Possessions

Summary

En el verano de 1978, tras graduarse de Hogwarts, James Potter y Sirius Black comparten un piso en Londres mientras la Primera Guerra Mágica acecha en las sombras. James, radiante y confiado, cree que por fin tiene una oportunidad real con Lily Evans. Sirius, su mejor amigo, su hermano, su ancla… lo observa con una sonrisa que oculta un fuego devorador. Porque Sirius ya no lo ve solo como un hermano. Lo desea con una intensidad oscura y posesiva que lo consume. Cada mirada, cada roce “casual”, cada noche en la que James duerme a su lado, Sirius lucha contra el impulso de tomarlo, marcarlo y hacerlo suyo para siempre. Mientras tanto, en la mansión Black, Regulus guarda secretos propios y ayuda a su hermano mayor a tejer una red de mentiras, pociones y deseo prohibido. La línea entre amor, obsesión y traición se difumina hasta desaparecer. ¿Qué harías si tu mayor deseo estuviera al alcance de tu mano… pero el precio fuera destruir todo lo que amas? Una historia de amistad que se convierte en pasión prohibida, de celos que queman y de secretos que pueden destruir el mundo de los Marauders para siempre. Candente. Oscura. Adictiva.

Genre
Lgbtq
Author
ANAID
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Capítulo 1

El verano de 1978 olía a césped recién cortado, a Firewhisky barato y a la libertad que solo se siente cuando se acaban siete años de escuela. El piso que James y Sirius habían alquilado en el centro de Londres era un desastre glorioso: posters de Quidditch torcidos en las paredes, botellas vacías sobre la mesa baja, ropa tirada por el suelo y el olor a cigarrillos y magia residual flotando en el aire como una promesa.

James Potter entró esa tarde quitándose la camiseta sudada después de un entrenamiento con el equipo de reservas de los Puddlemere United. Su cuerpo ya no era el de un chico de escuela: hombros anchos, abdomen marcado por años de volar y pelear, cicatrices leves que ahora se veían peligrosas bajo la luz dorada que entraba por la ventana.

— ¡Padfoot! Traje comida del puesto de curry que te gusta —gritó, lanzando la bolsa sobre la mesa.

Sirius Black estaba tirado en el sofá, una pierna colgando por el brazo, camisa abierta hasta el ombligo, pelo negro cayéndole sobre los ojos grises. Llevaba días así: callado, mirando mucho, bebiendo más de lo normal. No había hecho ninguna broma pesada en toda la semana.

— Gracias, Prongs —murmuró Sirius sin mirarlo del todo.

James frunció el ceño y se dejó caer en el sillón frente a él, abriendo una cerveza con los dientes.

— ¿Qué te pasa, eh? Llevas raro desde la graduación. ¿Extrañas a McGonagall regañándote o qué? —rió, pero Sirius solo sonrió de lado, una sonrisa torcida que no llegó a sus ojos.

Sirius lo miró. De verdad lo miró.

Los ojos bajaron por el pecho desnudo de James, por la línea de vello que bajaba hasta perderse bajo la cintura del pantalón. Tragó saliva. Llevaba semanas con eso. Meses, tal vez. Pensamientos que empezaron como chistes internos y ahora se habían vuelto oscuros, calientes, obsesivos.

Imaginaba empujar a James contra la pared, morderle el cuello mientras le bajaba los pantalones, oírlo jadear su nombre con esa voz arrogante rota por el placer. Imaginaba sujetarle las muñecas por encima de la cabeza y hacerle cosas que ni siquiera sabía si James aceptaría… pero que él quería hacerle de todas formas.

— Solo estoy cansado —mintió Sirius, pasando la lengua por su labio inferior—. La guerra afuera, mi maldita familia mandándome howlers otra vez… ya sabes.

James se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, genuinamente preocupado.

— Sabes que aquí estás en casa, ¿no? No necesitas hacerte el duro conmigo. Si necesitas atención, solo dilo, idiota. Soy tu hermano.

Sirius soltó una risa baja y oscura.

— ¿Atención? —repitió, y sus ojos brillaron con algo peligroso—. Sí… supongo que necesito atención.

Se levantó del sofá con esa gracia felina que siempre había tenido y caminó hasta quedar frente a James. Tan cerca que James tuvo que levantar la cabeza para mirarlo. El olor a cigarrillo, cuero y algo más —algo caliente y masculino— llenó el espacio entre ellos.

— ¿Y qué tipo de atención quieres, Padfoot? —preguntó James medio en broma, dándole un empujón juguetón en el pecho.

Sirius agarró la muñeca de James antes de que la retirara y la mantuvo ahí, contra su propio pecho. Su pulso iba rápido.

— Del tipo que no sé si estás listo para darme… todavía —dijo en voz baja, ronca.

James parpadeó, confundido, pero sonrió como siempre, esa sonrisa de “todo es un juego”.

— Pruébame, entonces.

Sirius soltó la muñeca lentamente, casi con lástima, y dio un paso atrás. Su mente ya estaba llena de imágenes: James de rodillas, James gimiendo, James con marcas de mordidas en el cuello y en los muslos…

— Otro día, Prongs. Hoy solo quiero emborracharme y olvidar que el mundo se está yendo a la mierda.

Se dio la vuelta y caminó hacia la cocina, pero James se quedó sentado, frunciendo el ceño, con una sensación extraña en el estómago que no supo identificar.

La noche ya había caído pesada sobre Londres cuando la puerta del piso se abrió de golpe. Risas y voces conocidas inundaron el pequeño salón. Remus entró primero, con una botella de Firewhisky bajo el brazo y esa expresión cansada pero divertida que siempre tenía después de salir con los chicos. Peter venía detrás, colorado y sudado, contando por enésima vez cómo había logrado ligar con una bruja de pelo rosa en El Caldero Chorreante. Sirius estaba repantigado en el sofá, camisa completamente abierta, un cigarrillo colgando de los labios, intentando parecer el de siempre.

— ¡Padfoot, cabrón! ¿Por qué no saliste con nosotros? —gritó Peter, dándole una palmada en el hombro—. Te perdiste a Moony casi besándose con esa licántropa de ojos verdes.

Remus puso los ojos en blanco.

— Exageras, Wormtail. Solo hablamos.

Sirius soltó una risa seca, pero sus ojos grises estaban fijos en la puerta. Esperando.

Y entonces entró James.

Camisa desabotonada hasta el pecho, pelo más revuelto de lo normal por el viento, una sonrisa enorme y arrogante que iluminaba toda la maldita habitación. Olía a cerveza, a colonia cara y a algo dulce… perfume de mujer. Sirius sintió que se le apretaba el estómago.

— ¡Muchachos! —James levantó los brazos como si acabara de ganar la Copa de Quidditch—. Hoy fue la noche. Lily Evans… no, Lily Potter en mi cabeza ya… me dio un beso de verdad. Con lengua y todo. Y me dijo que “quizá” podríamos intentarlo en serio este verano.

El salón explotó en vítores. Peter aplaudió como foca. Remus sonrió con genuina felicidad y le dio un abrazo corto a James.

— Por fin, Prongs. Ya era hora de que esa pelirroja te diera una oportunidad.

Sirius no se movió del sofá. Sonrió. Esa sonrisa de lobo que todos conocían, perfecta, sarcástica, peligrosa.

— Vaya, vaya… el gran James Potter conquistando a la chica de sus sueños —dijo arrastrando las palabras, dando una calada larga al cigarrillo—. ¿Y cómo fue? ¿Le tocaste las tetas ya o todavía estás en la fase de “miradas intensas”?

James se rio a carcajadas y se dejó caer justo al lado de Sirius en el sofá, tan cerca que sus muslos se rozaron. Sirius se tensó, pero no se apartó.

— Más que eso, Padfoot. La besé contra la pared detrás del bar. Me metió la mano por debajo de la camisa… joder, tiene unas manos suaves. Dijo que le gusto de verdad, que ya no me ve como el idiota engreído de Hogwarts.

Sirius asintió, sonriendo todavía, pero por dentro algo oscuro y viscoso se le enroscaba en las tripas. Imaginó a Lily Evans —esa maldita sangre limpia, perfecta, con su pelo rojo y su moral intachable— besando la boca de James. Tocándolo. Recibiendo lo que era suyo.

En su cabeza, la escena cambió rápido y sucia: él mismo agarrando a Lily por el cuello, arrastrándola a un callejón oscuro, susurrándole al oído todo lo que le haría si volvía a tocar a James. Imaginó hacerla desaparecer. Un hechizo bien hecho, sin rastro. O mejor… algo más lento. Más personal. Ver cómo sus ojos verdes se apagaban mientras él le explicaba tranquilamente que James ya tenía dueño.

— Me alegro por ti, Prongs —mintió Sirius con voz ronca, poniéndole una mano en la rodilla y apretando un segundo más de lo necesario—. Te mereces que te den lo que quieres.

James, ajeno a todo, giró la cabeza y le sonrió con esa confianza ciega de siempre.

— Gracias, hermano. Sabía que tú lo entenderías. Aunque… —bajó la voz un poco, solo para Sirius— estoy nervioso, ¿sabes? Lily es… diferente. Quiero hacerlo bien.

Sirius giró la cara lentamente. Sus ojos grises se clavaron en los de James, tan cerca que podía contar las pestañas.

— ¿Y qué es “hacerlo bien”? ¿Flores y citas románticas? —Su mano subió un poco por el muslo de James, disimuladamente, como si fuera un gesto normal entre ellos—. O tal vez quieres que te enseñe cómo se folla de verdad a alguien que te vuelve loco.

James soltó una carcajada, pensando que era una broma típica de Sirius.

— ¡Idiota! No necesito tus lecciones de mujeriego. Aunque… —lo miró de reojo— si Lily me deja plantado otra vez, igual te pido consejos.

Sirius sonrió con los dientes apretados. Por dentro, la fantasía ya era brutal: James contra la pared, pantalones bajados hasta los tobillos, gimiendo su nombre mientras Sirius se lo follaba duro, marcándole el cuello con mordidas para que Lily viera las huellas al día siguiente. Imaginó sujetarle el pelo y obligarlo a mirarlo mientras le corría dentro, susurrándole “mío” una y otra vez.

— Cuando quieras, Prongs —murmuró Sirius, tan bajo que solo James lo oyó—. Te doy todas las lecciones que necesites.

Remus y Peter seguían hablando animadamente en la cocina, abriendo más botellas. James se levantó para unirse a ellos, pero antes de irse le revolvió el pelo a Sirius como siempre.

— Eres el mejor, Padfoot. No sé qué haría sin ti.

Sirius se quedó solo en el sofá, la mano todavía hormigueándole donde había tocado el muslo de James. Su erección presionaba incómoda contra los pantalones. Se pasó la lengua por los labios, saboreando la rabia y el deseo mezclados.

Lily Evans iba a ser un problema.

Y Sirius Black ya estaba pensando en todas las formas creativas y dolorosas de solucionarlo.