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Antes de leer:
➪ La historia no tiene la intención de ofender, difamar ni manchar la imagen de ningún idol o figura pública mencionada.
➪ Todo el contenido es puramente con fines de entretenimiento.
➪ Se recomienda leer con precaución, ya que la mayor parte del fanfic contiene smut, escenas explícitas y contenido para mayores de edad.
➪ Historia 100% de mi autoría.
...
Hyunjin no recordaba cómo había llegado allí.
O mejor dicho, sí lo recordaba: la misión que Yeonjun le había encomendado era clara, precisa, letal.
Debía infiltrarse en las instalaciones de Bangchan, el clan enemigo que acechaba como una sombra sobre el territorio de su líder.
Observar movimientos, mapear guardias, encontrar debilidades.
Nada más.
Pero el golpe llegó de la nada: un estallido sordo en la nuca, como si el mundo entero se hubiera partido en dos.
El dolor fue blanco, cegador, y luego... nada. Solo la oscuridad que lo tragó entero.
Cuando abrió los ojos, el mundo regresó en fragmentos fríos y despiadados. La habitación era un cubículo sin alma, sin ventanas que dejaran entrar ni un rayo de esperanza. Las paredes de concreto absorbían la poca luz de una bombilla colgante que parpadeaba con un zumbido grave, como el ronroneo de un animal herido.
El aire era denso, húmedo, cargado de un frío que se clavaba en los huesos como agujas de hielo. Olía a metal oxidado, a cuero viejo y a algo más... algo dulce que aún no lograba identificar.
Frente a él, una mesa metálica rayada, un sillón de cuero negro y amplio que parecía devorar la penumbra, y la silla donde estaba atado. Sus muñecas y tobillos ardían bajo las cuerdas gruesas, ásperas, que mordían su piel con cada respiración. No podía mover ni un dedo sin que el dolor le recordara lo inmovilizado que estaba.
Un alfa reducido a presa. Patético.
—Maldición... —pensó, la rabia hirviendo en su pecho como lava espesa. Sus colmillos se apretaron hasta que sintió el sabor metálico de su propia sangre en la lengua.
Solo una mente retorcida como la de los hombres de Bangchan podía urdir algo así. ¿Un espía?
Probable.
Demasiado probable.
Intentó forcejear una vez más; las cuerdas crujieron contra la madera de la silla, pero su cuerpo apenas se movió un centímetro. El sudor frío le resbalaba por la espalda, pegando la camisa oscura a su piel. El corazón le latía con fuerza, un tambor de guerra en sus oídos.
Entonces, una voz suave, casi juguetona, cortó el silencio como un filo invisible.
—Un alfa intentando escapar... qué lindo.
Hyunjin se paralizó. Todo su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse. No era el tono lo que lo detuvo; era el olor.
Un aroma que se deslizó por el aire como humo dulce, espeso, embriagador: vainilla quemada, miel fresca y un toque de jazmín salvaje que le erizó la piel de los brazos.
Un omega.
No cualquier omega.
Ese perfume se le clavó directamente en el instinto, despertando algo primitivo que luchó por ignorar.
Sus ojos se adaptaron a la penumbra y allí estaba la figura. Delgada, elegante, con el cabello rubio platino cayendo en ondas suaves sobre una frente pálida. La luz mortecina besaba su piel como si la adorara: pómulos altos, labios rosados ligeramente entreabiertos, ojos que brillaban con una inteligencia peligrosa.
Si Hyunjin hubiera mentido, habría dicho que no era jodidamente lindo, atractivo hasta el punto de doler. Pero no mentía. El omega se movía con una gracia felina, cada paso resonando suave contra el piso de concreto, el tacón de sus botas negras marcando un ritmo lento y deliberado.
Se acercó sin prisa. Hyunjin sintió el calor de su presencia antes de verlo del todo. El omega levantó una pierna y plantó la bota con firmeza sobre el muslo del alfa, justo por encima de la rodilla. La presión fue calculada: suficiente para sentir el pulso acelerado latiendo bajo la tela del pantalón, suficiente para que el calor de su cuerpo se filtrara a través del cuero.
—¿Quién te mandó? —preguntó el rubio, la voz baja, casi un ronroneo.
Hyunjin tragó saliva, sintiendo cómo el aroma lo envolvía ahora más intenso, como si el omega estuviera liberando feromonas a propósito.
Dulce. Asfixiante. Peligroso.
—¿Es importante ahora? —respondió, forzando una sonrisa torcida pese al dolor en las muñecas.
—Mucho —contestó el omega, inclinándose un poco más. Su aroma se intensificó, envolviéndolo como humo dulce, invadiendo cada poro de Hyunjin hasta que el aire mismo supo a él—. Mira que te encontré merodeando justo en las instalaciones de Bangchan. ¿De verdad creíste que fuiste astuto?
La bota presionó un poco más, solo lo suficiente para que Hyunjin sintiera el pulso acelerado latiendo bajo su piel. El omega sonrió de verdad esta vez, una curva lenta y peligrosa que le mostró unos dientes perfectos, blancos, afilados como promesas rotas. El aliento cálido rozó la mejilla de Hyunjin cuando se acercó aún más, tan cerca que el alfa pudo distinguir el leve rubor en las mejillas del rubio y el brillo de sus ojos.
—Vamos, alfa... —susurró, y su voz fue como seda sobre acero—. No me hagas esperar. Sabes que no soy de los que piden permiso dos veces.
El silencio se estiró. Hyunjin no habló. Entonces, con un movimiento fluido y elegante, el omega sacó un cuchillo del interior de su chaqueta. El metal brilló frío bajo la bombilla, reflejando por un segundo los ojos del alfa. Lo presionó contra el cuello de Hyunjin, justo donde latía la vena principal. El filo era helado, afilado, y la piel del alfa se erizó al sentirlo.
—Si no hablas, acabo con tu vida ahora mismo —amenazó el rubio, la voz aún suave, pero con un filo más peligroso que el propio cuchillo.
Hyunjin soltó una risa baja, ronca, que vibró contra la hoja.
—Si me matas, no sabrás quién me mandó.
El omega enterró un poco más el cuchillo. La presión aumentó; una gota de sangre caliente rodó por la garganta de Hyunjin, dejando un rastro ardiente que contrastaba con el frío de la habitación.
—No soy tan imbécil —siseó el rubio.
Hyunjin entrecerró los ojos, estudiando cada detalle del rostro tan cerca del suyo: las pestañas rubias, el leve temblor de la mano que sostenía el arma, el aroma que ahora se mezclaba con un toque de frustración ácida.
—Sí lo eres —respondió con calma letal—. Ese cuchillo ni siquiera es real para empezar. Conozco esos teatros.
El chico se paralizó.
Sus ojos se abrieron una fracción de segundo, traicionando sorpresa pura. ¿Cómo se había dado cuenta?
Oh, bueno... claro. Era lógico.
Solo una persona estúpida no sabría diferenciar entre un cuchillo falso y uno real. El peso, el equilibrio, la forma en que la luz no se reflejaba del todo en la hoja. Un truco barato de interrogatorio. El omega retiró el cuchillo lentamente, pero no se apartó. Su bota seguía firme sobre la pierna de Hyunjin, y su aroma seguía envolviéndolo como una cadena invisible.
—No perderé mi paciencia contigo —dijo al fin, enderezándose un poco, aunque su rostro permaneció cerca—. Dime quién demonios te mandó y tal vez así te deje libre.
Hyunjin levantó la barbilla, ignorando el ardor en el cuello y el latido salvaje de su corazón. El olor del omega le nublaba la mente, pero su lealtad era más fuerte.
—No diré nada. Haz lo que quieras. De mi boca no saldrá nada.
El rubio lo miró fijamente durante varios segundos eternos. El silencio de la habitación solo se rompía por el zumbido de la bombilla y el sonido distante de alguna gotera cayendo en algún lugar oculto. Entonces, en lo más profundo de su mente, el omega pensó con una mezcla de irritación y algo parecido a la diversión:
"Vaya... qué tipo más estúpido."
Hyunjin mantenía la respiración controlada, aunque el corazón le martilleaba contra las costillas con una furia contenida.
El omega seguía allí, tan cerca que el calor de su cuerpo era una presencia tangible, un contraste ardiente contra el frío del concreto.
El rubio ladeó la cabeza, estudiándolo con esos ojos que parecían contener tormenta y miel al mismo tiempo. Lentamente, como si saboreara cada palabra, preguntó:
—¿Al menos sabes quién soy?
Hyunjin dejó que una sonrisa lenta, casi burlona, se dibujara en sus labios ensangrentados. El corte en el cuello ya había dejado de sangrar, pero la línea roja seguía allí, un recordatorio húmedo y brillante bajo la luz intermitente.
—Un omega que se hace pasar por dominante —respondió con voz ronca, deliberadamente calmada—. Eso, y realmente es absurdo.
El cambio en el aire fue inmediato. El aroma dulce de Felix se torció, se acidificó: la vainilla quemada ahora tenía un filo amargo, como caramelo chamuscado.
Sus pupilas se dilataron un instante, y Hyunjin pudo ver cómo los músculos de su mandíbula se tensaban bajo la piel pálida.
El omega dio un paso más cerca, invadiendo aún más el espacio que las cuerdas ya le habían robado al alfa.
—Soy Lee Felix —dijo al fin, y su voz bajó hasta convertirse en un susurro peligroso, casi íntimo—. Uno de los miembros personales del clan de Bangchan. Así que más te vale responder a mis preguntas si no quieres amanecer en pedazos mañana.
El nombre cayó como una piedra en agua quieta.
Felix.
Hyunjin lo repitió mentalmente, saboreándolo.
Le quedaba bien: delicado en la superficie, pero con un filo oculto que cortaba sin avisar. Sin embargo, su expresión no cambió. Ni un parpadeo de miedo, ni un temblor. Solo esa mirada fija, desafiante, casi divertida.
Felix lo notó. Y eso lo enfureció más.
Sus manos, finas pero sorprendentemente fuertes, se cerraron en puños a los costados. El aroma se intensificó de golpe, deliberado, como si hubiera abierto una válvula invisible. Miel caliente, jazmín aplastado, un toque de cítrico amargo que se coló directo en los pulmones de Hyunjin y le hizo apretar los dientes para no jadear. El instinto alfa rugió en su interior, reclamando, exigiendo, pero él lo mantuvo encadenado. No le daría esa satisfacción.
—Te lo advertí —dijo Felix entre dientes.
Y entonces golpeó.
El primer puñetazo aterrizó en el estómago de Hyunjin con precisión brutal. El aire abandonó sus pulmones en un silbido áspero. El segundo llegó al costado de las costillas, justo donde las cuerdas ya habían dejado la piel en carne viva. Hyunjin gruñó, pero no gritó. Felix lo agarró del cabello con fuerza, tirando su cabeza hacia atrás hasta que el cuello del alfa quedó expuesto, vulnerable, la herida anterior abriéndose de nuevo con un ardor fresco.
—¡Habla, maldita sea! —siseó Felix, el rostro a centímetros del suyo—. Mi paciencia se agota contigo.
Hyunjin respiró hondo, ignorando el dolor que le recorría el torso como fuego líquido. Luego, lentamente, levantó la mirada. Sus ojos se encontraron con los de Felix, y en lugar de miedo o súplica, solo había una chispa oscura, casi juguetona.
—Te ves bonito cuando te exaltas así —dijo, la voz baja, ronca, con un matiz de admiración genuina que desarmaba más que cualquier insulto.
Felix se quedó inmóvil un segundo. Luego, algo en su expresión se quebró: no era solo ira, era algo más salvaje, más crudo.
Con un movimiento fluido, casi felino, se subió a horcajadas sobre las piernas del alfa, sentándose completamente encima de él. El peso era ligero, pero la presión de sus muslos contra las caderas de Hyunjin era firme, intencional. Las manos del omega se apoyaron en los hombros atados, clavando las uñas a través de la tela de la camisa hasta que sintió la piel caliente debajo.
—¿Sabes cómo me veré más bonito? —susurró Felix, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de la oreja del alfa. Su aliento era cálido, húmedo, y cada palabra parecía deslizarse directamente bajo la piel—. Torturándote poco a poco.
Hyunjin soltó una risa baja, vibrante, que hizo temblar el cuerpo del omega sobre el suyo.
—Hazlo —respondió, mirándolo directamente a los ojos—. Quiero ver que lo intentes.
Felix no iba a torturarlo con cuchillos ni con golpes. No esa noche. Conocía demasiado bien la verdadera debilidad de los alfas: el olor de un omega en celo controlado, los toques calculados que encendían nervios y recuerdos instintivos.
Así que hizo lo que mejor sabía.
Liberó más feromonas. No de golpe, sino en oleadas lentas, deliberadas. El aroma se volvió espeso, empalagoso, envolvente: miel derritiéndose sobre brasas, jazmín pisoteado, un toque de vainilla que se pegaba al paladar como caramelo líquido.
Hyunjin sintió cómo su pulso se aceleraba contra su voluntad, cómo el calor subía por su cuello, cómo su respiración se volvía más pesada. Intentó controlarlo, apretó la mandíbula hasta que le dolió, pero el instinto era más antiguo que su voluntad.
Felix sonrió, lento, triunfal. Deslizó una mano por el pecho del alfa, bajando con deliberada lentitud hasta detenerse justo sobre el corazón desbocado. Sus uñas trazaron círculos pequeños, apenas rozando la tela, pero suficientes para que Hyunjin sintiera cada roce como una descarga eléctrica.
—¿Ves? —murmuró Felix contra su cuello, los labios apenas rozando la piel sensible—. No necesito cuchillos para romperte.
Hyunjin cerró los ojos un instante, respirando con dificultad. El aroma lo ahogaba, lo llenaba, lo hacía arder desde dentro. Pero cuando volvió a abrirlos, su mirada seguía siendo la misma: desafiante, hambrienta, intacta.
—Sigue intentándolo, Felix —dijo en voz baja, casi un ronroneo—. Porque hasta ahora... solo me estás haciendo desear más.
El omega se tensó sobre él. Sus pupilas se dilataron.
Felix no se detuvo. No podía. La ira y el orgullo se habían mezclado en su sangre como veneno dulce, y ahora solo quedaba el juego: romper al alfa, hacerlo ceder, hacerlo suplicar.
Sus caderas se movieron apenas, un roce deliberado contra el regazo de Hyunjin, suficiente para que el alfa sintiera el calor que emanaba del cuerpo del omega a través de la tela fina de sus pantalones.
El aroma se volvió casi insoportable: miel espesa derramada sobre brasas, jazmín aplastado bajo dedos impacientes, un toque de cítrico que picaba en la garganta como limón fresco.
—Habla —susurró Felix contra el cuello de Hyunjin, los labios rozando la piel todavía marcada por el corte falso—. Si no quieres que te torture de verdad.
Hyunjin respiraba con dificultad, el pecho subiendo y bajando con fuerza contenida. El sudor le perlaba la frente, resbalaba por la sien y caía en gotas lentas sobre el cuello de la camisa abierta. Sus ojos, oscuros y brillantes, no se apartaban de los del omega.
—Primero libérame —dijo con voz ronca, casi divertida, como si estuviera negociando el precio de un café y no su propia libertad.
Felix soltó una risa corta, incrédula, que vibró contra la piel del alfa.
—¿Crees que soy estúpido para dejarte ir? —replicó, inclinándose más cerca, hasta que sus narices casi se rozaron—. Ni lo sueñes.
Y entonces lo hizo.
Sus manos bajaron con lentitud calculada por el pecho de Hyunjin, deslizándose bajo la tela rasgada de la camisa. Las uñas trazaron líneas rojas y finas sobre la piel caliente, bajando por los abdominales tensos, deteniéndose justo en la línea de la cintura. Hyunjin se tensó, un gemido bajo escapó de su garganta sin permiso, ronco y profundo, traicionando el control que tanto se esforzaba por mantener. Felix sonrió contra su mandíbula, satisfecho, victorioso.
—Vamos... —murmuró, la voz suave ahora, casi dulce—. No necesitamos llegar a tanto.
Sus dedos se deslizaron más abajo, rozando el borde del pantalón, presionando apenas lo suficiente para arrancar otro gemido involuntario del alfa. El sonido reverberó en la habitación fría, grave y crudo, y Felix sintió cómo el cuerpo debajo de él temblaba, cómo los músculos se contraían bajo sus palmas.
Se acercó aún más, hasta que sus labios quedaron a un suspiro de los de Hyunjin. El aliento del omega era cálido, dulce, cargado de feromonas que envolvían al alfa como una red invisible.
—¿Quieres que te saque las palabras? —susurró Felix, los ojos brillando con un desafío que ya no era solo ira.
Hyunjin se tensó de golpe.
No era solo el roce, ni el aroma, ni el peso ligero del omega sobre sus caderas. Era algo más profundo, más primitivo. El instinto alfa rugió en su interior, rompiendo las cadenas que él mismo había forjado para contenerlo. Sus muñecas, todavía atadas a los reposabrazos de la silla, se movieron con disimulo.
Las cuerdas crujieron apenas, un sonido que se perdió bajo el zumbido de la bombilla y la respiración agitada de ambos.
Felix no se dio cuenta.
Estaba demasiado ocupado saboreando el control, el poder de ver cómo el alfa se deshacía bajo sus manos. Sus caderas se movieron de nuevo, un vaivén lento, torturante, y Hyunjin soltó otro gemido, más profundo, más roto.
Y entonces... se rompió todo.
Con una fuerza que parecía imposible después de horas de inmovilidad y golpes, Hyunjin flexionó los brazos. Las cuerdas, tensas hasta el límite, cedieron con un chasquido seco. Las fibras se partieron como si fueran hilo viejo. En un movimiento fluido, brutal, sus manos libres se cerraron alrededor de la cintura del omega, dedos fuertes clavándose en la carne suave bajo la camiseta ajustada.
Felix palideció.
—¿Qué mierda...? —susurró, los ojos abiertos de par en par, el color abandonando sus mejillas en un segundo.
Intentó retroceder, pero Hyunjin lo sostuvo con firmeza, las manos grandes y calientes envolviendo sus caderas como si fueran de hierro. Felix forcejeó, las piernas abriéndose instintivamente para mantener el equilibrio, pero cada movimiento solo lo apretaba más contra el cuerpo del alfa.
—¡Suéltame! —alzó la voz, el tono agudo, furioso, lleno de ese carácter salvaje que lo definía.
Hyunjin inclinó la cabeza, una sonrisa lenta y peligrosa curvando sus labios ensangrentados.
—Pareces un gatito peleando —dijo en voz baja, casi cariñoso, mientras sus pulgares trazaban círculos posesivos sobre las caderas del omega.
Felix protestó, empujando contra el pecho del alfa con ambas manos, las uñas arañando la piel expuesta.
—¡Te dije que me sueltes, maldito alfa arrogante!
Pero Hyunjin no lo soltó.
En cambio, una de sus manos subió por la espalda de Felix, enredándose en el cabello rubio platino. Tiró con suavidad pero con firmeza, obligando al omega a arquear el cuello hacia atrás. Los ojos de Felix brillaron con furia y algo más: sorpresa, miedo, deseo.
El aroma del omega se disparó de nuevo, ahora mezclado con pánico dulce y excitación inconfesable.
Y entonces Hyunjin lo besó.
No fue suave.
No fue tentativo.
Fue posesivo, hambriento, devastador.
Sus labios se estrellaron contra los de Felix con una intensidad que le robó el aliento al omega. La lengua del alfa se abrió paso sin pedir permiso, explorando, reclamando, saboreando la miel y el jazmín que había estado torturándolo durante horas.
Felix intentó resistir un segundo —solo un segundo—, empujando contra los hombros anchos, pero el beso era demasiado, el agarre demasiado firme, el aroma del alfa ahora invadiendo su espacio como una marea oscura y caliente.
Hyunjin intensificó el beso, la mano en la cintura apretando más, atrayendo el cuerpo del omega contra el suyo hasta que no quedó ni un centímetro de separación. Felix soltó un gemido ahogado contra su boca, mitad protesta, mitad rendición. Sus manos, que antes arañaban para escapar, ahora se aferraban a la camisa rota del alfa, los dedos temblando.
La habitación se llenó de sonidos: respiraciones entrecortadas, el roce de la tela, el latido desbocado de dos corazones chocando uno contra el otro. La bombilla parpadeó una vez más, como si quisiera apagarse y dejarlos en completa oscuridad, pero ninguno de los dos lo notó.
Hyunjin separó los labios apenas lo suficiente para murmurar contra la boca hinchada de Felix:
—No vas a sacarme nada... pero yo sí voy a sacarte todo a ti.
Felix tembló entero, los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando con violencia. Y en ese instante, con las cuerdas rotas en el suelo y el alfa libre sosteniéndolo como si fuera suyo, el interrogatorio había terminado.
[...]