Hermanos de sal

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Summary

No importa la edad, ¿odias tu miseria? Atacalo con más miseria, para eso el narco José & noval, hermanos de clase baja, apenas tenían dinero para comer, era su madre que les daba la comida, el padre? Bueno en alguna parte. Lastimosamente su madre fue atropellada por un camión es un milagro que haya sobrevivido, la maldición fue la factura del hospital, no había manera de pagar eso, solo había un camino, ¿darías tu vida por ella? Entoces únete a nosotros.

Genre
Drama
Author
Bavaro
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Por mi madre mil cabezas

(los GRAVES errores ortográficos qué tenía este libro (que era prácticamente ilegible) los resolvió mi compañero que es el primero que le cuento las historias gimini, pero el libro lo hice completamente yo.)

José estaba en el colegio. Les habían mandado hacer una jodida maqueta con materiales demasiado caros, algo que él no podía conseguir pero que tenía que entregar. Podía repetir el año si seguía sin hacer los proyectos. Las lágrimas de frustración brotaron de sus ojos; en ese momento, apareció su hermano.

—¿Estás bien, hermano? —preguntó Noval.

—Hey, Noval. No, estoy bien, no te preocupes —respondió José, intentando sonreírle.

—¿Entonces por qué lloras? Porque no creo que esas lágrimas sean de felicidad.

—No es nada, yo solo... Es el maldito proyecto de Naturales que me tiene así. Voy mal en su materia y justo pone una maqueta al final del trimestre.

—Bueno... No te preocupes por eso. Tal vez no tengamos los recursos, pero podemos usar otros materiales para hacerlo —sugirió Noval.

—¿Qué otros materiales, Noval? No los hay. ¿De verdad crees que mamá nos va a comprar materiales alternativos? Ella no tiene suficiente dinero para estar pensando en eso.

Noval se quedó callado, sin saber qué responder. Simplemente se dio la vuelta.

—Te veo en la salida.

—Ok —asintió José.

A la salida se fueron caminando; el bus era un desperdicio de dinero que no podían permitirse.

—¿Hoy vas a ir al parque conmigo a jugar? —preguntó José.

—No, hoy me lesionaron mientras jugaba fútbol.

Noval le mostró la pierna: estaba morada por el golpe. La marca era profunda y tenía pequeñas heridas por las que brotaban gotas de sangre.

—¡Argh, qué asco! Con razón caminabas como un pendejo después del recreo. ¿No quieres que te eche una mano?

—No, estoy bien. Solo quiero dormir.

Al llegar a casa los recibió su madre, Martina.

—Hijos, yo... No tuve nada para preparar hoy. Pero no se preocupen, no los dejaré sin comer. Solo denme algo de tiempo para conseguirles algo, ¿sí?

Los dos asintieron. No había otra opción. Diez minutos después de que su madre se fuera, José ya estaba listo para ir al parque. Al abrir la puerta, un hombre lo esperaba y le entregó una carta.

—Solo la puede leer tu madre, ¿de acuerdo?

José asintió y el extraño se marchó. Sin embargo, la curiosidad pudo más y revisó el sobre. Se quedó paralizado al leerlo: si no pagaban el alquiler en las próximas horas, los echarían. José tiró la carta con rabia y se desplomó en su cama. Se le habían quitado las ganas de todo. Se encerró en el baño, preguntándose por qué le había tocado esta vida, por qué estaban en esa situación.

Noval tocó la puerta.

—Llevas una hora encerrado. ¿No ibas al parque?

—Noval, estoy harto de todo. De vivir como si fuéramos animales en un corral, de no poder comprar ni una maqueta, de ni siquiera saber si mañana vamos a comer.

Noval guardó silencio un momento.

—Todo estará bien, te lo prometo. No te preocupes por el dinero.

Noval le puso la mano en el hombro para calmarlo, pero José se la apartó bruscamente.

—¡No, no todo estará bien! Necesito ir al parque a calmarme.

José salió de nuevo. Mientras caminaba, un hombre con capucha se le acercó. José retrocedió asustado, pero el extraño se descubrió el rostro.

—¡Hey, niño! Cálmate, no quiero hacerte daño. Solo quiero que me ayudes y trabajes para mí. ¿Quieres ganar algo de dinero?

José lo miró con duda. El extraño sacó de su bolsillo un envoltorio con cinco miligramos de cocaína.

—¿Quieres un trabajito? Créeme que puedes ganar mucho para comprarte lo que quieras. Es más fácil de lo que piensas.

José miró la bolsa. Probablemente era la única manera de salir adelante. Si aceptaba y las ventas iban bien, tal vez dejarían de ser pobres.

—Agradezco la oferta, señor, pero no puedo. Es demasiado arriesgado, lo siento.

José regresó a casa. No había nadie; ni su madre ni su hermano. Sacó su viejo celular y llamó a Noval.

—{José}: Hermano, ¿a dónde te fuiste?

—{Noval}: Un camión atropelló a mamá. Está en urgencias, no sé si va a sobrevivir.

José tiró el teléfono y salió corriendo hacia el hospital. Al llegar, gritó en la recepción:

—¡Necesito ver a Martina Martínez, AHORA!

—Lo siento mucho, pero no puede recibir visitas —respondió la recepcionista—. Su estado es demasiado grave.

José sintió sus ojos cristalizarse. Las lágrimas rodaron por sus mejillas y un nudo le cerró la garganta.

—Soy su hijo... ¿Qué le pasó?

—Lo lamento. Sufrió un accidente peatonal; un camión la atropelló. Está inconsciente, con múltiples fracturas y desgarros musculares. Probablemente no pueda recibir visitas en un par de semanas.

—¿Un par de semanas? —repitió José, quebrado.

Noval apareció y lo tomó del hombro.

—¿Estás bien, hermano?

—¿Qué si estoy bien? ¿Qué clase de pregunta es esa ahora? —gritó José, furioso.

—Tienes razón, lo siento. Solo quiero que... que podamos salir de esta. Sé que es difícil, pero podremos.

José miró a su hermano a los ojos.

—¿Salir de esta? ¿Dime con qué dinero, Noval? ¿Cómo pagaremos las cuentas del hospital, la renta o la comida mientras mamá se recupera?

Noval suspiró, frustrado.

—Si tú y yo conseguimos trabajo y ahorramos, podremos mantenerla viva.

—¿Tienes mierda en la cabeza? —se alteró José—. ¿Crees que nos alcanzará para comer con eso? ¡Somos menores de edad, nos van a pagar una miseria!

Noval llegó a su límite.

—¡YA CÁLLATE! Estoy harto de tus quejas. Vamos a pensar en algo, porque tus lamentos no están aportando nada.

—No me iré de aquí. Me quedaré en el hospital —sentenció José.

—Eres insoportable. Entiende que tu resentimiento no arregla NADA. Vámonos a casa de una vez, por favor.

José respiró profundo. Una idea peligrosa tomó forma en su mente.

—Está bien. Lo siento por comportarme así, solo estoy muy preocupado por ella.

Noval lo abrazó mientras ambos lloraban en silencio.

Al día siguiente, Noval estaba postrado en la cama, mirando al techo con la mirada vacía.

—Hey, hermano, voy al parque. ¿Vienes o te quedas? —preguntó José.

—Me quedo. No tengo ganas de salir.

—Está bien, como quieras.

José caminó hacia el parque. Vio a otros niños jugar, pero él ya no estaba para eso. Localizó al encapuchado ofreciéndole lo mismo a otro chico, quien salió corriendo. José le tocó el hombro al hombre y extendió la palma de su mano.

—Acepto el trabajo.

El hombre sonrió y le entregó una bolsita.

—Tu primer encargo es simple. Necesito que reclutes a alguien para que vaya contigo. ¿Puedes con eso?

—En menos de una hora lo tienes —aseguró José.

—Perfecto. Te espero aquí. Si lo logras, te daré el primer trabajo real. Recuerda esconderlo bien.

José guardó la mercancía y volvió a casa. Noval seguía en la misma posición.

—Noval, levántate. Tengo la manera de pagar el hospital.

Noval se incorporó bruscamente.

—¿De qué carajos hablas?

José sacó la bolsa de cocaína.

—Hablo de la única forma.

—¿¡De dónde sacaste eso!?

—¡Cálmate! No es para nosotros, es para vender. Lo necesitamos y lo sabes. ¡LO SABES! No hay otra forma de pagar las cuentas.

—Nuestra tía vendrá estos días, ella seguro nos ayuda...

—¡No seas estúpido! —le gritó José—. Ella no hará nada, solo nos vigilará mientras hace sus rituales de horóscopo. Eso no sirve para nada. Somos los únicos que podemos salvar a mamá.

Señaló el paquete con determinación.

—Esto es lo único que puede salvarla. Si no, dime tú qué hacemos.

—No podemos herir a otros por nuestro egoísmo. No está bien —dijo Noval, intentando sujetar a su hermano.

—¿Te parece egoísta salvar a nuestra madre? ¿Y si no lo hacemos qué? ¿La dejamos morir para "salvar" a drogadictos que ni conocemos y que ellos mismos se buscaron su situación?

José se soltó del agarre de Noval.

—¿No recuerdas cuando mamá robó en la farmacia solo porque a ti te dolía la cabeza? ¿O las veces que pidió dinero en la calle para alimentarnos mientras ella pasaba hambre? Ella nos cuidó; ahora es nuestro turno, sin importar el riesgo.

Noval, con lágrimas en los ojos, finalmente asintió.

—Está bien... Vamos a ayudarla.

José le sonrió.

—Gracias, hermano. Te juro que saldremos de esta y volveremos a abrazarla en casa, con comida para todos.

Mientras caminaban hacia el parque, Noval preguntó:

—¿Entonces me dices que este tipo se la pasa ofreciendo esto a los niños en el parque?

—Básicamente.

—¿Y crees que cumpla su promesa de un trabajo constante?

—Más le vale.

Llegaron al árbol y ahí estaba él.

—Es perfecto —dijo el hombre—. Creanme que saldrán de sus miserias y vivirán como reyes en un par de meses gracias a esto.

Les entregó varios paquetes más.

—Pónganse lejos de aquí y vendan todo. Se quedarán con una parte del dinero.

Los hermanos corrieron hacia una esquina que parecía prometedora. De pronto, el mundo se sentía distinto: peligroso. Las camionetas se veían sospechosas, las miradas eran demasiado largas y cualquiera con abrigo parecía una amenaza.

—No estoy seguro, José. ¿Y si nos encuentra la policía? ¿Y si...?

—Entonces mejor "llama a Saul" —bromeó José para romper la tensión—. Esto es fácil. No hay otro camino. La prioridad es mamá, no nosotros.

Cinco horas después, solo les quedaba un paquete. Había sido sorprendentemente fácil. Parecía que llegaba el último cliente: un vagabundo con aspecto demacrado.

—Oye, menor... ¿A cuánto la bolsita?

—25 dólares, señor. Es la mejor calidad que vas a encontrar —respondió José.

El vagabundo fingió buscar en su bolsillo, pero sacó un cuchillo y se lanzó contra él.

—¡DAME LA DROGA! ¡DÁMELA YA!

Noval se abalanzó sobre el hombre para defender a su hermano, pero el vagabundo le soltó un tajo en el brazo. Noval gritó de dolor.

—¡ESTÁ BIEN, ESTÁ BIEN! ¡TÓMALA! —gritó José aterrado.

El hombre le arrebató la mercancía y se fue corriendo, riendo como un desquiciado. Noval se desplomó en el suelo.

—Cálmate, hermano. Déjame ver —dijo José mientras le revisaba el brazo.

Por suerte, la herida era superficial, aunque el cuchillo viejo había causado que la sangre brotara como un río. José se quitó la camisa y la usó como vendaje.

—Hermano, estamos jodidos —dijo José al borde del llanto—. ¿Cómo le decimos que nos robaron un paquete?

—Que se joda ese tipo. Casi morimos por su culpa. Ya habrá otra forma...

—¿Qué otra forma, Noval? ¡Dime cuál! El tiempo corre y si no nos apresuramos, solo veremos el cadáver de nuestra madre en la basura del hospital. ¡DIME QUÉ OTRA MANERA HAY!

—¡VAMOS A MORIR SI SEGUIMOS EN ESTE JUEGO! —gritó Noval.

—No lo entiendes... Ya no hay vuelta atrás. Ya vendimos droga. No podemos ser inocentes otra vez.

El silencio volvió a la calle, solo interrumpido por el sonido de las ratas entre la basura.

—¿Entonces qué hacemos? No tenemos mercancía que vender —preguntó Noval.

—Tenemos que robar. Antes de que digas nada: la vida de mamá vale más que 25 dólares. Está justificado.

Vieron a una mujer de unos 78 años caminando con su bastón y un bolso. En un movimiento rápido, uno le pateó el bolso y el otro se lo arrebató.

—¡Deme la cartera, señora! —exigió José.

La mujer empezó a llorar mientras intentaba recuperar sus pertenencias. José sintió una punzada de vergüenza. Soltó el bolso y se arrodilló ante ella.

—Por favor, señora, se lo suplico... Solo deme 25 dólares. Me da pena robarle.

—¡Muchacho del diablo! —gritó la anciana.

Levantó su bastón y le asestó un golpe seco en la nuca. José se quedó frotándose la cabeza.

—¿Qué carajos haces, José? —preguntó Noval confundido.

La mujer también le dio un bastonazo a él.

—¡Cuida tu lenguaje de camionero! Insultar no te hace maduro —sentenció la doña antes de alejarse.

—¿Me explicas qué te pasa? —insistió Noval quejándose del dolor.

José sacó un billete de su bolsillo con una sonrisa triunfal.

—Lo que pasa es que soy un carterista de primera. ¡Lo conseguimos!

Los dos celebraron con un pequeño baile de alegría. Por la noche, regresaron al parque. Fueron al mismo árbol, pero el lugar estaba extrañamente tranquilo. Cuando se dieron la vuelta, el encapuchado estaba allí, pero esta vez los apuntaba con una pistola.