El color de la coincidencia y el inicio del cambio
Era la noche del 6 de junio y el colegio estaba de fiesta. Se celebraba el aniversario de la institución y el ambiente estaba lleno de música y gente. Yo caminaba por los pasillos con la actitud de siempre, rodeado de mis amigos. En ese entonces, cursaba el cuarto año de secundaria y me conocían por ser un chico algo rebelde, de los que no solían pasar desapercibidos, pero no precisamente por los estudios.
Esa noche, sin embargo, algo cambió.
En un momento dado, giré la cabeza y la vi entre la multitud. Era una chica de piel morena y estatura baja, pero había algo en ella que me obligó a clavar la mirada. Llevaba un vestido rojo que la hacía lucir hermosa, destacando sobre todo lo que ocurría a nuestro alrededor. En ese instante experimenté algo que solo podría describir como amor a primera vista; sentí una atracción inmediata que me dejó sin palabras.
A pesar de los nervios, logré acercarme. Quería que tuviéramos algo que nos conectara, así que compré dos pulseras para compartirlas en pareja: una para ella y otra para mí. Fue un gesto impulsivo, nacido de lo enamorado que me sentí apenas la conocí. Sin embargo, esa noche el inicio no fue un cuento de hadas; cuando llegó la hora del baile y me armé de valor para invitarla, ella me negó la pieza. Regresé con mi grupo sintiéndome avergonzado, con ese “roche” quemándome por dentro, pero con una certeza absoluta: no iba a ser la última vez que buscara estar cerca de ella.
Pasaron los días y mi curiosidad no hacía más que crecer. No me quedé de brazos cruzados e investigué todo sobre ella. Busqué en sus redes sociales, pregunté y observé hasta que entendí quién era realmente. Descubrí que era una estudiante ejemplar, alguien dedicada al cien por ciento a sus estudios y sumamente responsable.
Al ver sus notas y su compromiso, me detuve a mirarme a mí mismo. Ella era excelencia y orden; yo era rebeldía e irresponsabilidad. Entendí que si quería tener una oportunidad con alguien así, no podía seguir siendo el mismo de siempre. “Ella no va a querer estar con alguien irresponsable”, me dije.
Fue entonces cuando tomé la decisión más importante de mi etapa escolar: cambié. Dejé atrás la rebeldía y me enfoqué en ser más responsable y tranquilo. Siempre supe que era inteligente, incluso los profesores lo decían, pero ahora tenía un motivo para demostrarlo. Mi actitud dio un giro tan radical que todos a mi alrededor —amigos y maestros— lo notaron. No era solo por las notas, era por demostrarle a ella, y a mí mismo, que podía ser una mejor persona.
Empezamos a hablar por chat, conociéndonos poco a poco, de manera sana. Aunque en los pasillos del colegio los nervios todavía me ganaban y a veces nos manteníamos algo alejados, por dentro yo seguía cayendo por ella. Lo que empezó ese 6 de junio se convirtió en una historia que hoy, tres años después, seguimos escribiendo.