Cero

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Summary

La humanidad tiene un talento especial para el suicidio colectivo, pero uno aún mayor para la hipocresía. Tras las cenizas de las Grandes Guerras, unos científicos decidieron que la libertad era el problema. Su solución: las Nueve Ciudades. Nueve jaulas diseñadas para que nadie tenga que volver a pensar. Cada ciudad es una ecuación. Cada ciudadano, una variable. Nos marcan desde el primer aliento, nos clasifican y nos graban un código en el cuello que define nuestro valor, nuestro futuro y con quién tenemos permitido morir. Mi nombre es Galia Smith. Vivo en El Origen, la ciudad que el sistema llama "Uno". Mi código es el 10001. Sé que para ti los números son solo herramientas. En tu mundo, puedes ser quien quieras. En el mío, el 10001 es la marca de la "perfección". Un Uno debe ser impecable: blanco, lógico, obediente. Un engranaje silencioso en una máquina de cristal. El problema es que yo no soy un jodido uno. El sistema se divide en castas que juraron no mezclarse jamás: desde los eruditos de El Lexicón y los artistas de La Lira, hasta los guerreros de El Bastión y los observadores de El Prisma, esos científicos que nos vigilan desde El Vértice. Incluso los rígidos arquitectos de El Enclave (la Ciudad Nueve) creen que este orden es eterno. Y luego está el mito: la Zona Cero. El vertedero de los que rechazan su cifra. Dicen que allí se devoran entre ellos, pero sospecho que esa es la mentira que el sistema usa para que no miremos más allá de las verjas. Siempre me he preguntado qué se siente al ser algo más que una frecuencia en el cuello. Es una idea estúpida, lo sé. Soy la 10001. Soy un Uno perfecto. Y este es el lugar al que pertenezco... ¿verdad?

Genre
Scifi
Author
Justnorkys
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Nací en un quirófano extendido al que llaman ciudad. Un lugar donde te arrebatan el derecho a decidir antes de que aprendas a hablar, donde normalizaron el olor a dentífrico y asfixiaron la humanidad bajo capas de orden higiénico. No es mi culpa. Es nuestra. Siempre somos nosotros, los humanos, jodiendo lo que tocamos. A veces pienso que la vida sería mucho más sencilla si alguien nos conectara un cable de alta tensión al cerebro antes de que se nos ocurriera la siguiente estupidez. Pero no. El caos es nuestro deporte favorito.

Soy Galia Smith. Se suponía que yo era el prototipo de la perfección, la “Uno” que no daría problemas, la que nunca iniciaría un disturbio. Crecí en un mundo diseñado en blanco absoluto, hasta que los bastardos de El Vértice lo tiñeron de negro. Lo que no calcularon fue que el negro siempre ha sido mi color favorito.

Ahora, mientras los escombros de El Enclave (la Ciudad 9) todavía llueven como ceniza sobre nuestras cabezas y mis pulmones arden por el humo, solo tengo un pensamiento constante: voy a matar a Max. Y si el muy imbécil ya se murió en su misión, juro que lo revivo solo para tener el placer de asesinarlo yo misma.

¿Quieren saber cómo terminamos entre cenizas? Vengan. Empecemos por el principio de la caída.


Me desperté antes que el sol, como siempre. En el instituto de El Origen, el silencio es una obligación, no una opción. Al menos es viernes; mañana volveré a ver a mis padres y podré fingir un poco menos. Salí al patio para recibir los primeros rayos de luz —lentos, pesados, casi artificiales—. Hay una paz extraña aquí, una que me hace preguntarme cómo era la vida antes de que nos fragmentaran en pedazos de una ecuación.

Hace años conocí a un chico de La Lira, la ciudad de los artistas. Recuerdo que cuando leía sus poemas nostálgicos parecía que le dolía el estómago. O quizá era simplemente que estar triste en un mundo que te obliga a ser feliz es una enfermedad física.

—Buenos días. Veo que madrugaste hoy, 10001.

La voz de Aries me sacó de mis pensamientos. Aries. Nombre de signo zodiacal, de una época en la que la gente creía en las estrellas y no en los algoritmos.

—Sí, va a ser una mañana movida —le respondí, recorriéndome un poco en el banco para dejarle sitio. Era nuestro ritual de cada amanecer.

—¿Cómo vas con los preparativos para El Vértice? —preguntó, clavando la vista en el horizonte.

—Bien, supongo. Aunque faltan semanas, siento el número del cuello vibrar cada vez que lo mencionan.

—Nadie está preparado del todo para que lo descompongan y lo vuelvan a armar —murmuró—. He oído que las chicas de El Bastión son una bomba, Gali. —Solté una carcajada seca—. Esas te pondrían la cara contra el suelo antes de que pudieras decirles que tienen bonitos tenis.

Reír con Aries era de las pocas cosas que no se sentían programadas por un ordenador. Hemos crecido juntos, unidos por el mismo hilo invisible: unos padres obsesionados con que sus hijos fueran el “Uno” perfecto, el estándar de oro del sistema.

—Tienes razón —continué—. Pero imagina encontrarte a alguien de La Lira allí dentro. Pobres seres, siempre envían a los más sensibles a morir entre los que no tenemos sentimientos.

—Siempre buscando pelea con los más nobles, Smith —me dijo con una sonrisa socarrona.

—Vamos, Aries. Ya casi es hora del toque de queda matutino.

A medida que volvíamos, el sol empezaba a castigar con su claridad clínica. Cada uno regresó a su cubículo a prepararse para otra dosis de adoctrinamiento.

—...como les decía, la división de los Sectores fue la única vía tras el colapso. Los líderes seleccionaron a los ciudadanos con los ideales más puros para asegurar la supervivencia de la especie —la voz de la profesora Mera era un zumbido monótono. Sesenta años de vivir bajo la norma y todavía parecía una pieza recién salida de la fábrica—. Las siguientes tres horas fueron un bucle de la misma historia que nos llevan contando tres siglos. Una mentira repetida mil veces hasta que se volvió nuestra única verdad.

En el receso, la mesa de siempre nos esperaba: Aries, Xina y Bush. El mismo cuadro de siempre. Los mismos “perfectos” de siempre.

—He oído por ahí que unos Eruditos de El Lexicón planean una fiesta en el búnker esta noche —soltó Bush, dándole un mordisco violento a su sándwich.

—Se supone que el búnker es un secreto de estado, Bush —comenté, bajando la voz.

—Siempre lo ha sido. Un secreto de generaciones que creen que somos tan tontos como ellos —se rió Aries.

Iba a replicar cuando unos pasos rítmicos interrumpieron la charla. Stel.

—Hola, Aries —dijo con esa voz que siempre me suena a estática—. Me preguntaba si estarías libre esta tarde.

Aries ni siquiera se molestó en fingir interés. —De hecho, tengo planes con Galia. Quizá en otra década, Stel.

Si las miradas pudieran ejecutar personas, yo ya sería un cadáver en el suelo de la cafetería. Stel se dio la vuelta y se largó.

—Deberías darle una oportunidad —le dije, aunque por dentro celebraba su rechazo—. Es una... buena chica.

—Gali, ser un “Uno” te obliga a ser educada, pero no me pidas que me trague eso. Además, ¿qué mejor plan que escabullirnos al búnker? Hay que saborear los últimos restos de libertad antes de que nos encierren en El Vértice.

—No es como si fuéramos presos —dije, aunque mi propio número me escocía en el cuello como una advertencia.

—¿No? —Aries se inclinó hacia delante, bajando tanto la voz que apenas era un susurro—. Pregúntales a los que ya están en El Vértice cuándo fue la última vez que tomaron una decisión privada. En catorce días, Galia, nuestra vida dejará de ser nuestra. Pasaremos de ser humanos a ser propiedad del Estado en su forma más pura.

Tenía razón. Nos quedaban exactamente dos semanas de esta falsa libertad. Catorce días para respirar sin que un instructor de la Ciudad Ocho nos midiera las pulsaciones por minuto.

—Siete en punto en el almacén —sentencié.

Cada uno se retiró a su habitación. Mientras caminaba por los pasillos de un blanco clínico, sentí el peso del 10001 en mi nuca. Aquella escapada al búnker no era solo una fiesta; era nuestro último acto de resistencia antes de que el reloj de arena de El Vértice empezara a soltar sus granos. Todavía no lo sabía, pero esas dos semanas que restaban no serían de preparación, sino el inicio del incendio que lo devoraría todo.