San Valentín (Piloto)
Acto 1: El fantasma del podio
No lo digo con emoción. Lo digo como quien lee una sentencia de muerte o el precio del chocolate y los dulces. Para el resto de esta escuela, hoy es el día de los globos rojos y globos rojos de decoración —sí, hablo de esa decoración de doble sentido—. Cartas escritas en hojas de libreta con perfume barato, declaraciones en medio del pasillo y cartulinas con una letra pésima que gritan "lo hice hace cinco minutos".
Para mí, es el recordatorio anual de que soy un fantasma que ocupa un pupitre y un simple número en la lista.
Bienvenidos a mi humillante vida. En el ecosistema de esta preparatoria salvaje y barata, hay depredadores (urgidos), presas (las "populares" que, seamos realistas, no tienen nada de presas) y luego estoy yo: el decorado que ocupa un lugar en este plano físico. Soy esa mancha en la pared que nadie nota hasta que toca limpieza o causa problemas.
A veces me pregunto si tengo un superpoder. Podría caminar por la cafetería semidesnudo y lo único que recibiría sería una queja por ensuciar el piso. No soy el raro ni el nerd. Ni siquiera llego a ser el blanco de los bullies. Soy nadie. Y aunque esa paz me gusta un poco, en un día donde todos "son algo" para alguien, ser nadie se siente como una bofetada en cámara lenta: sientes el ardor en cada segundo.
Para colmo, hoy toca "la actividad". Esa dinámica donde tienes que votar por quién te parece más buena onda, quién tiene mejor estilo, quién es atractivo físicamente o en personalidad, y a quién le pedirías una cita. Hombres votan a mujeres y mujeres a hombres. Un mercado de carne escolar.
Obviamente, me la salté.
Suena la campana del convivio.
—Profe, ¿puedo ir al baño rápido? —mentí.
Me encerré en el cubículo. Pasé media hora viendo videos, dejando que el tiempo muriera mientras fingía que me sentía mal. Es un refugio seguro, o eso creía. Cuando decidí que ya había sido suficiente y regresé al salón, el aire se sentía distinto. Pesado.
Me quedé petrificado. Durante diez segundos exactos, el mundo se detuvo mientras mis ojos escaneaban la pizarra donde los votos estaban contados.
Ahí estaba mi nombre. No una, sino tres veces bajo categorías que no tenían sentido para alguien como yo: Mejor estilo, atractivo físico y la cita.
Me quedé callado frente a todos. Diez segundos de un silencio incómodo, viendo esas marcas de tiza que me sacaban de las sombras de la peor forma posible: de manera superficial.
Acto 2: El colapso del sistema
Desperté con el olor penetrante a alcohol y humedad. Estaba en ese cuarto que funciona como enfermería, oficina del psicólogo, prefectura y bodega de deportes al mismo tiempo, porque seamos realistas: esto no es el primer mundo. Aquí, los balones desinflados comparten estante con los expedientes y las gasas caducadas.
Sentí que algo sujetaba mi mano. Por un microsegundo, mi mente alimentada por el cliché del anime pensó que sería alguna de las chicas del salón, quizá la que votó por mí. Pero la realidad es más amarga. Al abrir los ojos, vi el brillo de una aguja; me iban a picar el dedo con un glucómetro para ver si mi azúcar no se había ido al suelo.
—Ya tomé tus datos y todo está en orden —dijo la psicóloga sin mucha ceremonia—. Solo fue un pequeño desmayo.
Me incorporé con cuidado en el catre de emergencias. Es una estructura de metal vieja que rechina con cada suspiro; aquí no hay espacio para camas de verdad ni camillas de hospital.
—¿Quién me trajo? —pregunté, esperando cualquier nombre menos el que escuché.
—Tu maestra te trajo cargando —contestó ella de forma plana.
No dije nada. El silencio fue mi única respuesta ante la imagen mental de mi profesora arrastrándome por los pasillos como un fardo de cemento. Patético.
—Ya me puedo retirar, ¿verdad? —La mujer asintió con la cabeza, más interesada en sus papeles que en mi existencia.
Al salir, el aire fresco me golpeó y los recuerdos de la pizarra regresaron de golpe, pero ya era tarde para procesarlos: ya era el receso, ese momento del día donde los grupos se mezclan para convivir.
—¡Picazooo! —escuché a lo lejos.
La voz era una mancha sonora, no la reconocí. Mi cerebro seguía en modo standby, tratando de reconectarse con la realidad.
—¡Picazo! —insistió una chica que apareció de la nada y se puso a mi lado.
—¿Hum? ¿Qué pasa? —balbuceé, todavía un poco aturdido.
—¿Estás bien? ¿Ya pasó? —me preguntó con una urgencia que me pareció exagerada.
—Pues todo bien... creo —respondí, tratando de no sonar tan confundido como me sentía.
—Uf, es un alivio —suspiró ella, como si realmente le importara.
¿Qué? Justo cuando iba a preguntar por qué tanta preocupación, una chica de otro grupo pasó corriendo junto a nosotros, rompiendo el momento.
—¡Corre! ¡Le van a declarar su amor a Zoe! —gritó la desconocida a toda velocidad.
Y así, sin más explicaciones, mi acompañante se dio la vuelta y se perdió entre la multitud, dejándome ahí parado, sintiendo que el mundo seguía girando demasiado rápido para un "nadie" que apenas acaba de despertar.
Acto 3: Declaración horriblemente eficaz
Me acomodé el cabello con un gesto rápido y me pasé las manos por la cara, tratando de sacudirme el rastro del desmayo. Respiré hondo, llenando mis pulmones del aire viciado de la escuela, y caminé con calma hacia el exterior de la cafetería, cerca de las canchas de fútbol.
Al llegar, el ambiente estaba cargado de esa histeria colectiva típica de San Valentín. Escuché a unas cuantas chicas murmurar con envidia que ellas deberían estar en el lugar de Zoe. A primera vista, esas tipas eran de las que no le desearía ni a mi peor enemigo, pero el tipo que estaba en el centro del espectáculo no se quedaba atrás; de hecho, no entendía cómo alguien como él pudo interesarse en Zoe.
No pasaron ni cinco segundos desde mi llegada cuando la masa empezó a rugir, coreando con una sincronía aterradora: "¡A-CEP-TA! ¡A-CEP-TA!".
El ruido cesó de golpe. El silencio que siguió fue sepulcral. Zoe, con la mirada clavada en el suelo y una voz tan suave que casi se perdía en el aire, soltó el golpe:
—Lo siento, pero no me interesas... y me gusta alguien más.
Fue terminar la frase y el caos estalló de nuevo. Unas siete chicas se lanzaron prácticamente a los pies del tipo, gritando que esa cartulina y esa declaración serían mejor aprovechadas con ellas. Una escena exagerada, patética y difícil de ver sin sentir algo de vergüenza ajena. Zoe aprovechó el tumulto para esfumarse. El "galán" dejó caer la cartulina al suelo con desprecio y, poco a poco, la multitud se dispersó buscando el siguiente espectáculo.
Me acerqué a ver el despojo de papel que yacía en el piso. Era una cartulina fosforescente con letras hechas a marcador negro; se notaba que la había terminado hacía cinco minutos. El tipo gritaba "irresponsable" por todos sus poros y, a mi parecer, no tenía ni un gramo de atractivo, aunque para las chicas que lo perseguían parecía ser un premio. Todos se fueron a otras zonas de la escuela donde empezaban declaraciones más pequeñas, con menos público.
Seguí al tipo y a su séquito desde lejos. Vi cómo las chicas que lo seguían regresaban rendidas al poco tiempo. Tenía curiosidad, quería escuchar qué decían de verdad cuando no había cámaras ni público de por medio. Me escabullí hasta la jardinera que daba a la parte de atrás de su salón y me quedé ahí, oculto. Esperaron a que el salón quedara vacío para hablar con "libertad".
—Ah, creí que iba a aceptar —dijo el protagonista de la escena, con una voz que ya no sonaba para nada romántica.
—Creo que era obvio, ella es más "de casa" —comentó un segundo tipo con tono de burla.
—Ya lo sé —respondió el primero—, pero quería que esas tetas fueran mías.
Me quedé helado. La sorpresa me golpeó justo cuando un tercer tipo intervino:
—A mí me gusta más su culo. Su pecho es algo exagerado, a mí me gustan más planas.
Me quedé escuchando un poco más, sintiendo cómo el estómago se me revolvía. No era solo hablar por hablar; hablaban de sus "conquistas" como si fueran objetos de producción. En pocos minutos, dejaron claro su verdadero plan: solo buscaban parejas para grabar videos porno y luego botarlas. Resultó que las chicas de antes, las que rogaban por la cartulina, eran las ex de algunos de ellos.
Me quedé ahí, en silencio, con una opinión igual de asquerosa sobre los tres. En esta escuela salvaje, ser un "nadie" empezaba a no parecer un plan tan malo después de todo.
Acto 4: El peso de la verdad
El sonido de la puerta del salón al cerrarse marcó el fin de la función. El silencio regresó a la jardinera, pero Zoé no me soltó de inmediato. Su mano seguía apretando mi brazo, y fue ahí donde lo sentí: estaba temblando. No era un temblor de frío, sino ese pulso eléctrico que te recorre cuando el asco y el miedo se mezclan.
—Ya lo sabía —soltó en un susurro, casi para sí misma—. Ya lo sabía porque... porque ya he visto esos videos. He visto lo que les hacen, y ellas aún así lo haceptan, son unas zorras
El aire se sintió sofocante asfixiante. No era un chisme; ella había cargado con esa imagen sola, viendo cómo exhibían a otras chicas sin que nadie hiciera nada ni siquiera ellas mismas. Al verme ahí, tirado en la tierra con ella, pareció darse cuenta de que ya no estaba sola en ese rincón oscuro. La imagen "neutra" que tenía de mí y que todos tienen de mi a mi parecer—ese tipo de segundo semestre que solo ocupa un número en la lista— cambió por completo. En ese escondite, dejamos de ser "la popular y provocativa chica" y "el fantasma del fondo" para ser dos testigos asqueados compartiendo una verdad amarga y asquerosa.
—¿Por qué no has dicho nada? —le pregunté, bajando la voz al mínimo.
Zoé tragó saliva. Sus ojos buscaron los míos con una honestidad desgarradora.
—¿A quién, Picazo? ¿A los prefectos que solo quieren que nadie se queje? ¿A mis "amigas" que están obsesionadas con ellos? ¿a los maestros que sino le afecta a su sueldo no es su problema?
Se pasó una mano por su rostro de facciones suaves, tratando de recomponerse. El hecho de haber compartido ese momento conmigo le había quitado un peso, pero también le daba miedo. Éramos cómplices por accidente.
—Tú... tú eres el de los votos de hoy —dijo, intentando cambiar el tema para no quebrarse—. Estilo, físico y la cita. Es gracioso. Todos votando por fotos y apariencias, mientras la verdadera mierda pasa aquí , en la tierra.
Se puso de pie con cuidado, sacudiéndose el uniforme. Me miró una última vez antes de salir de entre los arbustos.
—Gracias por no hacer ruido —me dijo con una timidez real—. Y por favor... trata de volver a ser ese fantasma. Es el lugar más seguro de esta escuela.
Acto 5: Dos pupitres de distancia
Regresé al salón todavía sintiendo la tierra en las rodillas. La atmósfera ahí dentro era el polo opuesto a la jardinera: risas estúpidas, olor a frituras y el ruido de las bancas arrastrándose. El "convivio" seguía en su punto máximo, pero para mí, todo se sentía como una película fuera de foco.
Caminé hacia mi lugar al fondo. Al sentarme, la vi: Zoé ya estaba ahí, sentada dos espacios adelante de mí.
Desde mi posición, solo podía ver su nuca y la forma en que sus hombros se mantenían rígidos. El resto del salón seguía comentando los resultados de la pizarra: "¡Miren a Picazo, el rompecorazones!", gritó alguien, seguido de un par de risas. Hace diez minutos, ese comentario me habría gustado "por fin popular" pero no; ahora, me parecía patético.
Zoé no se movió. No buscó la aprobación de sus "amigas". Simplemente estaba ahí, siendo el centro de atención de un salón que no tenía idea de que ella era una bomba. De repente, dejó caer su bolígrafo "accidentalmente". El objeto rodó por los azulejos hasta quedar justo en el espacio entre su banca y la mía. Se inclinó para recogerlo y, en ese movimiento, giró la cabeza lo suficiente para que nuestras miradas se cruzaran.
Fue un segundo. No hubo sonrisas. Solo fue un reconocimiento silencioso: "Tú sabes lo que yo sé no me decepciones ". En sus ojos ya no estaba la chica inalcanzable y timida, sino la persona que había temblado y que se había enfadado junto conmigo entre los arbustos.
Acto 6: Justicia sobre el cemento
El convivio pasó a la acción física con el torneo de voleibol ya que la temática era la pareja perfecta se interesa por los gustos del otro. El premio era una cena pagada con quien el MVP del equipo eligiera. Básicamente, un pase libre para que los tipos que escuchamos en la jardinera pusieran sus manos sobre alguien de forma "oficial".
—¿A quién vas a elegir si ganas, Picazo? —se burló el tipo de la cartulina mientras botaba el balón—. ¿O vas a invitar a una de tus monas chinas?
Sus amigos soltaron una carcajada. Se sentían invencibles porque dominan la cancha de fútbol todos los días. Pero ahí estaba su error. Ellos creen que el voleibol es solo fuerza y gritos. Yo, en cambio, entreno todos los días con el equipo femenino. Mientras ellos corretean un balón de fútbol, yo he pasado meses recibiendo remates de las mejores jugadoras de la escuela. Sé que en este deporte la fuerza no sirve de nada si no tienes control.
El silbato sonó. Esos tipos se movían como si estuvieran en un campo de fútbol, estorbándose entre ellos. El primer balón me quedó perfecto. Salté...
¡BAM! El remate fue directo a la cara del tipo de la cartulina. El sonido del impacto contra su nariz resonó en toda la cancha. El tipo cayó de espaldas, aturdido. Sus amigos se quedaron congelados, le salió un poco de sangre pero nada para preocuparse
El segundo punto fue para el tipo que hizo los comentarios sobre el físico de Zoé. Saqué un flotado que cambió de dirección al último segundo; el tipo intentó recibirlo con los brazos rígidos y el balón salió disparado hacia las gradas. Ni siquiera pudieron tocarlo. Humillación pura.
Para cuando terminó el partido, cada uno había recibido un remate en la cara o se había quedado mirando cómo el balón caía en medio de ellos mientras se echaban la culpa. Al final, se quedaron ahí, en el cemento, con las caras rojas y el orgullo destrozado.
tras la final y ganarle a los otros 7 equipos
Caminé hacia la orilla de la cancha. Miré hacia las gradas. Zoé estaba de pie, con una mano en la barandilla de metal. Habíamos ganado la cena. El "nadie" de quince años tenía el premio que todos querían, y los tipos que pensaban usarlo para su asqueroso video ahora solo tenían un dolor de cabeza que no se les quitaría en semanas. Al sentarme en las sillas que hacían de banca Zoe caminaba hacia mi.