Ada, Marcada por su Sombra

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Summary

Ada: Caminando entre Sombras es una historia de deseo, supervivencia y mitología oscura, donde amar significa avanzar a ciegas bajo la guadaña de la Parca. La trama se sumerge en un romance que nace en la realidad cotidiana para luego fracturarse y traspasar hacia el Inframundo Vurak, un entorno hostil y amenazante que pone a prueba cualquier límite moral. Disponible en Amazon KPD

Status
Excerpt
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

La fiesta…El día de la celebración, el espejoreflejó la imagen de una desconocida: no se sentía propia. El vestido caíasobre su cuerpo como una segunda piel, tan delgado que casi llegaba atraslucirse, sostenido apenas por una pedrería estratégica que brillaba con unadelicadeza engañosa. No gritaba elegancia ni lujo: gritaba exhibición, “propiedadde Nicolás” Adaapenas logró reconocerse. Bajó las escaleras con cautela, consciente de cadamirada que aún no existía; temía que, con cada paso, quedara expuesta. Primeroante sus progenitores… pero, sobre todo, ante él.Nicolás, que estaba de espaldashablando con su padre, se giró de inmediato en cuanto oyó el taconeo. Al verla suexpresión se congeló, como si el mundo hubiese hecho una pausa solo para él.«¡Sí! límpiate la baba», pensó, mientrascontemplaba el embobamiento de su acompañante.Durante el trayecto, él no dejó deobservarla. Se volvía una y otra vez, hasta que, en un descuido, el vehículocambió de carril.—Maldición, Nicolás, mira la pista—lo reprendió Ada, dejándole caer un codazo seco.—Espero que la «tela de cebolla» que elegiste como mi vestidoresista toda la noche —espetó, quisquillosa—. De lo contrario, te quitaré eltraje para ponérmelo, y serás tú quien quede expuesto.—¿No te gusta mi elección, gatita?Ada apretó la mandíbula. Odiaba ese apodo; lo había detestado desdela primera vez que él lo usó, justo después de que ella le arañara el rostro.—A ti te gusta mucho, ¿no? —replicó—. Por eso lo elegiste.Él asintió, sonriente, mientras volvía a girarse.—Entonces veamos si te sigue gustando cuando esa manga dedepravados que invitaste, tus «amigos» —marcó las comillas con veneno—, medesvistan con la mirada.La sonrisa de Nicolás se borró de inmediato. Se rascó la nuca; sinembargo, no volvió a hablar. Durante el resto del camino, condujo con loshombros tensos y el cuello rígido, como si bastara un movimiento brusco paraquebrarlo.—Solo quiero pedirte una cosa —murmuró Ada antes de bajar del auto.Nicolás asintió con una risa amplia, cargada de malicia. Aquelgesto le entumeció la sangre, dejándola tan pálida como una geisha vestida degala. Aun así, se tragó el temor y se mantuvo firme.—No bebas —exigió. Luego añadió, casi contra su voluntad—: Porfavor.La noche transcurrió entre abrazos forzados y felicitaciones alnuevo médico. Mientras tanto, la figura de Ada parecía desdibujarse cada vezmás, reducida bajo comentarios tan denigrantes como: «Qué linda está tu chicapara ser…» o «vaya, ese vestido se le ve increíblemente bien siendo que…».Frases que siempre morían en silencios incómodos y miradas lascivas.—¿A dónde vas? —preguntó su acompañante, atrapándola bruscamente dela muñeca.—Al único lugar al que no puedes seguirme —respondió Ada, zafándosecon un tirón seco.—Si te sigo es porque no quiero dejarte sola con esa manga dedegenerados. Te miran como si fueras un trozo de carne.—Curioso, ¿no? Tú me has mirado igual desde que tengo memoria.—Es diferente. Serás mi esposa —sentenció él, poniéndose de pierápidamente.—Eso no pasará —negó ella, con una seguridad que por dentro sedesmoronaba.Nicolás la sujetó del brazo y la atrajo hacia sí, invadiendo suespacio.—Claro que pasará. No tienes alternativa. Soy lo mejor que vas aencontrar… —susurró casi sobre ella, mientras le acariciaba el rostro con unaparsimonia calculada.Entonces le apartó un mechón que no estorbaba y dejó sus dedosapoyados en su mejilla más tiempo del que Ada consideró apropiado. Ella contuvola respiración. Las piernas le temblaban y los recuerdos amenazaron condespertar, pero necesitaba mantener la lucidez. Respiró hondo y bajó la mirada,observando el ostentoso diseño en el suelo que parecía dibujar llamas cálidas,antes de soltar:—Prefiero que me trague el infierno —se soltó de su agarre con untirón seco.—Ada.Ella no se volvió. Se cruzó de brazos mientras escuchaba susfastidiosos pasos acercándose con lentitud.—Ya te dije que voy al baño. No me sigas.Él, ya frente a ella, entornó los ojos con una fijeza analítica ychasqueó la lengua, disfrutando del silencio antes de soltar el golpe final:—Nos casaremos dentro de un mes.Ada soltó una risa amarga y negó con la cabeza. El rostro deNicolás se ensombreció fríamente.—Papito está enfermo, pequeña.El corazón de Ada se detuvo y, tras un segundo de silencioabsoluto, dio un vuelco dolorosamente violento.—Sí. ¿No lo sabías? Pobre de mami, ¿no? —continuó. Su mano seaferró a la cadera de Ada y la apretó con tal fuerza que el dolor físico fue loúnico que la mantuvo anclada al suelo—. Pero tengo una buena noticia: yo meencargaré de cuidarlo.El mundo a su alrededor comenzó a desenfocarse. Las luces de lafiesta se convirtieron en manchas borrosas y un zumbido agudo comenzó a ganarleterreno a la música de fondo.—Solo pido una cosa a cambio. Cásate conmigo, «gatita».La palabra «cásate» salió de sus labios cargada de un pesoabsoluto, despojada de cualquier matiz de ruego. Era una orden, una sentenciaque se cerraba sobre ella sin dejarle una sola salida.Los pulmones le ardieron. Se soltó de un tirón y caminó, buscandodesesperadamente un lugar donde estar sola. Al ver que la puerta principal dabadirectamente a la calle, se apresuró a salir y se encaminó sin dirección enmedio de la oscuridad. El pecho le oprimía y los tacones la castigaban con cadapaso; se los arrancó para caminar más rápido, cargándolos apenas entre losdedos.No soportaba un minuto más en eseambiente, rodeado de gente mediocre, bromas sucias sobre su vestido y el aromatóxico del tabaco rancio mezclado con perfume caro. Pero, sobre todo, nosoportaba la voz de aquel hombre que acababa de usar la agonía de su padre comomoneda de cambio.Se detuvo en la oscuridad de unjardín. Su mente se volvió líquida; miraba sin ver. Se presionó la mano contrael pecho mientras las lágrimas caían en un silencio absoluto. Acarició la teladel vestido para luego apretarla hasta que la pedrería se le incrustó, dejandouna pequeña mancha burdeo entre sus dedos y en la tela.«¿Papá… enfermo?».Se rodeó en un abrazo que no logródarle consuelo. Todo encajaba. Llevaba meses sin trabajar y su madre cargabasola con el peso de la casa. El aire a su alrededor se cerró; sus pulmonesparecían contraerse, como si le fuese negado.«Tengo que salir de aquí».El móvil vibró en su mano. Era unmensaje de Edmundo: “Nodejes que beba. Llámame si se pone jodido 🦋”.Ada soltó una carcajada rota que seperdió en el viento. Entonces, la atmósfera cambió. El aire se volvió denso,casi antinatural. Con los dedos temblorosos, escribió la respuesta:Ada:Ven por mí.Decidió continuar, pero sus pies seclavaron en el suelo. Los minutos siguientes fueron un borrón de angustia.Aferró su móvil con los dedos torpes; sin embargo, antes de que lograra marcar,Edmundo emergió en su vehículo como un espectro protector.Días después…Sentada a la mesa, observaba el trozode pan sobre su plato; al otro lado, una taza de café y, en el centro, huevosfrescos. Un desayuno preparado con amor que habría devorado de no ser por esabomba a punto de estallar en su garganta. «Sé fuerte, cariño», le había dichosu madre tras confesarle la gravedad de la salud de su padre.Ada observó al hombre frente a ella;sostenía una taza, esforzándose más de lo normal mientras intentaba lavarla enel fregadero con evidente dificultad. Se le humedecieron los ojos, pero setragó la pena y bebió un sorbo de café mientras veía a su madre tomar la manode su esposo, pidiéndole con dulzura que descansara.Lo entendía perfectamente: su padrese había esforzado durante años para darles lo poco que tenían, y ese trabajoduro le había dejado secuelas irreversibles. Sin embargo, un tratamientoadecuado podría hacer el proceso menos doloroso.—Nicolás lo verá hoy —dijo su madre con una sonrisa esperanzadoramientras se sentaba a la mesa.—Hm —asintió Ada.Miró a su padre; el hombre suspiró y ella le tomó la mano,obligándose a sonreír. Era una sonrisa que la desgarraba por dentro, pero quepor fuera lucía real. «Sí, papi, las lecciones diarias de mamá dieron susfrutos», pensó con amargura.Más tarde, mientras observaba a susprimos jugar y maniobrar torpemente el balón luciéndose frente a las chicas, sumente se perdió en su propio destino. ¿Cómo sería vivir con un hombre que no laamaba? ¿Por qué la había elegido a ella, habiendo tantas mujeres más hermosasen el pueblo? «Me encanta que te resistas, gatita», recordó que le había dichocuando ella se enfrentó a sus intenciones. «Las otras se me lanzan encima; encambio tú… tú huyes de mí». Una lágrima solitaria corrió por su mejilla.—Te casarás con el bufón —oyó una voztras ella.Se volvió, pero no respondió. EraEdmundo.—¡Ed! —gritó una chica a lo lejos,haciéndole señas—. ¡Ven aquí!Edmundo la ignoró y se sentó junto aAda.—Bien, mariposa. Si la decisión estátomada, no me iré muy lejos. Me quedaré cerca por si tengo que molerlo a palos.Ada sonrió y lo abrazó con gratitud.—¿Sabes cuál fue la última pieza quemovió? —preguntó, esperando el silencio de su amigo para completar la frase.—Ni idea —respondió—, pero imaginoque algo para someterte a su voluntad.—Atendió a mi padre hoy, ¿puedescreerlo? Le ofrece el tratamiento solo para usarlo como chantaje y presionarme—Ada suspiró profundamente—. Estoy jodida, Edmundo. Realmente jodida.Miró hacia arriba; la oscuridad delas nubes parecía cerrarse sobre ella como una sentencia. «Que me trague elmaldito infierno», escupió para sus adentros.Horas más tarde, después de aquellacharla, la noche había caído por completo y una tormenta se tejía en loscielos. Caminaba hacia su casa cuando un crujido a sus espaldas, surgido deentre la maleza, la sobresaltó. Se volvió con rapidez, pero no vio nada.—Quienquiera que seas, vete. No estoyde humor para entidades hoy.Apuró el paso mientras vigilaba susilueta proyectada en el suelo. De pronto, notó con horror que la sombra seextendía de forma antinatural hacia ambos lados. El corazón se le oprimió. Ladistancia hasta su casa aún era considerable y, para colmo, las farolas de esetramo llevaban fundidas más de cuatro años. La sombra seguía su ritmo mientrasun cosquilleo incesante le recorría la nuca. Armándose de valor, se detuvo enseco y se giró, temblando.Nada. No había nadie. Al mirar denuevo notó que su sombra, había recuperado su tamaño normal.Caminó deprisa hacia la zona másoscura. Entonces oyó otro crujido, esta vez mucho más cerca. Y lo sintió. Algose materializó a su espalda: un muro de carne cuya presencia felina parecíahaber acallado cualquier sonido a su alrededor. Una mano grande y firme lerodeó el cuello; no apretaba, pero la presión era una promesa silenciosa de quepodría quebrarlo si ella se resistía.—Shhhrr… —el siseo le recorrió laespina dorsal como una descarga eléctrica.Otra mano descendió por su abdomenhasta la cadera, moviéndose con una lentitud deliberada, en una caricia casi deamantes. Se quedó paralizada, con el corazón martilleando en su garganta.—¿Nicolás? —preguntó con los ojos apretados.La figura tras ella contuvo el aliento: un instante de quietudabsoluta, como si el nombre la hubiera desconcertado. Luego, el extraño inhalóprofundamente sobre su piel, llenándose de su aroma.—Si te mueves un centímetro, te rompo el cuello —susurró una vozgrave y profunda que vibró contra su nuca.