CAPITULO 1
Estaba dibujando cualquier cosa en la esquina de mi cuaderno cuando mi nombre resonó por todo el salón a través de la bocina. Genial. Levanté la vista, confundida, como si nunca hubiera hecho algo malo.
—Lisbeth Carter, preséntate en dirección.
Aventé el lápiz, cansada, y me levanté. Le dediqué una última mirada al profesor, esperando que dijera algo. No lo hizo.
Suspiré y salí del salón.
Sentí varias miradas sobre mí. Un escalofrío me recorrió la espalda.
Caminé hacia dirección con una calma que no sentía del todo. No era la primera, ni sería la última vez que me llamaban ahí.
Algunos alumnos me miraban, susurrando cosas que probablemente ni eran ciertas… aunque tampoco me sorprendía. Nunca tuve la mejor fama en este lugar. Ni en ningún otro.
Toqué la puerta de la oficina, dudando unos segundos antes de abrir. Giré la manija y entré. La directora fijó su mirada en mí. El señor Brenner, mi profesor de literatura, hizo lo mismo.
Me senté en una silla que, por cierto, estaba bastante dura para mi gusto. La directora se acomodó frente a mí, al otro lado del escritorio. Suspiró pesadamente y se talló los ojos.
—¿Sabes por qué te he llamado, Lisbeth?
Negué con la cabeza, sin decir nada. Empecé a juguetear con mis manos.
—Tus calificaciones han bajado considerablemente, Lissy. Si no mejoran pronto, tendremos que darte de baja. ¿Entendido?
Sentí mi cara arder. Siempre intentaba hacerlo mejor pero nunca era suficiente.
Asentí en silencio antes de levantarme y salir de la oficina.
Volví al salón por mis cosas y, justo cuando crucé la puerta, sonó el timbre. Salí y vi a Elaira, mi mejor amiga. En cuanto me vio, se acercó.
—¿Ahora qué hiciste? —dijo con una pequeña sonrisa.
—Nada… lo de siempre.
Cerró los ojos unos segundos, como si supiera algo.
—Dirección no llama por “nada”, Lissy.
—Mis calificaciones. Solo eso —respondí, encogiéndome de hombros.
Apreté la mandíbula. Ya tenía suficiente con los reclamos de mi mamá. Elaira soltó una risa corta, sin humor.
—Claro… tus calificaciones —ladeó la cabeza—. ¿O el hecho de que desapareces medio horario?
Fruncí el ceño.
—No desaparezco… solo necesito descansos.
—Claro, descansos —repitió, con una sonrisa forzada—. Y estar en el baño cuarenta minutos… ¿qué es? ¿Turismo?
Rodé los ojos. Odiaba cuando Elaira era así conmigo. Sonaba igual que mi mamá.
—Solo necesitaba aire —me defendí, cruzándome de brazos.
Elaira cargó su peso en una sola pierna.
—¿Y siempre a la misma hora? —replicó—. Wow.
—No empieces. Insinuas cosas que no son ciertas.
Frunció el ceño. Ahora sí parecía molesta.
—¿Cómo no insinuar si nunca me cuentas nada, Lissy?
Desvié la mirada hacia mis pies.
—Debo irme.
Di un par de pasos hacia la salida, alejándome de la discusión. Escuché su suspiro detrás de mí.
—Haz lo que quieras, Lissy —dijo—. Total… siempre lo haces.
La ignoré. Como siempre hacía con todo lo que me incomodaba.
Caminé por la banqueta, un poco más rápido de lo normal, hasta llegar a un baño público. Empujé la puerta con más fuerza de la necesaria y me metí al primer cubículo vacío.
El baño estaba sucio. Las paredes del cubículo estaban rayadas: nombres, números, dibujos mal hechos. Bajé la tapa del inodoro y me senté. Abracé mis piernas con fuerza, escondiendo el rostro entre ellas.
Intenté detener las lágrimas, pero empezaron a caer igual. Me las limpié rápido con el dorso de la mano, ahogando un sollozo. No podía sacarlo de mi cabeza.
El olor a desinfectante.
Las enfermeras hablando rápido. Como si no hubiera tiempo.
El silencio en la habitación.
Ella, tendida en la cama.
Simplemente… no podía.
Escuché la puerta abrirse y cerrarse. Un segundo de silencio. Parpadeé.
El sonido de una inhalación profunda, acompañado del olor a tabaco, me sacó de mis pensamientos.
Me limpié mejor las lágrimas y salí del cubículo lentamente, con la mirada baja, intentando recomponer lo que quedaba de mí. Me acerqué al lavabo. Y lo vi.
Recargado contra el mármol desgastado, como si ese lugar le perteneciera. Un cigarro entre los dedos. El humo subía lento.
Tenía la camisa mal abrochada bajo una chaqueta negra algo desgastada. Sus nudillos estaban marcados.
Se llevó el cigarro a la boca e inhaló. Sus ojos se levantaron hacia mí.
Verdes. Brillaban apenas.
Tiró la ceniza con un movimiento distraído.
—¿Todo bien?
Su voz sonaba despreocupada. Como su postura. Contuve la respiración un segundo.
—Sí…
Mi voz salió más débil de lo que esperaba. Me miré al espejo. Tenía los ojos rojos. Él no apartó la mirada de mi.
—Lloraste.
Sonreí, con un dejo de sarcasmo.
—Un aplauso, detective.
Sonrió. El humo subió entre nosotros, lento. No me moví. Tampoco quería hacerlo.
—¿Perdida?
Me quedé callada unos segundos.
—No.
Soné seca. Demasiado.
Una pequeña ventana que alumbraba con una luz tenue el baño empezó a vibrar; caían gotas sobre ella y me di cuenta de que el sol se estaba ocultando.
Él inclinó la cabeza un poco, como si hubiera llegado a una conclusión. Vi que siguió mi mirada hacia la ventana y aplastó el cigarrillo contra el lavabo.
—No te acostumbres a quedarte aquí —dijo, sin mirarme esta vez.
Se dio la vuelta. Lo vi salir por la puerta.
Bajé la mirada al lavabo y me di cuenta de que había dejado algo: un encendedor rojo, desgastado pero bien cuidado y unos números tallados en la parte baja, junto a una palabra corta: “Nox”. Parecían hechos con una navaja.
Agarré el encendedor sin darle mucha importancia a los números y al nombre tallados en él y lo guardé en el bolsillo sin pensarlo demasiado.
¿Ese era su nombre?
¿Nox?