya que no había probado ni una gota de alcohol en toda la noche, se detuvo en seco al ver a su amigo tambalearse ligeramente contra el vehículo.

—Vaya, Marco... —Alex soltó una carcajada limpia, genuinamente divertido por la situación—. ¿En serio? ¿Solo unos cuantos vasos y ya no puedes ni con las llaves? Se nota que tu cuerpo es un templo demasiado sagrado para el licor. Dame eso, anda. El jugador disciplinado no va a conducir así —añadió con un tono protector y juguetón, arrebatándole las llaves de la mano con suavidad—. Súbete al sitio del copiloto antes de que te caigas. Vamos a casa.

Marco se dejó guiar. Se desplomó en el asiento de cuero mientras Alex se ponía al volante. Para Alex, la situación era casi una anécdota graciosa: por una vez, él era el adulto responsable cuidando de su mentor. Arrancó el motor y el coche se deslizó suavemente hacia la carretera.

Marco intentó sonreír, pero sintió que sus músculos faciales reaccionaban con un retraso extraño. Miró hacia el frente, notando que los colores de las farolas se volvían más vibrantes y que el sonido de la risa de Alex era lo más hermoso y necesario que había escuchado jamás.

—Debe ser la falta de costumbre, solo fue un vaso. Esto es raro —murmuró Marco, recostando la cabeza.

Ignoraba que, tras ese simple gesto de cortesía con un viejo amigo, su percepción estaba a punto de fracturarse, transformando su lealtad hacia Alex en un deseo posesivo y distorsionado que estallaría en cuanto esuvieran a solas.