Capítulo 1: El Arte de Desaparecer
El rumor de las primeras campanas de la mañana atraviesa los patios de baldosa fría como un escalofrío que despierta a los adoquines de su sueño de siglos. Son las siete y cuarenta y tres, según el reloj de pared del primer piso que nunca ha marcado la hora exacta desde que alguien en la administración del Liceo de Niñas de Curicó decidió que la puntualidad era un concepto más bien aproximado, como la temperatura del té en la taza de la secretaria o la buena voluntad del portero para abrir la puerta lateral antes del toque reglamentario.
Yo soy Martina Vidal y llevo tres años perfeccionando el arte de desaparecer.
No me refiero, desde luego, a una desaparición física, de esas que movilizan a los bomberos y ponen nerviosos a los inspectores. Mi talento es más sutil, más elaborado, casi exquisito en su precisión: yo me convierto en parte del mobiliario. Soy la undécima silla de la tercera fila, la mancha de humedad en el cielo raso que nadie se molesta en denunciar, el crujido de la madera que el oído clasifica como ruido ambiental y luego olvida. He aprendido a modular mi respiración para que se mimetice con el zumbido de los tubos fluorescentes, a cruzar las manos sobre el pupitre con una quietud tan absoluta que las profesoras pasan la lista mirando mis ojos sin verme, enumerando mi nombre como quien nombra una cosa predecible, una estación del año, un deber cumplido.
Vidal, Martina. Presente.
Siempre presente. Y sin embargo, nunca allí.
Desde mi rincón estratégico —la última butaca junto a la ventana que da a la Alameda Manso de Velasco, donde los plátanos orientales mueven sus ramas como dedos ancianos— he construido un mapa sensorial de este edificio que cumple, este año, ciento doce años de haber sido inaugurado con bombo y platillo por algún intendente cuya estatua hoy adorna la plaza con palomas en la cabeza. Conozco el olor de cada sala: el alcanfor rancio del salón de actos, el olor a tiza mojada del pizarrón cuando la profesora Lagos limpia con el paño demasiado húmedo, el perfume a sobacos y desodorante barato del gimnasio los lunes después del primer recreo. Conozco los sonidos: el eco de los pasos en la escalera de mármol, el golpe seco de las puertas de metal al cerrarse, el susurro de las faldas del uniforme cuando treinta y siete niñas cambian de postura al mismo tiempo en un suspiro de aburrimiento compartido.
Hoy es diecinueve de mayo y en Curicó hace frío.
No el frío limpio y poético de las novelas rusas, sino el frío húmedo y traicionero del Valle Central en otoño, ese que se mete por los huesos como una carta de cobranza y se instala allí sin pedir permiso. Mis dedos, apoyados sobre la carpeta de fórmica color madera, han perdido toda sensación térmica hace al menos media hora. Los noto como objetos extraños, como esos maniquíes de las vitrinas de la calle Merced, articulados y rosados pero profundamente inanimados. Respiro hondo y el aire entra por mi nariz con un filo de hierro, ese olor a encerado y pies mojados que define los inviernos curicanos con más precisión que cualquier informe meteorológico.
La profesora González escribe en la pizarra una ecuación que sus manos pequeñas y nerviosas convierten en caligrafía temblorosa. Ecuación de segundo grado.*Ax² + Bx + C = 0*. Los caracteres blancos flotan sobre el fondo verde como mensajes cifrados de una civilización a la que nunca he terminado de pertenecer. A mi alrededor, las compañeras copian, murmuran, pasan notas dobladas en triángulos perfectos que viajan de pupitre en pupitre con la sigilosa eficacia de los contrabandistas. Yo no copio. No paso notas. Mis manos, esas manos que ahora examino como si no fueran mías, guardan la quietud de las cosas que han aprendido a no esperar nada.
Observo a Dánae Rojas. Tiene el pelo recogido en una cola de caballo tan tirante que le estira las comisuras de los ojos hacia arriba, dándole una expresión permanente de sorpresa oriental. Está copiando los apuntes de Valentina Muñoz, que tiene la letra más legible del curso, una letra de imprenta mayúscula que parece salida de un cartel de propaganda política de los años sesenta. Dánae copia con una urgencia que delata su desesperación: no entendió la clase anterior, no entiende esta, probablemente no entenderá la próxima. Pero sonríe. Tiene esa sonrisa ancha y generosa de las niñas que han aprendido que su valor no está en las matemáticas sino en la simpatía, en el chiste oportuno, en saber el nombre del cumpleañero de turno.
Admiro a Dánae con la misma distancia con que se admira un fenómeno natural: es un huracán, un alud, una fuerza que no puedo ni quiero imitar.
—Vidal —dice la profesora González sin levantar la vista de la pizarra—. ¿Resultado?
El silencio que sigue a mi nombre tiene la densidad de una losa. Siento cuarenta y seis pares de ojos posándose sobre mi nuca, sobre mis hombros, sobre esa mancha de tinta que tengo en el dedo índice desde tercero básico y que nunca he podido quitarme del todo. Siento el peso físico de la expectativa, como una mano enorme que me aplastara contra el asiento. Mi boca se abre. Se cierra. Mis cuerdas vocales producen un sonido que no está a medio camino entre un carraspeo y un gemido, ese ruido de quien intenta hablar mientras aún está sumergido en agua.
—¿Perdón? —logro articular. La palabra sale pequeña, desvaída, como un calcetín perdido en el fondo del cajón.
La profesora González suspira. No es un suspiro de decepción, porque para decepcionarse habría que haber esperado algo, y ella hace rato que dejó de esperar algo de mí. Es un suspiro de trámite, el mismo que pondría al sellar un formulario o al marcar una asistencia. Repite la ecuación, la desglosa paso a paso con esa paciencia mecánica de quien cumple un protocolo, y cuando termina me mira con una neutralidad que aprendí a descifrar como el más absoluto de los desprecios: la indiferencia.
La indiferencia es el verdadero arte del desaparecido, pienso mientras finjo copiar la solución. Ser invisible no es que no te vean. Es que verte les dé exactamente igual.
El timbre del recreo me rescata como un salvavidas lanzado a un náufrago que ya había decidido dejar de nadar. El caos se desata: las sillas arrastradas contra el piso de baldosa producen ese chirrido que la profesora Lagos asegura que daña el esmalte dental, las conversaciones suben de volumen como agua que empieza a hervir, los pasos se multiplican en un eco de manada que se dispersa. Yo me quedo. Soy la última en levantarme, la última en guardar el cuaderno, la última en cruzar la puerta. No por lentitud, sino por cálculo: en los márgenes del movimiento hay un silencio que me pertenece, un bolsillo de quietud donde puedo respirar sin que nadie mida mis inhalaciones.
Me dirijo al patio de los naranjos, aunque los naranjos murieron hace tres inviernos y nadie ha tenido la iniciativa de cambiarle el nombre al lugar. Ahora solo quedan sus troncos cortados, como muñones de gigantes vencidos, y alrededor, bancas de cemento que acumulan el frío de la mañana como esponjas acumulan agua. Me siento en la más alejada, la que da directamente a la calle, y apoyo la espalda contra el respaldo de cemento sintiendo cómo el frío atraviesa mi chaqueta de lana, mi jumper de algodón, mi camisa blanca y finalmente mi piel, para instalarse en algún lugar cerca del corazón.
Abro mi cuaderno. No para estudiar, sino para escribir.
Escribo lo que veo: la señora Paredes, la vendedora de fruta de la esquina, que ya instaló su carretón con manzanas verdes y que hojea un diario cuyo título no alcanzo a distinguir. El perro callejero de color café que duerme en la puerta de la ferretería con la confianza de quien ha aprendido que la calle no ofrece peligros mayores que el ocasional puntapié de algún peatón apurado. Las hojas de los plátanos orientales, que este año han tardado en caer más de lo normal y que ahora se aferran a las ramas como ancianos al pasamanos del bus, con una dignidad desafiante que me conmueve más que cualquier discurso político.
Escribo porque escribir es la única manera que tengo de tocar el mundo sin que el mundo me toque a mí.
La pluma raspa el papel con un sonido que me parece el más hermoso del universo, más que cualquier sinfonía, más que cualquier canción de moda. Mis letras son pequeñas, apretadas, como si quisieran ocupar el mínimo espacio posible. Lleno márgenes con observaciones que nadie leerá, con pensamientos que nadie entendería, con esa materia íntima y secreta que conforma el verdadero territorio de Martina Vidal.
No sé cuánto tiempo pasa cuando una sombra se interpone entre el sol tímido de las once y mi cuaderno.
—Siempre aquí —dice Francisca Ramírez, la Fran, apoyando una rodilla en la banca a mi lado con una familiaridad que aún hoy, después de tres años, me sigue pareciendo milagrosa—. ¿No te aburres de estar sola?
La Fran es mi amiga.
Todavía escribo esa palabra con una mezcla de asombro y desconfianza, como quien escribe fantasma o tesoro escondido, conceptos cuya existencia ha aceptado por fe pero que jamás ha verificado con sus propios sentidos. La Fran es todo lo que yo no soy: alta donde yo soy mediana, ruidosa donde yo soy silenciosa, expansiva donde yo soy contenida. Tiene el pelo castaño oscuro, casi negro, y siempre lo lleva suelto, aunque las inspectoras le hayan llamado la atención trescientas cuarenta y dos veces (lo llevo contadas). Tiene la risa fácil, la sonrisa permanente, y una energía que parece alimentarse del mismo aire, como si estuviera conectada a alguna fuente infinita de entusiasmo que yo no alcanzo a percibir.
—No estoy sola —digo, y señalo el cuaderno con un movimiento de barbilla—. Estoy con mis apuntes.
La Fran se ríe y mete la mano en su mochila, extrayendo un paquete de galletas Serranita que parte al medio con un crujido que resuena en el patio vacío. Me ofrece la mitad con un gesto que es más orden que oferta, y yo acepto porque he aprendido que rechazar su generosidad la entristece.
—Leí tu bitácora de Lenguaje —dice con la boca llena, y yo siento un vuelco en el estómago, esa premonición de peligro que me acompaña cada vez que alguien nombra algún texto mío—. La profesora Luna dice que escribes mejor que cualquier alumna que haya tenido en veinte años.
Bajo la mirada. Las migas de galleta sobre mi jumper dibujan un mapa de constelaciones blancas.
—Eso es mentira —murmuro.
—Era una hipérbole, Martina. Obvio que es mentira, no ha tenido veinte años de alumnos. Pero el halago, ¿no te importa? ¿No te hace sentir bien que alguien reconozca lo que haces?
Pienso en la pregunta. La Fran siempre hace preguntas que merecen ser pensadas, y ese es uno de los muchos motivos por los que me cuesta creer que me haya elegido a mí entre todas las niñas de este liceo, entre todas las candidatas posibles. ¿Por qué ella, la reina del centro de alumnos el año pasado, la oradora de la ceremonia de aniversario, la niña que los profesores mencionan como ejemplo de liderazgo y compromiso, por qué había elegido sentarse a mi lado un día de marzo de primero medio, cuando yo ocupaba el mismo rincón de siempre y ella irrumpió con su mochila llena de stickers y su termo de té con forma de pingüino?
—No sé —respondo finalmente, y es la verdad—. No sé si lo que escribo es para que lo lean los demás. Creo que si lo leyeran de verdad, dejaría de escribirlo.
La Fran me mira con esos ojos oscuros que tienen la virtud de ver más allá de lo visible, de captar los matices que otras miradas ignoran. En su pupila derecha se refleja el plátano oriental, las ramas moviéndose con el viento de la tarde que empieza a levantarse.
—Eso es muy triste, Marti —dice, y suena como si realmente lo sintiera.
El timbre del segundo bloque nos devuelve a la rutina. Guardamos las galletas, las mochilas, nuestras conversaciones inconclusas. Mientras caminamos hacia la sala de Matemáticas, ella va delante con otras compañeras, sus risas se mezclan con las de ellas como un instrumento en una orquesta, y yo voy detrás, cuatro pasos atrás, pero no sola. No exactamente.
Siento, por primera vez hoy, el frío en las manos con menos intensidad. O tal vez es que me he acostumbrado.
Anoto, al final de mi cuaderno, antes de que la profesora González retome la clase: “Ser invisible no es un don. Es una herida que se ha curado mal y que duele solo cuando la rozan. Pero a veces, muy de vez en cuando, alguien la roza sin lastimar y esa caricia es suficiente para recordarme que existo.”
Cierro el cuaderno. En el margen, una mancha de migas de galleta dibuja una flor imperfecta.








