Where Heroes Fall

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Summary

En una academia donde el combate define el valor de cada estudiante, Argo intenta hacer lo único que conoce: esforzarse más que todos los demás. Cada día es una prueba. Cada error, un castigo. Y al final de cada jornada, un ritual inquebrantable: tres combates… siempre contra él. Mientras sus compañeros luchan por superarlo, Argo lucha por entender. Porque algo no encaja. Los “despertares” son cada vez más raros. El bosque cercano… no debería existir. Y la Academia, que promete formar héroes, parece interesada en algo muy distinto. Cuando una incursión fuera de los muros los obliga a enfrentarse a lo desconocido, Argo y su grupo descubren que el mundo es más grande… y más peligroso de lo que les enseñaron. Porque hay verdades que no se explican. Sistemas que no se cuestionan. Y lugares donde los héroes… no sobreviven.

Genre
Scifi
Author
kos0
Status
Ongoing
Chapters
7
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1: El Día de la Nueva Era



La ciudad no tenía nada especial.

Argo lo había pensado muchas veces, sin decirlo en voz alta. Las calles eran iguales a las de cualquier otro distrito funcional: rectas donde hacía falta, torcidas donde nadie había tenido motivos para corregirlas. Los edificios no eran viejos ni nuevos. Solo… suficientes. Como todo.

—Llegás tarde —dijo Ilix, sin mirarlo.

Estaba apoyado contra una baranda oxidada, con el arco colgándole de la espalda como si fuera una molestia más que una herramienta.

—No —respondió Argo—. tu llegaste temprano.

Ilix chasqueó la lengua.

—Es lo mismo.

Sam estaba un poco más atrás, revisando la cuerda de su hacha. No la hoja—la cuerda. Como si lo importante no fuera cortar, sino no soltar.

—¿Desayunaron? —preguntó, sin levantar la vista.

—No somos nenes —dijo Ilix.

—Igual —insistió Sam.

Artur llegó último, como siempre. No corría. Nunca corría. Caminaba con una calma ensayada, como si alguien estuviera mirando desde algún balcón invisible.

—Mis disculpas —dijo—. Asuntos de estado.

—¿Qué estado? —preguntó Ilix.

—El mío —respondió Artur, con una media sonrisa.

Lucía ya estaba ahí. Nadie la había visto llegar. Estaba sentada sobre el borde de la fuente seca, mirando cómo una gota caía desde una grieta en el cemento.

—Somos cinco —dijo, sin levantar la vista.

—Siempre somos cinco —respondió Sam.

—No —dijo ella—. —Hoy seguimos siendo cinco..

Nadie preguntó qué quería decir.

Argo miró la grieta de la fuente. No era grande. Apenas lo suficiente para que el agua encontrará un camino.

—¿Listos? —preguntó.

Nadie respondió. Pero todos se movieron.


La Academia quedaba al otro lado del distrito, donde las calles empezaban a parecer importantes. Había banderas, columnas, placas con nombres que nadie leía. El edificio no era imponente, pero estaba diseñado para que lo pareciera.

—Hoy es el día —dijo Artur, más bajo que de costumbre.

—Es un día más —respondió Ilix.

—Si —dijo Lucía—. Un dia mas, y nuestras vidas cambiarán para siempre..

Sam empujó la puerta primero.

—Vamos.

—Hoy... —dijo una voz grave desde lo alto de la escalinata principal— es un día especial.

El murmullo se apagó de inmediato.

Nadie sabía quién era aquel hombre. Muchos jamás lo habían visto. Sin embargo, algo en su presencia obligaba a mirarlo. No era alto ni particularmente imponente, pero hablaba con la seguridad de alguien acostumbrado a que lo obedecieran.

Vestía el uniforme negro de la Academia, adornado apenas con una insignia plateada en el pecho. Su cabello gris caía hacia atrás con precisión exagerada, como si incluso el viento evitara tocarlo.

—¿Quién es ese? —susurró Lucía.

—No lo sé —respondió Sam.

—Subdirector —murmuró Ilix, con los brazos cruzados—. Debe ser importante.

Frente a la escalinata, cientos de ingresantes llenaban el patio principal. Jóvenes de todas partes del distrito y de regiones más lejanas. Algunos lucían confiados. Otros trataban de aparentarlo. La mayoría estaba aterrada.

Argo observaba en silencio.

La Academia se levantaba junto al enorme muro exterior que protegía la ciudad. Detrás de ese muro, a pocos kilómetros, se encontraba la Puerta.

Y más allá de la Puerta... la Mazmorra.

—Hoy comienza una nueva era —continuó el subdirector—. No solo para ustedes. También para la Academia. También para el mundo.

Esta vez sí hubo murmullos.

Algunos sonrieron, creyendo que se trataba de una frase preparada para inspirarlos. Otros se miraron con desconcierto. Un muchacho detrás de Argo soltó una risa nerviosa.

—Está loco —dijo alguien.

—Ojalá solo sea eso —murmuró Ilix.

El subdirector alzó una mano y el silencio regresó.

—Durante décadas, los ingresantes permanecieron dos años dentro de esta institución. Aprendían combate, teoría, supervivencia y disciplina. Luego pasaban otros dos años en tareas de campo bajo supervisión.

Hizo una pausa breve.

—Ese sistema termina hoy.

El patio quedó inmóvil.

Argo sintió que incluso el aire se detenía.

—A partir de este ciclo, serán entrenados durante dos meses.

Nadie reaccionó al principio. La frase tardó en asentarse.

Después llegaron los susurros.

—¿Dos meses?

—¿Escuché bien?

—Eso es imposible.

—Luego de ese período —prosiguió el subdirector, como si no oyera nada— comenzarán tareas de campo como recolectores dentro de la Mazmorra.

El miedo se extendió como una enfermedad.

Ya no eran murmullos. Eran respiraciones cortas. Pasos incómodos. Ojos abiertos de golpe.

Lucía se aferró al brazo de Sam.

—Nos van a matar.

—Todavía no empezó y ya estás dramatizando —dijo Sam, aunque tragó saliva al terminar la frase.

Ilix no apartaba la vista del subdirector.

—Esto no tiene sentido.

Argo permaneció quieto.

Por fuera.

Por dentro, una presión helada le apretaba el pecho.

El hombre de la escalinata levantó la voz.

—Tranquilos. No serán enviados a zonas profundas ni áreas de combate avanzado.

Nadie parecía tranquilizarse.

—Las investigaciones más recientes demuestran que la energía de la Mazmorra acelera el Despertar. Los índices mejoran. La adaptación mejora. El potencial aumenta.

Recorrió con la mirada a la multitud.

—Siempre supimos que cierta energía escapaba por la Puerta. Por eso la Academia fue construida aquí. Pero ahora creemos que la concentración interna... es muy superior a lo estimado.

Se acomodó los guantes con una lentitud irritante.

—En otras palabras, la humanidad estuvo entrenando en la orilla cuando debía hacerlo dentro del río.

El silencio fue total.

Argo miró a sus amigos.

Lucía estaba pálida.

Sam fingía tranquilidad mirando cualquier cosa menos al frente.

Ilix parecía estar calculando posibilidades de muerte.

—¿Dos meses? —dijo este último, sin despegar los labios.

—Vamos a estar bien —respondió Argo.

Los tres lo miraron.

Su tono había sido firme. Sereno.

Convincente.

Argo casi se creyó a sí mismo.

Porque en realidad estaba más asustado que todos ellos juntos.


Cinco minutos después, los ingresantes ya estaban siendo divididos.

Nombres gritados. Empujones. Protestas. Instructores caminando entre filas como pastores irritados.

Los grupos serían de veinticinco personas, divididos a su vez en equipos de cinco. Cada grupo tendría un instructor principal y un ayudante.

—Grupo cuarenta y dos. ¡Muévanse!

—¡Cincuenta y uno, por la izquierda!

—¡Si no escuchan su nombre, usen los ojos!

Argo, Sam, Lucía e Ilix y arthur quedaron juntos. era sabido que los grupos que ya se copnocian tendian a trabajar mejor en equipo y elevaba el porcentaje de supervivencia

—Perfecto —dijo Lucía—. Nos tocó una asesina serial.

La chica ni la miró.

Los guiaron por corredores de piedra hasta uno de los sectores más alejados de la Academia.

Allí no había estatuas, ni banderas, ni grandes columnas.

Solo estructuras funcionales.

Salones enormes, cuadrados, separados entre sí por muros altos.

—Qué rincón deprimente —murmuró Sam.

Argo sonrió apenas.

Le gustaba.

Lejos del centro.

Lejos de la atención.

Cada salón era una pequeña institución autónoma: arena de combate, bancos, pizarras, depósitos, dormitorios, comedor. Algunos se habían vuelto famosos con el tiempo. Otros eran conocidos por formar élites especializadas.

Ellos fueron asignados a uno sin nombre notable.

Promedio.

Invisible.

Perfecto.

Un hombre robusto esperaba apoyado contra una pared. Tenía barba corta, nariz rota en más de un lugar y una energía caótica difícil de ignorar.

A su lado, un joven delgado tomaba notas en una libreta.

—Bienvenidos —dijo el hombre—. Soy Usman. Instructor.

Se señaló con el pulgar.

—Él es Tarek. Ayudante. No le hablen mucho, se cree interesante.

Tarek no levantó la vista.

—Ya saben por qué están acá.

Nadie respondió.

Usman frunció el ceño.

—¿No lo saben?

Veinticinco rostros confundidos.

Usman sonrió de golpe.

—Excelente. Entonces será sorpresa.

Dio dos palmadas brutales.

—¡Van a pelear!

Varios retrocedieron un paso.

—¡Hoy todos tendrán al menos cinco combates! Elijan rival, entren al centro y empiecen. ¡Vamos, vamos, no tengo toda la mañana!

Aplaudía con entusiasmo salvaje.

El caos tardó tres segundos en comenzar.

Desafíos, empujones, dudas, primeros golpes torpes.

Argo respiró hondo.

Toda su vida había imaginado este momento.

Había entrenado solo. Corrido de noche. Golpeado árboles hasta lastimarse los nudillos. Estudiado tácticas, posturas, respiración.

Si existía un lugar para demostrar su valor, era ese.

Un muchacho enorme se acercó sonriendo.

—¿Te apetece un duelo?

Argo parpadeó.

No esperaba cortesía.

—Yo...

El otro se encogió de hombros.

—Bueno, si no quieres...

—¡No! Sí quiero.

Avanzó al centro con decisión.

Los demás formaron un círculo.

Usman sonreía como si presenciara una fiesta privada.

Argo adoptó guardia.

Su rival dio un paso.

Solo uno.

Y lanzó un puñetazo recto.

Argo alcanzó a pensar que era lento.

Después vio el suelo de cerca.

El golpe lo había derribado de inmediato.

No recordaba haber caído.

Quince minutos más tarde seguía acostado junto a una pared, con el orgullo más dolorido que la mandíbula.

Los combates continuaban alrededor suyo.

Gritos.

Risas.

Sangre leve.

Polvo.

Le quedaban cuatro peleas.

Se incorporó con esfuerzo.

En cuanto alguien lo vio de pie, alzó una mano.

—¡Te reto!

Varias cabezas giraron.

Al parecer, durante su ausencia se había establecido que esa era la forma oficial de iniciar un duelo.

Argo cerró los ojos un segundo.

Quería irse a casa.

Dormir tres días.

Desaparecer.

Pero no podía.

Caminó otra vez hacia el centro.

Su nuevo rival era más pequeño, menos musculoso, de su misma altura.

Mejor, pensó.

Tal vez tenga oportunidad.

El muchacho sonrió y se lanzó hacia adelante con una velocidad absurda.

—¿Por qué son tan rápidos? —gritó Argo para adentro mientras intentaba esquivar al menos un golpe.