El Condenado de Diamante
Todos conocemos el clásico hormiguero. Un puñado de tierra que sobresale del pasto, como una montaña en miniatura. También todos sabemos que es un sitio sumamente delicado y muy sensible al menor estímulo.
Un accidental pisotón, una manguera sin apagar o una caída de cara contra uno de estos antros, provoca inmediatamente un caos absoluto. Miles de puntitos aparecen mágicamente, moviéndose a velocidad vertiginosa. Hormigas que corren de acá para allá enloquecidas, consternadas y excitadas.
Algo parecido a la situación que acabamos de describir sucedió en la localidad de Diamante cuando Zacarías Hernández fue hallado muerto. Una maraña de personas aparecieron en el número 79 de la calle 9 de julio. Un sinfín de periodistas se apresuraron a desenfundar sus cámaras para fotografiar una y mil veces el cuerpo del desgraciado militar. La soga que estaba firmemente atada al cuello del cadáver, lo hacía pender del postigo de una ventana del segundo piso.
***
La comisaría de la pequeña ciudad de Diamante se hallaba igual que el número 79 de la calle 9 de julio, es decir abarrotada de gente. Imposible de describir la algarabía que causaban los ansiosos murmullos del gentío.
Un grupo de hombres vestidos con prolija elegancia siguió al comisario por los estrechos pasillos de la construcción. Encaminaron sus pasos hacia la sala de interrogatorios. La oxidada perilla giró con cierta dificultad y los goznes de la puerta se quejaron con un pronunciado chirrido.
Un silencio sepulcral elevaba la tensión, ya de por sí alta, del ambiente. Las cuatro grisáceas paredes del cuarto se alzaban acusatoriamente, como si hubieran sido pintadas así con el propósito de intimidar a los criminales. Sin embargo, la persona que yacía esposada en la solitaria silla de la habitación no parecía en lo más mínimo un criminal. Su vestuario consistía en un traje muy similar al que usaban los recién llegados, llevaba la barba puntillosamente rasurada y su lacia cabellera estaba impecablemente peinada.
El comisario desdobló un informe que acababa de sacar del bolsillo y empezó a leerlo en voz alta.
—El nombre del acusado es Iván Abravanel, tiene 28 años. Trabaja en el Banco de La Nación Argentina que está ubicado en el número 350 de la calle Echagüe. Vive solo en el 129 de la calle Urquiza. No tiene antecedentes penales de ningún tipo, tampoco deudas ni evasión de impuestos. Se lo acusa de haber asesinado a Zacarías Hernández, un militar retirado de 62 años. Las armas con las que se cometió el delito todavía seguían en la escena del crimen cuando la policía llegó. Éstas eran un viejo revólver de origen alemán, un Reichsrevolver M1883, un cuchillo ensangrentado y la soga con la que colgó a la víctima. Todos estos objetos tenían huellas dactilares del señor Abravanel. Varios testigos aseguran que Iván fue el último en estar con el señor Hernández. Además, los criados de la casa juraron haber escuchado tiros. ¿Cómo se declara el acusado ante todas estas pruebas...?
—Culpable —exclamó Iván sin siquiera pestañear.
Aquellos señores se miraron confundidos y sorprendidos, no podían creer el haber escuchado palabras tan temerarias.
—¿Sabe usted lo que su confesión significa?
—Yo quería que me atraparan, ¿como no voy a saber las consecuencias? Puedo ser un homicida, pero jamás voy a ser un estúpido.
El rostro del culpable permanecía impasible, ninguna emoción se adivinaba en su rostro. No estaba asustado, ni se jactaba de sus audaces palabras. A pesar de que el comisario estaba admirado por su entereza, quiso bajarle los humos al joven.
—No me parece muy inteligente dejarse condenar a muerte.
—Si yo me creyera inteligente, en realidad no lo sería.
Uno de los hombres de traje se acercó al acusado. Era alto y calvo, con una panza prominente que intentaba disimular con gruesos cinturones.
—Buenos días, señor Abravanel. La justicia me designó como su abogado, me llamo Daniel Quintana. Le ruego que reconsidere su confesión. Usted tiene posibilidades de salvarse y...
—Con todo respeto, señor Quintana, ya tomé mi decisión.
Nadie acertó a decir una palabra. Aquel era un caso resuelto, ya nada quedaba por hacer. El acusado había confesado su crimen y solo faltaba esperar la pena que le impondrían, que probablemente sería de muerte.
De súbito, lo inesperado sucedió en la sala. Se oyeron unos golpecitos en la entrada, como si los hubieran dado con un objeto de metal. El comisario abrió la puerta molesto.
El hombre que entró a la habitación desentonaba con el aspecto de todos los presentes. No era ni muy petiso ni muy alto, pero sus desgarbados miembros le daban un aspecto insignificante. El saco raído que llevaba puesto era gris, aunque en sus origenes había sido de un negro muy opaco. Sus desgastadas alpargatas parecían estar pegadas a su grisácea bombacha de campo. En la mano derecha sostenía con firmeza un mate de calabaza con una bombilla, la cual estaba parcialmente oxidada, al igual que el termo de aluminio que llevaba en la mano izquierda. Una boina verde cubría su escasa cabellera oscura, que ya tenía numerosas hebras plateadas. Sus ojos, del mismo color que la boina, se movían de un lado a otro, con una mirada profunda y penetrante; la cual contrastaba con los rasgos de su semblante que tenían un no sé qué de inocencia infantil. Debajo de su nariz aquilina, un bigote desprolijo y poco poblado terminaba por presentar a aquel personaje tan singular.
—¿Quién es usted?
—Juan María Rafael de la Santa Cruz Olivera.
—¿Eh? Me refería a que hace usted acá, señor... Juan.
—Todos me dicen Don Juanfa.
La mayoría de los hombres de traje sonrieron. Ya casi nadie se trataba de «don» en la ciudad. Eso era para la gente de campo y la clase baja, no para hombres distinguidos como ellos.
—¡No me importa como le dicen ni como le dirán! Yo solo sé que usted está interrumpiendo un interrogatorio con el que no tiene nada que ver. Así que le pido que se retire.
—Lamento importunarlo, señor comisario. Pero son ustedes los que tendrán que irse. Tengo una orden firmada por el intendente para interrogar al sospechoso.
—Al culpable, querrá decir.
—Culpable soy yo de corregir al que se equivoca. No, este hombre no lo es aún —dijo Don Juanfa con una sonrisa con más encía que dientes, mientras tomaba un sorbo de su amarguísimo mate.
Nadie se rió. Se retiraron uno a uno, sin dejar de lanzarle miradas con desconcierto. La puerta se cerró.
Don Juanfa le ofreció un mate a Iván, pero éste meneó la cabeza.
—Si no le molesta, señor Abravanel, le voy a hacer unas preguntas. Nada complicado, es sencillito.
—Adelante.
—¿Es usted judío?
Aquel hombre no pareció asombrarse de la extraña pregunta.
—No.
—¿De qué religión es?
—Soy cristiano católico.
—¿Practicante?
—Si, señor.
El estanciero tomó otro largo sorbo de su mate.
—¿Alguna vez había disparado con un revólver antes de hoy?
—No —replicó sin vacilar.
—Se nota. Es difícil disparar seis tiros a una persona que está a unos pasos de distancia y errarle todos.
El delgado hombrecillo empezó a caminar en círculos por el estrecho cuarto. Posó los labios sobre la bombilla para sorber de nuevo el hirviente líquido.
—Yo estube ahí cuando fuiste arrestado. Noté que, cuando te estaban agarrando, hiciste un movimiento brusco con el brazo izquierdo. ¿Me dejas verlo?
Iván asintió con la cabeza y el estanciero se acercó serenamente. Fue arremangando el saco del banquero y descubriendo su brazo izquierdo poco a poco. Don Juanfa no hizo el menor ademán de sorpresa cuando descubrió un corte superficial en la parte del antebrazo cercano al codo. Solo tomó su pañuelo, que parecía más un trapo viejo, y limpió la herida de Abravanel mientras chasqueaba la lengua, como confirmando una suposición.
—Este nuevo dato podría dar lugar a nuevas hipótesis. Por ejemplo, usted quizás fue solo con la soga como única arma. Zacarías era viejo y no debía tener buen pulso, por lo que podría haber fallado los seis disparos. Desesperado, habría tomado un cuchillo de los que usaba para comer y que tenía guardado en un cajón. Pero usted no esperó a que lo atacara, estuvieron forcejeando y se produjo esa leve herida. Aun así, usted logró dominarlo y...
El estanciero hizo la mímica de un ahorcamiento con ademanes propios de un niño.
—Si usted lo dice, entonces el caso está cerrado —exclamó Iván encogiéndose de hombros.
—De hecho, no. No lo está. Necesito hacerle una sola pregunta más, después de esta ya no lo molestaré más. ¿Qué relacion tiene usted con la hija de Zacarías Hernández, la señorita Ana?
De pronto, por primera vez desde que había entrado en la comisaría, el banquero dudó. Esa pregunta lo tomó completamente por sorpresa, como si un avión hubiera aterrizado en su propio jardín. Aquella calma flemática y la firme resignación que había logrado mantener hasta ese momento se quebró de repente. Fue como si alguien hubiera gritado en un retiro de silencio.
—No... no la conozco...
—Ana Hernández es su prometida.
Esas palabras fueron como una bofetada en plena cara para Iván.
—¡Solo lo hice porque quería protegerla! ¡No le cuente la verdad!
Pero los húmedos ojos de Iván Abravanel no resistieron más. Agachó la cabeza compungido, mientras los sollozos sacudían su pecho de tanto en tanto y las lágrimas rodaban por sus acaloradas mejillas.
Don Juanfa se limitó a enjugar las lágrimas del joven con su sucio pañuelo.
—Esto es por el bien de los dos. Dios así lo quiere.
Pronuncidas estas enigmáticas palabras, el insignificante estanciero dio media vuelta y se retiró con la misma singularidad como con la que había llegado.
***
Mientras que Don Juanfa paseaba por la plaza 9 de julio, una persona salió a su encuentro. Era el mismo hombre calvo que se había presentado en la comisaría como abogado del acusado.
—Buenos dias, señor Olivera. No se si se acuerda de mi. Nos vimos hoy hace un par de horas en la sala de interrogatorios de la comisaría.
—Me acuerdo de usted, señor Quintana. No le voy a preguntar que necesita, porque ahora mismo necesito yo una cosa.
—¿Qué cosa?
—Un sacerdote, si sería tan amable.
—Y ¿para qué un...? ¡Ah, ya entiendo! Para darle los últimos auxilios espirituales al desdichado señor Abravanel. Sin embargo, creo que todavía tiene alguna posibilidad de ganar el juicio...
—¡No, absolutamente no!
—¡¿Qué?! ¿Por qué cree que no tiene ninguna chance de ser absuelto? ¿Acaso está sugiriendo que soy un mal abogado?
—No, mi querido amigo. ¡Por nada del mundo diría yo semejante cosa! ¡Estoy hablando del sacerdote!
—¡Al diablo con el sacerdote! El joven todavía no fue condenado a muerte, todavía queda esperanza. ¿Para qué molestar a un sacerdote por estupideces?
—¿La celebración de un matrimonio le parece a usted una estupidez?
—¿Y ahora me habla de matrimonios? Hay que concentrarnos en Abravanel.
—Eso es lo que estoy haciendo, señor Quintana.
—¿Matrimonio? ¿Iván Abravanel?
—Usted lo ha dicho.
—No logro entender...
—Nada más fácil. El señor Abravanel está comprometido con la señorita Ana, la hija de Zacarías. Pero su futura unión fue guardada bajo estricto secreto, ya que el viejo Zacarías detestaba a Iván y sabía que estaba cortejeando a su adorada hija.
—Pero, ¿por qué tanto odio? El señor Abravanel posee mucho dinero, un buen trabajo y tiene un corazón muy noble.
El estanciero se cebó otro mate y se lo ofreció al abogado, el cual lo rechazó intentando disimular su asco.
—Sabe, el día de hoy Dios me concedió una gracia muy especial. Me permitió ser la primera persona en ver al difunto señor Hernández mientras yo caminaba por la calle. Es decir que también fuí el primero en ver las pruebas y hacer las preguntas. Resulta que Zacarías se jactaba de ser el nieto de un soldado alemán que había luchado en la Primera Guerra Mundial. Él lo idolatraba hasta tal punto a su abuelo, que cuando le contaron de niño que éste había sido condenado a muerte por maltratar unos judíos; juró odio eterno a los descendientes de Abraham. Así que, cuando se presentó este mozo en su casa y supo que su apellido era Abravanel, lo detestó desde el primer instante.
—¿Qué tiene que ver su apellido con los semitas?
—Mucho. Existió en el siglo XV un teólogo judío muy famoso que se llamaba Isaac Abravanel. A Zacarías no le importó si el joven era o no judío, solo sabía que Iván era descendiente de la raza a la que había jurado odiar.
—Todo eso está muy bien. Pero, ¿acaso el odio que le tenía Hernández al banquero no sería una prueba más para respaldar su culpabilidad?
—No, de hecho no. El crimen encajaría demasiado bien si Abravanel fuese el culpable. Sería demasiado sencillo para ser verdad. Pero la verdad nunca es tan sencilla. No, en mi humilde opinión, es imposible que Iván halla cometido el asesinato. Él es demasiado...
—Callado... flemático... amable...
—No, no, no... honrado. ¡Si! Esa es la palabra. Es muy noble y honorable, lo que lo hace incapaz de un crimen así. Sin embargo, la señorita Ana piensa otra cosa... Apenas dejé a Iván, fuí a hablar con ella. Estaba muy afectada por lo sucedido, aun así, supo controlar sus emociones y me contó todo lo que había visto.
—¡¿Qué te dijo?!
—Me dijo que cuando oyó los disparos llegó corriendo a la habitación muy alarmada. Entreabrió la puerta y pudo ver como los dos seres que más amaba en este mundo luchaban entre sí despiadadamente. Su padre y su prometido forcejeaban con violencia. Ella, desesperada y abrumada, no tuvo el valor para meterse en aquella disputa y salió corriendo a llamar a los criados. Me confesó que le dolía admitirlo, pero estaba segura de que Iván había matado a su padre.
—Entonces, ¿qué hacemos discutiendo esto? —exclamó el abogado agarrándose la calva con ambas manos—. Ella ya vio todo, ya lo sabe todo. Los días de Abravanel están contados.
—No opino igual que usted, señor Quintana.
—¿Quién pudo haber cometido el crimen? ¿Quién sino su sobrino que estaba literalmente luchando con él?
—Antes de contarle mi hipótesis, me gustaría que repasemos las armas que se encontraron en la escena del crimen. Pasemos al revólver. Se trata de un Reichsrevolver M1883, el cual fue utilizado por los alemanes en la Primera Guerra Mundial. Claramente, esto indica que era una especie de reliquia que Zacarías tenía de su abuelo. Así que sabemos que esa arma no la había traído el banquero.
—Pero quizás la robó y la usó contra su dueño.
—No lo creo probable. Las balas de ese modelo no se fabrican más. Lo más probable es que el revólver haya llegado a las manos de Hernández con las mismas balas que se dispararon hoy. Después, pasando al cuchillo, se trataba de un cubierto que usaba Zacarías para comer. Estuve revisando un poco algunos de los cajones y también hice algunas preguntas a los criados. Descubrí que el militar tenía una vajilla que reservaba exclusivamente para él y que estaba siempre guardada en su cuarto. Me parece tonto que Abravanel, teniendo tantos lugares de donde sacar un objeto filoso, obtara por robar ese cuchillo.
—Si, estoy de acuerdo. ¿Y la soga?
—Ese es el único objeto que se puede suponer que Iván llevó. Pero, ¿qué hacían las demás armas en la escena del crimen? ¿Por qué Abravanel no intentó huir o esconder la evidencia suponiendo que haya cometido aquel horrendo crimen? Si el no es culpable, ¿por qué se empeñó en ocultar la verdad y asegurar que él había cometido el homicidio?
—¡Volvimos al mismo punto de donde habíamos empezado!
—Te equivocas. La señorita Ana vio al culpable cuando entreabrio la puerta de la habitación, solamente que no se atrevió a sospechar...
—A sospechar...
El estanciero interrumpió su explicación para tomar otro mate.
—¿Cuál pudo haber sido la causa que impulsó al banquero a obrar de manera tan desesperada? ¿Qué cosas valen para él más que la vida? Solo dos: su honradez y su prometida.
—¡Seguimos sin saber quién es el asesino!
—¿Cómo? ¿Todavía no lo adivinó? Los policías afirmaban que las huellas dactilares eran pruebas irrefutables del asesinato. Pero olvidaron un pequeño detalle. No solo había huellas de Abravanel, sino también de Zacarías... Es decir que, cuando Iván entró de casualidad en la habitación de su futuro suegro, éste estaba preparando la soga. Entonces el banquero se la arrebató de las manos y la apartó hacia la ventana. Hernández agarró el revolvér que había dejado en la mesa como segunda opción. Pero otra vez Abravanel intervino y descargó todas las balas del arma en la pared. No obstante, el militar aprovechó para tomar el cuchillo. Nuevamente el honrado banquero se lanzó sobre él y luchó con fiereza para arrancarle el cuchillo de las manos. En uno de los forcejeos, el cuchillo rasgó la piel de Iván. Esa herida lo entretuvo el tiempo suficiente para que Zacarías tomara la soga, se la atase al cuello y se lanzara por la ventana... Luego le ocultó la horrible verdad a la hija, ofrendando su vida a cambio.
—Es decir que...
—El señor Zacarías Hernández se suicidó.
Quintana quedó anonadado del asombro. Toda aquella dramática escena había pasado ante sus ojos como una fascinante película de crimen. Se rascó su descabellada cabeza con incredulidad. Si Dios se le hubiera aparecido en ese instante, no se hubiese sorprendido en lo más mínimo.
—Pero... ¿por qué?
—No estoy completamente convencido con esta última hipótesis que le voy a contar.
—Lo escucho.
—Cuando analicé cuidadosamente la habitación, antes de que la policía llegara, hice un descubrimiento. La vajilla que Zacarías tenía reservada para él era muy antigua. Probablemente la había comprado en algún lugar de baratijas y cosas de mala calidad. A primera vista, aquella vajilla parecía de plata, aunque un poco desgastada. La miré con muchísimo detenimiento y creí notar que debajo de la pintura... Es solo una suposición tonta, pero estoy casi seguro de que estaba echa de plomo...
—¿Plomo?
—Si, el plomo es un metal muy pesado que puede resultar tóxico para los seres humanos. Se cree que puede causar problemas neurológicos, si se consume en grandes cantidades.
—¿Está diciendo que el señor Hernández se había vuelto loco?
—Exactamente.
Don Juanfa procedió a vaciar en su mate el último chorro de agua caliente que quedaba en su oxidado termo.
—Si me disculpa, mi estimado amigo, tengo que llevarle este mate a Iván Abravanel.
Diciendo estas palabras estrechó la mano del abogado y se alejó unos pasos. Pero Quintana frunció el entrecejo y se dio la vuelta.
—¿Por qué? —gritó.
—Porque se va a casar.