Moonlight |KOOKMIN|©+18

Summary

La paz en el Imperio está en su punto más crítico, y Park JiMin, lo ha perdido todo. Sus tierras han desaparecido entre el fuego y la noche, dejando como única garantía una vieja promesa hecha a sus antepasados por el Ducado Jeon. Una que podría salvarle la vida. La única capaz de hacerlo. Con nada más que esperanza y lo que queda de su Clan, JiMin decide que es hora de cruzar el mar de Roblor y regresar a sus tierras de antaño. A la tierra de los lycan, incluso si eso significa perder la vida en manos de un lobo. Del otro lado de mar, está Jeon Jungkook, alfa y duque de sus dominios; un hombre con los suficientes problemas y las cosas más que claras. Brindar protección a cualquiera, y en especial a un humano, era lo último en lo que pensaría últimamente, pero Jeon sabe aprovechar las oportunidades que le da la vida. Especialmente una que huele a todo lo que quiere y necesita. JiMin no está seguro si cualquier cosa que sienta por un desconocido en particular tenga sentido. Tampoco de si tal cosa debería importarle en absoluto... porque definitivamente no lo hace. No con esos ojos grises susurrándole tantas promesas al oído. Sucias, románticas y deliciosas promesas.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo Uno

Cuando Park JiMin arribó a los Dominios Salvajes, tenía dos cosas claras y un par de dudas.


Sabía que ver al líder de la Alta Casa Jeon sería cuestión de suerte, y que lograr un acuerdo, prácticamente un tiro al azar con el destino. Sin embargo, eso no calmó en absoluto todos los escenarios catastróficos que inundaron su mente. Tampoco los escalofríos que le provocaba estar rodeado de lycans.


Ellos no tenían de esos en Mortalvis, mucho menos alguno capaz de desatar el infierno si JiMin decía las palabras incorrectas.


Los lycans eran considerados seres territoriales y duros por naturaleza. Tan leales y protectores, como dominantes y letales.


JiMin esperaba no terminar parado en la cera contraria a todo eso, o su sangre estaría pintando las paredes que alguna pobre alma sin culpa tendría que limpiar después.


Tampoco podía darse el lujo de fallar, no en la situación actual. No en este momento histórico en el que se encontraba el Imperio; bailando sobre una calma tan fina y traicionera que tenía a todos temblando. Una que le había dado la oportunidad perfecta para viajar fuera del continente y asentar las bases antes de que el fuego volviera a asediar las tierras de su hogar.


O lo que quedaba de él.


A estas alturas ni siquiera podía decir que tenía un lugar al que volver. Las Tierras de Fuego ya no existían. Para su amargura y el mal de su gente, todo el lugar había desaparecido entre humo, fuego y sangre.


JiMin alzó la mirada hacia la puerta del salón donde llevaba sentado al menos cuatro horas. Una habitación grande de colores ocre totalmente amueblada, con paredes tan altas como las columnas de los templos que alguna vez adornaron las calles de su tierra natal.


La congoja golpeó desde lo profundo de su pecho, junto a los recuerdos y la tensión que eran capaces de generar en su cuerpo. JiMin apretó las manos y la mandíbula con fuerza y la piel ardiendo, apenas desviando la atención hacia el ruido del cerrojo al abrir la puerta.


La reacción fue instantánea y lo suficiente fuerte para hacerlo contener un jadeo áspero en lo profundo de la garganta. La sensación era extraña, picante en su nariz y capaz de hacer latir su corazón con la fuerza de un incendio furioso y dispuesto a destruir todo a su paso.


Lo primero que vio fue un cuerpo grande, seguido de un abundante cabello pétreo y un par de ojos vivaces atentos a su entorno.


Suspicaces.


Retadores.


Primales.


Y él no quería especular, pero realmente esperaba que el hombre parado en medio de la entrada no estuviera interesado en matarlo.


O luchar en absoluto.


JiMin se levantó de entre los cojines con gracia y dio un paso hacia atrás. Él miró al desconocido a los ojos, colocando una mano en su espalda baja, sobre el mango de su daga, con dedos fuertes y la determinación burbujeando en sus venas.


Pero el hombre grande no emitió palabra alguna, ni siquiera parecía lo suficiente interesado en su presencia o el hecho de que iba armado.


Y eso le disparó las alarmas a todos los niveles posibles.


Ese hombre era tan alto como un Árbol de nubes de algodón, de piel cálida como las arenas del desierto y un cabello largo y lacio embadurnado en sangre. Puede que se mezclara bien entre las hebras oscuras y que algunas motas ya estuvieran secas sobre la piel —especialmente en el rostro—, pero JiMin reconocería ese aroma donde fuera. Maldita sea que lo haría.


—¿Quién eres? —preguntó el tipo sin inmutarse en absoluto, mirando a JiMin de arriba hacia abajo con toda la calma del mundo. Como si su metro ochenta y figura llena de músculos suaves no fueran ninguna amenaza a su persona.


JiMin podría sentirse ofendido, pero ese hombre media al menos dos metros y temía que asesinar pudiera ser su hobby de turno.


—Te hecho una pregunta, humano.


Bien, el hombre era definitivamente un lycan –de cualquier tipo; y habían muchos tipos–, si podía distinguir su procedencia. No era un forastero.


Y no por eso menos peligroso.


JiMin dio un paso hacia adelante y tiró de la daga hacia arriba, con el sonido del metal barriendo el interior acerado de la vaina y un corte limpio en el aire. A penas lo suficiente para dejar en claro que no estaba indefenso en absoluto.


—¿Quién eres tú? —preguntó en cambio, irguiendo la espalda y alzando el mentón—. Estoy aquí en busca del líder de la Alta Casa Jeon. Si no eres él, no mereces saber mi nombre.


El desconocido apretó los labios, caminando alrededor con pasos fuertes y en silencio. JiMin lo vio acercarse a la esquina de la habitación, donde un cuenco lleno de agua y una toalla captaron toda su atención. Las manos grandes se juntaron, y cuando JiMin se dio cuenta, las manchas de sangre del rostro habían desaparecido, dejando a ver piel joven, suave y adornada con dos marcas rojas –a la altura de los ojos y lo largo de sus mejillas–, a la vista.


«Hermoso,» fue todo lo que pudo pensar. Ese hombre era hermoso y suspiró con el cansancio de quien ha vivido y visto demasiado para importarle una mierda cualquier cosa.


—¿No estás siendo un poco descarado para estar en metido en tantos problemas? —dijo, en voz baja; y dejando la toalla a un lado, se quitó la camisa con un arte que JiMin no sabía que existía. Giró a verlo—. Mi nombre es Jeon Jungkook, duque de estas tierras, y no recuerdo darte el permiso de entrar en la privacidad de mis habitaciones.


JiMin abrió la boca, apenas logrando encontrar su lengua en cualquier lugar donde su cerebro logrará hilar más de dos palabras coherentes.


Cuando llegó y pidió audiencia, el hombre que lo atendió –bien vestido y todo serio–, lo guio hasta este lugar y le dijo que esperara con paciencia y en silencio.


Él nunca pensó que fueran los aposentos privados del líder. ¡No había una maldita cama y él no era adivino! Tampoco había estado remotamente cerca de cualquier lugar cercano a una Alta Casa y sus costumbres, pero eso no era excusa y estaría en muchos problemas si el Duque Jeon decidía que no le caía bien en absoluto.


Así que JiMin repasó sus opciones, y eligió dejar ir el mango de su daga, inclinándose en señal de respeto. Joder, aún no podía creer que ese hombre fuera el líder. ¿Dónde estaba el hombre viejo y barrigón del que le hablaba su padre?


Alzó la mirada y miró a Jeon Jungkook de arriba hacia abajo, tomándose esta vez, el tiempo necesario para apreciar cada pequeño detalle. Y sí, definitivamente no había nada viejo ni barrigón ahí.


JiMin delineó con diligencia y total apreciación la piel cálida y suave, viajando por los bíceps y la tableta marcada en su abdomen. Un tirón caliente golpeó su bajo vientre y entonces llegó un poco más abajo, donde un pantalón ajustado apenas cubría el contorno de lo que esperaba fuera algún arma mortal y no…


—Entonces... —Jungkook cruzó los brazos sobre el pecho y un brillo casi burlón en sus ojos grises. Tan claros que parecían hielo—. ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? ¿Y por qué no debería desgarrar tu garganta?


Jungkook sonrió como el lobo antes de saltar sobre el conejo, haciendo que el cuerpo de JiMin se estremeciera de pies a cabeza y sin razón aparente. Sus boca estaba seca y su mente totalmente desviada del problema real, apenas podía desviar la mirada de cualquier lugar que no fuera toda esa carne.


Él estaba en muchos problemas.


—Entrar al territorio de un ilphas no es algo que deba tomarse a la ligera, humano —suspiró con complacencia y algo más que JiMin no supo identificar del todo—. Dime, ¿por qué debería ser bueno y perdonarte?


El tono del hombre era todo lo necesario para demostrar que no estaba contento, pero tampoco lo suficiente enojado para matarlo.


JiMin estaba rezando por ello.


El ilphas lo miró de soslayo, tomando asiento y estirando las piernas. JiMin descubrió que estaba descalzo, que sus músculos podían verse incluso más grandes si se inclinaba un poco y que él necesitaba concentrarse lo antes posible.


—Nunca busqué ofenderlo, mi señor. No me atrevería —se lamió los labios, mirando alrededor e intentando encontrar las palabras correctas a decir—. Mi nombre es Park JiMin, hijo de Park HaeJoon, líder de las Tierras de Fuego de Mortalvis. Mi padre me dijo que de ser necesario, viniera aquí en busca de refugio.


Los ojos de Jungkook era duros, fuego ardiente mezclado con un aura cazadora e imponente que pecaba de silenciosa, una que lo tenía temblando por dentro. Era como si una ola intensa lo golpeara una y otra vez de todos lados, imposible de reconocer, pero fácil de sentir en todos los lugares correctos.


JiMin no recordaba sentirse tan llamado al deseo por alguien en su vida.


No en mucho tiempo.


Nunca de esta forma.


—¿Tu padre dices?


—Así es, Lord Jeon.


—¿Por qué? —Su voz fue lo más parecido a gruñido que JiMin hubiera oído en su vida. Uno que le acarició toda la espalda y le hizo vibrar el abdomen con tanta fuerza que no pudo evitar la tensión que barrió cada uno de sus músculos.


La habitación era amplia, pero se sentía pequeña alrededor de la sofocante sensación fue le inducía la presencia del lobo. Era como un eco primal bailando sobre su piel, una lamida caliente y húmeda en su vientre que lo tenía mareado y respirando profundo, listo para dejarse caer.


Y no era el único.


La mirada del ilphas no decía mucho, pero JiMin no se perdió el cómo este parecía muy interesado en todo él. Desde su rostro y antebrazos tatuados, hasta sus muslos o la abertura de la camisa en su pecho.


JiMin no quería sonar engreído, "Claro que no," mordió esa voz descarada al fondo de su mente, pero le gustaba tener esos ojos en toda su persona. Le gustaba la sensación de hambre que reflejaban los ojos del duque al verlo lamer sus labios.


JiMin podía trabajar con eso, incluso si no era el plan inicial. Y no es que tuviera mucho en contra de ser totalmente manoseado por una mirada tan caliente de todas formas.


Oh, dioses. Esto no iba a terminar bien si seguía así pensando como un adolescente cachondo y necesitado.


Él tenía que calmarse.


—Los Park descendemos de la línea familiar Han, aquí en los Dominios Salvajes, y tenemos un pacto ancestral con la casa Jeon —explicó—. Uno mediante el cual podemos solicitar ayuda en caso de encontrarnos en peligro; siempre y cuando podamos llegar a vuestras tierras.


El ilphas asintió, nada emocionado, inclinándose hacia adelante en la silla, con los codos apoyados en las rodillas y una sonrisa apenas amable en los labios.


—Justo ahora, todo el Imperio está en “peligro”, y no por eso los tengo golpeando mi puerta —miró a JiMin de arriba hacia abajo—, o metidos en mi habitación, señor Park.


JiMin se lamió los labios, tenso de pies a cabeza y apenas lidiando con el tono bajo y ronco empleado para llamarlo "Señor Park" sin sentir que el mundo le daba vueltas. Entonces Jungkook crispó las esquinas de sus labios y JiMin entendió que el maldito sabía exactamente el efecto que tenía en él.


Ni siquiera sabía cómo era posible.


Sí, Jeon Jungkook era grande y fuerte, y mirarlo le recordaba a la noche, el peligro y a un montón de promesas sucias que deseaba fuera derramadas sobre él, pero no por eso debería tenerlo casi al borde del colapso.


Él debía recomponerse y mantener toda su mierda caliente junta lo antes posible, enfocarse en los negocios serios que tenía que atender con el señor grande y delicioso.


Porque esta conversación no sólo definiría el futuro de todo su clan, también era la fina línea entre mantenerse con vida o caer en manos de la muerte.

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