Capítulo 1
Acostada en la cama, me despierta el olor a pan recién horneado, siempre ha sido así.
El pan caliente tiene algo que se mete debajo de mi piel, que me abraza, me mima sin tocar y me hace sentir cobi0 jada, es familia.
¿Sabes? El olor me devuelve a cuando era niña, cuando en las madrugadas apenas alcanzaba a abrir los ojos y ya escuchaba a mis abuelos y a mis padres moverse entre las mesas de amasado, hablando en voz baja, riendo, contando los chismes del pueblo, pero sobre todo viviendo como la familia que somos.
Mi abuelo nos decía: — Ese olor no solo alimenta tu cuerpo, también alimenta tu alma, nunca lo olvides, después de eso ponía un poco de masa en mis manos y me enseñaba a bolear el pan.
Cuando sale el pan del horno de leña, me hace sentir que el corazón me va a explotar, como los sabores que estallan en mi boca cuando doy la primera mordida, desde pequeña sabía que la masa era una extensión de mis manos, que podía hacer que una simple mezcla de harina, azúcar, levadura, se volvieran en algo extraordinario.
Aprendí a traer siempre mi libreta donde hacía anotaciones de combinaciones, de cantidad, pero no todo está en esa libreta, tengo toda la información en mi cabeza.
Mi abuelo y abuela me han enseñado en explotar ese don para crear el pan y hacer crecer la panadería hasta donde pueda.
Me levanto de la cama, tomo mi ropa y entro al baño, la jornada laboral en El Horno de los Azcaray está por comenzar.
—Es hora de levantarse —le digo a mi hermana al pasar por su cuarto.
—Herminia… ¿puedes esperar? —rezonga— Son las cuatro de la mañana.
—¿Y? Yo me duermo tarde y me levanto temprano, la panadería no se atiende sola… mucho menos se hornea el pan por arte de magia.
—Que mamá te ayude…
—Mamá ya trabajó suficiente, le tocó el turno de la noche, necesita descansar, ahora nos toca a nosotras.
—Ahorita voy… —murmura, escucho moverse las cobijas, seguramente acomodándose para seguir durmiendo.
La ignoro, bañada y lista, me recojo el cabello en una coleta y coloco la red con cuidado, aquí no se escapa ni un solo cabello, definitivamente, no en mi turno.
Al llegar al cuarto de las mesas, todo está en su lugar, así puedo saber exactamente dónde está cada cosa.
No es que sea obsesiva, bueno, tal vez un poco, pero me gusta el orden, las mesas largas de madera, están limpias, me dan la bienvenida, paso mi mano por una de ellas.
—Buenos días —le digo a la nada— Guía mis manos para que todo salga bien, me encomiendo a ti, Señor. Hoy intentaré ser un ser de luz, así podré electrocutar a todo aquel que se ponga de necio— Río con eso, en este pueblo se hornean chismes al por mayor.
Volteo y veo el rack está lleno de pan recién horneado, mi madre y abuela trabajaron durante la noche y se fueron a dormir, confían en mí desde hace unos años y eso no es algo que me tome a la ligera.
Abro mi libreta que ha visto días mejores, desde pequeña aprendí anotar todos los panes que se me ocurren: mezclas nuevas, ideas locas, un poco de aquí y otro de allá.
Pero siempre son mis viejas las que hacen las últimas anotaciones, tres pares de ojos ven más que uno y en esta familia, el pan no solo se hace, se perfecciona.
Sacudo mi mandil, las puertas de madera siguen cerradas con la tranca de siempre, si estas puertas hablaran, contarían cada cosa que uno se entera cuando vienen por pan.
Sonrío apenas, aquí no solo se compra pan, también se comparten historias.
Abro las puertas y el pueblo de Niebla Alta me recibe, el aire frío se cuela sin pedir permiso, como siempre, la neblina aún no se levanta del todo y las calles parecen medio dormidas, pero no por mucho tiempo. En el pueblo todo el año es frío, en verano podemos decir que es fresco, pero en invierno, es terrible, por eso siempre tenemos venta de pan.
—Buenos días —saludo.
Ahí está, la vecina más chismosa del pueblo, la que todo lo sabe o al menos eso cree.
—Buenos días, Herminia —responde, alzando la escoba como si fuera parte de su personalidad.
La miro de reojo, si alguien sabe lo que pasa en Niebla Alta, es porque ella ya lo contó primero.
Regreso a la mesa de amasado, el frío de la mañana se queda atrás en cuanto pongo las manos sobre la masa.
Aquí el tiempo no corre, se amasa, tomo un poco de harina, la dejo caer como lluvia fina sobre la mesa y comienzo a trabajar, hoy quiero intentar algo nuevo, con anís, el aroma ya vive en mi cabeza antes de existir en el horno, es dulce, ligeramente intenso… distinto, como esos cambios que no sabes si van a gustar, pero igual necesito hacerlo.
—¿Ya empezaste sin mí?
La voz de mi hermana llega arrastrando sueño y mal humor.
—Llegaste tarde.
—Herminia, son las siete y media… —Marina bosteza— La gente normal ya está despertando, no viviendo una jornada completa.
—La gente normal no tiene una panadería que abrir y sobre todo una familia que mantener.
Resopla y se deja caer contra la mesa.
—Algún día me voy a ir de aquí —murmura— A un lugar donde el pan no sea más importante que dormir.
Levanto la mirada apenas.
—El día que te vayas… vas a extrañar esto.
—No lo creo.
Sonrío, pero no insisto.
El aroma del anís empieza a mezclarse con la masa, suave al principio… como un secreto que apenas comienza a tomar forma.
—¿Qué es eso? —pregunta Marina, acercándose.
—Una idea.
—¿Otra?
—La buena, tal vez.
Rueda los ojos, pero no se va, porque, aunque se queje, aunque sueñe con irse, Marina Azcaray siempre termina quedándose.
El aroma del anís empieza a tomar forma en el horno, el Abuelo decía —Hay que esperar… como todo lo bueno— Tenía razón, todo lleva un tiempo, y cuando huele a pan, es porque ya está el pan.
Marina ya está en su lugar, midiendo ingredientes sin mucho entusiasmo, pero con la práctica de quien ha hecho esto toda su vida.
—Si no sabe bien, no voy a fingir —advierte.
—Nunca te lo he pedido.
—Pero siempre lo esperas.
No respondo, porque no es mentira.
El calor del horno envuelve el cuarto, y por un momento, todo se siente en calma.
Hasta que escucho los pasos, lentos y conocidos.
—Ya huele diferente —dice la voz de mi abuela antes de aparecer.
Levanto la mirada.
Ella entra primero, como siempre, mi mamá viene detrás, con el cabello aún recogido a medias y esa mirada que lo observa todo sin decir demasiado.
—Buenos días —saluda mi madre.
—Buenos días —respondemos casi al mismo tiempo.
—¿Qué hiciste ahora? —pregunta mi abuela, acercándose al horno.
—Algo nuevo.
—Otra de sus ideas —interviene Marina, sin levantar la vista — ya saben.
—Pues sí, siempre hay experimentar nuevo sabores —respondo.
Mi abuela sonríe apenas, ella siempre sabe cuándo hablo en serio, el temporizador suena, ese pequeño clic que lo cambia todo, abro el horno y el aroma sale de golpe, cálido, dulce, envolvente, pero no como siempre, es más suave, más profundo, no sé cómo explicarlo, es como el primer beso de amor, lento, profundo, tierno.
Saco la primera charola con cuidado, el vapor se eleva como un suspiro, llenando el aire.
—Cuidado —dice mi madre, aunque ya lo sé.
Coloco las piezas sobre la mesa, nadie habla, este momento siempre es sagrado, tomo uno, lo parto, el interior esponjoso deja escapar aún más aroma, le doy el primer bocado, cierro los ojos apenas y ahí está, exactamente como lo imaginé.
Levanto la mirada.
—Está listo.
Mi abuela no espera, toma un pedazo, lo prueba con calma, como si el tiempo no existiera.
Mi madre hace lo mismo, Marina… duda un segundo, pero también muerde.
Silencio, por unos segundos.
—…No manches —dice Marina al final, con la boca aún llena— Está buenísimo.
Mi madre asiente, más contenida, pero su mirada lo dice todo.
—Tiene equilibrio —murmura— No empalaga.
Mi abuela sonríe y eso vale más que cualquier palabra.
—Este se queda —dice finalmente.
Y en esta familia, cuando ella decide, no hay discusión.
Mi abuela no dice nada más, simplemente se gira hacia la estufa.
—A esto le falta café —murmura.
Y tiene razón, el aroma del anís aún flota en el aire cuando el del café comienza a abrirse paso, más fuerte, como si abrazara todo lo demás.
Saca la olla de siempre, para las mañanas importantes, porque sí, esto cuenta como importante.
—Siéntense —ordena, sin levantar la voz.
Y obedecemos, mi mamá sirve las tazas de barro, Marina ya tiene otro pan en la mano, yo apenas me permito detenerme, tomo otro pedazo, aún tibio, y le doy un mordisco más, el anís se siente justo donde debe, sin robarle protagonismo al resto.
Marina ya va por el segundo.
—Oigan… —dice de pronto, masticando— ¿Ya supieron?
No levanto la mirada.
—¿Qué cosa?
—Lo de Claudia Rivas.
Mi mamá frunce apenas el ceño.
—¿Qué tiene Claudia?
Marina sonríe de lado, de esas sonrisas que anuncian desastre.
—¡Ay mamá! la envidiosa de los Rivas, viven subiendo la calle, la que trae entre ceja y ceja a Mimi, está embarazada.
El silencio cae sobre la mesa.
—¿Estás segura? —pregunta mi madre.
—Segurísima, ayer fue a la farmacia de Don Chema y no precisamente por un resfriado.
Mi abuela resopla.
—Esa muchacha…
—¿Y de quién? —pregunto, más por inercia que por interés.
Marina levanta las cejas.
—Ah, ahí está lo bueno.
Deja el pan sobre la mesa y se inclina un poco, como si alguien fuera a escucharla, aunque en esta casa ya lo sabemos todo.
—Dicen que no es del novio.
Mi madre la mira con advertencia.
—Marina…
—¿Qué? Yo solo digo lo que se comenta.
—Los chismes no siempre son verdad.
—Pero siempre tienen algo de cierto —responde, encogiéndose de hombros.
Le doy otro mordisco al pan, sin meterme más.
—¡Buenos díiiias! —canta una voz que reconozco al instante.
No necesito voltear.
—Ya llegó el huracán —murmura Marina.
Sonrío.
—Pasa, Lupita.
Mi mejor amiga entra como si el lugar también fuera suyo, con esa energía que ni el frío de Niebla Alta logra apagar, mejillas rosadas, bufanda mal puesta y ojos brillando con información peligrosa.
—No saben lo que les tengo que contar —dice, dejando su bolsa sobre la mesa sin pedir permiso— Esto está buenísimo —Nos mira una por una, esperando reacción.
Mi abuela le acerca una taza de café sin preguntar.
—Primero toma —le dice— luego hablas.
Pero Lupita no aguanta.
—¡Claudia Rivas está embarazada! —Silencio.
—Ya lo sabemos —decimos las cuatro al mismo tiempo.
Lupita se queda congelada, con la boca medio abierta.
—¿Cómo que ya saben? — Marina sonríe, triunfante.
—¡Llegaste tarde!
—¡No puede ser! —se deja caer en la silla— Yo venía corriendo para ser la primera.
—Aquí nunca eres la primera —dice mi abuela, con calma— Solo confirmas lo que ya sabemos.
Mi mamá asiente, tomando un sorbo de café.
—¿Y ahora qué más se dice?
Lupita parpadea, procesando la derrota, pero se recupera rápido.
—Bueno —dice, inclinándose hacia adelante—… dicen que no es del novio.
Marina suelta una risa.
—Eso también ya lo sabíamos.
—¡No manches! —protesta— Entonces, ¿qué chiste tiene venir? —Tomo mi taza, doy un sorbo y sonrío apenas.
—El café, el pan, también la compañía y por último que tienes que trabajar.
—Bueno, al menos vine a tiempo para lo importante— Deja la taza sobre la mesa y se levanta de golpe, como si recordara su lugar en el mundo —A ver, ya estuvo bueno el chisme. ¿Qué hay que hacer?
Camina directo al perchero y toma su mandil, se lo coloca con la facilidad de quien ya conoce cada rincón del lugar, aunque no lleve nuestra sangre.
Porque Lupita no es familia, pero casi.
—Hoy tenemos pan de anís —le digo.
Sus ojos brillan.
—¿Nuevo?
—Salido del horno.
—Entonces hoy se vende solo —responde, girándose hacia el mostrador.
Mi abuela la observa un segundo, con esa mirada que mide sin decir.
—Atiendes tú —le indica— Que no se quede ese pan, hay que ofrecerlo.
—Sí, jefa —responde Lupita, guiñándole un ojo.
Mi mamá recoge las tazas, llevándolas de vuelta hacia la cocina, ellas se encargan de la casa, del café, de que todo funcione sin que se note.
Y nosotras somos otra cosa, Marina y yo regresamos a los hornos, el calor nos envuelve de nuevo, más intenso, más real.
—¿Lista? —le pregunto.
Marina asiente, ya con las manos en la masa.
Porque en esta familia hay cosas que no se dicen, pero se cumplen.
El horno de los Azcaray no es solo un lugar, es nuestra herencia y por tradición solo horneamos las que llevamos ese apellido.
Al paso de las horas, el sonido de la campanilla en la puerta rompe el ritmo del horno.
Tin…
Lupita ni siquiera voltea.
—¡Ya estamos abiertos! —canta desde el mostrador— Pase, no muerdo… bueno, depende.
—Buenos días —responde una voz conocida.
Don Eusebio, no necesito verlo para saberlo.
—¡Don Eusebio! —dice Lupita— ¿Lo de siempre o hoy sí se va a arriesgar?
—A mi edad ya no se arriesga uno, muchacha —contesta, acercándose— Pero el olor, sí me trajo.
Marina me mira de reojo, yo no digo nada, pero sé exactamente lo que hace, este señor será nuestro mensajero del nuevo pan.
—Hoy hay pan nuevo —interviene Lupita—Recién salido del horno.
—¿Nuevo? —Don Eusebio levanta una ceja—A ver si no me quieren envenenar.
—No señor, nunca haríamos eso, pero primero pruebe, luego se queja —responde ella, ya sirviendo.
Desde el horno, observo sin que se note, ese momento, siempre importa.
Lupita coloca el pan frente a él, Don Eusebio lo toma con calma, lo huele primero, luego le da una tremenda mordida, que casi se le cae la dentadura postiza.
Silencio, Marina deja de moverse, yo dejo de respirar.
—…Caray —dice al fin.
Levanta la mirada.
—¿Quién hizo esto?
—Si ya sabe quién Don Eusebio, pues Herminia —responde Lupita, sin pensarlo.
Él asiente, despacio.
—Pues que no deje de hacerlo.
Le da otro mordisco.
—Este se va a vender.
Marina sonríe, yo bajo la mirada, pero no puedo evitarlo, la satisfacción se siente como el primer pan bien hecho.
—Póngame seis —dice Don Eusebio— Antes de que se corra la voz.
Lupita suelta una risa.
—Aquí la voz siempre corre primero, Don Eusebio— Y todos sabemos que él lo hará.
—Sí… —responde él—pero hoy va a correr más rápido.
En un momento de tranquilidad, Lupita se acerca a mi mesa de trabajo, estoy inclinada sobre la libreta, haciendo anotaciones de otro pan que quiero intentar.
No levanto la mirada.
—¿Has sabido algo de él?
—¿De quién?
—No te hagas la tonta…de Rosario.
La pluma se detiene un segundo apenas.
—No —respondo—No he sabido nada.
Lupita duda y eso no es buena señal.
—Tengo algo que decirte.
—Lupis… —cierro la libreta sin mirarla— ¿para qué? ¿realmente necesito saberlo?
—Pues… a lo mejor sí.
—Suéltalo —digo, dejando la pluma a un lado— Ya que te pica la lengua.
Respira hondo.
—Claudia está embarazada…—le pongo la cara de que eso ya lo sabemos—es de Rosario.
No escucho nada, ni el horno, ni la calle, nada de nada, solo el latido de mi corazón, solo siento como una punzada seca en el pecho.
Asiento despacio, como si no fuera conmigo.
—Lo sé de buena fuente —añade. Me encojo de hombros.
—Qué bueno —respondo— Alguien tenía que hacer bien las cosas, aunque no fuera conmigo.
Lupita me mira, incómoda.
—Herminia…
—Estoy bien —la corto— Créeme, me quitó un pendiente.
No voy a llorar, no por ese hombre, ni aquí, ni nunca, tomo aire, me limpio las manos en el mandil.
—Prepárate para cerrar la panadería —digo, como si nada— Ya es hora.
—Lo siento mucho… no debí decirte nada.
La miro ahora sí y sonrío tantito.
—Está bien, no pasa nada.
Hago una pausa, buscando aire donde no lo hay.
—El amor es como las gelatinas, unas cuajan y otras no.
Lupita suelta una risa bajita, yo también, pero no llega a los ojos.
La veo irse hacia la puerta de cedro y cerrarla, el sonido retumba más de lo normal o tal vez es solo mi corazón, que acaba de hacer lo mismo.
Me quedo sola, regreso a la mesa de amasado, no porque quiera, sino porque no sé hacer otra cosa, saco los ingredientes, los esparzo en la mesa, a los minutos, tomo la masa y la dejo caer con fuerza contra la madera, una vez y otra.
—¡Mija! —dice mi abuela al entrar—¿Quieres que el pan quede duro?
—No —respondo, golpeando la masa— Quiero que quede suave.
Y ahí me quiebro, no en llanto, pero sí en voz.
—¿Qué te pasa? —pregunta, acercándose.
No la miro, tengo vergüenza de que me vea, de decir que me vieron la cara de pendeja.
—Rosario embarazó a Claudia… —hago una pausa— Bueno, no la embarazó… se embarazaron juntos.
Mi abuela suspira.
—Ay, mija… ese hombre no era para ti.
Aprieto la masa entre las manos.
—No entiendo a los hombres —escupo— Se fue a buscar a la más floja, a la que le gusta que la mantengan, a la que se queda sentada esperando que le resuelvan la vida.
La masa vuelve a golpear la mesa.
—¡Ella tenía novio!
—Mija…
—Abuela —la interrumpo, levantando la mano con mezcla —yo trabajo, me levanto temprano, gano mi dinero, tengo ahorros, estoy construyendo algo, trabajo como burro.
Respiro hondo, pero no se me baja.
—¿Qué más quieren esos cabrones? — Mi abuela se queda en silencio, dejando que saque todo lo que me aqueja, pero no hay respuesta que alcance para calmar mi corazón y mi dignidad —¡Son unos culeros! —murmuro— Les gustan las mujeres que los traten con la punta del pie… hijos de la chingada.
Golpeo la masa otra vez, más fuerte, el sonido retumba en todo el cuarto, mi abuela da un paso más cerca, no me detiene, solo pone su mano sobre la mía.
—Mija… —dice bajito— No trabajas como burro— Hago una mueca —Trabajas como Azcaray— Eso me hace detenerme—Y eso no es para cualquier cabrón.
El silencio se queda entre nosotras, la masa descansa sobre la mesa, mis manos también, mi abuela no se mueve.
—Escúchame bien, mija —dice, con esa calma que la caracteriza— Aquí no viniste a mendigar amor— Levanto la mirada —Tú no eres de las que esperan a ver si alguien se queda— Hace una pausa corta —Eres de las que hacen que valga la pena quedarse.
Siento algo en el pecho, no es dolor, no sé cómo describirlo.
—Y el día que llegue alguien —continúa— no va a ser para completarte—Niega suavemente —Va a ser porque ya estás completa y, aun así, te elige.
Trago saliva, mis manos vuelven a la masa, más despacio ahora.
—¿Y si no llega nadie? —pregunto, casi en voz baja.
Mi abuela sonríe, esa sonrisa llena de sabiduría.
—Entonces no hacía falta— Deposita un beso en la frente— Termina ese pan y ve a dormir.
Esa noche me cuesta dormir, no dejo de pensar que Rosario va a tener un hijo con ella.
Claudia siempre ha sido envidiosa de mí, desde la escuela, pero ella es Linda, rubia, buen cuerpo, de esas que traen a los hombres en la palma de la mano.
Rosario es buen partido, su familia tiene un ranchito con ganado, el mejor de la región.
Supo cómo amarrarlo.
Yo solo quería un buen hombre, alguien con quien compartir mi vida en la panadería, no ser la mujer que se queda en casa esperando.
—Vives para la panadería —me dijo aquella tarde lluviosa— Nunca tienes tiempo para salir.
—Sabes que de esto depende toda mi familia.
—Que se haga cargo tu hermana unos días, Herminia, soy hombre y también tengo necesidades— Sé a lo que se refiere, me lo ha estado proponiendo.
—¿Y si no quiero? ¿Y si no estoy lista para eso?
—Entonces no me quieres lo suficiente— Me mira, levanta la barbilla con arrogancia— Creo que esto no va a funcionar.
—Está bien—Sus ojos se iluminaron—Creo que es mejor terminar aquí.
—¿Qué? —dijo, sorprendido— Te he estado cortejando más de un año y medio…
—Es hora de que te vayas, tengo que cerrar la panadería.
No es que no supiera, sabía que Rosario cubría sus “necesidades” en Niebla Baja, el rumor me había llegado semanas antes, pero no quise creerlo.
Dos meses después aquí estoy golpeando la masa, para mi nuevo pan llamado Dolor de amores.
El horno suena indicando que ya está.
—¿Lo vas a sacar o qué? —dice Marina.
—Ahorita.
Hoy no quise usar el horno de leña, abro la puerta del horno convencional, el calor sale de golpe… y el aroma también.
Saco la charola con cuidado.
—Huele raro —dice Marina.
—Huele diferente —corrige mi abuela.
Coloco una pieza sobre la mesa, la parto, el vapor se eleva lento, cargado de ese aroma que no es dulce, pero tampoco amargo.
Lo pruebo.
—¿Y? —pregunta mi mamá.
Trago.
—Está bien… pero no es para café.
Levantan la mirada.
—¿Entonces? —dice Marina.
—Es para vino —respondo— Para quesos, para comida.
Tomo otro pedazo.
—Este pan no es para la mañana.
Mi abuela asiente, interesada.
—Es para quedarse.
Marina sonríe.
—¿Y tenemos vino o qué?
No digo nada, solo voy por la alacena, saco una botella, mi mamá abre el refrigerador.
—Pues si es con queso, hay que hacerlo bien.
En minutos, la mesa ya no parece de trabajo, pan, queso y vino.
Mi abuela sirve en las tazas de barro.
—Hoy no hay café —dice.
—Hoy no hace falta —respondo.
Probamos otra vez.
—No inventes —dice Marina— Esto está cabrón.
Mi mamá sonríe, mi abuela asiente.
—Ese no es pan… es otra cosa.
Sirve más vino.
—Pues hay que probarlo bien —dice Marina.
—Para asegurarnos —añado.
Y así…entre pan, queso y vino, se nos va la tarde, las risas salen más fáciles, el dolor es menos.
—¿Cómo se llama? —pregunta Lupita.
Levanto la copa.
—Dolor de amores.
Marina se ríe.
—Pues sí pega.
—Pero se pasa mejor así —dice mi mamá.
Mi abuela levanta su taza.
—Por los que no supieron quedarse.
Chocamos y por primera vez en el día no duele tanto.
La mañana siguiente con todo y resaca…
La campanilla suena Tin…son esos días en los que no quiero que suene, pero la clientela no deja de venir.
Lupita levanta la vista.
—Buenos días…
Se queda a medias, no necesito verla para saber quién es, su perfume dulce y empalagoso solo puede ser de Claudia.
Entra como si el lugar también le perteneciera, cabello perfecto, abrigo limpio, una mano apoyada apenas sobre el vientre que no se le ve nada, pero solo viene a chingar.
—Herminia —dice sonriendo— Qué gusto verte.
Levanto la mirada lo justo.
—Claudia.
Se acerca al mostrador, no pide nada, no viene por pan, eso ya lo sabemos.
—Pasaba por aquí y pensé en saludarte.
—Qué detallazo— digo con ironía.
Un silencio de ese que no es incómodo, pero sí incómodo para quien no está acostumbrada.
—Me imagino que ya sabes —dice al fin, tocándose el vientre— Lo del bebé.
Lupita se queda quieta, Marina deja de moverse, yo sigo amasando.
—Sí —respondo— Aquí las noticias llegan temprano.
Claudia sonríe, satisfecha.
—Pues quería decírtelo yo misma.
—Gracias —digo— Siempre es mejor de primera mano—Hace una pausa, esperando algo más.
—Rosario está muy feliz —añade.
Asiento.
—Me imagino.
—Dice que todo se dio muy rápido…—Ahora sí levanto la mirada, la miro de frente.
—A veces pasa —digo— Hay cosas que no necesitan mucho tiempo.
Claudia ladea la cabeza.
—Supongo que no todos entienden eso.
—No —respondo— Muchos se conforman con lo primero que les ofrecen.
El aire cambia un poco.
—Bueno… —dice, acomodándose— Al final, cada quien se queda con lo que le toca.
Sonrío apenas.
—Claro—Me limpio las manos en el mandil—Algunas con lo que eligen…—hago una pausa leve
—y otras con lo que sobra en el plato.
Silencio.
Claudia sostiene la mirada, pero ya no sonríe igual.
—Que te vaya bien, Herminia.
—Igualmente.
Se da la vuelta y sale.
La campanilla suena otra vez.
Tin… Marina suelta el aire.
—Te la acabas de chingar.
Sigo amasando.
—No.
—Solo le recordé dónde está.
Han pasado meses.
El frío sigue igual en Niebla Alta, la neblina baja puntual, como si nada hubiera cambiado, pero sí cambió, yo cambié.
El horno no se detuvo, el pan tampoco.
Y el Dolor de amores… ese se quedó.
La campanilla suena.
Tin…
—¡Herminiaaaa! —grita Lupita desde la entrada, entrando casi corriendo.
—No grites —responde Marina— No estás en la plaza.
Pero Lupita no escucha.
—¡Nos cayó un pedido grande!
Levanto la mirada, sin dejar de amasar.
—¿De quién?
—Del Rancho Las Bonitas.
Eso me hace detenerme apenas.
—¿de verdad?
—¡si! —dice, casi brincando— La hija más chica se casa.
Marina silba bajo.
—Ellos no hacen cosas pequeñas.
—Exacto —dice Lupita— Y adivina qué pidieron.
No digo nada.
—Dolor de amores —sueltan al mismo tiempo ella y Marina.
Mi abuela, desde su silla, sonríe apenas.
—Para la boda…
Mi mamá levanta la vista.
—Interesante elección.
Lupita se acerca más.
—Quieren un pedido grande, para dentro de un mes.
Miro el horno, las mesas, mis manos.
—Se puede —digo.
Marina asiente.
—Se va a poder.
Mi abuela golpea suavemente la mesa con los nudillos.
—Entonces háganlo bien.
—Siempre —respondo.
Lupita aplaude.
—¡Ay, no saben lo que esto significa!
Sí lo sé, significa trabajo, nombre, que esto ya no es solo pan, es la reputación del Horno Azcaray.
—¿Y por qué ese pan? —pregunta Marina.
Lupita se encoge de hombros.
—Dicen que porque es diferente.
Mi abuela murmura:
—O porque saben que no todo es tan dulce como parece.
Nadie responde.
Un mes después, hemos cerrado la panadería para poder venir al Rancho Las bonitas a dejar el pedido.
Luces colgadas entre los árboles, música suave, copas brillando y el frío cayendo lento, como siempre, pero hoy, nadie lo siente.
—Ya quedó —dice Marina, acomodando la última charola.
El pan está en su lugar, Dolor de amores tiene su propia presencia.
Nos acercamos a los dueños del rancho.
—Felicidades —digo— Todo está precioso.
—Gracias —responde la señora— Y el pan… huele diferente.
—Porque lo es.
Tomo una pieza y la parto con cuidado.
—Este pan no es para comerse solo —explico— Está hecho para acompañarse— se miran, curiosos——Pruébenlo primero con un vino tinto —continúo— Algo seco… no muy dulce.
Les doy un pedazo.
—Luego con queso —añado— Uno fuerte… que aguante el sabor.
Don Esteban toma una copa, prueba el pan, luego el vino y después el queso.
Se queda en silencio.
—Ahí cambió —dice al fin.
Asiento.
—El pan abre el sabor y lo demás lo termina.
La señora sonríe, sorprendida.
—Se siente distinto.
—Ese es el chiste.
Me limpio las manos en el mandil.
—No es un pan dulce… es un pan que se queda, Gracias por confiar en nosotras.
Los dejo ahí, probando, descubriendo sabores.
Esta vez no están comiendo pan, están entendiendo lo que hacemos en la familia Azcaray.