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Boarding School

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Summary

Mari es en realidad un chico travesti, cuando accidentalmente termina en un internado solo de mujeres literalmente se convierte en una especie de... alivio para todas las maestras, empleadas y alumnas...

Genre
Erotica/Lgbtq
Author
Miguel
Status
Complete
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+

Esto es un error

El error había sido monumental, pero para cuando Mari se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Su solicitud para el prestigioso Internado Femenino “Santa Cecilia” había sido aprobada por un cruce de datos en el sistema, confundiendo su nombre —Mario— con el femenino “Mari”. Él, que solo buscaba una educación de calidad lejos de su pueblo, se encontró de pronto en el vestíbulo de un edificio de piedra impecable, rodeado del murmullo y los aromas dulces de cientos de jóvenes mujeres.

El primer día fue un tormento de miradas curiosas y de esconderse en los baños para cambiarse. Pero algo extraño comenzó a suceder. La noticia de que había “un chico” en Santa Cecilia se filtró no como un escándalo, sino como un secreto a voces. Las miradas de sorpresa se transformaron en sonrisas cómplices, en susurros que no sonaban a burla, sino a intriga.

Mari, con sus modales suaves y su figura delgada que pasaba desapercibida bajo el uniforme femenino que le habían asignado, no era una amenaza. Se convirtió, para su asombro, en una fascinación. Era el elefante rosa en la habitación que todas veían pero de cuya existencia nunca hablaban abiertamente. Una presencia masculina, contenida, accesible y, sobre todo, segura dentro de los muros de aquel mundo cerrado y exclusivamente femenino.

Mari cerró los ojos. Esto no era la vida estudiantil normal que había imaginado. Era un torbellino susurros y miradas. Era caótico, abrumador y profundamente incorrecto.

El rumor, como todos los rumores verdaderamente jugosos en un espacio tan cerrado, había llegado a oídos de la directoraClaudiaincluso antes de que Mari pusiera un pie en el internado. Un cruce de datos, un error administrativo… un chico. La información era tan delicada que ella misma la custodiaba como un secreto de estado, un as bajo la manga que valía más que cualquier donación.

No lo citó de inmediato. Lo observó. Lo vio moverse con torpeza graciosa entre las alumnas, notando la creciente y eléctrica curiosidad que generaba su presencia. Lo vio convertirse, día a día, en el susurro húmedo de los pasillos, en la fantasía compartida de maestras y estudiantes por igual. Y supo que ese poder latente, ese deseo colectivo, era algo que quería reclamar para sí misma primero.

La citación a su despacho llegó en una nota lacónica y formal entregada por la prefecta. “Asunto disciplinario”. El corazón de Mari se convirtió en un puño de hielo. Es el fin, pensó, me expulsarán.

El despacho era como un santuario a la severidad: muebles de roble oscuro, estantes repletos de libros de actas y retratos de mujeres con rostros implacables que parecían juzgarlo desde las paredes. El aire olía a cera de pisos y a autoridad.

—Siéntate, Mari —dijo la directora Claudia sin levantar la vista de unos documentos. Su voz era clara, fría.

Mari obedeció, las manos sudorosas apretadas sobre su falda plisada. Los minutos pasaron, llenos solo por el rasgueo de la pluma de la directora sobre el papel. Era una tortura calculada.

Finalmente, ella alzó la mirada. Sus ojos, de un gris penetrante, lo escudriñaron de arriba abajo, deteniéndose en la curva de sus muslos bajo la tela, en la suave protuberancia que el miedo no podía ocultar del todo.

—Tu situación aquí es única —comenzó, levantándose y paseando lentamente frente al escritorio—. Un error que podría causar un escándalo monumental. Podría arruinar la reputación de esta institución centenaria. —Hizo una pausa dramática, dejando que el peso de sus palabras aplastara toda esperanza en Mari—. Requiere de una discreción absoluta por parte de todo el personal y alumnas. Una discreción que, debo decir, imposible.

Se detuvo justo detrás de él. Mari contuvo la respiración. Sintió las manos de la directora, frías al principio a través de la fina tela de su blusa, posarse en sus hombros. Era un contacto glacial, profesional. Pero luego, una de esas manos inició un descenso lento, deliberado. Rozó su clavícula, la planicie de su pecho a través de la ropa, la suave curva de su estómago…

El miedo paralizó a Mari. Estaba petrificado, incapaz de moverse o protestar. Era como un conejo frente a una serpiente. La mano de la directora llegó al borde de su falda y, con un movimiento suave pero firmísimo, se la subió por los muslos hasta amontonarla en su regazo, exponiendo la ropa interior femenina que usaba.

—El silencio se paga con acceso —murmuró la voz ronca de la directora justo a su oído, su aliento caliente contrastando con la frialdad de sus manos.

Con dedos expertos, deslizó la elástica de la ropa interior hacia abajo, liberando su miembro, que yacía flácido y vulnerable, encogido por el pánico y la humillación. Mari cerró los ojos con fuerza, esperando un grito de disgusto, una reprimenda, el sonido del teléfono llamando a sus padres.

Pero solo hubo un suspiro. Casi de… aprobación.

—Ah —exhaló Claudia, como un coleccionista que encuentra una pieza rara pero imperfecta—. Escuálido. Asustadizo. Perfecto.

Mari sintió que el rubor le quemaba la cara. Pero entonces, la directora se arrodilló frente a él, su impecable traje sastre rozando el suelo pulido. Con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises, pero que contenía una promesa devastadora, inclinó la cabeza.

El primer contacto fue la punta de su lengua, tan fría como sus manos al principio, recorriendo con una lentitud exquisita toda la longitud de su flacidez. Fue una sensación extrañísima, eléctrica. Lamió desde la base hasta la punta, como catando un helado, luego se dedicó a sus testículos, haciéndolos rodar suavemente en su boca, calentándolos, humedeciéndolos.

Mari jadeó, una punzada de placer puro y primitivo atravesando su miedo. Su cuerpo, traicionero, respondió. La lengua de la directora era insistentemente hábil, metódica. Cada lamida, cada succión suave, era un recordatorio: esto me pertenece, y por extensión, tú me perteneces.

Bajo el hechizo de aquella boca experta, el miedo de Mari se derritió, transformándose en una excitación abrasadora. Sintió cómo su miembro, antes escuálido, se hinchaba, se endurecía, palpitaba bajo la atención minuciosa de la directora. Ella no se sorprendió; era lo que esperaba. Lo que había provocado.

Cuando estuvo completamente rígido, dolorosamente erecto, ella se lo llevó a la boca entero, sin vacilar. La humedad cálida, la presión perfecta, la vista de una de las mujeres más poderosas y temidas de su vida en el internado, arrodillada… fue demasiado. Mari gritó, un sonido ahogado y animal, y se entregó a un orgasmo convulsivo, agarrándose de los brazos del sillón como si el mundo se estuviera cayendo a pedazos.

La directora se incorporó con elegancia, limpiándose discretamente la comisura de los labios con un pañuelo que sacó del bolsillo. Sus ojos grises ahora brillaban con una satisfacción profunda.

Mari, tembloroso y con las piernas como gelatina, se ajustó la ropa como pudo y salió tambaleándose del despacho. No era una expulsión. Era un contrato. Y ella, la directora Claudia, acababa de firmarlo con su boca.

La nota llegó dos días después, entregada por la misma prefecta con una mirada impasible. No decía “despacho”, decía “habitación privada - 22:00 hrs”. Una invitación, no una citación. Pero en el lenguaje de la directora Claudia, ambas eran órdenes.

El corazón de Mari latió con fuerza contra sus costillas. La memoria de lo ocurrido en el despacho, de la humillación convertida en un placer culposo y abrasador, lo perseguía. Temía ese poder que ella tenía sobre él, pero una parte oscura y nueva en su interior anhelaba someterse a él de nuevo.

A la hora exacta, con las manos sudorosas y un nudo en la garganta, se detuvo frente a la pesada puerta de roble de la suite privada de la directora. Antes de que pudiera tocar, la puerta se abrió.

La mujer que estaba al otro lado era una versión transformada de la directora Claudia. No llevaba su severo traje sastre, sino un sencillo camisón de algodón blanqueado, fino y recto, que dejaba adivinar más que mostrar las curvas de su cuerpo. Su cabello, siempre recogido en un moño estricto, caía ahora suelto sobre sus hombros en ondas castañas y sorprendentemente suaves. Aún emanaba autoridad, pero era una autoridad doméstica, íntima y, por ello, mucho más peligrosa.

—Pasa —dijo su voz, más cálida que de costumbre, pero no menos imperiosa.

La habitación era amplia y austera, como él imaginaba. Una cama grande con una colcha sencilla, un escritorio ordenado, estantes con libros. Olía a ella, a su perfume discreto de jazmín y a la cera de los muebles.

—Quítate el pijama —ordenó, sin preámbulos, apoyándose contra el escritorio y cruzando los brazos.

Mari, con los dedos temblorosos, obedeció. El pijama femenino de franela cayó al suelo, dejándolo completamente desnudo bajo la luz tenue de la lámpara de mesa. El aire frío de la habitación le erizó la piel. Ya no estaba flácido y asustado como la primera vez. La mera visión de ella, de esta versión desconocida y vulnerable-potente, había hecho que su miembro comenzara a endurecerse con una expectativa ansiosa.

Claudia se acercó entonces. No con la rapidez de un depredador, sino con una lentitud deliberada, sus ojos grises recorrieron cada centímetro de su cuerpo desnudo, y una sonrisa casi imperceptible jugueteó en sus labios.

—Mejor —murmuró.

Se arrodilló de nuevo frente a él, repitiendo el ritual iniciado en el despacho. Pero esta vez no había sorpresa, solo confirmación y disfrute. Su boca, experta y avasalladora, se cerró alrededor de su erección. No fue una caricia de exploración, sino un acto de dominio. Chupó, lamió y succionó con una intensidad que hizo que Mari cerrara los ojos y dejara escapar un gemido ahogado, agarrando el borde del escritorio para no caerse. La humedad, el calor, la presión perfecta…

Justo cuando sentía que no podría aguantar más, que la explosión era inminente, ella se detuvo. Se levantó, con los labios brillantes y húmedos, y lo tomó de la mano. Su piel estaba caliente.

Sin decir una palabra, lo guió hacia la cama y lo empujó suavemente sobre la colcha. Mari cayó de espaldas, mirándola con los ojos desorbitados, el corazón martilleándole el pecho.

Claudia se situó a los pies de la cama. Con un movimiento deliberado y sensual que le quitó el aliento, se recogió el camisón blanco por la base. Lo fue subiendo, centímetro a centímetro, exponiendo sus tobillos delgados, sus pantorrillas tensas, sus muslos… y luego, el oscuro triángulo de vello entre sus piernas. No llevaba nada debajo.

Mari pudo ver la humedad que brillaba en sus pliegues íntimos, un destello que confirmaba que esto no era solo un acto de poder, sino también de deseo.

Sin prisas, como si cada segundo de espera fuera parte del placer, Claudia se montó sobre él. Con una mano guió su miembro, palpitante y urgente, hacia su entrada. Sus ojos, grises y profundos, no se apartaron de los de él.

Luego, se dejó caer.

Un gemito gutural escapó de los labios de ambos. Mari sintió cómo era envuelto por una calidez abrumadora, una humedad celestial que lo apretaba con una fuerza casi dolorosa. Claudia se había tomado por completo, sin vacilación, hundiéndose hasta el pubis sobre él con un suspiro profundo y satisfecho.

Quedó quieta por un momento, solo respirando, adaptándose a su forma, dejando que Mari sintiera cada palpitación, cada contracción íntima de su cuerpo. Luego, apoyando las manos en su pecho, comenzó a moverse. Fue un vaivén lento al principio, calculado, cada balance de sus caderas una lección de control. Subía y bajaba, rotando sutilmente, frotándose contra él de una manera que hacía que el placer se acumulara en su base de la columna en espirales cada vez más tensos.

Mari, embriagado por las sensaciones, por el olor a jazmín de su piel, por la vista de su rostro severo transformado por el placer, no pudo hacer más que responder a sus movimientos. Enterró sus manos en su cabello suelto, tirando de él con una urgencia que no sabía que tenía, y la empujó hacia abajo para encontrarse con sus labios en un beso salvaje, desesperado.

Esa noche, en la cama de la directora, Mari no fue solo un secreto que mantener. Fue un amante. Y Claudia, la mujer que lo poseía, le mostró que el precio del silencio podía ser la entrega más ardiente y compleja que jamás hubiera imaginado.

El vapor se arremolinaba, empañando los azulejos blancos y creando un mundo cerrado y privado dentro de la amplia ducha de la suite de la directora. El agua caliente caía a raudales, golpeando sus espaldas y escurriendo por sus cuerpos en pequeños riachuelos relucientes.

Mari estaba detrás de Claudia, sus manos embadurnadas de un jabón con aroma a lavanda que olía a ella, a autoridad y a lujo discreto. Restregaba perezosamente, con movimientos lentos y circulares que eran más una caricia que un lavado. Recorría la tensa espalda de la directora, la curva de sus hombros, los costados de su cintura y descendía, con una deliberada languidez, hasta las nalgas firmes y redondeadas.

Claudia apoyaba las palmas de las manos contra la pared de azulejos, la cabeza ligeramente gacha, dejando escapar gemidos bajos y profundos que se mezclaban con el sonido del agua. Cada movimiento de las manos de Mari era una afirmación, un recordatorio tácito de su sumisión a este placer que solo él podía darle en la soledad de sus aposentos.

Su propia erección, dura y palpitante, se deslizaba entre las nalgas de Claudia con el ritmo de sus caricias jabonosas. Era un contacto resbaladizo, sensual.

Fue entonces cuando Claudia, movida por una urgencia que trascendía las palabras, se inclinó hacia adelante, arqueando su espalda de una manera obscenamente invitante. El anillo muscular, tenso y rosado, brillaba bajo el agua, vulnerable y desafiante.

Mari contuvo la respiración. La vista era tan erótica como intimidante. Sin prisa, dejando que la anticipación creciera, se arrodilló en el suelo de la ducha, apartando suavemente las nalgas de Claudia con sus manos.

El primer contacto fue la punta caliente de su lengua. Un lamido suave, exploratorio, sobre ese centro nervioso. Claudia gritó, un sonido agudo y ahogado que no era de dolor, sino de shock placentero. Mari insistió, dedicándose a la tarea con una devoción que nunca había mostrado en sus estudios. Su lengua se volvió más insistente, más húmeda, preparando, ablandando, abriendo con una paciencia que hacía retorcerse a la directora con necesidad.

—Mari… —suplicó ella, con una voz quebrada que ya no era la de una autoridad, sino la de una mujer al borde del abismo.

Él sabía que estaba listo. Se incorporó, sus manos jabonosas agarraron sus caderas con firmeza, posicionando la punta de su miembro en esa entrada ahora relajada y húmeda por su saliva y el agua.

Se acomodó y, con una presión constante y firme, entró.

Un gemido gutural, casi un quejido, escapó de los labios de Claudia. Estaba tan apretado, tan increíblemente distinto a cualquier otra sensación. Era una opresión casi dolorosa. Mari avanzó centímetro a centímetro, sintiendo cómo el cuerpo de Claudia se adaptaba a su invasión, cómo los músculos se contraían a su alrededor en una danza de resistencia y aceptación.

Cuando estuvo completamente dentro, ambos quedaron inmóviles, jadeando, sintiendo la abrumadora cercanía. El agua caliente caía sobre ellos, mezclándose con el sudor y la tensión. Mari comenzó a moverse entonces, con embestidas lentas y profundas que hacían que Claudia gimiera y se empujara contra él, buscando más, siempre más. Cada empuje era una conquista, una rendición, un secreto compartido bajo el torrente de agua que limpiaba todo menos la culpa y el deseo que los unía en aquel santuario de vapor.

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