Prólogo
Ese cielo sagrado, tan limpio, tan divino, tan puro, como los ojos citrinos de él antes de ser corrompido por la soberbia que llega a cada ser creado por Dios.
Lucifer había querido apuñalar por la espalda a quien le dio la vida; sus pecados cometidos estaban sentenciados hace ya tiempo; por más que quisiera escapar de aquello, ya estaba encerrado en una jaula.
Sentía sus pulmones hincharse y deshincharse muy rápido solo para causarle más ansiedad por las miradas que lo juzgaban con distintas mezclas de lástima, decepción o directamente asco. Lucifer no quería dejar su refugio por un error, eso se repetía en la cabeza mientras murmuraba al compás de los movimientos frenéticos de sus pupilas; pero en un arranque de locura tiró todas las copas ostentosas de la mesa, que caían al suelo de mármol con un sonido que alteraba más su cordura; le recordaba a su daga cayendo de entre sus dedos cuando hizo el primer corte en el cuello del Todopoderoso y el último que haría en él.
Frente al ángel maldito estaba su padre. Padre que debía jugar el papel de verdugo. No quería más hijos manchados con sangre pervertida. Para Dios, Lucifer era un ser impío que él mataría con sus propias manos; aquello se reflejaba en los ojos, que eran como diamantes pulidos: tenían brillo, sin embargo, seguían demasiado fríos. Lucifer no quería verlos mucho por miedo a que esto hiciera la llegada de su castigo veloz como la luz del sol.
—¡No es justo, no es justo, no es justo! —esas palabras las había repetido un centenar de veces, cada vez más alto, con esa voz robada de un niño berrinchudo pero con ojos de uno que estaba siendo abandonado. Sus dedos finos encontraban sus mechones de fuego y los estiraban; pronto, sin espera alguna, los dedos bajaron a sus mejillas bañadas de lágrimas, lastimaba aquel lugar con sus uñas dejando rastros de líneas que sangraban. La jaula le comenzó a asfixiar demasiado; era muy pequeña para recordarle que sus actos tenían consecuencias peores. No estaba encerrado en jaula alguna; es más, el espacio era bello, donde se respiraba lavanda, lirio blanco y jazmín, pero ¿acaso había peores barrotes que la mirada de decepción de un padre?
Se arrodilló. Se humilló. Soberbia borrada por suplicar. Suplicar perdón de lo imperdonable.
—Papá, soy tu hijo favorito —comenzó su ruego para librarse de su castigo; se había anclado a la seda de su padre, no obstante, este no bajaba la mirada ante una escoria—. Soy tu angelito, soy Luzbel. ¡Perdóname, papá, no debí hacerlo, lo sé, perdóname! —Lo último lo dijo casi como una orden, tan brusca como el sonido de la túnica rasgándose, y por fin, la fría mirada se dirigió a su figura.
El Altísimo no le ofreció consuelo, menos misericordia, solo una decepción que pronto se convirtió en ira, luego en violencia. Agarró a su hijo por las alas, como si fuera a agarrar una mariposa para arrancarle su capacidad de volar; lo iba a hacer, de hecho, con Lucifer. Garras se sintieron cuando apretó el doble su agarre sobre sus delicadas alas; las plumas se esparcieron pegándose por el suelo gracias a la sangre que se había vuelto a esparcir.
Llegaron al borde del cielo, en el abismo que tanto miedo le daba de pequeño; en cambio, ahora era obligado a plantarle cara a ese miedo, aunque fuera temblando. Su progenitor solo lo empujaba más al borde para que sintiera temor, el mismo que él experimentó cuando su ángel le intentó degollar.
—No volveré a hacerlo, papá —le murmuró entre sollozos. Nunca se sintió tan vulnerable y lo odiaba, en especial luego de sentir tanto poder sobre alguien que ahora lo incitaba a caer.
—Estoy seguro de que no volverás a hacerlo nunca más —le susurró al oído del condenado al tiempo que hacía que sus pies volvieran a una plataforma estable. Su voz sonaba amenazante, muy dura; mas un loco puede ver colores, pero no distingue los tonos, como Lucifer, que solo escuchó las palabras sin prestar atención a cómo fueron dichas; volvía a tener el abrigo de su padre.
—Te quiero mucho, papi —fue la primera vez en algún tiempo que pronunciaba esas palabras a quien le dio la vida—. Lo que hice fue para ser igual a ti, ahora solo seré bueno, como tú conmigo.
—El momento en donde más te pareciste a mí, pequeño hijo, fue cuando intentaste tener el poder a todo costo —el tono ocultaba todas las emociones; no obstante, había tristeza, desnudaba su alma ante él—. Por eso estoy decepcionado.
Lo lanzó. Fue tonto por creer que existía perdón por la traición cometida. Mas su mayor pecado no será nunca la traición, será ser igual a su padre, pues esta es la peor decepción para un progenitor. Una gota de arrepentimiento cayó por el abismo ese día, una que pertenecía a un padre que veía caer a su hijo de su nido y, a pesar de que ya estaba fuera de su alcance, los brazos de su pequeño de alas rotas, por heridas hechas a causa de su propia mano, seguían levantados hacia su figura esperando un abrazo o que le enseñara a volar para llegar a su nido con sus hermanos.