BAJO EL TECHO DE HIERRO

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Summary

En un mundo dividido en siete naciones, la violencia abunda, las guerras nunca terminan y el odio entre especies es profundo, herencia amarga de enfrentamientos del pasado. En medio de esta caótica realidad, un niño llamado Rokan es hallado y criado por una familia de herreros en los barrios humildes del Imperio Valgoriano, el único reino humano que aún se mantiene en pie. A pesar de los constantes conflictos que sacuden el mundo exterior, el Imperio ha logrado mantener relaciones comerciales con algunas razas, como los elfos y los enanos, sosteniendo una frágil paz entre sus muros. Todo cambia cuando una delegación élfica llega al Imperio en misión diplomática. Rokan, se verá obligado a abandonar la única vida que conoce y adentrarse en un mundo cruel y despiadado, donde tendrá que enfrentarse a realidades que jamás imaginó.

Genre
Fantasy
Author
Daniel
Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

UN DIA LLUVIOSO

Rokan nunca supo quién lo abandonó. Solo sabía que, de no haber sido por aquella tormenta y por un herrero testarudo que no pudo ignorar un llanto, su historia habría terminado incluso antes de empezar.

Aquella noche, entre los pliegues de la tela que lo envolvía, el herrero encontró dos cosas que no olvidaría jamás: una espada pequeña, tosca en su grabado pero inequívoca en su mensaje —“Por iss qui non flectuntur”— y un anillo de metal oscuro con una inscripción más fina: “Qui mortem elusit”. No entendía aquellas palabras, pero algo en ellas le heló la sangre.

Lo que no pudo ignorar tampoco fue la marca que el niño llevaba en la piel desde que llegó al mundo: la silueta de una serpiente mordiendo su propia cola en su espalda, como grabada a fuego por alguna fuerza desconocida. No era un tatuaje hecho por mano humana, sino algo que el niño ya traía consigo.

Esa misma noche, el herrero envolvió la espada y el anillo en un trapo viejo y los escondió en el fondo del taller, bajo las tablas del suelo, en el lugar donde nadie miraba nunca. No sabía qué significaban aquellos objetos, pero sí sabía algo que había aprendido a lo largo de los años en los barrios humildes del Imperio: que ciertas cosas era mejor no mostrar.

Crió al niño como si fuera suyo. Le enseñó el oficio, el valor del trabajo y el peso del silencio. Y desde que Rokan tuvo edad para entenderlo, le enseñó también a cubrir la marca, a no mostrarla, a vivir como si no existiera. “Hay gente que ve lo que no comprende y reacciona con miedo”, le decía el herrero mientras el niño escuchaba con los ojos muy abiertos. “Y el miedo, hijo, es más peligroso que cualquier espada.”

El niño creció sin saber el origen de su marca, sin saber a quién pertenecían aquellos objetos escondidos bajo el suelo del taller. Creció, simplemente, intentando pasar desapercibido en un mundo que no tardó en demostrarle que eso no siempre era posible.

Harlan Shiver, que así se llamaba el herrero, nunca le dijo a Rokan que lo había encontrado. Tomó esa decisión la misma noche que lo recogió del suelo mojado, mientras lo miraba dormir envuelto en su capa, y no se arrepintió de ella ni una sola vez en los quince años siguientes. Le puso el nombre de Rokan, Rokan Shiver, porque esperaba que fuese fuerte ante las adversidades de la vida. Quería que el niño creciera sabiendo que tenía un padre, no que había tenido uno que lo abandonó.

Elna, su mujer, no lo vio igual al principio. Era una mujer práctica, curtida por años de penurias en los barrios humildes del Imperio, y cuando Harlan apareció en casa aquella noche con un bebé en brazos y una historia que no terminaba de cuadrar, su primer instinto fue el miedo. Tenían ya tres hijos, el dinero nunca sobraba y aquel niño, con su marca extraña y sus objetos misteriosos, olía a problemas. Se lo dijo claramente: “Ese niño nos va a traer desgracias, Harlan.”

Pero los niños tienen una forma de abrirse camino en los corazones que no entiende de miedos ni de razones. Pasaron los meses, luego los años, y Elna fue cediendo sin darse cuenta. Primero fue una sonrisa que no pudo evitar. Luego una caricia. Luego el mismo amor callado y firme que profesaba a sus otros tres hijos. Nunca habló de ello, porque Elna no era mujer de grandes discursos, pero Rokan o supo siempre. Lo supo en la forma en que ella le remendaba la ropa, en cómo le guardaba el trozo más grande cuando la cena escaseaba, en cómo le miraba a veces con esa mezcla de orgullo y preocupación que solo tienen las madres.

Los hermanos mayores eran Theron, de diecinueve años, y Mara, de dieciocho. Casi de la misma edad, se habían criado como si fueran mellizos, con una complicidad tranquila y ordenada. Theron era el más serio de los cuatro, el primero en levantarse, el último en quejarse, el que ya ayudaba a su padre en el taller con la concentración de alguien mucho mayor. Mara, en cambio, tenía chispa. Le gustaba reírse y meterse donde no la llamaban, pero debajo de esa picardía había una cabeza que pensaba más de lo que aparentaba. Los dos formaban un dúo equilibrado, el peso y la ligereza.

Lenia, la pequeña de dieciséis años, era otra cosa. Nerviosa, ocurrente, incapaz de estarse quieta más de cinco minutos, había encontrado en Rokan a su cómplice perfecto. Se llevaban un año y una vida entera de travesuras. Juntos habían protagonizado la mayoría de los episodios que Elna prefería no recordar y Harlan fingía no haber visto. Siempre con una sonrisa en la boca, especialmente cuando las cosas salían mal.

Por encima de todo, Harlan y Elna habían inculcado en sus hijos una lección aprendida a golpes, forjada en años de vida en los barrios bajos: la familia era lo único inquebrantable. “En este mundo, en cuanto muestras debilidad, hay alguien dispuesto a aplastarte”, repetía Harlan con esa voz grave que no admitía debate. “Por eso os tenéis los unos a los otros. Siempre.” Elna no lo decía con palabras, pero lo decía con cada gesto, con cada mirada, con la forma en que reunía a los cuatro alrededor de la mesa cada noche como si ese momento fuera lo más sagrado del día. Unidos eran una familia. Solos, eran presa fácil.

Así transcurrieron los primeros quince años de Rokan: entre el olor a metal caliente del taller, las regañinas de su madre, las lecciones calladas de su padre y las risas de Lenia. Aprendió a trabajar el hierro, a mantener la cabeza baja y, sobre todo, a cubrir la marca que llevaba en la piel como si su vida dependiera de ello. Porque según Harlan, podía ser exactamente así.

Lo que ninguno de los dos sabía entonces era que ni siquiera eso bastaría para mantenerlo a salvo. Porque el peligro no vendría de los barrios bajos ni de las calles que conocía. Vendría de un mundo mucho más grande, uno que apenas había vislumbrado desde lejos.

Arkadon, la capital del Imperio Valgoriano, era una ciudad de contrastes. En el centro se alzaba el Palacio Imperial, con sus torres de piedra gris que parecían querer tocar el cielo, rodeado de avenidas anchas, mercados prósperos y casas de nobles que competían entre sí en ornamentos y fachadas. Pero cuanto más te alejabas del centro, más cambiaban las cosas. Las calles se estrechaban, los adoquines desaparecían bajo el barro, y el olor a hierro y a leña reemplazaba al de las especias y el perfume. Allí, en ese otro Arkadon que el Imperio no había logrado aún rescatar de la penuria, vivían Harlan, Elna y sus hijos.

El Imperio Valgoriano llevaba en pie quinientos trece años desde la Gran Guerra, cuando la familia Valerion unió a los hombres bajo una sola bandera y los condujo a la victoria. Desde entonces, sus descendientes habían gobernado el continente humano con mano firme, manteniendo lo que quedaba de su pueblo cohesionado frente a un mundo que nunca había dejado de ser hostil. Pero quinientos años de guerras constantes pasaban factura. Los recursos escaseaban, las fronteras sangraban sin descanso y cada moneda que entraba en las arcas imperiales salía convertida en acero y soldados. Los barrios pobres de Arkadon no eran el resultado del abandono, sino el precio de la supervivencia de todo un pueblo.

El Emperador actual era Leontis Valerion, cuarenta y dos años, tercera generación de una rama que había sabido mantenerse en el trono no solo por derecho de sangre sino por algo más difícil de heredar: el respeto. En los barrios de Arkadon se hablaba de él como se habla de algo lejano pero presente, como el clima o el precio del pan. “Leontis no es como los anteriores”, decía Harlan a veces, cuando la conversación en la taberna derivaba hacia la política, cosa que ocurría más a menudo cuanto peores eran los tiempos. “Se preocupa por su gente, pero no puede hacer milagros. Nadie podría en su lugar.” No era un hombre dado a los elogios fáciles, lo que hacía que sus palabras pesaran el doble.

Su esposa, la Emperatriz Selena, oriunda de la Casa Ducal Belvont, que poseía la mayor extensión de tierras de cultivo de todo el imperio, había ganado el afecto del pueblo con una naturalidad que los nobles de alcurnia rara vez conseguían. Cuando la comitiva imperial cruzaba las avenidas principales en los días de celebración, era a ella a quien la gente miraba con algo más que deferencia. Rokan la había visto pasar una sola vez, siendo niño, encaramado a los hombros de Harlan entre la multitud. No recordaba gran cosa, pero sí recordaba que su padre se había quitado el sombrero, y Harlan no se quitaba el sombrero por nadie.

Los hijos del Emperador eran Silas, de diecisiete años, y Aris, la menor, de quince, la misma edad que Rokan. De ellos se sabía poco en los barrios bajos, apenas rumores que viajaban de boca en boca por el mercado. Que el príncipe era serio y estudioso. Que la princesa tenía carácter. Nombres que pertenecían a otro mundo, tan distante del taller de Harlan como podía estarlo el sol de la tierra. Asn nunca había tenido motivos para pensar que ese mundo y el suyo pudieran tocarse. Hasta esta mañana.

No es la primera vez que la familia imperial baja a los barrios bajos. Leontis Valerion es consciente de que gobernar no es solo firmar decretos desde un trono, sino también dejarse ver, escuchar, recordar a su pueblo que no está solo aunque los tiempos sean duros. Y los tiempos lo son. Así que de vez en cuando, la comitiva imperial se adentra en las calles estrechas y embarradas de Arkadon para dar lo que el oro no siempre puede dar: presencia y ánimo.

Rokan está en la calle con Lenia cuando el murmullo crece entre la gente y la multitud empieza a arracimarse a los lados del camino. Antes de ver nada, siente algo: una especie de orden distinta en el aire, una tensión contenida que no se parece a nada que haya experimentado antes. Luego los ve.

Al frente marcha la Guardia Real. No son soldados ordinarios, y cualquiera que los vea lo sabe de inmediato. Sus armaduras relucen incluso bajo el cielo gris de Arkadon, cada pieza encajada con una precisión que hace que las cotas de malla que Harlan forja parezcan trabajos de aprendiz. Llevan la mano cerca de la empuñadura sin tensión aparente, con esa calma de quienes saben que no necesitan demostrar nada. Maestros espadachines, había oído decir alguna vez. Pero no había entendido del todo lo que eso significaba hasta este momento.

Entre la guardia caminan también varios hombres y mujeres con túnicas que no pertenecen a ningún oficio que Rokan conozca. Se mueven con una serenidad extraña, y a su alrededor el entorno parece responderles: una brisa que no viene de ningún lado, una llama que se enciende y apaga en la palma de una mano, el aire que se ondula levemente como si hubiera decidido obedecer a alguien. Magos. En los barrios bajos la magia es algo que ocurre cerca del palacio, en otro mundo, en boca de otros. Verla ahora, a pocos metros, es como descubrir que algo que creías inventado es completamente real.

Detrás de la guardia, rodeados pero visibles, caminan el Emperador y su familia. Leontis Valerion es exactamente como lo imaginaba: alto, sereno, con esa forma de mirar que no juzga pero que todo lo ve. La Emperatriz Selena saluda a la gente con una inclinación de cabeza que tiene más calidez que protocolo. Y junto a ellos, Silas y Aris, que observan los barrios con una atención que Rokan no esperaba encontrar en alguien criado entre lujos.

Lenia le da un codazo en las costillas y dice algo que no escucha. Pero no puede apartar los ojos de la comitiva: de los caballeros con sus armaduras brillantes que parecen inmovibles como estatuas de acero vivo, y de los magos que llevan el mundo en la punta de los dedos. Dos cosas que nunca había visto de cerca, dos cosas que de repente le parecen igual de imposibles e igual de reales. Algo se mueve dentro de él, algo que no sabe nombrar todavía pero que se parece mucho a un deseo.

Entonces ocurre algo que no espera.

El capitán de la Guardia Real, un hombre de porte imponente cuya sola presencia parecía ocupar más espacio del que le correspondía, lo mira directamente. No con la mirada de quien escanea a la multitud buscando amenazas, sino con la de quien ha visto algo concreto. Ve al niño con los ojos abiertos de par en par, brillando con esa ilusión que solo tienen los que aún no saben que el mundo puede apagarla, y algo en él decide actuar. Se inclina levemente hacia él sin romper el paso y le dice en voz baja, solo para sus oídos:

— Entrena duro. Algún día puede que puedas estar aquí con nosotros.

Y sigue caminando como si nada.

Ante aquello, se queda paralizado. Esas palabras, dichas con la sencillez de quien solo quiere hacer feliz a un niño, le atraviesan el pecho como si fueran de hierro. Se pone rígido, los talones juntos, la espalda recta sin darse cuenta, como si su cuerpo hubiera decidido responder antes que su cabeza.

Es entonces cuando escucha la voz.

— ¡La familia imperial os honra con su presencia! ¡Mostrad vuestro respeto!

La voz retumba por toda la calle con una claridad imposible para un solo hombre, amplificada por la magia de sonido que impregna el megáfono que porta uno de los acompañantes del Emperador. Es una voz firme pero no amenazante, más una invitación que una orden.

A su alrededor, todo el mundo se inclina. La multitud entera ondula como un campo de trigo ante el viento. Todos menos Rokan, que sigue de pie, rígido, con las palabras del capitán resonando todavía dentro de su cabeza como un campanazo.

Al otro lado del pasillo humano que ha formado la gente, Harlan lo ve. Lo ve perfectamente. Con los ojos le dice todo lo que no puede decirle en voz alta: inclínate, muchacho, inclínate ahora mismo. Pero Rokan no lo mira. Lenia abre la boca para avisarle y no le da tiempo.

— ¡Tú! ¡Inclínate ante tu Emperador!

La voz del soldado cae sobre él como un cubo de agua fría. A lo reacciona de golpe, se dobla en una reverencia torpe y apresurada, con las mejillas encendidas y el corazón a punto de salirse del pecho.

A pocos pasos de distancia, Harlan ya ha dado un paso al frente, tenso como una cuerda a punto de romperse, listo para interponerse si la situación se complica. Pero no hace falta.

Leontis Valerion levanta una mano y el soldado enmudece de inmediato. El Emperador se aparta de la comitiva con la naturalidad de quien no necesita permiso para nada y se acerca al chico. No hay severidad en su rostro. Le posa la mano en la cabeza y le revuelve el pelo con suavidad, como se hace con un niño al que se quiere tranquilizar.

— Calma — le dice con una voz serena que parece diseñada para apaciguar tormentas —. No ha pasado nada. ¿Cómo te llamas?

ÉL tarda un instante en encontrar su propia voz.

— Rokan, Majestad.

El Emperador asiente despacio, como si el nombre le pareciera correcto para ese muchacho.

— Espero que crezcas grande y fuerte, Rokan. Que puedas defender al Imperio y a tus seres queridos. Te estaré esperando.

Dicho esto, Leontis Valerion regresa junto a su familia y la comitiva retoma su marcha. La multitud vuelve a cerrarse tras ellos como el agua tras una piedra, y en cuestión de minutos la calle recupera su ruido habitual. Pero para Rokan, algo ha cambiado de forma irreversible.

En casa, Harlan esperó a que la puerta estuviera cerrada.

— ¿En qué estabas pensando?

No era una pregunta. Era el principio de algo.

Rokan escuchaba la voz de su padre, pero era como escucharla desde el fondo de un pozo. Su mente seguía en la calle, seguía viendo las armaduras relucir bajo el cielo gris, la mano del capitán cerca de la empuñadura con esa calma que no necesitaba demostrar nada, los magos moviéndose entre la guardia como si el mundo fuera una extensión de su propia voluntad. Había algo en todo aquello que no podía soltar, una imagen que se había grabado en algún lugar dentro de él del que no sabía cómo sacarla.

— ¿Me estás escuchando?

— Sí, padre.

No era del todo mentira.

— Padre, el capitán de la guardia le dijo que — empezó Lenia.

— No te estoy preguntando a ti — la cortó Harlan, aunque sin dureza, porque con Lenia nunca podía sostener demasiado tiempo el ceño fruncido —. Le estoy preguntando a él. ¿Qué habría pasado si no hubiera intervenido el Emperador? ¿Y si te hubieran apartado de la multitud? ¿Y si hubieran visto la marca?

Tras eso intentó concentrarse. Pero el capitán volvía a inclinarse hacia él, volvía a decirle aquellas palabras en voz baja, y los magos volvían a mover el aire a su voluntad con esa serenidad de quien ha hecho las paces con su propio poder. Había una dignidad en todo aquello que no sabía describir con palabras pero que sentía con una claridad aplastante. Como si hubiera visto por primera vez algo que llevaba toda la vida buscando sin saber que lo buscaba.

— Rokan.

La voz de Harlan, esta vez más baja, lo trajo de vuelta.

— Eso no puede volver a pasar — dijo su padre, y en su voz ya no había ira, solo el miedo mal disimulado de un hombre que lleva quince años protegiéndolo de algo que no comprende del todo —. Nunca más.

— No volverá a pasar — respondió. Y lo decía en serio. Pero mientras lo decía, el capitán de la guardia seguía mirándolo desde algún lugar dentro de su cabeza, con esa calma imponente, y las palabras seguían resonando como un eco que no tenía intención de apagarse.

Elna no dijo nada. Pero cuando su hijo levantó la vista, encontró su mirada, y en ella había algo que le pesó más que todas las palabras de su padre: preocupación pura, sin adornos.

Más tarde, cuando la casa se había calmado y Harlan había salido al taller a seguir trabajando, Theron apareció en el umbral de su cuarto con Mara justo detrás. Se miraron un momento entre ellos con esa complicidad de quien lleva toda la vida compartiendo el mismo lenguaje.

— Bueno — dijo Theron finalmente, con el tono solemne que usaba cuando fingía ser serio —. ¿El Emperador te ha revuelto el pelo o no?

Mara soltó una carcajada que intentó ahogar con la mano. Rokan los miró un instante y, a pesar de todo, no pudo evitarlo.

Sonrió.

Esa noche, más tarde, los cuatro hermanos se encerraron en su cuarto con el pretexto de dormir, pero ninguno tenía demasiado sueño. Theron contó una historia que había escuchado en el taller sobre un mercader enano que había intentado estafar a un herrero y había acabado con la barba chamuscada. Mara añadió detalles que probablemente se inventó sobre la marcha pero que mejoraban considerablemente la historia. Lenia se rio tanto que Elna golpeó la pared desde el cuarto de al lado y les recordó en voz baja pero firme que existía algo llamado noche. Rokan rio con ellos, con esa risa fácil que solo surge cuando estás exactamente donde debes estar.

Poco a poco, las voces fueron apagándose. Theron fue el primero en callarse, luego Mara, luego Lenia, cuya respiración se volvió lenta y profunda con la velocidad de alguien que no tiene ningún problema con su conciencia. La habitación quedó en silencio, con el único sonido de la ciudad filtrándose por las grietas de la pared.

Rokan seguía despierto.

La imagen volvió sola, como siempre. Pero esta vez no fue el capitán ni su armadura ni sus palabras. Esta vez fueron los magos. Concretamente los de fuego, los que llevaban pequeñas llamas bailando en la palma de la mano con una naturalidad pasmosa, como quien sostiene algo que le pertenece desde siempre. Cerró los ojos y la imagen cobró nitidez en la oscuridad, cada detalle en su sitio: el color de la llama, el movimiento, la calma absoluta en el rostro del mago.

Sin pensarlo, como quien sigue un instinto que no sabe de dónde viene, intentó recrearlo.

No supo exactamente qué hizo. No hubo palabras ni gestos aprendidos, solo una especie de concentración total, un repliegue hacia algún lugar interior que no sabía que existía, como si el mundo exterior se hubiera ido apagando hasta desaparecer por completo. Solo quedaba él, la oscuridad y aquella imagen.

Entonces lo sintió.

Primero fue algo leve, casi imperceptible, como si la sangre en sus venas hubiera subido un grado de temperatura. Luego otro. Y otro. Una sensación que se extendía desde el centro de su pecho hacia los brazos, hacia las manos, hacia la punta de los dedos, como si algo que llevaba dormido mucho tiempo estuviera despertando muy despacio y estirando los músculos. No era dolor exactamente. Era más parecido a arder.

Y entonces no fue nada más.

Abrió los ojos.

Luz. Luz de mañana, entrando por las grietas de la pared con esa honestidad brutal que tiene el amanecer cuando no te ha dado permiso para dormir. En la habitación, Theron ya no estaba. Mara tampoco. Solo Lenia seguía enroscada bajo su manta, ajena a todo.

Rokan parpadeó. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo que para él habían sido quizás diez minutos, un momento, un instante de concentración y calor, había sido en realidad toda la noche.

Se incorporó despacio, todavía aturdido, y fue entonces cuando lo vio.

En la tela andrajosa que hacía las veces de sábana, justo donde habían estado sus manos, había un agujero. Pequeño, de bordes ennegrecidos, como si algo muy caliente hubiera descansado ahí el tiempo suficiente para dejar su marca.

Atónito lo miró durante un buen rato sin moverse.

Afuera, Arkadon empezaba a despertar con su ruido habitual. Dentro, el único sonido era la respiración tranquila de Lenia y el latido acelerado de un chico de quince años que acababa de descubrir que quizás no era exactamente lo que creía ser.

Dobló la sábana con cuidado, ocultando el agujero, y se levantó a empezar el día.