Good Luck, Babe!

Summary

One shot. Felix amaba a Hyunjin. Hyunjin amaba a Felix. Más no todo era tan simple como parecía. Un amor destinado a marchitarse, sin siquiera haber tenido la oportunidad de haber hechado raíces. Aclaración: Esta historia es solo ficción, si no te gusta este tipo de contenido te invito a no leerla. Tiktok: Book.sung

Genre
Romance
Author
Sung
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

One Shot

Meses de contención.

Miradas que duraban un segundo más de lo debido.

Roces que parecían accidentes. Silencios demasiado cargados para ser casualidad.

—Hyun...—murmuró Felix contra sus labios, sin apartarse.

Sus manos, aferradas a la espalda del mayor.

Hyunjin no se detuvo. No podía.

No justo ahora...

Lo tenía contra la pared, las manos firmes en su cintura. No lastimaba, pero tampoco dejaba espacio para escapar.

Había esperado años por esto.

Sus labios descendieron por la curva de su cuello, lentos, intensos.

—Felix... ¿estás seguro? —preguntó apenas logró separarse.

La pregunta tembló más de lo que quiso admitir.

Felix asintió, respirando entrecortado.

Y eso fue suficiente.

Esa noche dejaron de fingir que no se deseaban, cruzando esa línea que ambos se habían esforzado por mantener.

Solo se dejaron llevar. Las consecuencias podían esperar.

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—Hyunjin... Lo de anoche fue un error. No debimos cruzar esa línea. Lo sabes.

Felix no lo miraba mientras se vestía. Se movía rápido, como si pudiera huir antes de escuchar la respuesta.

Hyunjin permaneció sentado en la cama, las sábanas aún revueltas a su alrededor.

—¿Eso es todo?... —preguntó al fin.

Silencio.

—Me caso en menos de dos meses.

Eso era todo. Esa era la sentencia.

Hyunjin dejó escapar una sonrisa seca.

—No la amas.

Felix cerró los ojos.

Era cierto. No se casaba por amor. Ni siquiera le gustaban las chicas.

—No se trata de eso.

Hyunjin lo miraba. Felix tenía razón.

Tenía la maldita razón.

Sin embargo, deseaba con todas sus fuerzas que no fuera así.

—Entonces, ¿de qué? ¿De tus padres? ¿De lo que dirán? ¿De que somos dos hombres?

Cada palabra lo golpeó.

Felix bajó la mirada, incapaz de sostenerla.

—Nunca nos aceptarían.

Y ahí estaba la verdadera grieta.

—Entonces ¿así termina todo? ¿Sin siquiera haber tenido la oportunidad de comenzar? —su voz salió más amarga de lo que pretendía—. ¿Así de fácil te rindes?

Felix lo miró.

La lucha interna era evidente en sus ojos.

—No es tan simple.

—¿Prefieres ser infeliz toda tu vida solo para ser aceptado por tus padres? Felix, vamos. Solo di que sí. Te juro que enfrentaré a toda mi familia si es necesario. Que se jodan con lo que es correcto o no. Ambos nos amamos... ¿o acaso es un delito?

Hyunjin lo miraba suplicando.

Felix era su todo. Se amaban. Pero el amor no siempre era suficiente para empezar algo.

—¿Y qué dirán ellos? ¿Qué dirá todo el mundo? ¡Se supone que solo somos mejores amigos a los ojos de todos! —exclamó Felix roto.

Vivían en un mundo en el que las apariencias eran sumamente importantes. Simplemente una relación que no podría florecer, todo por el simple hecho de ser chicos.

Hyunjin río secamente.

—¿Es lo único que te importa? Las apariencias, ¿no? Supongo que en eso te pareces a ellos.

Hyunjin, quien hasta ese momento había estado sentado en la cama, se levantó y comenzó a vestirse apresuradamente.

—Está bien, Felix. Tomaste tu decisión - caminó hacia la puerta, dándole la espalda—. No digas que nunca te lo dije. Sigue manteniendo las apariencias, entonces.

Fue lo último que dijo antes de salir de la habitación.

Felix se quedó inmóvil.

No lo detuvo.

Miro alrededor. Las sábanas arrugadas, la cama... justo donde había sido amado por Hyunjin.

Cerró los ojos y se dejó caer.

¿Por qué tuvo que ser hombre? Si tan solo hubiese sido mujer, todo sería más fácil. Para él. Para Hyunjin.

Su celular vibró. Un mensaje.

"¿Amor? Supe que no llegaste a casa. ¿Todo bien? Tu madre me ayudó a elegir las flores para nuestra boda. Son hermosas."

Jane. Su prometida.

No respondió.

Su pecho dolía. Todo en su mundo comenzaba a sentirse más pesado.

¿Qué sentido tiene tenerlo todo... si no puedes elegir a quien amas?

Se odiaba por no ser más valiente.

Hyunjin estaba dispuesto a luchar contra el juicio y las expectativas de todos. Pero él no tenía el valor suficiente para hacerlo.

Así que se rindió sin siquiera haberlo intentado.

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—Estoy orgullosa de ti, Lix. Mi hijo ya es todo un hombre.

Frente al espejo, el traje le quedaba perfecto.

Hecho a la medida.

Pero nada encajaba.

Se suponía que debía sentirse feliz.

Era su boda.

Y aún así, ese vacío crecía.

Muy en el fondo sabía el porqué de esa sensación que se había instalado en lo más profundo de su ser.

Porque no era él.

Porque no era Hyunjin con quien se casaría.

Aunque las piezas parecían correctas, todo se sentía fuera de lugar.

–Felix, ¿en qué piensas tanto? Te noto distraído.

La voz de su madre lo hizo volver a la realidad.

En que esto no es lo correcto.

Quiso decirlo.

Quiso gritarlo.

Pero solo se limitó a responder:

—Nada —forzando una sonrisa.

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Leyó el mensaje. Algo en su expresión cambió y, sin darse cuenta, ya se encontraba en el punto de encuentro.

Ese pequeño café. Discreto. Al que solían ir para hablar. Antes de que sus padres lo comprometieran con Jane. Cuando todo era más fácil y la vida no pesaba tanto como ahora.

Miró hacia la ventana. Un par de chicos saliendo del colegio.

Una sonrisa nostálgica se asomó en su rostro.

Extrañaba eso.

Cuando podía estar junto a Hyunjin sin preocupaciones.

Odiaba su vida.

Condenado a una historia que no había elegido. Una farsa que había borrado todo rastro de felicidad.

Dejándose llevar por los prejuicios.

Por lo que la sociedad pensaba.

Nunca pudo aceptarse del todo. No quería ser la decepción de su familia. Tal vez eso fue lo que lo llevó a aceptar su compromiso con Jane.

Hyunjin ya estaba allí.

—Pensé que no vendrías.

Felix no respondió. Sus manos temblaban sobre la mesa, incapaz de mirarlo.

—¿Estás seguro? —preguntó está vez sin rabia, solo cansancio.

Felix lo miró por fin.

Y se quebró.

—No... no quiero casarme con ella.

Las palabras salieron rotas.

Hyunjin cruzó la mesa y sostuvo su rostro entre ambas manos, limpiando las lágrimas con los pulgares.

Con el mismo cuidado y ternura de siempre.

—Entonces no lo hagas. No tienes porque. Huyamos. O enfrentemos todo. Cualquier opción que te parezca bien. Pero no tienes que hacerlo.

Felix lo pensó.

Por un segundo imaginó esa vida.

Libre.

Honesta.

Posible.

Tal vez eso lo haría sentir vivo otra vez.

Pero el peso de años de obediencia fue más fuerte.

Negó.

Estaba siendo realista. El "felices para siempre" no era algo con lo que su historia - que ni siquiera había comenzado - pudiera terminar.

—No. No quiero decepcionarlos.

Intentó convencerse.

Hyunjin cerró los ojos.

La respuesta cayó como un balde de agua fría.

Ahí terminó todo.

Y aunque le costara aceptarlo, supo que Felix ya había tomado su decisión.

Y él debía respetarla. Tal como lo había prometido.

Esbozo una sonrisa. No de alegría, sino de resignación y dolor.

—Te amé. Te amo —dijo con una calma que dolía más que un grito—. Y seguramente siempre lo haré. Pero no puedo luchar solo.

Lo dijo... pero no se fue.

Felix lo miro, rompiendo en llanto otra vez.

Era la decisión más difícil de su vida.

—Perdóname, hyun. Por no poder luchar por lo nuestro. Por todo. Por ser un cobarde. Por conformarme con lo fácil.

Hyunjin no lo juzgo.

Nunca lo haría.

Lo comprendía.

Una vida planeada desde antes de que siquiera pudiera elegir.

Inclinó el rostro. Sus labios quedaron a centímetros.

Felix cerró la distancia de golpe.

Sus manos se aferraron a la camisa de Hyunjin, acercándolo más.

Hyunjin sostuvo su cintura con una mano y su nuca con la otra.

Un beso desesperado. Doloroso. Mezclado con el sabor salado de las lágrimas.

Sabía a despedida.

Ambos lo sabían.

Sabían que, al separarse, ese beso sería el último rastro de lo que pudo haber sido y nunca fue.

Un nudo se formó en su estómago.

¿Por qué el mundo real tenía que ser así?

Un amor que nunca pudo florecer, hundido en el lodo que los rodeaba.

Cada rosa en ese jardín que habían regado con tanto esfuerzo... aplastadas por el peso de la realidad.

Un peso que dolería toda la vida.

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El día de la boda llegó.

Estaba de pie frente al altar. Aceptando su destino.

—Jane, ¿aceptas a Felix como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo todos los días de tu vida?

Jane sonrió y, sin dudar, respondió:

—Acepto.

Felix sintió su corazón encogerse.

Ver a Jane responder sin titubear lo hizo sentir pésimo.

No solo se estaba condenando a sí mismo, sino también a ella. A esa chica que lo había amado con devoción todo ese tiempo.

Había sido un matrimonio arreglado —por el bien de la empresa—, sin embargo, Jane se había entregado a él desde el primer día.

Miró de reojo hacia los invitados, incapaz de evitarlo. Esperando ver a Hyunjin en uno de los asientos.

Tal vez esperaba un milagro. Una razón para huir.

Pero sabía que no ocurriría.

—Felix, ¿aceptas a Jane como tu legítima esposa, para amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Silencio.

No respondió de inmediato.

No quería.

No podía.

No lograba pronunciar una palabra tan sencilla.

Sus padres, al notar la duda en sus ojos, le dedicaron una mirada de advertencia.

Felix suspiró, buscando el valor que le faltaba.

—... Si.

Los invitados aplaudieron con alegría.

Ya era tarde.

Había firmado su condena.

Un amor que nunca fue quedaba atrás.

A los ojos de todos, era un momento hermoso. Dos vidas uniéndose en sagrado matrimonio, prometiendo amarse hasta el final.

Para Felix no fue así.

Esto solo era el comienzo de su dolor. Una vida aprendiendo a existir sin sentirse vivo.

Jane se inclinó y unió sus labios a los de él.

Felix no reaccionó de inmediato; su cuerpo entero se tensó. Nunca antes la había besado.

Esperó.

Espero sentir algo.

Eso que solo Hyunjin podía provocarle con una simple mirada.

Nada.

Solo un vacío creciendo en su interior.

Porque no era Hyunjin.

No eran sus labios.

No eran sus manos en su cintura.

Los labios de Hyunjin eran cálidos. Sabían a hogar.

Esto...

Esto era un beso frío.

Distante.

Sin rastro de la calidez que alguna vez conoció.


—Eres el "no se pudo" que más me duele.

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