Cap 1. El inicio de nuestros sueños
¡Bip, bip, bip! Apagué la alarma y miré la hora. ¡10:30!
—¡Que horror! —grité.
Empecé a meter todo en la mochila mientras le gritaba a mi mamá desde el pasillo:
—¿Por qué no me despertaste? ¡Llego tarde!
—Cariño, desayuna antes de irte —dijo ella, con una arepa en la mano.
—Lo siento, mamá, no puedo ahora.
—Entonces lleva esto.
—Gracias, mami. Te amo. ¡Chaíto!
Salí corriendo. Llegué al bus con el corazón en la garganta, pero lo conseguí. Me monté con Jessica y Julia, camino a la Universidad Águilas Doradas.
Por las prisas olvidé presentarme. Soy Natalia, 18 años. Jessica tiene 19 y es la mayor. Julia es la pequeña, la más sentimental. Y juntas vamos a la universidad de nuestros sueños.
Desde que éramos niñas prometimos tres cosas: crecer juntas, ir a la universidad juntas, y demostrarle a todos los que se rieron de nosotras que podíamos.
Ahora estamos aquí.
—Qué emoción más emocionante —dijo Jessica, con los ojos brillando.
—Lo sabemos, Jess —me reí. —Es tan grande, tan lindo, tan maravilloso, tan...
—¿Tan un sueño hecho realidad? —terminó Julia.
—¡Sí!
Bajamos del bus. La directora nos esperaba con una sonrisa que parecía de anuncio.
—Bienvenidas, mis águilas doradas —dijo—. Soy la Sra. Carmen. Están aquí porque fueron los 15 mejores de su instituto. Este es el resultado de todo el esfuerzo y sufrimiento que han dado.
Aplausos.
—Ahora solo les queda superar esta etapa y graduarse. Y recuerden: aquí nadie llega por suerte.
Esa frase se me clavó.
—Cojan un papel y vayan a la habitación que diga su número —dijo.
—Me tocó la 5 —dije.
—A mí la 13 —dijo Jessica.
—Pues a mí la 2 —dijo Julia.
Estábamos separadas. Nada de películas en la noche, ni chismes, ni reírnos hasta llorar. Dormiríamos lejos.
Después de la charla eterna de la directora —que parecía que nunca iba a acabar—, nos reunimos en la cafetería.
—Las cuerdas vocales y los pulmones de esa señora sí funcionan bien —dijo Jessica—. Bla, bla, bla, águilas doradas, bla, bla, bla.
Nos reímos.
—Es genial estar aquí con ustedes —dijo Julia, con los ojos brillosos—. Me hace tan feliz que incluso quiero llorar.
—Por cierto, miren lo que hice —dijo Julia, sacando tres collares. Cada uno tenía un pedacito de corazón.
—Nena, es hermoso —dijo Jessica.
—Julia, es muy lindo —dije yo—. Tengo una idea. Pongan sus collares en la mano y después unamos las nuestras.
Cerramos los ojos.
—De hoy en adelante, en la vida y en la muerte, cielo, tierra o infierno, seremos amigas por siempre. Y cumpliremos nuestros sueños juntas.
—Así será —dijo Jessica.
Tocó el timbre.
—Las amo muchísimo, chicas —dijo Julia.
Nos abrazamos. Y juramos que nada nos separaría.
Pero esa noche, cuando apagué la luz en la habitación 5, no pude dejar de pensar en una cosa:
¿Qué pasa si una de nosotras ya no quiere cumplir esa promesa?