Prólogo
Nika
Nika, así me llama mi padre. Él pinta, todo el día. Es su cable a tierra o su perdición, aun no lo sé. Mi casa, su casa, una casa vieja y corroída por la humedad. Llena de cuadros, pinturas, óleos, pinceles y bastidores por donde se mire. Las ventanas dejan pasar la luz a través de sus vidrios esmerilados de colores, enormes, que guardan historias de una infancia feliz.
Mi madre Leonora Carter me amaba infinito. Así lo decía siempre. Ella también era artista, una artista de circo. Hacia malabares, pero se destacaba en el aire, era trapecista. Su destreza era increíble, caminaba por una soga a grandes alturas, saltaba y giraba en el aire, se sostenía de una forma mágica. Siempre recuerdo su cabello castaño recogido en un prolijo moño con una hebilla dorada. Sus mayas a juego y su sonrisa que iluminaba el estadio completo. Sus ojos se iluminaban cuando la miraba desde abajo, sin perderme de vista en ninguna de sus presentaciones. Pero un día se apagaron, cuando tenía dieciocho. Aún la recuerdo, se despertó para que mi padre me llevara a la escuela y recuerdo sus palabras como si las dijera hoy: ¡Martina, es hora! – apenas pude abrir los ojos cuando un ruido seco hizo que mi cabeza despegara de la almohada, viéndola desplomada en el suelo, sin vida. Y no pude comprender del todo lo que había pasado, hasta que la emergencia llego y me dijo que lo lamentaba. Mi padre no estaba, aún no había llegado y solo me abrazó esa enfermera que me dio una de las noticias más triste de mi vida.
Creo que ese día no solo murió ella, sino yo también, Martina Nicola Grecco había muerto en vida, y cada día que paso se apagó más y más. Y mi padre, Eliseo Grecco vivía solo por la pintura. Había cerrado su taller de autos, la depresión lo había dejado meses en cama y esa era su vida ahora. Comer obligado, pintar y dormir. Pero cada día que pasaba todo era menos. La comida, mi padre y mi casa. Ese orden y armonía que solo mi madre sabía poner, me costaba mantenerlo, porque no había dinero, sostén ni familia. Y mis días pasaban buscando eso que mi padre no podía darme debido a su depresión. Termine la preparatoria contando que mi vida era feliz, pero sé que nadie me creía. Mis amigas se alejaron, y me quedé sola con un padre que desmejoró tremendamente de un momento a otro. Me hablaba cuando me reconocía, a veces cantaba. Lo obligaba a bañarse y a comer lo que quedaba en la despensa. Ya nadie se ocupaba de mí y de darme lo que necesitaba. Y comencé a mentir a todos. Porque me iban a separar de la única persona que me quedaba, que, aún perdido en su mente, era todo lo que tenía.
La calle se convirtió en mi casa, los cestos de basura el sitio donde encontraba comida, pero donde también encontré algo más. Una amiga, Cassie. Era casi como yo, vivía de lo que encontraba, pero porque ella quería, porque odiaba a sus padres y se rebelaba escapándose. Y hacía todo lo que ellos no querían. Comer de la basura, consumir sustancias, robar y tener sexo sin importarle con quien. Nunca entendí porque lo hacía, pero mas no preguntaba porque se enojaba conmigo, y yo ahora dependía un poco de ella, de conseguir dinero y comida. Porque me llevó a probar que un poco de su mundo no me haría mal. Solo me abriría una puerta que nunca más podría cerrar.
Vittorio Golti, mi jefe. El cabecilla de una red enorme de delincuencia y prostitución. El que manejaría los hilos de mi vida a partir de esa noche que nos encontró a las dos jugando a ser grandes. Y acepte, porque sí, porque el dolor de estómago por estar días enteros sin comer me nublo el pensamiento, y acepte. O no. Del todo, no. Quise porque era más fácil. Robar era tener dinero rápido, comer, pagar las cuentas de casa y tener a mi padre, en su mundo, dentro del mío. Pero no acepte la prostitución, ese era mi límite. Y aunque desconocía el por qué, para Vitto también lo era de alguna forma.
Y mi vida se convirtió en un caos, porque vivía al límite. Una ironía para alguien que su madre era una trapecista que caminaba en la cuerda floja, donde ahora caminaba yo. Pero en la cuerda floja de la vida real, donde podía caer en manos de la policía, terminar dentro de la cárcel, con un tiro en la cabeza, o acabar siendo una de todas las mujeres de La Torre Escarlata, del burdel de unos de los mafiosos más pesados de Chicago. Y estaba segura de que ninguna de las dos cosas eran opción para mí.
Porque Nika no los dejaría, se rehusaría y se preparaba para todo, menos para la traición de las personas en que más confiaba.
Ben
Atlantic City, New Jersey me da la bienvenida en una mañana calurosa y húmeda de comienzos de junio. Mi mochila con tres prendas de ropa y diez dólares es todo lo que tengo. La última casa de acogida me había abrigado por cinco meses, que fue lo máximo que duré en una.
Con un padre muerto en un tiroteo a los diez años y una madre adicta, el estado norteamericano decidió dos años después, que no era apta para mí ni mis hermanos más chicos. Aidan de siete y Laura de cuatro fueron dados en adopción a una familia bien constituida en el centro de Manhattan. Pero yo no entraba en ese cuadro perfecto, porque era un rebelde incorregible, eso había oído de Marie la supervisora. Así que fui descartado por los Miller, y de esa casa de acogida pasé por muchas, más de diez. Y es que si, si nadie me quería, yo tampoco los iba a querer. Y me convertí en un verdadero hijo de puta. Hacía todo lo que no debía. Y es que los odiaba a todos, por no verme, por ser indiferentes a mí.
Y odie a mi padre por haberse muerto y habernos dejado con mi madre. Carol no solo vivía drogada, sino que se prostituía en mi casa con tal de conseguir más crack, anfetaminas y coca. Lo que sea, le daba igual. Y yo solo veía desfilar a cientos de hombres dentro, en donde solo me importaba cuidar a mis hermanos de ella, de sus golpes y de todos los que entraban. Y es que más de una vez me usaron a mi o a Aidan para sus perversiones. Pero a Laura nadie la tocaba, porque no sabían de su existencia. La encerraba con un viejo juego electrónico en el armario de mi habitación. Pero Aidan y yo estábamos expuestos porque no cabíamos en él, y más de una vez tuve que hacer cosas que no quise, solo para que no lo tocaran, como lo habían hecho conmigo en el sótano de mi casa ese jueves, que comenzó a repetirse, aunque no quería. Y todas esas veces fueron las que hicieron que odiara más a mi madre, porque cuando no lograba escapar me entrega sin remordimientos. Y porque cuando en el servicio social me encontró robando comida, nos separaron, llevándonos a hogares desconocidos, con más chicos como yo y mis hermanos, pero que no eran tan amistosos como pensaba. Y ahí aprendí a luchar, a defenderme y odiar a todos un poco más.
Siempre fui hábil, rápido y astuto. Mi padre me enseñó a serlo, porque la delincuencia era su mundo. Me enseñó a ganar, siempre a ganar. A leer a las personas, me moldeo a su gusto. Aprendí de todo. Cuando la gente hablaba solo tardaba unos pocos minutos en descifrarlos, en saber qué querían, lo que deseaban y qué pasos darían según mis movimientos. Y así aprendí a jugar, a estudiarlos.
De grande pude comprender como se movían grandes cantidades de dinero en un casino. Mi padre fue mi primera escuela y en el casino de Robert Costello me perfeccioné. Me enseño quienes tenían las cuentas a reventar, quienes jugaban a tener dinero y quienes perdían hasta lo que no tenían. Solo comencé limpiando los pasillos, todos los benditos días, porque quería una vida normal donde entraran mis hermanos. Pero cuando las cartas están marcadas nada puede cambiar la suerte. Desfalcar la banca de Robert hizo que pusiera los ojos en mí, y desde ese día jugué con él. Porque tenía un objetivo claro, tener mucho dinero, casa y comida asegurada, y tal vez así, solo así, podría un día llegar a recuperar a mis hermanos.
Solo que no contaba con que uno de los capos de Nueva York me había atrapado en su red, de la que no saldría a menos que muriera.