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𓂃 ࣪˖ ִֶָ🐇་༘࿐
“Luego”, es una palabra, una acción, una actitud.
Palabra que hasta el día de hoy, nunca había escuchado alguien utilizar “Luego” para despedirse. La primera vez que lo escuche me resultó seco y despectivo, como si le diera igual no volver a verte o no saber nada de ti.
Cierro los ojos, pronuncio la palabra y vuelvo a estar en Daegu de hace tantos años, caminando por la acera bolada y viéndole bajar del taxi , con una camisa azulada con un estampado ondulado dejando a la vista su cuello, las gafas de sol y un gorro de paja.
De repente me da la mano, me entrega su mochila.
—¿Y tu padre? —me preguntó de repente, rompiendo el silencio del pasillo mientras se quitaba el gorro de paja.
La pregunta me tomó desprevenido. No era una consulta formal, era una exigencia de información envuelta en una naturalidad que yo no poseía. Me quedé un segundo de más mirando cómo su cuello quedaba al descubierto por el corte de su camisa azulada.
—Está en el despacho —logré responder, señalando vagamente hacia el fondo de la casa—. Te estaba esperando.
Él asintió, me dedicó otra de esas sonrisas que parecían no pedir permiso a nadie y avanzó con una seguridad que me hizo sentir como un extraño en mi propia casa.
Observé su espalda alejarse, sintiendo que Daegu, con su calor sofocante y sus tardes lentas, acababa de cambiar para siempre por el simple hecho de que él ahora caminaba por sus pasillos.
Puede que todo comenzase precisamente allí y en aquel instante: la camisa, las mangas remangadas, los pulpejos redondeados de su talón que se escapan de las alpargatas desgastadas, ansiosos por probarla cálida gravilla del camino que lleva a nuestra casa y preguntando con cada zancada por dónde se va ala playa.
El huésped de este verano.
Entonces casi sin mediación y ya dándome la espalda para entrar en la casa. Agitó el envés de la mano que le quedaba libre hacia otro pasajero que había en el coche, con quien probablemente hubiese compartido el pago de la carrera desde la estación.
—Luego —soltó con una despreocupación que me dejó helado.
Ni siquiera dijo un nombre o una broma para suavizar la abrupta despedida. Nada. Lo despachó con esa sola palabra: brusca, audaz y franca.
No había forma de que alguien pudiera sentirse ofendido por su tono, pero a mí me resultó insoportable.
Observa, pensé mientras sentía el peso de su mochila en mis manos. Asi es como se despedirá de nosotros cuando llegue el momento.
Mientras tanto, tendríamos que soportar su presencia, su energía arrolladora y esa naturalidad que yo no poseía.
Que son seis largas semanas.
Tratando de recuperar algo de control, podría intentar que me gustase. Podría empezar por su mandíbula marcada, su cuello expuesto bajo el sol o sus pasos seguros sobre la piedra caliente de la acera. Y después, tras unos días, aprendería a odiarlo con la misma intensidad.
Al fin y al cabo, él era la misma persona cuya fotografía de la solicitud que yo había resaltado meses atrás.
En aquel entonces, su imagen me pareció la promesa de una afinidad instantánea, de alguien que finalmente hablaría mi mismo idioma, pero ahora viéndolo en persona, esa promesa se sentía como una amenaza.
Acoger a huéspedes durante el verano era la manera que tenían mis padres de ayudar a profesores universitarios jóvenes a revisar un manuscrito antes de su publicación.
Todos los veranos durante seis semanas debía dejar libre mi habitación y mudarme a un cuarto del pasillo mucho más pequeño y que había sido de mi abuelo.
Los residentes estivales no tenían que pagar nada, se les otorgaba un uso libre de toda la casa y podían hacer básicamente lo que les apeteciese siempre y cuando dedicasen más o menos una hora al día a ayudar a mis padres con la correspondencia y papeleos varios.
Se convertían en parte de la familia y, después de unos quince años haciendo esto, nos habíamos acostumbrado a recibir una tonelada de postales y regalos, no sólo en Navidad, sino todo el año, de gente que estaba en deuda emocional con mi familia.
La cena se servía siempre en el patio trasero, bajo la sombra de los árboles frutales que apenas dejaban pasar el aire viciado de Daegu.
Me senté frente a él, manteniendo la distancia que mis propios nervios dictaban, y me dediqué a lo que mejor sabía hacer: observar.
Jungkook no comía; devoraba el tiempo y el espacio con la misma intensidad con la que había bajado del taxi.
Lo observaba de reojo, fingiendo interés en mi plato mientras diseccionaba cada uno de sus movimientos.
De cerca, su rostro era una contradicción de rasgos suaves y una mandíbula firme que se tensaba al hablar con mis abuelos sobre sus estudios.
Y sus manos, eran manos grandes, hábiles, que sostenían los palillos con una seguridad que me hacía sentir torpe.
Su voz, su risa llenaba el patio, una nota discordante en el silencio habitual de nuestras cenas que, extrañamente, empezaba a gustarme.
—Está delicioso —dijo él, dirigiéndose a mi abuela con una sonrisa que me pareció peligrosamente encantadora.
Luego, sus ojos se cruzaron con los míos por una fracción de segundo. Fue un impacto breve, pero suficiente para hacerme recordar por qué había marcado su foto meses atrás.
En ese momento, Jungkook dejó de ser un extraño para convertirse en el centro de gravedad de mi verano, una amenaza constante a mi tranquilidad que, muy a mi pesar, no podía dejar de mirar.
La cena avanzaba entre el tintineo de los palillos y la voz de Jungkook, que parecía haber encontrado un ritmo perfecto con las historias de mi abuelo. Yo permanecía en mi rincón de silencio, esperando que el tiempo simplemente fluyera, hasta que la voz de mi padre rompió mi refugio.
—Tae, por qué no llevas a Jungkook a dar un vistazo a la casa?— Dijo, mientras se servía más té—. Enséñale su habitación y el jardín de los frutales. Debe estar cansado del viaje.
Sentí un vuelco en el estómago. La idea de estar a solas con él, convertía la noche en algo peligroso. Jungkook dejó sus palillos con una elegancia que me irritó y me miro directamente, esperando.
—Me encantaría—dijo él, y su voz, tan cerca ahora, vibró en el aire pesado de la noche.
Me levanté sin decir palabra, sintiendo cómo mis movimientos se volvían torpes, caminamos hacia el interior, dejando atrás el murmullo de la cena. El contraste de la luz dorada del patio y las sombras frescas de los pasillos de madera de la cansa antigua se sintió como entrar en un territorio desconocido.
—Es una casa increíble—comentó Jungkook a mis espalda. Podía sentir su presencia, el calor que emanaba de su cuerpo y ese magnetismo físico que parecía acortar la distancia entre nosotros sin que él hiciera el más mínimo esfuerzo.
—Es solo una casa vieja—respondí, tratando que mi voz sonara indiferente.
Me detuve frente a una puerta de madera tallada al final del pasillo.
—Esta será tu habitación.
Él entró primero, rompiendo la frontera de mi espacio personal. Lo observé desde el umbral, viéndolo dejar su gorro sobre la mesa donde yo solía escribir mis partituras.
En ese instante, comprendí que Jungkook no solo iba ocupar mi habitación; iba a reescribir cada rincón de mi mundo.
Jungkook se movió por la habitación con una curiosidad que me resultaba asfixiante. Se detuvo ante la mesa, justos donde acababa de soltar su gorro de paja, y sus dedos rozaron el borde de una de mis libretas de música.
—Tú escribes esto? —preguntó, señalando las partituras llenas de tachones y anotaciones rápidas.
Sentí que el aire de la habitación se volvía aún más pesado. Mis composiciones eran mi diario personal, la única forma que tenía de procesar el mundo sin usar palabras que otros pudieran malinterpretar.
—Solo son transcripciones. Nada importante—respondí rápido, intentando dar un paso hacia la mesa para cerrar la libreta, pero él fue más veloz.
Jungkook tomó una de las hojas y la sostuvo frente a la luz amarillenta de la lámpara. Sus ojos recorrieron las notas con una intensidad que me hizo querer desparecer.
El contraste entre su figura atlética y la delicadez del papel que sostenía me resultaba profundamente perturbador.
—No solo son transcripciones—murmuró, casi para si mismo. Luego, me miro de nuevo con esa seguridad que me desarmaba—. Hay mucho de ti aquí, Taehyung. Es introspectivo. Casi melancólico.
Me quedé helado ante su análisis. Me sentía expuesto, como si Jungkook hubiera encontrado una llave directa a mi alma antes incluso de que termináramos de desempacar sus maletas.
—Mañana te enseñare el piano del salón—dije, tratando de recuperar mi papel de anfitrión y salir de ese espacio tan privado—. Mi padre dice que suena mejor por las mañanas.
Él sonrió, dejando la partitura en su lugar con una suavidad inesperada, temiendo que se rompiera.
—Luego me lo enseñas—respondió, usando de nuevo esa palabra que ya empezaba a detestar.
Salí de la habitación casi huyendo, cerrando la puerta tras de mí para dejar a Jungkook a solas con mis secretos y mis partituras. El pasillo se sentía más largo de los habitual, como si el espacio se hubiera estirado bajos el peso de su presencia.
Baje las escaleras buscando el único lugar donde el aire no se sentía cargado de esa nueva incertidumbre: el pequeño salón dónde mi madre solía terminar su té al final del día.
La encontré allí, sentada cerca de la ventada abierta que dejaba entrar el aroma de la lluvia lejana y el canto nocturno de las chicharas. Ella no necesitó que dijera nada; siempre había tenido esa capacidad de leer mis silencios.
—Ya se ha instalado?—preguntó suavemente, indicándome con un gesto que me sentara a su lado.
—Si—respondí, dejando caer mi cabeza sobre su hombro, buscando el consuelo de su cercanía—. Se ha quedado en mi habitación, papá cree que estará más cómodo ahí.
Sentí su mano acariciando mi cabello, un gesto que siempre lograba calmar el ruido en mi cabeza. Con ella no tenía que fingir que ese “Luego” de Jungkook no me había afectado, ni que su forma de mirar mis composiciones no me había dejado al descubierto.
—Es diferente a lo que imaginaba por la foto, ¿verdad? —comentó ella con una pizca de complicidad, recordando cómo yo mismo había resaltado su solicitud meses atrás.
—Es invasivo, mamá. No pide permiso para nada.
—A veces, Taehyung, la gente que no pide permiso es la que más necesitamos que entre —murmuró ella con una sonrisa enigmática—. Mañana será un día largo. Deberías descansar.
Me quedé allí un rato más, envuelto en el aroma de su té y la familiaridad de su presencia, tratando de ignorar el hecho de que, un piso más arriba, Jungkook estaba durmiendo en mi cama.