Aquello que fuimos

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Summary

Carla Ricci tiene diecinueve años y una sonrisa que esconde tormentas. Rebelde, irreverente y luminosa, vive atrapada entre el deseo de explorar el mundo y la necesidad de encajar en las reglas doradas de su familia. Cada gesto suyo es una danza entre la osadía y el miedo, entre lo que quiere y lo que le exigen. Lorenzo Romano tiene veintidós y una mirada que no tiembla. Frío, justo, protector, lleva la verdad como escudo y la justicia como bandera. Pero detrás de su temple, hay un corazón que solo quiere ser suficiente para quienes ama. Cuando se cruzan, el mundo deja de ser lógico. Milán se convierte en testigo de sus encuentros secretos, de sus silencios cargados, de una pasión que no pide permiso.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Carla

La fiesta de cumpleaños número treinta y dos de mi hermana Helena estaba en todo su esplendor. El salón Luxury Seven desplegó toda la elegancia y ostentación que a mi familia caracterizaba. Gente del jet set, millonarios, ricos, famosos, políticos y aristócratas de todas las nacionalidades concurrían a este tipo de eventos, donde no solo se celebraba un año más de mi hermana mayor, sino donde también se trazaban enormidad de acuerdos y tratos entre ellos. Porque mi padre y su esposo pertenecían a ese tipo de hombres. Nada era librado al azar, todo era perfectamente orquestado.

-Sonríe Carla – susurró Lena a mi lado – y ve urgentemente a quitarte ese color de los labios antes que te vea papá

-A mí me gusta

-Pero sabes que a él no, ¡ve ahora!

Completamente molesta me dirigía al baño y con una toalla desmaquillante quité mi labial rojo y usé el color nude que ella me había entregado. Avancé por el pasillo hasta volver al salón

-Estás perfecta hija – me saludo mi padre al verme

-Tú también Lucca – sonreí como tanto le gustaba

-Está la familia Reynolds, quiero que nos acerquemos a ellos. Va, que te acerques. El hijo es un muy buen partido para ti

-No me gusta Lyon papá, gracias.

Continúe mi camino dejándolo con las palabras en la boca. Odiaba que esté buscándome marido en pleno siglo veintiuno, como si no pudiera elegir.

Las horas pasaban lentas, solo quería irme. Posar para la foto, posar para la prensa, posar para mi hermana. Sonreír, sonreír, sonreír. Me dolían las mejillas de tanto fingir.

-¿qué es lo que tanto miras en tu móvil hija?

-Las chicas mamá, me esperan en el cumpleaños de Camille. Pero hasta que esto no termine, es imposible salir. ¿no sabes cuánto falta?

-¿no cumple años en Enero?

-No – mentí – esa era Nicoletta, ella hoy

-Espera a que corten el pastel, después ve. Sin que te vea papá en lo posible

-Gracias Amanda, te amo – abracé a mi madre besando su mejilla

-Erika no vino, esta estudiando. Ve a la fiesta, pero te quiero temprano en casa de tu prima luego de esa fiesta, nada de ir a lugares para mayores ¿oíste?

-Perfectamente – bebí mi copa de jugo

-Que sea la última vez que me dejas hablando solo, no olvides que soy tu padre y me debes respeto. Sobre todo, delante de la gente – mi padre se paró a mi lado sin sentarse

-Tardaste en venir a regañarme Lucca

-Porque estaba…

-Estabas cerrando tratos ya lo sé

-¡Cuida tus formas! – masculló por la bajo

-Hija suficiente- determino mi madre – Lucca relájate, te va a dar algo

-Haz algo bien una vez, y acomoda los modales de tu hija. Y tú… a ver si aprendes de tu hermana, el mejor ejemplo que puedes tener es Lena – se fue a seguir cerrando tratos

-No lo soporto, no sé cómo lo aguantas mamá

-Haz caso, por favor

Mi madre suspiro y yo con ella. Luchar contra mi padre era como luchar contra un troll gigante y querer pegarle con una rama de sauce, que se dobla sin llegar siquiera a rozarlo.

La torta de cumpleaños se cortó, y en cuanto vi la oportunidad de escapar, corrí a hurtadillas por el pasillo de emergencias al lado del baño, saliendo. El estacionamiento del salón estaba abarrotado de autos, y el chofer de mi padre dormitaba dentro del mercedes negro. Pasé rápido, para que no me viera, y cuando llegué a la acera, corrí dos cuadras con los enormes tacos Ferragamo y llegué a la avenida. Un auto gris se detuvo frente a mi

-¿pediste un Uber? – la voz de conductor me hablo

-Si – mentí subiéndome – ehhh… te doy la indicación, arranca por favor

-Dime a dónde

Reparé el perfil del joven conductor. Cabello algo ondulado caía por su frente, nariz respingada y labios preciosos. Barba recortada y unas manos enormes descansaban sobre el volante

-A la zona de Porto Novo, ahora te indico bien – busqué la ubicación en el móvil y se la mostré pasándome por entre medio de los asientos – aquí

-Siéntate bien por favor

-Bueno, te dejo el móvil ahí – se lo acomode delante para que lo vea – yo preciso acomodarme, espero no te moleste

En el semáforo se giro a ver lo que hacía. Me descalcé dejando mis zapatos sobre el asiento. Me quité los pantys negros y el bajo de mi vestido azul lo rasgué, quitándole toda la falda larga, volviendo el vestido de escote cuadrado, corto, como me gustaba.

-No tuviste mejor idea que romper tu vestido aquí – continuó el camino

-Es necesario – me acomodé en el asiento volviendo a poner mis zapatos

En el próximo semáforo, cuando se detuvo, tomé el labial rojo y volví a colarme por el medio de los asientos

-Es un segundo, solo disculpa

Me lancé hacia el espejo retrovisor y delineé mis labios de color rojo, hasta dejar la boca perfectamente cubierta. Encontré su mirada en el espejo, que iba más allá de mis labios y una sensación rara me tomo el vientre. Sus ojos eran preciosos, un color ámbar, parecida a la miel, con largas y tupidas pestañas. El claxon del auto de atrás nos indico que el semáforo había cambiado y el conductor exhaló quejándose, sin decir nada.

Volví a mi lugar y ya estábamos llegando.

-Treinta euros

-Toma – extendí la tarjeta para que se cobre

-Solo efectivo

-¿efectivo? Deberías modernizarte, no tengo treinta euros. Tengo cincuenta

-No tengo cambio, son treinta

-No tengo treinta, tengo cincuenta o cien ¿qué quieres?

-Que me pagues

-Bien, toma cincuenta y déjalo a cuenta por las molestias ocasionadas. Te regalo mis medias y la falda del vestido

Baje del auto dejándolo con los cincuenta euros, las medias y el bajo de mi vestido. La puerta de la casa de Nicoletta se abrió, las chicas me esperaban para salir a escondidas, una vez más.

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