Chapter 1
Mientras yo veo por la ventana, solo sé que te tengo a mi lado. Pero tristemente tú no piensas lo mismo. Te vi aquella noche abrazando a esa chica… pensé que éramos almas gemelas.
_____________________________________________________
Recuerdo estar en clase. Nunca te hablaría; eras el chico más guapo que había conocido, eras ese “chico ideal”. Nunca nos juntamos ni hablamos: otros mundos, otras reglas.
Tu familia siempre fue un poco liberal; la mía, más estricta. Tu vida sonaba más blanca, la mía más negra. Por eso no podía acercarme a ti de ninguna manera. Aunque no recuerdo muy bien cómo nos conocimos.
PRIMER VERANO
Viernes:
— Jóvenes, por favor, a la clase — habló la profesora Estefany.
Como todos los días de verano, casi no nos manteníamos en el salón. Era un horno, muy pequeño para tantos alumnos, por ello aprovechábamos recibir clases en el patio, donde había un lugar techado.
— Niños — exclamó la profesora — es hora de irse. Tienen que recoger sus cosas.
Recuerdo voltear a mi derecha y ver a Jonathan. Era el chico popular, ja, ja… la verdad, era un deportista que siempre, después de clases, tenía que ir a entrenar. Desde muy pequeño estaba en ese deporte; por ello, era una rutina.
En cambio, yo tenía que regresar a casa, prepararme para ir al estudio de mi madre. Es artista y no le gusta dejarme solo, por eso venía a recogerme; luego nos íbamos a casa para almorzar y dirigirnos al estudio.
Esa rutina es pesada, pero la llevamos haciendo desde que tengo memoria. Mi padre murió meses después de que naciera. Mi madre me dice que fue en un accidente, pero nadie me ha dicho qué tipo de accidente.
Recuerdo pasar al lado de Jonathan. No somos amigos, así que no hace falta despedirme.
______________________________________
Anochecer:
Mi cabeza da vueltas. No sé qué está pasando. Mi madre, preocupada, me lleva en el carro. Creo que vamos al hospital.
— Háblame, respóndeme — angustia en su voz — Respóndeme, dime si estás bien… no cierres los ojos, por favor… no cierres los ojos…
Recuerdo que me llevaron en una camilla.
_____________________________________________________
Lunes:
Seguía en el hospital. Mi madre no me decía nada. Mis abuelos aparecieron por la mañana para cuidarme mientras ella iba a recoger algunas cosas a casa.
— Mi niño, ¿en qué estás pensando? — se percibía la preocupación en su voz.
— Nada — le dije, sonriendo.
Mi abuelo estaba hablando con los doctores; solo veía su postura cansada, un poco tensa.
_____________________________________________________
Martes:
Ya no regresaré al colegio. Creo que nos mudaremos con los abuelos. No entiendo muy bien: llevo casi cuatro días en el hospital sin que nadie me diga nada. Me han hecho algunos estudios; hablan con mi madre de los resultados.
_____________________________________________________
Miércoles:
Me dieron de alta. No sé qué pasa; solo sé que pasaremos a casa por algunas cosas. Mi madre habla de un camión de mudanza y mis abuelos dicen que es mejor descansar unos días en casa y después irnos con ellos.
Se nota el descontento de mi madre, pero no tenemos que irnos… es nuestra casa.
______________________________________
Medio día:
Llegamos a casa. Mis abuelos estaban al tanto de mí en todo momento. No trataban de hostigarme, pero sabía sus intenciones: me vigilaban. No sabía por qué.
Mi madre se acerca a mi habitación y me habla casi susurrando:
— Tenemos que hablar.
Sentí un escalofrío.
— ¿Qué sucede, mamá? — respondí con curiosidad.
— Mi niño bello… — hizo una pausa muy larga, con un hilo de voz — Nos tenemos que mudar por un tiempo.
La vi a los ojos.
— ¿Por qué? — respondí con un tono brusco.
— Mi niño, sucedieron cosas… estás enfermo — tenía lágrimas en los ojos — Necesitamos un lugar más grande… para poder darte los cuidados correspondientes…
Me acerqué a ella y la abracé.
—Está bien, mamá, no hay problema.
Le sonreí como si nada pasara, aunque sabía que tenía que ser fuerte para que ella no llorara más.
Mis abuelos entraron a la habitación y nos abrazaron. En ese momento me eché a llorar.
_____________________________________________________
Sábado:
En los días previos guardamos cosas en cajas para llevarnos algunas en el carro de mamá y otras en el camión de mudanza.
Mi madre me dijo que esa casa siempre será nuestra y que algún día volveremos, aunque nunca dijo cuándo. Pero confío en su palabra.
El lunes tendríamos que ir al colegio a recoger papelería y otras cosas. La verdad, no recuerdo haber dejado algo allí.
_____________________________________________________
Lunes:
Son las 10 de la mañana. Estamos sentados en el despacho del director; nos están dando la papelería. Parece que mi madre, desde el lunes pasado, informó de los sucesos. Como siempre, no sé qué pasa; solo sé que estoy enfermo y que me tengo que ir. Lo bueno es que estaré al lado de mamá.
______________________________________
Medio día:
Estoy en el segundo nivel, viendo a mis compañeros por la ventana.
Él está sentado. Voltea a verme. Hay angustia en sus ojos, algo triste. Pensaría que perdió en algún evento, pero no creo; es muy buen deportista… tal vez le pasó algo a un familiar.
Nunca lo sabré.
— Joseph — me saluda la profesora con la mano.
Le devuelvo el saludo. Mi madre se acerca y dice que vayamos con ellos. Bajamos las escaleras; me cuesta hasta caminar. Eso no me pasaba antes.
— ¡¿Cómo estás?! — se acercan mis amigos.
Lo único que puedo decir es:
— Hola.
La profesora sabe qué me pasa; se nota en su rostro.
— Ok, niños, escuchen — dice con calma —. Joseph tiene que irse por un tiempo…
Hace una pausa.
— Nos vamos a despedir, ¿sí?
Se le quiebra la voz.
— Recuerden que le hicimos un regalo para que los recuerde a todos, ¿sí?
Todos gritan felices. No saben qué pasa… yo lo presiento.
Jonathan me observa molesto. No sé la razón. Nunca nos hemos peleado… de hecho, casi no hemos hablado.
Tiene los ojos rojos. La mirada perdida… pero me ve fijamente.
Ya adentro le pregunto a la profesora:
— Disculpe, profe… ¿sabe por qué Jonathan parece estar mal?
Ella me sonríe.
— Es porque te tienes que ir. Estuvo preguntando toda la semana por ti.
Antes de irnos, vi cómo Jonathan se acercaba corriendo.
— ¡Hey, no te vayas! ¡Quiero hablar contigo! ¡No te vayas!
Sonaba a súplica.
— ¿Puedo hablar contigo un momento? — dijo con la voz entrecortada.
— Claro.
— Quisiera decirte que…
Me miró a los ojos, con una sonrisa de despedida.
—Cuídate mucho… recuérdame, ¿sí?
Me dio algo en las manos. Era una caja de chocolates.
Salió corriendo, y a lo lejos se escuchó un:
—¡Te amo!
No sabía qué estaba pasando, pero mi corazón estaba feliz.
Ese día… ese viaje que sonaba como un “hasta pronto”… fue el mejor día de mi vida.
Mi amor platónico me dijo que me quería.
Yo le sonreí como si fuera un adiós.
La mejor despedida que tendría en mi vida.
_____________________________________________________
Martes:
Era muy temprano. Por alguna razón, después de llegar a la casa de los abuelos, me dormí. Fue súper cansado el viaje; además, estuvimos parando cada hora para ver si estaba bien. Aunque yo me sintiera bien, era necesario detenernos, eso me dijo mi madre.
Vi que dejaron la cajita sobre la mesa de mi nuevo cuarto. Fue entonces cuando me di cuenta de que no me podía parar… ni sentar.
Gritando, llamé a mi madre. Llegó corriendo.
—¿Qué pasó? —su voz estaba llena de angustia.
—Mamá… —respondí llorando— no me puedo mover…
Apenas logré decir esas palabras.
Cuando me di cuenta, mi abuelo y mi abuela estaban en la puerta de la habitación, intentando controlar la situación. Mi madre estaba a punto de llorar… y yo, devastado.
______________________________________
Tarde:
Logré levantarme después de algunos ejercicios, pero estaba demasiado débil como para ir de un lugar a otro. Así que me trasladaron a la sala, el lugar mejor ubicado de toda la casa.
Quería abrir la caja, mi regalo… pero después de todo lo que había pasado, preferí quedarme en el sofá, moviendo poco a poco mi cuerpo. Intentaba caminar, recostarme, levantarme… aunque todo era muy cansado.
______________________________________
Noche:
Llegó el anochecer. Ya estaba demasiado cansado como para pensar en la cajita.
Solo quería dormir.
Mi madre me comentó que tendrían que llevarme al hospital, así que era mejor que descansara para el chequeo del día siguiente.
Y así comenzaron los días: rutinas secas, repetitivas.
En un momento, mi madre tuvo que ir a su estudio para sacar todo lo que tenía. Iba a mudarlo cerca de la casa de los abuelos, para poder estar juntos y, al mismo tiempo, trabajar para mi tratamiento.
Para nuestra suerte, la familia de mi padre empezó a ayudarnos más: con el hospital, con los cuidados…
Ambas familias se llevaban bien, así que nunca fue un problema que llegaran a casa de los abuelos para visitarnos, ayudar con la limpieza o simplemente llevar algo del mercado.
Siempre fuimos una familia unida.
Los meses pasaron, los días se acortaron. Poco a poco, ya no era necesario estar tanto tiempo bajo cuidados.
Al año de habernos mudado, logré regresar a estudiar. Aunque, claro, siempre era necesario mantenerme en observación, por cualquier cosa.
Pero durante todo ese año… no abrí la caja.
Después de sufrir tanto durante meses, intentando estabilizarme, no quería recordarme de mi amor platónico.
Él… que me conoció de la mejor manera y me vio sin esa imagen tan frágil en nuestra despedida.
Por eso no quería saber nada.
SEGUNDO VERANO
Pero resulta que, cuando ingresé a estudiar nuevamente, había alguien que me lo recordaba mucho.
Y fue por eso que abrí la caja… la hermosa caja.
_____________________________________________________
“Hola,
Sé que te irás por un tiempo.
Espero que te encuentres bien… espero que puedas estar bien.
No sé cómo expresarme, no sé cómo decirte lo que pienso.
Espero que estos chocolates te gusten mucho.
Y espero que esta carta… llegue a tu corazón.
Hace un tiempo que nos conocemos, pero no sé más allá de lo que dejas ver.
Me gustaría que, en algún momento, podamos hablar de nuestras vidas… conocernos mejor, ser amigos.
Recuerda: siempre estaré aquí si lo necesitas.
Te dejo mi número, por si algún día quieres hablar:
5### ###”
_____________________________________________________
Ja… solo amigos.
No sé por qué creí que ese “te amo” que me dijiste era de amor… y no de amor, de amistad.
Tal vez, en ese momento, solo te llenaste de valor.
Al fin y al cabo… nunca fuimos amigos.
Además… ¿tendrá el mismo número?
No recuerdo bien su rostro.
¿Será el mismo chico que acaba de llegar?
O bueno…
el único nuevo aquí soy yo.
_____________________________________________________
Me armé de valor y marqué el número…
no contestó.
Creo que era algo que esperaba.
O tal vez, si probaba mañana…
Nunca respondió.
TERCER VERANO
LUNES
— ¿Qué hiciste el fin de semana? — me preguntó un amigo.
— Nada — respondí —, solo ir al hospital… lo de siempre.
— Cierto, tienes que ir cada fin de semana… qué pereza —dijo.
—No digas eso —respondió una amiga.
Con ella era muy cercano. Siempre que podía, llegaba al estudio de mi madre o, si no, nos reuníamos en mi casa.
Hasta que, hablando, nos topamos con alguien.
El chico… parecido a Jonathan.
—Joseph, un poco más de cuidado, por favor. Hay mucho espacio —habló el chico.
Y entonces lo entendí.
Era Jonathan.
Tenía un tono brusco… frío… casi irreconocible...
Después de todo este tiempo…
¿seguía siendo él?