Ecos de Pablo
Un día más de verano, estábamos tumbados en la cama teniendo una de esas conversaciones que tanto me gustaban, de las que podían alargarse sin esfuerzo porque siempre encontrábamos algo que decir, como si el silencio no existiera cuando estábamos juntos.
—Julia, el día que me dejes no sé qué haré —confesaste.
—Buscarte a otra —bromeé.
Pusiste esa cara de tonto que tanto me gustaba y, con esa voz más aguda que usabas cuando querías parecer tierno, respondiste casi ofendido:
—¡Jamás! Cuando tú no estés a mi lado creo que tendría que estar años solo, sería incapaz de querer a otra.
—Me encanta que asumas que te voy a dejar yo.
—Porque te quiero demasiado.
Te giraste hacia mí y bastó una mirada para desarmarme; siempre tenías ese efecto en mí, esa forma de calmarme sin hacer nada. Me besaste la frente con suavidad y añadiste, casi en un susurro:
—Te amo demasiado, Julia.
—Ya hablamos de esto una vez, Pablo —respondí, refugiándome en ese cinismo que usaba cuando algo me removía más de la cuenta—. El día que lo dejemos, tú empezarás otra relación enseguida y yo me quedaré sola… o bueno, no del todo, porque seguramente volveré a salir de fiesta y acabaré con cualquiera por ahí.
Te quedaste en silencio, mirándome con una seriedad que rompía el tono ligero de la conversación.
—¿Por qué piensas eso, cariño?
No quería responder. Pero lo hice.
—Porque eres incapaz de estar solo, lo sabes tú y lo sé yo… y yo no quiero sentirme sola.
En el fondo era así de simple: tú buscabas cariño y yo buscaba validación, pero mientras lo mío podía existir sin una relación, tú necesitabas a alguien para llenar ese vacío que llevabas contigo desde siempre.
—Julia, no hables así —dijiste, acercándote un poco más—. Nunca va a haber otra. Eres el amor de mi vida y nos vamos a casar.
Tus manos me buscaron entonces, como hacías siempre que notabas que me estaba poniendo nerviosa, y yo, como siempre, me dejé querer.
Era lo mejor que sabía hacer cuando estaba contigo.
Pero ahora todo es confuso.
A veces intento reconstruirte en mi cabeza y no sé por dónde empezar.
¿Quién eras tú realmente?
La versión que yo conocía no tardó en romperse.
Porque sí hubo otra.
Y porque, siendo honesta conmigo misma, gran parte de lo que me decías probablemente nunca lo sentiste.
El avión estaba aterrizando cuando me di cuenta de que llevaba todo el trayecto perdida en mis propios pensamientos, mirando por la ventana como hechizada, como si mi cabeza estuviera en otro sitio.
Quizá la distancia arreglaría algo.
O quizá terminaría de romperlo todo.
En cualquier caso, tú ya no estarías cerca.
Esperé a que la gente se levantara con esa prisa absurda por salir primero y, cuando el pasillo se despejó, cogí mi mochila y fui a por las maletas. Todavía se me hacía irreal haberme ido de España, de nuestra ciudad, de nuestra casa; pero en los últimos 7 meses nada había parecido real, como si mi vida se hubiera convertido en algo que simplemente observaba desde fuera.
Mandé un selfie rápido.
“Ya estoy en Holanda :)”
El teléfono sonó casi al instante.
—¿Mamá?
—Julia, ¿todo bien, cariño? ¿Te gusta el sitio?
—Acabo de bajar, mamá, no he visto nada todavía —respondí entre risas—. Tranquila, el avión no se ha estrellado.
—¡No bromees con eso!
—Luego te llamo cuando llegue, ¿vale? Te quiero.
Colgué antes de que pudiera seguir.
No tenía energía para sostener una conversación.
Pensar en ti ya era suficiente.
Llevaba meses completamente rota, moviéndome entre la depresión, el alcohol entre semana, la falta de comida y el exceso de ejercicio, como si hubiera algo dentro de mí que quisiera destruirme poco a poco y yo simplemente lo estuviera permitiendo.
Y quizá era eso.
Quizá una parte de mí quería desaparecer.
Es curioso cómo acabé aquí, en otro país, a kilómetros de distancia, como si poner tierra de por medio fuera suficiente para dejar de cruzarme contigo.
Como si pudiera evitarte.
Como si eso hubiera funcionado alguna vez.
Porque siempre encontrabais la forma.
La última vez fue en el centro y fue lo que desencadeno mi viaje.
Una foto inocente de dos cervezas en Instagram. Pensé que no pasaría nada, que nadie podía saber que estaba allí, que por una vez no tenía que medir cada movimiento.
Me equivoqué.
Media hora después ya estabais entrando en la plazoleta, de la mano, como si hubierais estado esperando ese momento. Hacía tiempo que había dejado de parecer una coincidencia, sobre todo teniendo en cuenta que ni siquiera vivíais en la misma ciudad que yo.
Cristina escaneó el bar con la mirada hasta encontrarme, y cuando lo hizo, sonrió.
Siempre sonreía.
Se sentó en la mesa de al lado sin decir nada, pero no hacía falta. Su presencia era suficiente, esa forma de mirarme de arriba abajo, evaluándome, disfrutando del momento como si fuera un juego.
Muchas veces quise gritar que ya no lo quería, que era suyo, que se lo quedara.
Pero nunca dije nada.
Porque me daban miedo.
Hacía tiempo que ya no sabía exactamente qué sentía por Pablo; era una mezcla incómoda de odio, miedo y una nostalgia que aparecía cuando menos lo esperaba.
¿Amor?
No.
El amor se rompió el día que descubrí la verdad.
El día que entendí que ese Pablo al que yo había querido no existía.
Y aun así dolía como si sí.
—¿Estás bien? —la voz de Marta me devolvió al presente mientras apretaba suavemente mi mano—. Llevo un rato hablándote.
—Sí… perdona —murmuré—. Es que me parece increíble que sigan haciendo esto.
—No lo entiendo, de verdad —negó con la cabeza—. Qué necesidad.
—Mejor para mí —respondí encogiéndome de hombros—. Que se queden juntos, son perfectos el uno para el otro.
Mentía.
Pero ya se había convertido en costumbre.
Cristina.
Su nombre llevaba tiempo colándose en nuestras conversaciones antes incluso de que yo entendiera lo que significaba, repitiéndose en frases aparentemente inocentes que ahora, vistas con distancia, eran cualquier cosa menos casuales.
Y yo lo vi.
Y no hice nada.
Porque estaba enamorada.
Porque ese mismo mes me habías pedido matrimonio, nos habíamos hecho un tatuaje juntos y me habías llevado de viaje, construyendo una ilusión que yo nunca cuestioné.
Porque confié.
Mientras tanto, tú ya estabas empezando otra historia.
Lo más difícil no fue perderte.
Fue aceptar que nunca fuiste quien yo creía.
—Estoy orgullosa de ti —dijo Marta de repente.
—¿Ahora te das cuenta de que soy maravillosa? —bromeé, intentando quitarle peso.
No funcionó.
—Julia, mírate. Has cambiado todo. Estás estudiando, has hecho nuevas amistades… estás saliendo adelante.
Me cogió las manos con más fuerza.
—Si me hubiera pasado a mí, me habrían destrozado.
Lo hicieron.
Claro que lo hicieron.
Pero eso no lo dije en voz alta.
Me habían roto en mil pedazos y él se había quedado dentro de mí como un eco constante, como algo que ya no sabía cómo sacar de mi vida. Pablo no era solo un recuerdo; era una presencia que seguía conmigo.
Recuerdo con una claridad amarga el día que me dejó. Había salido del trabajo y quería que fuéramos a una cita, pero yo estaba enferma y le repetía una y otra vez que no podía, que se fuera a casa y viéramos una película. Él insistía en que me esperaba fuera, que quería llevarme a un sitio bonito, y estuvimos así casi media hora hasta que, medio riéndome por lo absurdo, solté: “¿Quieres romper o qué?”. Lo dije en broma, de verdad, nunca se me habría pasado por la cabeza otra cosa después de todo lo que había hecho ese mes.
Entonces cambió el tono.
Me dijo que por eso quería hacer de ese día un recuerdo bonito.
Y después vino el golpe.
Yo sentada en el coche a su lado mientras él lloraba sin lágrimas, construyendo una escena que parecía ensayada, hasta que soltó la frase como si no tuviera peso:
—Llevo meses sin sentirme atraído por ti.
Me sentía asqueada solo de compartir el mismo aire.
Si hay algo que deben saber de mí es que siempre he tenido problemas de autoestima, hasta el punto de haber sufrido anorexia, y él lo sabía perfectamente. Aun así, me lo dijo igual.
Salí del coche furiosa. Volví a casa, hice las maletas y me fui con mis padres. Pero esa noche no pude dormir. Porque aunque una parte de mí lo odiaba, otra seguía aferrándose a la imagen que había construido de él, a la idea de que él había sido la única persona capaz de “salvarme”.
Y entonces empecé a buscarle lógica a todo.
Me convencí de que era culpa mía. Que tenía razón. Que había engordado veinte kilos, que él llevaba tiempo llamándome gorda como un toque de atención, que eso lo había cambiado todo, que por eso había perdido el interés.
Y pensé que podía arreglarlo.
Que podía perder peso. Volver a ser la chica que era antes.
Le mandé doscientos cincuenta mensajes.
Arrastrándome. Sin dignidad. Sin freno.
No respondió a ninguno. No leyó ninguno. Nunca.
Estuve mucho tiempo en un lugar muy oscuro. Durante el primer mes incluso pensé varias veces en el suicidio, todavía sin saber toda la verdad de sus infidelidades, porque cada día aparecían nuevas piezas de información. Hasta que un día algo dentro de mí se rompió del todo… y a la vez se aclaró.
No era culpa mía.
Era un mentiroso. Un villano de manual.
Pero incluso con esa certeza, no estaba bien. No estaba en paz.
Me odiaba. Odiaba todo.
Mis días se redujeron a ir al gimnasio, dormir o ver a Marta, como si eso pudiera mantenerme en pie.
Pero entonces apareció Cristina, y todo empeoró.
Me rompieron otra vez. Lo poco que había reconstruido se deshizo y volví a ser esa niña de dieciséis años que odiaba su cuerpo, que necesitaba atención desesperadamente, que se aferraba a cualquiera como si fuera un salvavidas.
“Mírame. Estoy aquí. Quiéreme. Entiéndeme.”
Pero el vacío seguía ahí.
Porque el único amor que podía curarme era el mío propio.
Y yo no sabía cómo dármelo.
—Soy fuerte, nada me va a hundir —me repetía como un mantra, intentando creerlo.
Pero estaba agotada.
Después de esas cervezas volví a casa y me preparé para salir esa noche. Me miré en el espejo. Cada vez me veía mejor. Odiaba asociar la belleza a mi peso, pero después de años escuchando que era fea por estar gorda, y después de lo que Pablo me había hecho, esa idea se había quedado incrustada dentro de mí.
Delgada significaba merecer amor.
Escote, música alta, alcohol, risas que no sentía. Bebía. Seguía bebiendo. Volvía a beber. Me besé con un chico.Y acababa volviendo sola a casa con las ganas de llorar apretadas en el pecho, porque siempre había algo —una frase, una canción, una mirada— que me devolvía a ti.
Al día siguiente había quedado con Javier.
Para follar.
Y, de alguna forma, eso me calmaba.
El contacto físico me hacía sentir menos sola.
A la mañana siguiente, antes de ver a Javier, recibí un mensaje de Valentina.
Quería verme.
Volvía de Holanda tras haber pasado allí unos meses.