Capítulo 1 (actualizado): Encargo 205
La puerta automática se abrió con un siseo hidráulico.
Al otro lado esperaba el equipo E7.
Cuatro trajes de contención gris oscuro. Visores rayados. Sellos remendados alrededor de los guantes.
Novatos.
Se notaba en cómo evitaban mirarse entre ellos.
Ver sus caras me causó una sensación rara…
Como un recuerdo fuera de lugar.
Como si ya supiera cómo terminaba esto.
El comunicador crepitó dentro de mi oído.
—Equipo E7. Ventana de salto en noventa segundos.
—T-tú ya has estado ahí, ¿no? En el Cretácico… —dijo Adonis mientras ajustaba nerviosamente sus guantes—. No puede ser tan malo… ¿cierto?
Solté un suspiro que empañó mi visor.
—Tranquilo, niño. Estarás bien —mentí.
El comunicador volvió a crepitar.
—Ventana de salto abierta. Sincronización en curso.
Las luces del corredor descendieron de intensidad.
Sentí la vibración familiar bajo las botas.
—Inicio en diez segundos.
La vibración empezó a subir por mis piernas.
Por un instante no pude llenar los pulmones.
Entonces llegó el tirón.
Sentí que algo me arrastraba desde adentro.
El visor perdió enfoque. Sombras.
Reflejos. Formas imposibles de fijar.
Mis dientes chocaron.
El dolor atravesó mi cuerpo.
Cada articulación parecía separarse apenas un instante antes de volver a encajar.
Familiar.
Nunca soportable.
De un momento a otro impacté contra el barro, aplastando la maleza bajo mi cuerpo.
El pitido seco en mis oídos empezó a apagarse lentamente.
El aire era espeso.
Caliente.
La humedad se pegó al traje apenas me incorporé.
Helechos enormes bloqueaban casi toda la luz sobre nosotros. Los insectos chocaban contra el visor con pequeños chasquidos secos.
Adonis soltó una maldición ahogada mientras se levantaba del suelo.
—Olvidaba cuánto calor hacía aquí…
No respondí.
Revisé el Sensor de Disrupción.
Quinientos metros.
Cerca.
—Muévanse.
Crucé una pared densa de helechos.
La vegetación ofrecía resistencia a cada paso. Las hojas rozaban el visor dejando manchas húmedas difíciles de limpiar.
—El aire aquí se siente muy pesado... con tanta vegetación tardaremos siglos en llegar —jadeó Adonis.
No respondí. Estaba más concentrado en el sensor.
Los otros dos, Evan y Richard, empezaron a murmurar historias que habían oído en el complejo.
—A mí me contaron que vieron algo que se distorsionaba con cada paso —dijo Evan—. Y emitía voces de personas.
—Un conocido de los Concealers dijo que capturaron algo que ni siquiera parecía... tangible —añadió Richard.
Iba a mandarlos a callar cuando algo, a mi izquierda, llamó mi atención.
Entre los helechos, a unos diez metros…
algo se movió.
Fue... incorrecto.
Como si dos movimientos distintos intentaran ocupar el mismo espacio al mismo tiempo.
Parpadee.
Ya no había nada.
El sensor vibró en mi mano.
El pitido se volvió irregular.
La señal se fragmentó.
—Maldita sea... —murmuré—. Ya estamos cerca, pero la lectura se está dividiendo.
—¿Dividiendo? —preguntó Evan.
Miré la pantalla. Dos puntos. Mismo origen. Direcciones distintas.
Eso no tenía sentido.
—Desde el mío, una parte se mueve hacia el sur —dije—. Quizás algún animal lo recogió.
No sonaba convincente ni para mí.
Adonis no apartaba la vista del lugar donde había visto “eso”.
—Oye... William…
—Concéntrate —lo corté—. No estamos aquí para perseguir sombras.
Uno de los puntos seguía alejándose.
—Nos separamos —decidí—. Evan, Richard, vayan por los puntos estáticos. Adonis conmigo.
Sin más, desaparecieron entre la vegetación.
El ruido de sus pasos se disipó rápido entre los sonidos de la selva.
Seguimos avanzando.
El barro se hundía bajo las botas. Raíces gruesas sobresalían del suelo como huesos enterrados bajo la maleza.
El sensor vibraba de forma irregular en mi mano.
Adonis no dejaba de mirar hacia atrás.
—¿Viste algo antes…? —preguntó al final.
No respondí enseguida.
A lo lejos se escuchaban ramas ceder bajo algo enorme.
Demasiado pesado para ignorarlo.
—Sigue caminando —dije.
Hojas caían lentamente desde las copas de los árboles.
Algunas descendían demasiado rápido.
Otras parecían quedarse suspendidas apenas un instante antes de continuar.
Adonis las miró.
No dijo nada.
Luego de caminar un par de minutos, Adonis y yo llegamos a lo que parecía ser una madriguera.
Me asomé con la linterna.
Al fondo de la madriguera, un Cronopio encogía el cuerpo entre raíces húmedas. El pelaje claro estaba apelmazado por barro y sus costillas vibraban bajo la piel con pequeños espasmos irregulares.
En el hocico llevaba una bolsa de semillas que definitivamente no pertenecía a esta época.
Capturé al animal. La vibración recorrió mis manos apenas lo sostuve.
Encapsulé la bolsa.
—William... ¿eso es lo que creo que es? —Adonis se acercó al borde de la madriguera—. ¿Vinimos 66 millones de años al pasado por una bolsa de semillas de amaranto?
Solté una risa seca.
—El disruptor debió detenerse aquí a comer —dije mientras guardaba la cápsula en el transportador—. Dejó caer esto y ahora tenemos un problema ecológico.
Adonis miró la bolsa.
—¿Eso puede alterar tanto?
—No necesitas mucho para arruinar una era.
El sensor seguía marcando un punto dentro de la madriguera.
—Parece que el infeliz se comió algunas.
El Cronopio me miró con sus grandes ojos. Sus costillas seguían vibrando bajo el pelaje.
—Al parecer, tendremos que diseccionarte, Scrat.
A unos 200 metros al sur, Evan recogía tres pequeñas semillas del suelo.
—Las tengo. Richard, avisa a William. Ya podemos largarnos de este horno.
Richard no respondió.
Estaba inmóvil, observando la vegetación.
—Amigo... acabo de ver algo moverse por ahí.
Algo pesado atravesó la vegetación.
Las ramas crujieron.
El sonido no vino de un solo lugar.
Vino dos veces.
El mismo crujido, con una fracción de diferencia. Como un eco mal sincronizado.
Evan giró en seco.
—Debemos salir de aquí lo antes posi—
No terminó.
Algo salió de la maleza.
Demasiado rápido.
El Dakotaraptor cayó sobre Richard, pero hubo algo… extraño.
Por un instante, sus garras parecieron atravesarlo antes de hacer contacto, como si el golpe hubiese ocurrido dos veces y solo una hubiese contado.
La sangre empezó a derramarse.
Richard ni siquiera gritó.
Evan retrocedió.
—¿Qué… qué fue eso…?
Otros dos depredadores emergieron, rodeándolo.
Pero no se movían como deberían.
Sus cuerpos avanzaban a tirones, como si algo se comiera fragmentos de sus movimientos.
Uno dio un paso.
El siguiente… no ocurrió.
Ya estaba más cerca.
El otro ladeó la cabeza, lento… demasiado lento.
Y de pronto ya estaba en otro ángulo.
Sin transición.
—No… —Evan retrocedió, sin aire.
El primero atacó.
Evan reaccionó a tiempo. Lo esquivó.
O eso creyó.
Por un instante, el espacio entre ambos quedó vacío.
Y al siguiente—
La mandíbula del depredador ya estaba cerrada sobre su brazo.
Sin salto. Sin impacto.
Como si el error hubiera sido corregido.
Evan abrió la boca para gritar.
No llegó a hacerlo.
La segunda mordida apareció en su costado.
De vuelta en la madriguera, terminé de limpiar la sangre del roedor de mis manos. Las semillas ya estaban encapsuladas y enviadas a la base.
Scrat ya no vibraba.
Ahora era solo carne.
—Ya estamos listos. Creo que hoy será un día tranquilo, ¿eh, Adonis?
La estática del comunicador estalló.
—¡¡AHHHH!! ¡¡POR FAVOR, AYUDA!! ¡SE ESTÁ COMIENDO MIS PIERNAS...!
—¡Señor, los muchachos están en peligro! ¡Debemos...! —gritó Adonis.
—¡Debemos salir de aquí, muchacho! —lo corté—. A menos que quieras terminar en el estómago de esas cosas.
El sonido de ramas rompiéndose se escuchó justo detrás de nosotros.
El sonido llegó… y mi cuerpo lo entendió antes que yo.
—Ya están aquí…
—Maldita sea.
No hicieron falta más palabras. Adonis echó a correr entre el barro.
Tres Dakotaraptors salieron de la maleza.
No corrían.
Avanzaban a tirones.
Como si su movimiento se estuviera saltando partes.
Lancé una baliza acústica contra la maleza.
El chillido atravesó la selva.
Las criaturas se frenaron.
No.
Sus cuerpos ya estaban quietos antes de que el sonido terminara de expandirse.
Sus cuerpos vibraron.
No hacia afuera.
Hacia adentro.
—¡No corras en línea recta! ¡Usa los troncos!
Las ramas me golpeaban el visor mientras avanzábamos entre la vegetación.
Eché un vistazo atrás.
Mala idea.
Las criaturas aparecían entre los árboles en fragmentos imposibles.
Posiciones distintas.
Movimientos incompletos.
Más cerca cada vez.
Pero las pisadas llegaban tarde.
El suelo temblaba después de que avanzaban.
Adonis tropezó contra una raíz cubierta de barro.
Lo sujeté antes de que cayera.
—¡No voltees! ¡Sigue moviéndote!
Algo enorme atravesó la maleza detrás de nosotros.
Los árboles crujieron.
Demasiado cerca.
Las hojas húmedas se pegaban al visor reduciendo la visibilidad. Apenas podía distinguir el terreno frente a nosotros.
Entonces el suelo cedió.
Caímos por una pendiente cubierta de helechos espinosos. Sentí las espinas rasgar la capa exterior del traje antes de estrellarnos contra la orilla del río.
El agua avanzaba con violencia entre las rocas.
Me levanté quitando el barro de mi visor.
Revisé el módulo de salto en mi antebrazo.
Zona de extracción activa.
Al otro lado.
—Muévete.
Entramos al río.
La corriente casi me arrancó las piernas bajo el agua.
Me apoyé contra una roca mientras revisaba el módulo de salto en mi antebrazo.
Zona de extracción sincronizada.
Activé el protocolo.
—¡Muévete!
El agua golpeaba con tanta fuerza que cada paso parecía empujarnos río abajo. Adonis casi desapareció bajo la corriente antes de lograr sujetarse a una raíz expuesta cerca de la orilla.
Cuando finalmente alcanzamos el otro lado, apenas podía recuperar el aire dentro del casco.
El temporizador del salto ya había empezado.
Adonis y yo sacábamos el agua de nuestros trajes para estar listos cuando terminara.
Detrás de nosotros, ellos descendieron hacia el río.
Entonces uno de ellos tocó el agua.
Su cuerpo se contrajo.
No como un salto.
Como una corrección.
Y en el siguiente instante—
Ya estaba frente a Adonis.
Sin recorrido.
Sin transición.
Adonis lanzó un golpe desesperado.
La mandíbula del animal se cerró sobre su brazo.
—¡¡MI BRAZO!! ¡¡WILLIAM, NO ME DEJA!!
Arranqué la baliza acústica del cinturón de Adonis y la activé.
El chillido me atravesó los oídos incluso dentro del casco.
Los otros depredadores se frenaron en seco.
Ese no.
Seguía ahí.
El módulo del brazo de Adonis emitió un pitido de emergencia.
Firma biológica externa adherida.
El protocolo de salto bloqueó la sincronización.
—William… —la voz de Adonis se quebró dentro del casco—. Ayúdame…
Lo sujeté del brazo libre.
Ajusté el agarre.
Tiré con todo.
No fue un corte.
Fue un desgarro.
Carne, nervios y aleación cediendo al mismo tiempo.
El sonido se me quedó pegado en los dientes.
El Dakota retrocedió con el brazo aún en la boca.
El salto nos envolvió.
El frío del laboratorio me golpeó de frente.
Alarmas.
Sangre.
Pasos.
Adonis gritaba.
Evité mirarlo.
Miré mis manos.
La sangre aún cubría mis dedos.
Que no dejaban de temblar.