Capítulo 1
El despertador sonó a las 6:30, como cada maldito día.
Hanako Yukiwari no se levantó de inmediato. Permaneció boca arriba, mirando el techo con una expresión vacía, como si el simple hecho de moverse fuera demasiado esfuerzo. El sonido insistente terminó por hartarla; estiró el brazo y lo apagó de un golpe seco.
—Otra vez… —murmuró, con la voz cargada de fastidio.
Se incorporó lentamente, apartando las sábanas sin ganas. El uniforme escolar estaba doblado sobre la silla, esperándola. Lo observó con desprecio, como si fuera el símbolo de todo lo que odiaba.
La escuela.
Gente.
Ruido.
Expectativas.
Soltó un suspiro largo antes de vestirse. Cada movimiento era automático, sin emoción, como si su cuerpo ya supiera el proceso de memoria mientras su mente estaba en otro lugar.
Cuando terminó, caminó por el pequeño departamento hasta llegar a una esquina tranquila, donde descansaba un altar sencillo. Fotos, incienso apagado, una pequeña vela consumida… y en el centro, la imagen de su padre.
Ahí, su expresión cambió.
No era felicidad. Tampoco tristeza abierta. Era algo más profundo, más callado.
Se arrodilló frente al altar.
—Buenos días… —dijo en voz baja.
Sus dedos rozaron el borde de la fotografía.
—Hoy tampoco quiero ir… ya sabes cómo es ese lugar.
Hizo una pausa, bajando la mirada.
—Pero… voy a hacerlo igual.
Encendió la vela con cuidado, observando la llama estabilizarse.
—Después de clases… voy a ir a verte. Lo prometo.
Su voz fue firme en esa última frase, como si fuera lo único del día que realmente importaba.
Se quedó unos segundos más en silencio, simplemente estando ahí.
Luego se levantó.
Tomó su mochila sin entusiasmo y salió del departamento, cerrando la puerta detrás de sí.
Afuera, el aire de la mañana era frío. Hanako colocó la patineta en el suelo y, sin pensarlo demasiado, se impulsó.
Avanzó rápido.
Demasiado rápido.
Pasó por esquinas sin frenar del todo, esquivando peatones con movimientos bruscos, ignorando por completo cualquier tipo de precaución.
El viento le movía el cabello, pero no había rastro de diversión en su rostro.
Solo prisa.
Solo escape.
Como si llegar a la escuela fuera inevitable… pero el trayecto pudiera ser, al menos, un poco más libre.
O un poco más peligroso.
Y quizá eso era lo único que hacía que valiera la pena.
Las ruedas de la patineta chirriaron contra el suelo al entrar al predio de la escuela.
Hanako no redujo la velocidad.
—¡Ey, cuidado!
—¡¿Estás loca?!
Varias voces le gritaron mientras pasaba entre grupos de estudiantes. Uno tuvo que hacerse a un lado de un salto. Otro apenas alcanzó a apartar la mochila.
Hanako ni siquiera giró la cabeza.
Como si no existieran.
Frenó de golpe cerca de los casilleros, bajándose de la patineta con un movimiento seco. La dejó apoyada contra la pared, sin preocuparse demasiado por si alguien la movía o no. Se agachó para cambiarse los zapatos, con la misma expresión indiferente de siempre.
Fue entonces cuando escuchó voces… distintas.
Más bajas. Tensas.
Levantó apenas la mirada.
Un chico y una chica estaban a unos metros, cerca de las ventanas. La chica apretaba las manos contra su falda, claramente nerviosa. El chico evitaba mirarla directamente.
—Yo… me gustas desde hace tiempo… —dijo ella, con la voz temblorosa.
Hanako los observó unos segundos, sin demasiado interés. Sus rostros no le resultaban familiares. O quizá sí. No importaba.
No hablaba con nadie.
No recordaba a nadie.
—Lo siento… —respondió el chico, rascándose la nuca—. Ya tengo novia.
Silencio.
La chica bajó la cabeza, completamente inmóvil.
Hanako soltó un leve suspiro por la nariz y rodó los ojos.
—Qué cliché… —murmuró para sí misma.
Terminó de ajustarse los zapatos y se levantó, colgándose la mochila al hombro como si la escena no tuviera ningún peso. Como si fuera algo repetido mil veces.
Se dio la vuelta y empezó a subir las escaleras.
Paso.
Paso.
Paso.
Y entonces—
Un recuerdo.
Crudo. Repentino.
Como una astilla clavándose donde no la llamaron. Un pasillo distinto.
Más ruidoso. Más lleno.Ella, más chica. Más… ingenua.
—Me gustas… —había dicho, con el corazón golpeándole el pecho como si fuera a romperlo.
Silencio.
Un segundo. Dos.
Y luego—
Risas.
Primero una.
Después varias.
—¿En serio?
—¡¿Ella?!
—No puede ser…
El chico ni siquiera había respondido de verdad. Solo se había reído, mirando a sus amigos como si fuera un chiste compartido.
Como si ella fuera el chiste.
El eco de esas risas se mezcló en su cabeza con una claridad insoportable.
Las miradas.
Los susurros.
La vergüenza pegándosele a la piel como algo que no podía quitarse.
Paso.
Hanako subió otro escalón.
Su expresión no cambió.
Pero su mano se tensó levemente sobre la correa de la mochila.
Paso.
El recuerdo se desvaneció tan brusco como había llegado.
Paso.
Y no quedó nada en su rostro.
Solo esa misma indiferencia fría.
Como si nada importara.
Como si nunca hubiera importado. El aula estaba en silencio… o al menos, en ese tipo de silencio pesado que solo existe cuando alguien habla al frente y nadie realmente escucha.
Hanako estaba sentada junto a la ventana.
Su mejilla descansaba sobre su mano, y su mirada estaba lejos… muy lejos de ese salón. Afuera, en la cancha, varios chicos corrían detrás de una pelota. Gritos, risas, empujones. Todo parecía más vivo allá afuera.
Más real.
Sus ojos seguían el movimiento sin pensar demasiado.
Hasta que—
—Hanako Yukiwari.
La voz del profesor cayó como una piedra.
No respondió.
—Hanako.
Parpadeó una vez, volviendo lentamente a la realidad. Giró la cabeza apenas.
—Pasa al pizarrón.
No era una invitación.
Nunca lo era.
Un par de estudiantes soltaron risitas suaves, casi disimuladas.
Hanako sostuvo la mirada del profesor por un segundo. Su expresión no cambió, pero su incomodidad era evidente en la forma en que apretó levemente los labios.
Quiso decir que no.
Quiso ignorarlo.
Pero sabía que no serviría de nada.
Se levantó.
El sonido de la silla arrastrándose contra el suelo fue lo único que rompió el ambiente mientras caminaba al frente del aula. Tomó el marcador sin apuro y miró el ejercicio.
Un problema de álgebra.
�
Lo observó.
Un segundo.
Dos.
Su mente… en blanco.
No era que nunca lo hubiera visto.
Era peor.
Era como si lo hubiera visto demasiadas veces… sin realmente entenderlo nunca.
Escribió algo.
Se detuvo.
Borró una parte.
Volvió a intentar.
El marcador chirrió contra el pizarrón, dejando números a medio sentido, intentos incompletos. El murmullo comenzó a crecer detrás de ella.
Pequeño.
Pero suficiente.
El profesor cruzó los brazos.
—¿Nada? —dijo, con un tono que no buscaba ayudar.
Hanako no respondió.
—Esto es básico. Si ni siquiera pueden resolver algo así…
Hizo una pausa, mirando al salón.
—…difícilmente van a poder aspirar a una buena universidad.
Algunas risas se escaparon.
No fuertes. No exageradas.
Pero sí lo suficiente.
Hanako no necesitó mirar para saberlo.
Sabía perfectamente que no hablaba “en general”.
Hablaba de ella.
Dejó el marcador en la bandeja sin decir nada.
Se dio la vuelta.
Caminó de regreso a su asiento.
Paso firme.
Sin apuro.
Sin reacción.
Se sentó.
Volvió a mirar por la ventana.
Los chicos seguían jugando.
Como si nada.
Como si ese momento… no hubiera significado nada.
Y en su rostro, una vez más—
No había nada.
Pero esta vez, el silencio dentro de ella… pesaba un poco más.
El timbre final sonó, marcando el fin de las clases.
Hanako fue de las primeras en levantarse.
No habló con nadie. No miró a nadie.
Solo tomó su mochila, caminó hasta los casilleros y agarró su patineta. Afuera, el aire de la tarde era más cálido que en la mañana, pero eso no cambiaba nada.
Se impulsó.
Las ruedas comenzaron a girar, rápidas, constantes.
Las calles pasaban como manchas borrosas a los lados. Autos, veredas, gente… todo quedaba atrás sin importancia. Su mente seguía en ese mismo estado vacío, como si el día no hubiera sido más que ruido innecesario.
Giró en una esquina.
Luego otra.
Y entonces—
Frenó.
No del todo.
Solo lo suficiente para reducir la velocidad.
Más adelante, algo no encajaba.
Un grupo de personas.
Cinta de seguridad.
Luces intermitentes.
Policías.
Su ceño se frunció apenas, más por curiosidad que por preocupación. Siguió avanzando, más lento esta vez, acercándose lo suficiente como para ver entre los huecos.
Y lo vio.
Dos cuerpos.
Cubiertos parcialmente, pero no lo suficiente.
La sangre se extendía por el suelo, oscura, seca en algunas partes, fresca en otras.
Alguien hablaba por radio. Otro agente anotaba algo. El murmullo era bajo, tenso.
Hanako no apartó la mirada.
No de inmediato.
Sus ojos se movieron lentamente… siguiendo el rastro en el suelo.
Y entonces—
Se detuvieron.
Ahí.
Entre las manchas de sangre.
Había algo más.
Una forma.
Dibujada.
No al azar.
No caótica.
Era… deliberada.
Una figura extraña, formada con la misma sangre. Líneas curvas que se entrelazaban, extendiéndose como pétalos abiertos. Pero no era una flor común.
Era irregular.
Asimétrica.
Casi… antinatural.
Como si intentara parecer una flor… pero fallara en algo esencial.
Hanako entrecerró levemente los ojos.
Sintió algo. No miedo.
No exactamente.
Algo más difícil de nombrar.
Un tirón leve en el pecho. Una incomodidad silenciosa.
Como si esa figura… no debería estar ahí.
Como si no perteneciera.
Un policía levantó la vista.
—¡Oye! ¡No te acerques!
La voz la alcanzó tarde.
Hanako ya estaba pasando de largo.
Volvió a impulsarse.
Más fuerte.
El sonido de las ruedas contra el pavimento llenó el espacio que dejó atrás.
Pero la imagen…
No se fue.
Esa “flor”.
Seguía ahí.
Clavada en su mente.
Como si hubiera echado raíces.








