CELESTE LA MADRE QUE ENTERRARON EN VIDA

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Summary

A los 17 años, Celeste Quintero fue vendida por su propia madre. Embarazada y rota, la sacaron de la Hacienda Los Quinteros como si fuera basura. Diez años después regresó. Ahora es señora de un imperio millonario, madre de un hijo que nadie esperaba, y tiene una lista con los nombres de todos los que la destruyeron. La familia que la escupió va a arrodillarse. Pero en la hacienda donde creció, los secretos matan... y el precio de su venganza serán sus propios hijos. ¿Hasta dónde llegarías por justicia? *Drama. Traición. Venganza. Bienvenidos al Imperio Quintero.*

Genre
Drama
Author
Elvira
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO I: LA ÚLTIMA QUINTERO 1979-1986



Celeste no lloró al nacer. Nació callada, como si supiera que en la Hacienda Los Quinteros el llanto era un lujo que no le correspondía. Su madre, Ana Gómez de Quintero, murió desangrada en ese mismo parto. Don Jesús, su padre, no volvió a mirar a la niña. Dijo que tenía los ojos de su mujer muerta.

Paulina tenía diez años. La pusieron a criar a esa hermana que llegó matando. Y Paulina obedeció, pero a su manera. 

—En esta casa no se llora, Celeste. Se trabaja —le decía mientras le amarraba las trenzas tan duro que le sacaba lágrimas. —Mamá se murió por tu culpa. Así que tú me debes

Celeste creció en el corredor de atrás, barriendo, lavando, oyendo. A los siete años encontró un libro de poemas de Andrés Eloy Blanco, tirado en la basura. Lo escondió bajo su colchón de paja. Leía de noche, con una vela. Paulina la descubrió. 

—No, señorita. En esta casa no se lee. Se manda. 

Y tiró el libro al fogón. Celeste vio cómo las páginas se hacían ceniza. No lloró. Aprendió que amar algo era condenarlo a la hoguera.

En 1986, con dieciocho años, bajó al río a lavar. Allí estaba él. Marco Fernández, peón sin apellido, sin tierra, sin miedo. No le tuvo lástima. Le preguntó por qué tenía los nudillos pelados de fregar. 

—Porque en mi casa, fregar es respirar —dijo ella. 

Él sacó un papel del bolsillo. Era un poema suyo, mal escrito, sobre una mujer que lavaba en el río. 

—Yo no quemo nada que te haga feliz —le dijo, y se lo entregó. 

Esa noche, Celeste no escondió el papel bajo el colchón. Lo puso bajo su almohada. Y por primera vez en dieciocho años, sonrió dormida.

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