El Nacimiento de la Realidad
Mucho antes de la creación del universo, de las líneas temporales y de todo cuanto hoy se conoce, solo existía el vacío: un dominio absoluto donde nadie gobernaba, donde no había materia ni forma… únicamente la nada.
Y, sin embargo, incluso en aquella inexistencia, dos fuerzas colosales ya se enfrentaban.
Ambas poseían el poder de crear y destruir.
Jitlor era un ser que anhelaba reinar sobre el caos eterno. Para él, la existencia no era más que un juego: deseaba crear vida solo para someterla, para convertirla en piezas de su diversión infinita.
En oposición se encontraba Mondragor, portador de una visión completamente distinta. Sus planes eran grandiosos: imaginaba creaciones capaces de evolucionar, de crecer… de alcanzar un potencial tan vasto que, algún día, alguna de ellas pudiera incluso superarlo.
La confrontación entre ambos era indescriptible.
Pasado, presente y futuro —si hubieran existido— habrían sido desgarrados por la violencia de su choque. Las realidades posibles nacían y se desvanecían en un instante, reducidas a fragmentos inexistentes por el impacto de sus voluntades.
Y aun así… aquello no era más que una mínima fracción del verdadero poder que estas entidades poseían.
—Tal vez se pregunten cómo es posible que estas dos entidades existieran… cuando no existía absolutamente nada.
La respuesta es tan simple como inquietante:
Nunca “existieron”… al menos, no en el sentido que hoy comprendemos.
Porque antes de la creación no había leyes que definieran lo posible y lo imposible.
No existía el tiempo que marcara un inicio, ni el espacio que delimitara una forma.
Y, aun así… había una excepción.
Una única anomalía en la nada absoluta.
El vacío, en su aparente perfección, albergaba una falla imposible: la incapacidad de sostenerse a sí mismo eternamente.
Fue esa contradicción la que dio origen a lo impensable.
No nacieron.
No fueron creados.
No aparecieron en un instante concreto.
Se manifestaron como la consecuencia inevitable de una realidad incapaz de permanecer en la inexistencia.
Jitlor y Mondragor no surgieron dentro del vacío…
surgieron como la ruptura del propio vacío.
Dos voluntades opuestas nacidas del mismo error:
una destinada a imponer forma sobre lo informe,
y otra condenada a liberar aquello que aún no tenía forma.
Desde entonces, su conflicto no ha sido una guerra común.
Es una lucha mucho más profunda…
una batalla por definir qué significa, realmente, “existir”.
—Aunque resulte imposible de concebir, incluso en medio de aquel conflicto eterno… Mondragor albergaba un deseo.
No era ansia de victoria.
No era odio hacia su opuesto.
Era algo mucho más peligroso:
Quería ver hasta dónde podían llegar sus creaciones.
Sabía que Jitlor jamás cedería.
Sabía que aquel enfrentamiento no tendría fin…
y que, mientras existiera, nada más podría existir plenamente.
Entonces tomó una decisión.
Una que incluso para una entidad como él… tendría un precio irreversible.
Reunió la totalidad de su poder, no para destruir, sino para alterar la esencia misma de su adversario.
Y pronunció palabras que no pertenecían a ningún lenguaje,
ni a ningún tiempo:
—Mampranee… Malate.
No fue un ataque.
Fue una ruptura.
Jitlor no murió.
Fue dividido.
Su voluntad se desgarró en dos entidades distintas:
Estoulin.
Fraranto.
Ambos conservaban un poder descomunal…
pero ya no eran absolutos.
Y, por primera vez… podían ser contenidos.
Mondragor los desterró a una dimensión sellada, un plano imposible de alcanzar,
fuera del tiempo, del espacio… incluso fuera de la propia narrativa.
Un lugar al que nadie podría acceder.
Ni viajero alguno.
Ni entidad superior.
Ni siquiera el creador de la historia.
Pero aquel acto tuvo un precio.
El poder de Mondragor se consumió casi por completo.
Y con lo poco que le quedaba… creó todo.
El tiempo.
El espacio.
Las dimensiones.
La vida.
—Pero quizá se pregunten…
¿Por qué no destruyó a Jitlor cuando tuvo la oportunidad?
Porque Mondragor comprendía algo fundamental:
Si él lo hacía todo…
si eliminaba cada amenaza…
si controlaba cada resultado…
Entonces sus creaciones jamás evolucionarían.
Jamás crecerían.
Jamás lo superarían.
Y eso… era precisamente lo que deseaba.
Por ello, antes de que su poder se disipara por completo,
no dejó solo un universo.
Dejó una profecía.
Seis entidades nacerían algún día.
Seres cuyo potencial superaría incluso al suyo.
Ni él mismo conocía sus identidades.
Ni su origen.
Ni el momento en que aparecerían.
Pero sabía que existían… como una certeza inevitable.
Y así…
entre el sacrificio, la división… y una promesa aún no cumplida…
se creo el universo
Pero la creación no fue lo último que Mondragor dejó atrás.
Antes de desvanecerse en la inmensidad de su propia obra, selló su voluntad en una verdad que ni el tiempo podría borrar.
Una profecía.
No escrita.
No hablada.
Sino grabada directamente en la estructura misma de la realidad.
La profecía dictaminaba la llegada de seis entidades.
Seis seres destinados a surgir entre lo creado, portadores de un poder que trasciende toda lógica conocida.
No serían elegidos.
No serían guiados.
Serían inevitables.
Su propósito no sería gobernar.
Ni salvar.
Sino encontrar aquello que fue ocultado más allá de toda existencia:
Dimensión Malago.
El lugar donde yacen las sombras fragmentadas de Jitlor.
Donde su voluntad, aunque dividida, permanece latente… esperando.
Y cuando ese momento llegue…
cuando los seis se alcen y crucen los límites de lo imposible…
no lucharán por un mundo.
Ni por un destino.
Lucharán por poner fin, de una vez por todas, a la voluntad de Jitlor.