La Primera Estrella
El cielo de Eldoria nunca había sido tan silencioso como esa noche.
Elara estaba sentada en el tejado de tejas rotas de la vieja posada "El Lucero Olvidado", con las rodillas recogidas contra el pecho y una manta raída sobre los hombros. El viento de finales de otoño traía olor a tierra húmeda, humo de chimeneas lejanas y el leve aroma dulzón de las flores de luna que crecían salvajes en las grietas de las paredes. Desde allí podía ver casi todo el valle: las luces titilantes del pueblo de Valnira abajo, el río Plateado serpenteando como una cinta de plata bajo la luna, y más allá, las montañas Oscuras que parecían guardianes dormidos.
Tenía veintidós años y, sin embargo, se sentía mucho más vieja.
Su madre había muerto hacía tres inviernos, dejándole solo una pequeña casa de adobe en las afueras, un gato flaco llamado Sombras y un collar de plata con una piedra negra que nunca se quitaba. Su padre... bueno, su padre se había marchado cuando ella tenía siete años, diciendo que iba a buscar fortuna al otro lado de las montañas. Nunca regresó.
Esa noche, Elara no podía dormir. Otra vez.
Los sueños se habían vuelto demasiado reales: caídas interminables, voces que susurraban en lenguas olvidadas, y un fuego dorado que ardía dentro de su pecho sin quemarla. Se despertaba sudando, con el corazón latiéndole tan fuerte que parecía que quería salirse.
Se abrazó las rodillas con más fuerza y levantó la mirada.
El cielo estaba despejado, lleno de estrellas. Miles de ellas brillaban con esa luz fría y distante que siempre la había fascinado. Pero esa noche algo era diferente. Había una inquietud en el aire, como si el mundo entero contuviera la respiración.
Entonces lo vio.
Una estrella se movió.
Al principio pensó que era su imaginación. Parpadeó varias veces. No, se estaba moviendo de verdad. Despacio al principio, luego cada vez más rápido. Dejó un rastro dorado brillante, como si estuviera derritiéndose mientras caía. Otra estrella la siguió. Y otra. Y otra más.
Elara se puso de pie tan rápido que la manta cayó al suelo.
-¿Qué...?
Las estrellas caían. No como lluvia, sino como lágrimas de fuego. Algunas se apagaban antes de tocar el suelo, otras seguían brillando incluso después de desaparecer detrás de las montañas. El cielo se estaba rompiendo.
Un estruendo lejano retumbó en el valle, como si un gigante hubiera golpeado la tierra. Luego otro. Y otro. Cada impacto hacía vibrar las tejas bajo sus pies descalzos.
Elara sintió un tirón extraño en el centro del pecho, justo donde colgaba el collar. La piedra negra empezó a calentarse. No quemaba, pero estaba tibia, casi viva. Se la llevó a la mano y la apretó con fuerza.
-Esto no puede estar pasando... -susurró.
Abajo, en el pueblo, empezaron a oírse gritos. Voces asustadas, puertas que se abrían, perros que ladraban desesperados. Alguien tocó la campana de la plaza. Una, dos, tres veces. La señal de emergencia.
Elara bajó del tejado por la escalera de madera vieja que crujía con cada paso. Corrió descalza por las calles empedradas, el frío de la noche mordiéndole los pies. La gente salía de sus casas en camisón, con antorchas y linternas. Algunos señalaban al cielo, otros se abrazaban llorando.
-¡Es el fin del mundo! -gritaba una mujer mayor, arrodillada en medio de la calle.
-¡Las estrellas están cayendo! ¡Los dioses nos abandonan! -respondía un hombre con voz temblorosa.
Elara no se detuvo. Siguió corriendo hacia las afueras, hacia el lugar donde una de las estrellas más brillantes parecía haber caído, no muy lejos de su propia casa. El tirón en su pecho se hacía más fuerte con cada paso. La piedra del collar ahora ardía suavemente, como si le estuviera indicando el camino.
Llegó al pequeño bosque de pinos que separaba el pueblo de los campos. La luz de la luna apenas penetraba entre las ramas. El aire olía a ozono y a algo dulce, como miel quemada. Sus pies descalzos pisaban agujas de pino y tierra blanda.
Allí, en un claro pequeño, lo vio.
Un cráter humeante de no más de tres metros de diámetro. En el centro, brillando con una luz suave y dorada, había un fragmento del tamaño de su mano. No era roca. Parecía cristal vivo, translúcido, con vetas de luz que se movían dentro como si tuviera sangre.
Elara se acercó lentamente. El corazón le latía en los oídos.
El fragmento pulsaba. Al ritmo de su propio corazón.
Se arrodilló frente a él. El calor que emanaba era agradable, reconfortante. Extendió la mano temblorosa y, antes de que pudiera pensarlo dos veces, tocó la superficie.
Un destello cegador la envolvió.
Imágenes invadieron su mente como un torrente:
Una ciudad flotante hecha de luz y cristal.
Una mujer idéntica a ella, pero con ojos completamente dorados, susurrando: "Encuéntrame...".
Hombres con armaduras negras y capas con símbolos de luna rota persiguiéndola por pasillos interminables.
Un guerrero de ojos grises luchando contra sombras que tenían forma de personas.
Una anciana ciega sentada bajo un cielo estrellado, sonriendo como si supiera exactamente lo que iba a pasar.
Y una voz, clara y antigua, que resonó dentro de su cabeza:
-El velo se ha roto. Las estrellas han elegido. Ahora tú debes elegir, hija de la caída.
Elara retiró la mano con un grito ahogado. El fragmento seguía brillando, pero ahora más tenue. En su palma había quedado una marca pequeña y brillante, como una estrella de cinco puntas que no dolía.
Se miró la mano, luego el cráter, luego el cielo.
Más estrellas seguían cayendo, pero ya no tan numerosas. El espectáculo estaba terminando.
De pronto, oyó pasos pesados acercándose entre los árboles. Voces bajas y urgentes.
-...por aquí. La señal era fuerte.
-Que no escape. La Orden la quiere viva.
Elara se levantó de un salto. El pánico le subió por la garganta.
No sabía quiénes eran, pero su instinto le gritaba que corriera.
Agarró el fragmento estelar (estaba sorprendentemente frío ahora) y lo escondió dentro de su camisa, contra la piel. Quemaba un poco, pero lo soportó.
Corrió.
Corrió entre los pinos, ramas golpeándole la cara y los brazos, el suelo irregular lastimándole los pies. Detrás de ella, las voces se hicieron más fuertes. Eran al menos tres hombres. Uno de ellos parecía llevar una armadura, porque el sonido metálico de sus pasos era inconfundible.
-¡Detente, muchacha! ¡En nombre de la Orden de la Luna Rota!
Elara no se detuvo. Saltó un pequeño arroyo, resbaló en el barro del otro lado y siguió corriendo. El pueblo ya estaba cerca. Si lograba llegar a las calles iluminadas, quizás podría esconderse entre la gente asustada.
Pero justo cuando vio las primeras luces de las casas, una mano fuerte la agarró del brazo y la tiró hacia atrás.
Cayó al suelo con fuerza. El aire se le escapó de los pulmones.
Sobre ella estaba un hombre alto, de cabello negro corto y ojos grises como acero. Tenía una cicatriz fina en la mejilla izquierda. Su expresión era dura, pero no cruel. Llevaba una capa oscura sobre los hombros y una espada envainada a la espalda.
-No grites -le dijo en voz baja y urgente-. Si te encuentran ellos primero, estás muerta.
Elara intentó soltarse, pero el hombre era demasiado fuerte.
-¿Quién eres? -jadeó.
-Me llamo Kael. Y acabas de tocar algo que no debías.
Antes de que pudiera responder, tres figuras con armaduras negras y capas con el símbolo de una luna partida en dos aparecieron entre los árboles. Uno de ellos levantó una ballesta.
Kael maldijo entre dientes, sacó su espada con un movimiento fluido y se colocó delante de Elara.
-Quédate detrás de mí -ordenó.
La primera flecha voló.
Kael la desvió con la espada en un movimiento casi imposible. El choque de metal resonó en la noche.
Elara se arrastró hacia atrás hasta que su espalda tocó un árbol. El fragmento estelar contra su pecho latía con más fuerza, como si estuviera emocionado. O asustado. O ambas cosas.
El guerrero luchaba con una precisión letal. Cada golpe era calculado, cada movimiento ahorraba energía. Pero eran tres contra uno, y los hombres de la Orden parecían entrenados para matar.
Uno de los atacantes logró pasar la guardia de Kael y se lanzó directamente hacia Elara.
Ella gritó.
En ese preciso instante, el fragmento dentro de su camisa brilló con tanta intensidad que la luz atravesó la tela. Un pulso de energía dorada salió de su cuerpo y golpeó al hombre de la Orden en pleno pecho. Este salió volando varios metros y se estrelló contra un árbol con un crujido horrible.
Los otros dos se detuvieron, sorprendidos.
Kael miró a Elara por encima del hombro, con los ojos muy abiertos.
-¿Qué demonios eres tú? -murmuró.
Elara no tuvo tiempo de responder.
El suelo empezó a temblar otra vez. Otra estrella, mucho más grande que las anteriores, estaba cayendo directamente hacia ellos. Su luz era tan brillante que iluminaba todo el bosque como si fuera de día.
Kael la agarró del brazo y tiró de ella.
-¡Corre! ¡Ahora!
Corrieron juntos mientras la estrella caía detrás de ellos. El impacto fue ensordecedor. Una onda expansiva de aire caliente y luz los levantó del suelo y los lanzó varios metros adelante.
Elara rodó por la tierra, tosiendo polvo y hojas. Cuando levantó la cabeza, vio que el cráter nuevo era mucho más grande. Del centro salía una figura... humana, pero envuelta en llamas doradas que no quemaban.
La figura miró directamente hacia ella.
Y sonrió.
Elara sintió que el mundo se inclinaba.
Kael se levantó con dificultad, sangrando por una herida en la frente, y la ayudó a ponerse de pie.
-Tenemos que irnos -dijo con voz ronca-. Lejos de Valnira. Lejos de la Orden. Esta noche acaba de empezar algo que nadie podrá detener.
Elara miró una última vez hacia el pueblo. Las campanas seguían sonando. La gente gritaba. El cielo seguía sangrando estrellas.
Luego miró al guerrero que acababa de salvarle la vida y al fragmento que aún latía contra su piel.
-¿Adónde vamos? -preguntó con la voz temblorosa.
Kael envainó la espada y le tendió la mano.
-A buscar respuestas. Antes de que las estrellas terminen de caer... y se lleven el mundo con ellas.
Elara tomó su mano.
Y por primera vez en su vida, sintió que ya no estaba sola.
Pero también sintió, en lo más profundo de su ser, que acababa de cruzar una línea de la que ya nunca podría regresar.
Fin del Capítulo 1