Capítulo 1
La lluvia había comenzado sin aviso, fina y constante, como si el cielo se hubiera resignado a llorar sin motivo. Desde la ventana del tranvía, apenas se distinguía el contorno de las cosas. El vidrio empañado ofrecía una visión fantasmal del mundo: árboles sin hojas, postes de luz que titilaban como pensamientos vagos, charcos que reflejaban fragmentos de un cielo deshecho. Pero fue una casa lo que atrapó su mirada. Una casa de dos pisos, con dos terrazas abiertas al viento. Colgaban ropas de colores desteñidos, agitadas por el agua y el aire, como si fueran los últimos suspiros de un sueño no contado. Alguien había olvidado recogerlas, o tal vez las había dejado ahí a propósito, como ofrendas a la melancolía. Alice no recordaba cuándo había empezado a ver la casa. Cada vez que el tranvía pasaba por aquella curva, sus ojos se deslizaban por el vidrio empañado hasta encontrarla, y con cada nueva lluvia, la casa se revelaba distinta, aunque siempre igual. Era una constante cambiante, una fotografía en movimiento.
La primera vez que la notó, creyó ver una figura en una de las terrazas. Alice había apretado los ojos para distinguir mejor, pero la figura se deshizo como el vapor sobre el vidrio. Después, solo quedaron las ropas colgando: camisas, pantalones, una sábana con lunares. Esa noche soñó con la casa.
Cuando despertó, tuvo la certeza de que alguien —o algo— la había invitado a entrar.
—“¿Te pasa algo?” —preguntó Leo, mirando el reflejo de su rostro en el vidrio empañado.
—“Esa casa. La que vimos. —La siento familiar” —respondió Alice, limpiando un pequeño círculo con la manga para observarla otra vez.
Leo alzó una ceja. Él también la había notado, claro. Pero en sus recuerdos, la casa nunca estaba sola. A veces aparecía rodeada de maleza, otras con niños corriendo por las terrazas. El estado del tiempo parecía cambiar su personalidad: cuando llovía, era triste y solemne; cuando el sol brillaba, era acogedora, como si esperara visitas. Aquel día decidieron bajarse del tranvía. La lluvia era suave, casi cálida. Cruzaron la calle en silencio, esquivando charcos y hojas mojadas. Al acercarse, la casa no parecía real. No había autos en la entrada, ni timbre, ni señales de vida reciente. La puerta estaba entreabierta. Se miraron. Entraron. Dentro olía a madera mojada y tiempo detenido. En la sala había una figura sentada frente a un espejo empañado. Era Zara, la escultora, que moldeaba algo invisible entre sus dedos. Les sonrió.
—“Los estaba esperando” —dijo.
En el piso superior, en la terraza de las ropas mojadas, estaba Nemo, flotando apenas a unos centímetros del suelo, como si la gravedad fuera solo una sugerencia. Y junto a él, una Máquina Nebulosa, con sus engranajes oxidados emitiendo un zumbido suave, mecánico y triste.
No un sueño cualquiera. La casa era la puerta, el umbral hacia algo más grande. La lluvia era la tinta, y ellos, los trazos sobre el papel húmedo del inconsciente. El aire vibraba con una música que no podía escucharse con los oídos, solo con la memoria. Era la melodía de lo imposible.
A la siguiente mañana, fue algo distinto.
Alice despertó antes de que el reloj sonara. Afuera, la lluvia seguía cayendo con la misma suavidad. Se levantó en silencio, cruzó el pasillo de su apartamento sin encender luces y se asomó por la ventana. A través del vidrio empañado, la ciudad era como ver un cuadro impresionista, con la humedad que se negaba a secarse. Pero lo importante no era la ciudad. Lo importante era la casa.
No estaba allí.
En su lugar, había un lote vacío, rodeado de maleza, coronado por una grúa oxidada. Ninguna terraza. Ninguna ropa colgando. Solo barro, charcos y una señal de “propiedad privada” clavada de forma torpe. Alice frotó el vidrio con la palma, como si pudiera borrar la mentira del paisaje.
—“No puede ser” —susurró.
Volvió al tranvía. Recorrió las mismas calles, las mismas curvas, los mismos postes eléctricos que parecían doblarse bajo el peso del tiempo. Pero la casa no apareció. No en la siguiente parada, ni en la que la seguía. Preguntó al conductor si recordaba aquella estructura con terrazas y sogas colgando.
—“¿Una casa?” —dijo el hombre, frunciendo el ceño—. En esa curva nunca hubo nada.
La miró con una mezcla de desconfianza y lástima. Alice bajó sin decir nada. Caminó bajo la lluvia hasta donde recordaba haber bajado con Leo. Pero el suelo no mostraba huellas. No había umbral. Solo barro y escombros. La casa había sido un pliegue. Un error del mundo. Esa noche no pudo dormir. Encendió una vela. Sacó una libreta de tapas blandas y comenzó a escribir. No una crónica, sino fragmentos, como si al nombrarlos pudiera evitar que se desvanecieran:
“La casa no existe en el espacio. Existe en la pausa entre pensamientos.”
Días después, Leo apareció. Estaba sentado en el muro de abajo, frente al edificio de Alice. Él dijo:
—“No es un lugar, Alice. Es un efecto”.
Subieron juntos al tranvía. El cristal empañado que, a veces, actuaba como un espejo de otras realidades.
Y allí estaba otra vez.
La misma casa de dos pisos, las mismas terrazas, la misma ropa colgando, agitándose como si saludara.
Bajaron.
Leo tocó la puerta. Esta vez había una cerradura, y estaba abierta. Cruzaron el umbral.
Descendieron al sótano. Algo los guiaba.
Abrieron.
Allí, en el centro, latía una esfera suspendida, palpitante, tejida con luz temblorosa. Dentro, una figura dormía.
—susurró Alice. “Somos nosotros”.
Entonces lo entendió. La casa no era un refugio. Era un punto de retorno donde la imaginación se revisita, donde las posibilidades se condensan antes de volverse historia.
Cuando salieron, la casa era ya otra cosa.
Las terrazas se deshacían en vapor. Las sogas de ropa se evaporaban. El segundo piso colapsó suavemente, sin ruido, como si pidiera disculpas. Y en medio de la lluvia, la figura de Zara se inclinó, una reverencia final.
Alice y Leo caminaron hacia el tranvía. No hablaron.