EL OBSERVAR - DE ANDY A.

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Summary

Existen dos formas de habitar el mundo: haciendo o mirando. La mayoría elige la primera. Corren, construyen, gritan, se chocan. Viven bajo la estúpida creencia banal de que el movimiento es existencia. Pero hay otros, los que el tiempo ha dejado sentados en el rincón de una habitación, que solo tienen una opción: el observar. Observar no es gratuito. Mirar el mundo sin participar en él tiene un precio que nadie te cuenta. Te vas llenando de lo que ves y, al mismo tiempo, te vas vaciando de lo que sos. Te convertís en un recipiente de manchas de humedad, de atardeceres repetidos y de silencios ajenos. Esta es la historia de una mujer que aprendió que, cuando uno deja de ser observado por los demás, empieza a desaparecer. Y que a veces, para volver a ser, hay que dejar de mirar las paredes y empezar a mirar a los ojos, aunque en ese intercambio se nos escape la última gota de materia que nos sujeta a la tierra. Mirar es el inicio. Dejar de ser visto es el final.

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

El observar... Observar, ese acto tan simplificado por la humanidad. o simplemente llamado mirar. Mirar al mar, al árbol, al niño, al barrilete. Bueno, mirar todo. Mirar sin tiempo, mirar apurados por la estúpida creencia banal de no tener tiempo, solo años.

—María. —Simplemente fue un resoplo de aire, fue un llamado sencillo, fue la simple acción humana de llamar.

No había ya nadie, estaba sola. Sus familiares, bueno, no existen. Dicen estar ocupados en sus trabajos, en sus cosas. Hace meses que la abuela esta sola, nadie se preocupa, nadie la llama, nadie piensa en ella.

Ella observa.

Observa la humedad que trepa por la pared del living, una mancha que tiene la forma de un continente olvidado. Observa cómo el revoque se desprende, cayendo al suelo como escamas de una piel que ya no sirve. Es la decadencia de su hogar. Una casa que se rinde, que se dobla ante el peso de los días.

Observa su ropa. Ese pulóver con pelotitas de lana, deshilachado en los puños. Las manchas de comida que ya no intenta sacar porque, ¿para qué? El desgaste de la tela es el reflejo de sus propios músculos. Observa sus manos: la piel fina, transparente, manchada por el sol de ochenta veranos que ya no calientan.

El atardecer llega. Siempre llega.

Observa el sol cayendo detrás de los edificios vecinos, perdiendo luz, perdiendo fuerza. Cada día que pasa es un día de vida que se le escapa entre los dedos, como arena en un reloj roto. Un día menos. Una cuenta regresiva que nadie más está contando.

Pero en esa observación, en ese silencio sepulcral, aparece el pensamiento.

Se da cuenta.

Se da cuenta de que ella misma se ha construido este altar de sacrificio. Se da cuenta de su propia victimización. El pensamiento de que, por el simple hecho de ser mayor, el mundo tiene la obligación de orbitar a su alrededor. Piensa que todos tienen que estar con ella, que el tiempo de los demás le pertenece por derecho de vejez.

Se queda ahí, quieta. Mirando la oscuridad que termina de devorar la habitación.

Ella es la arquitecta de su soledad. Ella es la que mira la pared en lugar de mirar la puerta.