Muerte de la inocencia

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Summary

El inicio de la historia de Zibeón, el futuro gobernante de Ciudad Centro. Un huérfano precoz en intereses y deseos carnales.

Genre
Drama
Author
royer
Status
Complete
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Muerte de la inocencia

Ibrah Roy

Preludio

Esta historia termina como lo anuncia la portada… con una mujer y un adolescente atrapados en un amor prohibido por la moral, pero no por la naturaleza, cuya única ley es la supervivencia del más fuerte. Y, aun así, ese amor no fue lo único que asesinó la inocencia de Zibeón…

Moral vs naturaleza

El hombre está listo para reproducirse en la adolescencia, es decir, antes de alcanzar la mayoría de edad, esta afirmación es correcta, así como una mujer comienza el declive de su fertilidad cerca de los 35 años. En este punto de quiebre entre ambos, pueden pasar muchas cosas si estos dos humanos se encuentran… Pero, una vez más, esa relación no fue la que asesinó la inocencia de Zibeón.

¡Advertencia!: si temes esta lectura, sigue de largo. Si no, entra en esta historia rara y perturbadora: el origen de un genio que nunca tuvo madre ni padre; loco, visionario, desquiciado; héroe y antihéroe al mismo tiempo.


Primera Parte


Capítulo Uno

Una noche Viridiana despertó por los fortísimos ronquidos de Darío. Quiso tomarlo por el cuello y sacudirlo para que entendiera el suplicio de sus insomnios, pero se contuvo. Suspiró. Recordó al hombre que había dejado su exitosa carrera militar para apoyarla. No era solo el amor de su vida: era su mano derecha.

Se colocó el abrigo y salió a recorrer los largos pasillos del Orfanato Vasco de Quiroga para sorprender in fraganti a los niños que a veces escapaban de las muchachas veladoras para espiar a las bailarinas desnudas en el ático de El Marinero, un burdel situado más allá de la cancha.

Ciento cincuenta dormitorios eran demasiados para inspeccionar de madrugada, pero aquel ejercicio era perfecto para una noche sin sueño.

A Viridiana se le hinchaba el pecho al caminar por su emporio. Revivía el final de su epopeya: el día en que se había impuesto sobre las poderosas familias que, por años, codiciaron el orfanato más grande de la ciudad-estado.

Mientras avanzaba por los pasillos, observaba a cada veladora; ellas le respondían con el pulgar arriba, indicando que todos los niños dormían. Viridiana, aun así, asomaba la mirada por cada ventana hasta verlos acostados en profundo sueño. Solo entonces devolvía el pulgar.

Casi terminaba su recorrido; solo le faltaba una habitación: la única separada del bloque, metro y medio por debajo del nivel del piso, en el ala norte.

Avanzó sujetándose el abrigo al cuerpo: hacía un frío cortante que le empujaba el mentón hacia el pecho. Bajó los cinco escalones y encontró a Fernanda acurrucada en su cubículo, envuelta en dos cobertores.

La muchacha se levantó de inmediato.

—Señora —saludó en voz baja.

—¿Cómo están tus huérfanos?

—Todos duermen. También el chiquito.

Viridiana sonrió, pero se dirigió a la habitación separada. Fernanda la siguió, nerviosa. Viridiana abrió la puerta con cuidado.

Los rayos de luna se colaban por las rendijas de la cortina de terciopelo negro. A pesar de la escasa luz, notó de inmediato que Zibeón no estaba en su cama. Encendió la luz con un golpe.

—¡No está! —lanzó una mirada dura a Fernanda.

—Yo he estado pendiente… —respondió la muchacha, nerviosa.

—¡No está! —repitió Viridiana, revisando debajo de los cobertores—. Te pedí que estuvieras atenta —reclamó, devolviéndole una mirada amenazante y colérica.

—He estado atenta —rebatió la muchacha.

—No vamos a discutir ahora. ¡Vete a cuidar a tus huérfanos antes de que se te escape otro! —ordenó, extendiendo el brazo con imperio.

Viridiana dio media vuelta y apresuró el paso para despertar a Darío.

*

—¡¿Qué te pasa?! —rugió Darío al incorporarse, empapado por el agua helada que le cayó en el rostro.

—¡Te he hablado tres veces y hasta te jaloneé! —reclamó ella.

—¡Estoy cansado! —respondió, furioso—. Me pasé todo el día cargando material para los salones nuevos de la escuela.

—¡El niño no está! —lo interrumpió Viridiana, extendiéndole una toalla.

—Como solo hay tres niños aquí —ironizó Darío—, ¿cuál?

—¡El más pequeño, el recién llegado!

—¿Cómo que no está?

—No está en su dormitorio ni en los pasillos.

—¿Y la veladora?

—No sabe nada.

—¿Se quedó dormida?

—¡No!

Darío se calzó las botas con urgencia.

—Vamos a ver qué pasó. No hagamos ruido. Seguramente fue a espiar a las chicas del club de noche.

—¡Tres años, Darío! —gruñó Viridiana—. ¡A esa edad todavía no les gustan las niñas!

—A los hombres nos gustan desde que tenemos conciencia —repuso—. Y más las de El Marinero.

Viridiana le soltó un manotazo en la cabeza.

—Para la otra, te aviento la plancha.

—Ya, mujer. Era broma… Vayamos a buscarlo.

Llegaron al cubículo de Fernanda. La muchacha temblaba.

—¿Qué pasó? —preguntó Darío.

Fernanda no pudo responder: tenía un nudo en la garganta.

—¡No te muevas de tu lugar y mantente despierta! —ordenó Viridiana.

—Sí, señora.

Buscaron por todo el orfanato: la cocina, el gimnasio, las salas de juego, el cuarto de luces, el archivo, los salones… incluso más allá de la cerca, donde algunos niños solían asomarse para ver a las mujeres desnudas. No encontraron rastro de Zibeón.

—¡Ay, Júpiter! Si no lo encontramos, nos matan —gimió Viridiana—. Hay que llamar a la Gendarmería.

—¿Ya revisaste la biblioteca? —preguntó Darío.

—Ha estado cerrada desde hace mucho tiempo —contestó Viridiana, con desinterés.

—No. Más vale cerciorarse. Si la Gendarmería viene y lo encuentra allí, ¿qué van a pensar? —preguntó, mirándola como si estuviera a punto de regañarla.

**

La puerta estaba abierta y el matrimonio quedó inmóvil ante el hallazgo. No era solo lo que veían: era la certeza de que no estaban solos. Algo los observaba desde el interior de la biblioteca, algo inmaterial que parecía desplazarse como un viento vivo, una vigilancia sin ojos ni forma, una presencia extraña, de otro mundo.

Entonces, el silencio se quebró. Era como si aquella cosa se hubiese molestado: algunos libros cayeron de los estantes.

Viridiana perdió las fuerzas. De no ser por su esposo, habría caído de bruces. Darío también sintió el miedo, pero lo contuvo; era de los hombres que no retroceden ante lo invisible.

La tomó por los brazos y la miró a los ojos.

—Si tienes miedo, regresa a casa. Yo entraré a ver qué hay.

Pero el temor de Viridiana era tan grande que lo último que deseaba era alejarse de aquel hombre que le inspiraba más confianza que un dios. Se levantó y se aferró a su brazo.

—Yo voy contigo —dijo, con la voz temblorosa, pero firme.

—No vamos a tenerle miedo a eso —respondió Darío, con una soberbia que desafiaba a lo invisible.

Viridiana no dijo nada.

Entraron y caminaron lentamente. Darío recordó, con fastidio, que los apagadores estaban lejos de la entrada, ocultos al costado de un enorme librero. Meter la mano allí, en aquel hueco estrecho, ya era tenebroso.

Mientras avanzaban, la madera de los libreros crujió con fuerza; un sonido que, aunque inquietante, podía parecer normal en un edificio antiguo. Pero también se movía un viento que no era frío, un aire que parecía desplazarse con conciencia propia.

Darío se detuvo en seco y miró alrededor, buscando el origen de aquello que los rodeaba. De pronto, la luz se encendió y allí estaba Zibeón, de espaldas, sentado en el suelo. A su lado había un candelabro, sostenía un libro con sus pequeñas y observaba ilustraciones de animales extintos. Era como si alguien le hubiera preparado ese espacio para estudiar.

—¿Zibeón? —susurró Viridiana, entre el temor y el impulso maternal.

El niño dejó caer el libro.

—Fots gret nocquem —dijo, con una voz antigua, ajena.

El aire se volvió espeso.

—Este niño es especial —murmuró Viridiana—. Es como el hijo que siempre quise.

Darío miró con rareza a su mujer, era como si algo la hubiera dominado sin que ella se diera cuenta.

Viridiana se acercó al pequeño y lo tomó por las axilas. El niño alzó el rostro: ojos negros, duros, ajenos. Gritó. Pateó con furia. El golpe la hizo caer y Zibeón se estrelló contra el mármol.

—¡Cabrón! —rugió Darío.

Auxilió a su esposa.

—Estoy bien —dijo ella—. Atiéndelo.

Darío obedeció. Zibeón respiraba agitado. Luego se sentó. Miró a Viridiana y rompió en llanto.

—¡Mamá!

Ella lo tomó en brazos.

Darío estuvo al borde de derramar una lágrima; escuchar a un huérfano de tres años rogar por su mamá, entre llantos desconsolados, llantos que jamás serían calmados por verdadero amor maternal, calor de aquellos brazos que jamás en su vida conocería. Darío se quebraba por dentro y endurecía el mentón reprimiendo aquella lágrima, prefirió fruncir el ceño mirando a su mujer que sin temor alguno dejó fluir sus lágrimas, aunque sin hacer alarde, sólo sosteniéndolo, sólo abrazando con fuerza al pequeño desconsolado.

—Ven, mi amor.

El niño se aferró a ella. La biblioteca volvió a guardar silencio.

Capítulo Dos

—¡Los animales y las plantas se van a morir! —soltó Zibeón con una voz leve y quebrada, pueril, inocente, profunda.

Viridiana lo miró; aquellos grandes ojos negros se inundaban de lágrimas.

—Por eso necesito ir a las selvas y a los bosques que se están extinguiendo —continuó el pequeño—. No quiero venir a un zoológico… —remató, transformando su voz en una iracunda y temible.

Viridiana y Darío se miraron con gesto agrio y desconcertado...

—Necesito aprender muchas cosas desde ahora —continuó Zibeón—. Viviré noventa y seis años, y es muy poco tiempo para la lista interminable de misiones que debo cumplir. Necesito que me ayuden —clavó sus ojos penetrantes en los de sus cuidadores— y, si no pueden hacerlo, al menos llévenme con quienes sí puedan —exigió, con un tono que no admitía réplica.

Viridiana y Darío volvieron a mirarse, esta vez con asombro.

—Eres un niño —intervino Darío—. ¿De dónde sacas que vivirás noventa y seis años?

—Sé que tienes muchas dudas, Darío —lo interrumpió el pequeño—, pero es más conveniente que nos movamos hacia donde digo y no a resolver tus inquietudes.

Zibeón daba miedo, pero a la vez curiosidad. ¿Quién lo adoctrinaba para decir todas esas cosas raras? ¿Quién estaba a sus espaldas, cuidándolo, pero también manipulándolo? Darío tenía esas inquietudes. El veterano de la Armada Soberana sabía que Zibeón no había llegado solo a Vasco de Quiroga: alguien estaba detrás del niño, alguien que no se podía ver.

Las miradas se sostuvieron por segundos que se sintieron como años. Los ojos de Zibeón eran profundos, como un abismo.

*

Oliver Turgot suspiró profundo antes de soltar sus palabras, miró por la ventana las nubes esponjosas en el cielo. Luego miró a su amigo; no era el mismo hombre fuerte y valiente de toda la vida, se veía vulnerable, acorralado. Al mismo Oliver lo desencajó mirar así a un hombre entrenado para apaciguar el miedo, controlar impulsos y enfrentar lo que sea, incluso lo que no se veía.

—Pareciera que es tu primera guerra invisible —dijo Oliver, su voz era serena.

—Una guerra para la que no me siento capacitado

—¿Quieres que hable con él? —preguntó Oliver, sintiendo la confianza de estar totalmente listo para ayudar a su amigo y antiguo compañero de armas.

Oliver interpretó el asunto como un capricho pueril, convencido de que bastaría con mostrarle a Zibeón algunos animales de las reservas naturales de Yesot Animal. Incluso advirtió a Darío que el niño podría asustarse al tener frente a sí a ciertas bestias salvajes.

Fueron por Zibeón que estaba era guiado por Marlen, encargada del área de botánica. El niño se veía a gusto con Marlen.

—Nos toca conocer a los animales —exclamó Oliver regalando una sonrisa a Zibeón.

Al niño le brillaron los ojos, pero también miró a Marlen, no quería dejarla.

—¿Puede ir Marlen? —preguntó mirando a los dos hombres que tenía de frente, al mismo tiempo que sujetó con fuerza la mano de la muchacha.

—No, corazón, yo no puedo abandonar mi área, pero te pondrá muy feliz ir allá —dijo Marlen mirando con dulzura al pequeño.

Zibeón sonrió.

La muchacha dio media vuelta y se apresuró a un estante, tomó una diminuta maceta que albergaba una suculenta.

—Es para ti —la extendió a Zibeón que se le iluminaron los ojos.

Los tres llegaron a uno de los recintos donde había un jaguar joven. Darío y Oliver quedaron desconcertados al presenciar la reacción del infante al mirar al solitario felino. Las lágrimas corrieron por las mejillas de Zibeón, pero no lloró como un niño, sino como un adulto.

—¿Por qué lloras, muchacho? —preguntó Oliver.

—Es asunto mío —respondió Zibeón con sequedad. Luego se secó las lágrimas—. Quiero que me vendas ese jaguar —añadió, tajante.

Oliver carcajeó.

—Puedes venir los fines de semana, estar con los animalitos, conocerlos y…

—Ahórrate esas palabras y ese tono —lo interrumpió Zibeón, irritado—. Vine porque quiero saber el precio de tus animales. No vine a entretenerme.

Oliver quedó mudo ante el desplante antinatural de su pequeño interlocutor.

Zibeón miró luego a Darío.

—¡Vámonos! —le ordenó con imperio, agarrándolo con fuerza de la mano y apretándosela.

Darío quedó sin palabras.

—¡Vámonos! —repitió Zibeón, y luego le dio una patada en la pierna.

Darío se detuvo y, por unos segundos que se hicieron largos, miró con severidad a Zibeón; quiso devolverle la agresión, pero en lugar de eso le dio un apretón muy fuerte en la mano, asustándolo.

—No me vuelvas a pegar —remató Darío, con autoridad amenazante.

**

Viridiana cada día era más irreconocible; de aquella mujer de temple fuerte, cada vez quedaba menos. Algunos profesores sospechaban que una enfermedad repentina y grave crecía en su cuerpo, porque la delgadez difuminaba su saludable y esbelta figura. Darío, por su parte, se volvía más solitario, prefería hacer sus actividades sin ayuda de nadie y, aunque no era grosero, su espíritu jovial languidecía.

Detectando estas cosas como un sabueso, Víctor Fermat, el encargado de mantenimiento del orfanato, se acercó a Darío una noche y le invitó una cerveza cuya lata estaba escarchada.

—Hace bastante frío y tú, como siempre, en camisa y ahora con una cerveza muerta —le dijo Darío, entre molesto, pero a la vez agradecido por el acercamiento de Víctor Fermat.

—Tómatela, te hace falta refrescar el ánimo y el cerebro; el frío no es suficiente —respondió el encargado de mantenimiento con una risa de camaradería.

Darío devolvió una ligera risa.

—¿Te das cuenta de que, aunque la cerveza se bebe fría, calienta los ánimos? —preguntó Víctor mientras abría la lata a su amigo—. Es el yin y el yang en su máximo esplendor.

—¡Qué tontería! —repuso Darío.

—En las cosas más simples, incluso tontas, se encuentran las respuestas, mi Darío —contestó Víctor, riendo nuevamente un poco.

—No te entiendo —respondió Darío secamente.

—Ya lo sé… También sé que les está costando ese niño, Zibeón —agregó en tono más serio—. Los ha desafiado tanto que ha puesto en duda todo lo que ustedes creían dominado. Y Viridiana hasta se ve enferma… No, amigo. Trátenlo como a un niño nada más… Llévenlo a comprar dulces y denle un poco por su lado, pero no se claven…

Darío miró con rareza la tranquilidad con la que habló Víctor. Preguntas rondaron en su cabeza, pero guardó silencio.

—¡Llévenlo a comprar dulces! Y no me veas así —alargó Víctor, carcajeando al mirar el semblante desconcertado de Darío.

***

Viridiana cada día era más irreconocible; de aquella mujer de temple fuerte, cada vez quedaba menos. Algunos profesores sospechaban que una enfermedad repentina de gravedad crecía en su cuerpo, porque la delgadez difuminaba su saludable y esbelta figura. Darío, por su parte, era más solitario, prefiriendo hacer sus actividades sin ayuda de nadie y, aunque no era grosero, su espíritu jovial languidecía.

Detectando estas cosas como un sabueso, Víctor Fermat, el encargado de mantenimiento del orfanato, se acercó a Darío una noche y le invitó una cerveza cuya lata estaba escarchada.

—Hace bastante frío y tú, como siempre, en camisa y ahora con una cerveza muerta —le dijo Darío, entre molesto, pero a la vez agradecido por el acercamiento de Víctor Fermat.

—Tómatela, te hace falta refrescar el ánimo y el cerebro; el frío no es suficiente —le dijo el encargado de mantenimiento con una risa de camaradería.

Darío devolvió una ligera risa.

—¿Te das cuenta de que, aunque la cerveza se bebe fría, calienta los ánimos? —preguntó Víctor mientras abría la lata a su amigo—. Es el yin y el yang en su máximo esplendor.

—¡Qué tontería! —repuso Darío.

—En las cosas más simples, incluso tontas, se encuentran las respuestas, mi Darío —contestó Víctor, riendo un poco nuevamente.

—No te entiendo —respondió Darío secamente.

—Ya lo sé… También sé que les está costando ese niño, Zibeón —agregó en tono más serio—. Los ha desafiado tanto que ha puesto en duda todo lo que ustedes creían dominado. Y Viridiana hasta se ve enferma… No, amigo. Trátenlo como a un niño nada más… Llévenlo a comprar dulces y denle un poco por su lado, pero no se claven…

Darío vio con rareza la tranquilidad con la que habló Víctor. Preguntas rondaron en su cabeza, pero guardó silencio.

Capítulo Tres

Pero mientras Darío y Viridiana pensaban, Zibeón actuaba. El veterano de la Armada Soberana lo encontró una tarde frente a un espejo; el niño recitaba un discurso, moviendo las manos con una autoridad que no parecía de su edad.

Darío quiso estallar en carcajadas, incluso se ocultó un instante para no romperse al verlo, pero se contuvo y fue a su encuentro.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Darío.

—Voy a poner un puesto de dulces —anunció Zibeón—. Será mi primer negocio.

Darío recordó la sugerencia de Víctor Fermat y sintió una punzada de admiración: su amigo había anticipado lo que Zibeón tenía en mente. Pero algo lo inquietó; ¿cómo alguien que jamás tuvo esposa ni hijos pudo detectar algo así?

—Necesito juntar mucho dinero —dijo Zibeón, sin entusiasmo infantil, con la frialdad de quien anuncia algo inevitable—. Ahorrando lo que nos da la caridad no lograré nada.

Darío lo miró, sin entender del todo, pero comprendiendo que con Zibeón no bastaba escuchar, había que observar.

La tarde del día siguiente llevaron al niño a una de esas tiendas de dulces coloridas que se escondían entre las callejuelas contiguas al primer cuadro del Distrito Capital.

De vuelta en el orfanato, Darío desempaquetó las compras y comenzó a guardar los dulces en la alacena de la cocina. Mientras lo hacía, ideas confusas le cruzaban la mente; interrumpió la tarea al ver que, desde la bodega, Zibeón arrastraba unos estantes demasiado pesados para su tamaño.

El veterano de la Armada Soberana dejó lo que hacía y se acercó con rapidez.

—Ayúdame a llevarlo a la galera —pidió Zibeón entre pujidos.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Darío.

—¡Ayúdame, cabrón, que pesa un chingo! —respondió el niño, alzando la voz con una autoridad impropia.

Darío se tensó.

—¿Tú quién te crees para hablarme así? —replicó Darío, crispado—. La próxima vez que me insultes… te voy a dar una paliza. Desde ahora me respetas.

Zibeón se quedó quieto. Lo miró sin parpadear. Parecía asustado… y luego dejó de parecerlo.

—No me ayudes —dijo en voz baja—. Mejor vete.

Darío no se movió. Tomó el estante por el otro extremo.

Caminaron unos pasos en silencio.

—¿Por qué estás tan callado, Darío? —preguntó el niño—. Ya no te diré groserías. Si eso te hace sentir mal.

El veterano apretó la mandíbula.

—No me contestes —continuó Zibeón con suavidad—. A veces los adultos necesitan silencio para pensar que mandan.

El comentario cayó como una loza…

—¿Qué estás haciendo con estos estantes? —preguntó Darío.

—Mi tienda.

—¿Qué tienda?

—Una de dulces —lo dijo como quien habla de un juguete nuevo—. La pondré aquí.

—¿Quieres hacer negocio en el orfanato?

—Sí. Quiero dinero.

—Aquí casi nadie viene.

—Vendrán.

—¿Y por qué vendrían?

Zibeón lo miró de reojo.

—Porque les voy a dar algo que no pueden comprar afuera.

Darío sintió un leve malestar.

—¿Y qué es eso?

El niño sonrió apenas.

—A mí.

Silencio.

—Me equivoqué con Oliver —continuó—. No se compran animales. Se compran decisiones. El que paga decide qué vive y qué se encierra.

Lo dijo sin énfasis. Sin rabia. Como si describiera el clima.

—Hablas como un viejo —murmuró Darío.

—No. —Negó con la cabeza—. Los viejos hablan mucho. Yo solo hago cuentas.

Avanzaron unos pasos más.

—Viridiana cree que estoy poseído—añadió—. Tú crees que soy raro. No soy nada de eso... Tan sólo soy un niño con un ángel que lo ayuda…

Darío lo observó con miedo.

—Eres un niño —musitó.

Zibeón lo miró directo y luego sonrió, y aunque lo hizo con calma, Darío sintió como una presencia extraña en el ambiente.

—Voy a ayudarte —dijo al fin Darío—. Pero habrá reglas.

—Está bien. —asintió Zibeón sin discutir—. Mientras no me frenes.

**

Pasados algunos días, Darío regresó con un pequeño kit de huerto casero. Lo colocó frente a Zibeón sin ceremonias.

El niño lo observó apenas un segundo.

—¿Semillas? —dijo—. ¿Abono?

Alzó la mirada, molesto.

—No quiero ser un granjero.

Darío no respondió de inmediato.

—Modera tu forma de hablar —dijo al fin—. Si vamos a trabajar juntos, conviene que ambos cuidemos el tono.

Zibeón frunció el ceño. No replicó.

—No te traje esto para incomodarte —continuó Darío—. Quiero ver algo.

El niño cruzó los brazos.

—¿Qué quieres ver, Darío?

—Si eres capaz de sostener algo vivo —respondió el veterano de la Armada—. No de pensarlo. De mantenerlo —insistió.

El silencio se alargó. Zibeón apretó la mandíbula.

—Puedo hacerlo —dijo al final.

Darío asintió.

—Entonces hazlo. Detrás de la lavandería hay un patio olvidado. Ahí puedes hacerlo.

Zibeón miró en la dirección indicada. El lugar estaba cubierto de tierra dura y hierba seca.

—Está bien —dijo—. Empezaré hoy.

No pidió ayuda ni tampoco hizo preguntas, se puso a trabajar solo.

Durante las semanas siguientes, el huerto comenzó a tomar forma. Zibeón removía la tierra con torpeza al inicio, pero sin desistir. Regaba con cuidado. Arrancaba maleza. Ajustaba la sombra improvisada cuando el sol era excesivo.

Nadie tuvo que recordarle nada.

Las primeras hojas verdes se asomaron luego de varias semanas. Darío quedó asombrado con la tenacidad del niño. En verdad parecía que un ángel lo guiaba y lo enseñaba.

***

Y así como nacieron las primeras plantas, así renació la tranquilidad en Darío y Viridiana al ver que las cosas con Zibeón mejoraron y al cabo de varias semanas, el huerto prosperó. Tomates grandes, rábanos que sobresalían de la tierra, lechugas abiertas como flores de temporada…

Una tarde, Zibeón fue hasta la bodega. Con esfuerzo llegó al sitio donde Víctor guardaba las herramientas y tomó unas tijeras de jardinería.

Volvió al huerto solo. Arrancó los tomates y, uno por uno, los estrelló contra el muro. El rojo manchó la pared. Hizo lo mismo con los rábanos. A las lechugas no las arrancó: las destrozó con las tijeras, cortando sin prisa, disfrutando el gesto.

La encargada de la lavandería llegó alarmada por el ruido.

—¿Qué haces, niño? —gritó, corriendo hacia él—. ¿Quién te dio eso? ¡Te vas a lastimar!

—¡Cállate! —escupió Zibeón sin voltear—. Una lavandera no va a venir a decirme qué hacer.

La mujer quedó paralizada ante la respuesta grosera del niño. Luego de unos segundos se recuperó y se abalanzó a Zibeón para arrancar a la fuerza las tijeras.

—Te voy a llevar con la señora de la casa —dijo—. A ver si a ella le hablas así.

Poco después, Viridiana y Darío llegaron, quedaron absortos ante el desastre hecho por el niño; el muro seguía rojo.

──¿Qué pasó aquí? ──preguntó Viridiana, aún asombrada.

Se agachó frente a Zibeón y lo sujetó con fuerza por los brazos.

—¡Lo que hiciste está mal! —le habló con autoridad—. ¡Y tú lo sabes!

Zibeón no bajó la mirada, estaba furioso, apretaba la mandíbula.

—Tampoco estuvo bien lo que hizo Darío —respondió, seco, desafiante.

Viridiana volteó de inmediato hacia su esposo.

—¿Qué está diciendo?

—Déjalo hablar —intervino Darío—. Tiene algo que sacar.

Zibeón no dudó.

—A ti te gusta la muchacha de la tienda de semillas —dijo, con el ceño fruncido y los puños cerrados a los costados—. Le prometiste ayudarla para que no cerrara el negocio, porque sólo así puedes verla… Y además, dejaste que esa mujer me encerrara donde tiene su granja de hormigas ──escupió la palabra como si le supiera amarga──, no querían que los viera mientras estaban a solas… Si bien que escuché cuando ella te decía que estás bien fuerte y guapo y que los años no te acaban… que todavía sirves…

Mientras hablaba, respiraba agitado. No modulaba como adulto: atropellaba frases, se le quebraba el aire, pero no bajaba la mirada. Tenía las mejillas encendidas, los ojos húmedos de rabia infantil, no de cálculo.

Si descubrir lo que Zibeón había hecho la dejó boquiabierta, escuchar la acusación del niño terminó por desarmarla. Viridiana se levantó de un salto impropio de su edad; decepción e ira le cruzaron el rostro, los ojos ya llenos de lágrimas. Miró a Darío.

La bofetada resonó seca en la cara del hombre, que no dijo una palabra. Viridiana se dio la vuelta y se marchó a toda prisa, sin mirar atrás.

—¡Déjanos! —ordenó Darío a la lavandera.

Zibeón siguió cada movimiento con una quietud extraña para alguien tan pequeño. Se balanceaba apenas sobre los talones, como hacen los niños cuando no saben dónde poner la energía. Sabía exactamente lo que había hecho, pero su pecho subía y bajaba con rapidez.

—Eso que acabas de decirle a mi mujer no me hace temblar —dijo Darío con voz contenida—. ¿Qué fue esto? ¿Venganza?

—Eso que sientes ahora —gruñó Zibeón, apretando los dientes pequeños, casi de leche—, esas ganas de partirme la cara… eso mismo sentí yo cuando me hiciste perder el tiempo con tu estúpido huerto.

Darío dio un paso al frente.

—Era una prueba.

—Una pérdida —escupió el niño, limpiándose la boca con el dorso de la mano, gesto torpe—. Semanas tiradas a la basura. El tiempo no regresa, nunca.

Lo miró sin parpadear. Pero el parpadeo llegó después, rápido, nervioso, como si el cuerpo sí delatara la edad que la voz intentaba ocultar.

—El chisme se va a arreglar —dijo Zibeón—. Yo hablaré con Viridiana. Te seguirá queriendo… —añadió esbozando una sonrisa lobuna.

La sonrisa torcida le duró apenas un segundo; enseguida volvió a fruncir el ceño, como si sostener esa mueca también le costara.

Capítulo Cuatro

Con el correr de las semanas, tanto Zibeón como Darío comprendieron que contentar a Viridiana no sería sencillo. Lo que creyeron pasajero se convirtió en un castigo prolongado.

Viridiana no sólo se alejó de Darío, le pidió que se marchara. El veterano de la Armada no dramatizó, sólo cambió de dormitorio improvisando una cama en la bodega del orfanato; allí se acostaba tarde para no ser visto y se alistaba mucho antes del amanecer con agua helada en el gimnasio. Nadie comentaba nada, pero todos sabían que Víctor ya no dormía con Viridiana.

Zibeón dejó de ser prioridad. Viridiana ya no lo buscaba, no lo distinguía del resto de los huérfanos.

El niño sintió un hueco en su interior, algo que le estremeció. Temió perder para siempre ese cariño que Viridiana le tuvo desde su llegada, y sintió el dolor del rechazo cuando intentó acercarse, pero Viridiana lo ignoró como se ignora a un mueble.

Entonces recurrió a la lavandera, la misma que lo sorprendió aquella tarde con las tijeras. Le pidió que escribiera una carta. En ella confesó la mentira: la tienda de semillas no la atendía ninguna muchacha, sino un anciano; un antiguo miembro de la Armada Soberana, aficionado a la relojería, que solía mostrarle a Darío piezas fabricadas por los maestros de la Horda Kurda.

Viridiana no creyó en la carta, así que mandó a Víctor Fermat a buscar la tienda y verificar la historia. No fue sólo una vez, fueron varias, hasta que un día llegó Víctor.

—El anciano de aquella tienda preguntó hoy por qué ya no va Darío —dijo el encargado de mantenimiento—. Le manda este reloj.

Víctor sacó un Hamilton Khaki que por mucho tiempo no funcionó y que Darío había intentado componer sin éxito. El reloj funcionaba. Sólo entonces Viridiana cedió un poco. No dijo mucho. Volvió a hablar con su esposo y, sin entusiasmo, le devolvió su lugar.

Con Zibeón fue distinto. Primero le dio la reprimenda de su vida. Después le dejó claro que, a partir de ese momento, ella se haría cargo de él por completo.

Zibeón no objetó. El cambio fue inmediato. Con Viridiana medía cada palabra, como si hubiera reconocido un límite que antes no existía. Comenzó a trabajar con ella todos los días, y no pasó mucho tiempo antes de que emprendieran un proyecto.

Usaron el mismo patio donde había estado el huerto. Esta vez no sembraron para probar constancia, sino para ordenar belleza. Plantas, flores y arbustos ocuparon el espacio con rapidez. Pronto resultó insuficiente. Las jardineras escalonadas apenas contuvieron el crecimiento, y terminaron trasladando parte del jardín al patio de la entrada principal del orfanato.

Víctor Fermat se sumó sin que se lo pidieran. Además de su cercanía con Viridiana, tenía buen ojo para lo que llamaba la atención, y no tardó en entender el potencial del nuevo arreglo.

Bastaron unas cuantas macetas acomodadas sobre el entarimado para que los transeúntes se detuvieran. Preguntaron si estaban en venta. Las primeras plantas se fueron rápido y a precios modestos. Luego los números cambiaron. Fue Zibeón quien decidió ajustarlos. No lo anunció. Simplemente dejó de aceptar regateos y, cuando alguien dudaba, el niño explicaba que las plantas habían sido cultivadas por huérfanos y que lo recaudado serviría para sostener el orfanato. Nadie protestó. Algunos incluso pagaron más de lo pedido.

La demanda creció. El trabajo también.

El ir y venir de gente se volvió constante y esa repetición en la que manos intercambiaban plantas por dinero ya no paró. El patio dejó de ser un adorno y empezó a parecer otra cosa.

Zibeón no se conformó.

Observó el movimiento durante varios días, en silencio, como si midiera algo que los demás no veían.

Una tarde expuso su siguiente idea a Viridiana y a Darío. Al principio dudaron. No era descabellada, pero sí incómoda.

Zibeón habló poco. Lo suficiente. Y las dudas comenzaron a disiparse.

*

El Palacio Poincaré, la plaza comercial más lujosa del Distrito Capital, desechaba con frecuencia las tarimas de madera que habían sostenido finos telares traídos de Oriente y de algunas regiones del norte de la Unión Occidental que aún no guardaban rencor hacia Ciudad Centro.

Darío comenzó a traerlas al orfanato. Al principio fueron unas cuantas. Luego llegaron más. Y más.

Pronto la explanada trasera quedó invadida por madera marcada con sellos de aduanas, números de inventario y nombres de comerciantes que jamás habrían imaginado dónde terminarían sus embalajes.

Las desarmaron.

Durante dos semanas, Víctor Fermat, Darío y Zibeón trabajaron sobre las tablas: las limpiaron, las lijaron y las pintaron una por una. El olor a barniz se mezcló con el del polvo viejo de los almacenes.

Cuando terminaron, comenzaron a ensamblarlas.

Al final levantaron una pirámide escalonada de diez por diez, con cuatro niveles y casi cuatro metros de altura. No era un capricho estético: cada base estaba pensada para sostener macetas y guiar la mirada hacia arriba.

Viridiana compró semillas de hiedra. Las plantaron en la base para que el verde fuera cubriendo lentamente la madera. También colocaron series de focos que delineaban la estructura por las noches.

Desde la calle, la pirámide parecía respirar.

La vieja placa del vivero fue retirada. En su lugar apareció otra, más cuidada, más ambiciosa: Jardines Colgantes de Vasco de Quiroga.

Darío se encargó de correr la voz. Visitó escuelas cercanas, habló con directores y ofreció recorridos guiados para los alumnos.

Las primeras visitas llegaron con timidez.

Después comenzaron a multiplicarse.

La afluencia se triplicó. Con ella aparecieron los problemas: filas en la entrada, discusiones por precios y macetas que se agotaban antes del mediodía. Pero también apareció algo más sólido que el entusiasmo: dinero constante.

Organizaron tarifarios. Instalaron un módulo de acceso. Crearon un sistema para no quedarse sin plantas.

Cuando las manos de los educadores y las cocineras ya no alcanzaban, Zibeón propuso involucrar a los niños del orfanato prometiendo un pago. Nadie se negó.

La primera pirámide dejó de ser suficiente. Construyeron otra. Y otra más.

Cinco estructuras terminaron unidas por pequeños puentes colgantes que atravesaban la explanada cívica del orfanato. Lo que antes había sido un patio ahora parecía un circuito.

En los talleres de manualidades comenzaron a fabricar recuerdos inspirados en las pirámides: pequeñas macetas, placas de madera, figuras de hiedra.

En Vasco de Quiroga había mucho ruido, movimiento y cifras que crecían.

Zibeón observaba todo sin sonreír.

Pronto dejaron de llamarlo por su nombre.

Empezaron a referirse a él como el comerciante.

Capítulo Cinco

—¿Qué es esto? —retumbó la voz de Ramón en medio de la sala.

El profesor de educación física tenía fama de gruñón. Todo lo que no implicara correr, saltar o patear un balón le parecía una pérdida de tiempo.

Darío lo sabía bien. Si no lograba convencerlo, medio cuerpo docente del orfanato podría volverse en su contra.

Aun así, no dudó.

—Ramón, esto es lo que vamos a construir en el terreno donde hoy están la pista y la cancha.

Ramón frunció el ceño.

—¿Y van a hacer otra pista y otra cancha?

—Por ahora, no —respondió Darío—. Las actividades de educación física, danza, eventos y torneos se realizarán en el gimnasio. Tenemos espacio suficiente.

Ramón cruzó los brazos.

—¿Y el torneo de fútbol se va a ir al demonio?

—Permíteme terminar, Ramón.

—¡Sí! —interrumpió él—, pero no es justo, ni podemos permitir que…

—¡Déjame terminar! —alzó la voz Darío.

Extendió el índice hacia adelante y guiñó un ojo con complicidad, un gesto que solía usar para cortar discusiones sin encender los ánimos. Ramón bufó, pero guardó silencio.

Darío continuó.

—Primero vamos a terminar todos los torneos y actividades al aire libre de este año. No estamos improvisando. Ya hablamos con la Dirección de la Unidad Deportiva Ferrocarrilero y nos autorizaron el uso de las instalaciones sin costo. Está a una cuadra. Tenemos espacio suficiente para todas nuestras actividades.

Ramón negó con la cabeza.

—Peleamos mucho para que nuestra institución fuera sede de esos torneos. Y ahora vienes a decirnos que todo se va al Ferrocarrilero. Esto es alevosía. Viridiana y tú debieron consultarlo primero con todos.

—Como profesores tenemos derecho a saber qué se hará en la cancha y por qué la van a cerrar —intervino Paulina.

Darío señaló los planos que todos tenían en sus manos.

—Ahí lo tienen. Vamos a construir un pequeño parque temático. Necesitamos generar más ingresos para el orfanato. El recorte presupuestal está a la vuelta de la esquina y debemos prepararnos. No queremos limitarnos a protestar frente al Departamento Social. Queremos que esta institución sea autosustentable… y un ejemplo para los demás orfanatos de esta ciudad-estado.

Ramón levantó la voz.

—¡Yo no estoy de acuerdo!

Paulina recorrió la sala con la mirada buscando apoyo. Once profesores levantaron la mano.

Darío mantuvo la calma.

Contó rápido.

Catorce manos estaban de su lado.

Entonces habló Angélica, la profesora de artes.

—No quiero levantar polémica —dijo con tranquilidad—, pero yo sí apoyo el proyecto. Un parque temático abre la puerta a nuevos ingresos y proyectos. Además, las actividades físicas no desaparecerán. El Ferrocarrilero está a una cuadra.

Miró a Ramón.

—Entiendo su molestia, profesor. Yo también he perdido proyectos. Y varios fueron porque el dinero se destinó al equipo de fútbol que usted dirige. Y, ojo, nunca reclamé… aunque me dolió.

Ramón soltó una risa seca.

—Pues hagan lo que quieran.

Se levantó y caminó hacia la puerta.

—Necesito que continúes en la reunión, Ramón —dijo Darío.

—Ya lo dije. Hagan lo que quieran. Viridiana y tú son los que deciden aquí. Yo prefiero concentrarme en mi cambio de orfanato.

Darío alzó la voz.

—Eres un histórico de este lugar. No queremos que te vayas.

Pero en realidad su preocupación era otra.

Si Ramón pedía su traslado, podía delatar el plan del parque temático y el cierre de la cancha. Y el proyecto aún no tenía la aprobación del Departamento Social.

Darío respiró hondo.

Luego se dirigió a todos.

—Si alguien más quiere irse del orfanato como Ramón, levántese ahora. Yo mismo les ayudaré con los trámites para que la permuta sea rápida. No habrá represalias.

La sala quedó en silencio.

Nadie se movió.

Algunos evitaron mirarlo. Otros bajaron la vista hacia los planos, como si recién entonces comprendieran que aquello ya no era una propuesta.

Era una transición.

Darío recogió su copia del plano.

El proyecto seguía adelante.

Capítulo Seis

En el cumpleaños número once de Zibeón no hubo globos ni pasteles. Aquella mañana el patio se llenó de rostros adultos. Había estudiantes de ingeniería civil, carpinteros, herreros, técnicos eléctricos y voluntarios que, durante los últimos años, se habían sumado al proyecto que crecía alrededor del huérfano.

Había planos doblados sobre las mesas, herramientas apoyadas contra los muros y conversaciones en voz baja.

Una mezcla de emoción y nervios recorría el patio. Ese día se realizarían las primeras pruebas de los juegos mecánicos.

El resultado de tres años de trabajo —no sólo de herreros y mecánicos, sino también de artistas y diseñadores— por fin sería puesto a prueba.

Todos los huérfanos del Orfanato Vasco de Quiroga y todo el personal que trabajaba allí se reunieron para presenciar el encendido de las máquinas.

Un técnico levantó una bandera.

Otro tiró de una palanca.

La montaña rusa se puso en marcha, cargando los muñecos de plástico que habían recuperado de los desechos de una tienda departamental.

Las ruedas comenzaron a girar. El metal vibró. La estructura crujió. Los carros subieron la primera pendiente y durante unos segundos nadie dijo una palabra.

Luego descendieron. Los rieles resistieron. Las curvas cerraron sin romperse. Los frenos respondieron.

Los carros regresaron lentamente al punto de partida. Entonces el patio estalló. Aplausos, gritos, abrazos. Y en medio del ruido, Zibeón levantó los brazos como un boxeador después de la pelea más difícil de su vida.

*

Al día siguiente se anunció al público que los Jardines Colgantes del Orfanato abrirían una nueva atracción.

La respuesta fue inmediata.

La gente comenzó a preguntar fechas, precios y horarios. La prensa llegó casi al mismo tiempo.

Entre todas las publicaciones destacó la revista El emprendedor, que dedicó su portada mensual al proyecto bajo un título sobrio: “La montaña rusa en Vasco de Quiroga”. La imagen era en blanco y negro. Zibeón aparecía serio, con la mirada fija fuera del encuadre. No sonreía. No parecía un niño. Parecía alguien que ya había tomado una decisión importante.

La edición se agotó en pocos días.

El rumor cruzó las fronteras del Distrito Capital y comenzó a circular en los distritos del Norte y del Meridional, donde se hablaba del orfanato como si fuera una rareza digna de ser vista, medida y comentada.

El día de la apertura, la explanada se llenó desde temprano.

Llegaron familias, curiosos, estudiantes y visitantes de otros distritos de la ciudad-estado.

Algunos hoteles cercanos reportaron un ligero aumento en las reservaciones, algo inusual para esa temporada.

Con el paso de los días, los taxistas comenzaron a mencionar el lugar como punto de referencia.

El dinero empezó a circular. Y lo hacía con una naturalidad que incomodó a más de uno, aunque nadie lo dijera en voz alta.

El orfanato estaba lleno. Y, por primera vez en mucho tiempo, no parecía necesitar del dinero del Departamento Social.

Capítulo Siete

Viridiana era una mujer experimentada que con los años aprendió que el éxito rara vez llega limpio. No pide permiso y no se reparte con justicia. Es, en el fondo, un juego de suma cero: para que uno avance, alguien más tiene que quedarse atrás.

El vencedor celebra, claro. Pero la celebración dura poco. Tarde o temprano entiende que la victoria no camina sola. Detrás vienen la envidia y el rencor, dedos ardientes que señalan, acusan y convierten al ganador en enemigo. No hace falta traicionar a nadie; basta con destacar.

Si a un adulto el éxito puede volverlo torpe, soberbio o paranoico, ¿qué puede hacerle a un niño que todavía no sabe defenderse de las miradas?

Con esa inquietud, la encargada del Orfanato Vasco de Quiroga buscó a su esposo.

Darío no era famoso ni exitoso como ella, pero era su refugio, su tierra firme.

Lo encontró en la cocina, tomando una humeante taza de café y admirando la esfera limpia del Hamilton…

—He notado diferente a Zibeón desde la publicación de El Emprendedor —dijo Viridiana.

Darío dio un sorbo ruidoso al café antes de responder.

—Yo también. Ya ni siquiera viene a contar el dinero cuando termina la jornada. Eso no es buena señal. Hay cosas que ya le están pasando factura.

—Es un niño —dijo Viridiana—. Un genio, sí… pero sigue siendo un niño.

Mientras hablaba, limpió con el pulgar la comisura manchada de polvo de galleta del rostro de su esposo.

Darío la observó con una mezcla de cansancio y respeto.

—Tú sabes mejor que yo cómo se maneja el éxito… la fama… y a los enemigos.

—Nada de esto habría pasado sin tu apoyo —respondió ella, mirándolo ahora con una ternura breve, contenida.

Darío no dijo nada. Sonrió apenas, como quien acepta un premio que no esperaba.

Viridiana se apoyó en la mesa antes de continuar.

—He hablado con Lucy. Zibeón le tiene confianza. Pasan demasiado tiempo juntos.

Darío alzó una ceja.

—Lo he notado… Nuestro muchacho ya debe estar experimentando con ella, ¿no crees?

Viridiana lo fulminó con la mirada.

—No estamos para estupideces, cariño.

Guardó silencio un instante y respiró hondo.

—Lucy dice que Zibeón ya no quiere seguir aquí. Que siente que todo esto se le salió de las manos.

Darío frunció el ceño.

—Me lo imaginé.

—Está dispuesto a mentir —continuó Viridiana—. A decir que los jardines colgantes y la montaña rusa fueron idea nuestra. Que sólo usamos su nombre y su cara para atraer público. Un niño prodigio vende más que cualquier discurso… y él lo sabe.

Darío apoyó ambas manos en la mesa.

—Hay que hablar con él —dijo.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Antes de que haga cualquier tontería.

*

Viridiana y Darío entraron a la habitación de Zibeón. El niño acababa de bañarse. El cabello húmedo le caía sobre la frente. Los recibió con educación, pero sin calidez. Algo en su postura —demasiado erguida, demasiado segura— los puso en alerta.

Viridiana se sentó en la cama. Darío ocupó el buró, incómodo, como si aquel mueble fuera una trinchera.

—Sé por qué vienen —dijo Zibeón, sacudiendo la cabeza para apartarse el cabello de los ojos.

El silencio se tensó.

—¿Ah, sí? —respondió Darío—. A ver. Dinos.

—Pueden relajarse. No pienso causarles problemas —dijo el niño, acomodándose los mechones con los dedos—. Han sido buenos conmigo. Más de lo que han sido con cualquier otro huérfano de esta casa.

Viridiana entrecerró los ojos.

—Entonces explícame algo —dijo—. ¿Por qué le dijiste a Lucy que te ibas?

—La estaba probando.

—¿Probándola para qué? —preguntó Darío.

Zibeón miró hacia la ventana. El perfil de las montañas se recortaba limpio contra el cielo del atardecer. Sonrió, satisfecho.

—Me gusta esa muchacha —dijo—. Pienso casarme con ella pronto.

Viridiana se irguió de golpe.

—¿Qué tonterías dices?

—¿Tonterías? —repitió Zibeón.

No se turbó. Su serenidad era absoluta.

—Es una tontería que creas que puedes casarte a tu edad —replicó Viridiana.

—¿Después de todo lo que he hecho? —preguntó Zibeón—. ¿Después de demostrar que mi intelecto supera al de cualquiera de mi edad… incluso al de muchos adultos?

Suspiró, largo.

—Si supieran todo lo que Lucy y yo hemos hecho… seguramente ya la habrían corrido de este lugar.

El tono con que lo dijo —tranquilo, casi indiferente— insinuaba cosas reservadas para un adulto.

Darío se tensó.

—¿Qué hiciste con ella?

—No es necesario especificarlo —contestó Zibeón.

—¡Cállate! —estalló Viridiana.

El niño ni siquiera se inmutó.

—Soy joven, no estúpido —continuó—. He ganado más dinero del que muchos adultos verán en toda su vida. Afuera me aman: fotos, autógrafos, cartas.

Hizo una pausa.

—Aquí dentro me odian.

Los miró uno por uno.

—Me envidian. Han intentado enfermarme. Mi comida ha sido adulterada. Y aun así sonrío. Atiendo mi negocio. Estudio. Trabajo.

Se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Y me exhibo como un animal de feria todos los días a las diez de la mañana.

El silencio cayó como una losa.

—Si tengo huevos para cargar con todo eso… —dijo finalmente—, ¿de verdad creen que no los tengo para elegir a una mujer?

Darío abrió la boca. La cerró. Tragó saliva.

—Tienes razón… —dijo al fin—. Pero no.

Viridiana dio un paso al frente.

—Ahora escúchame tú.

El niño la miró.

—Yo también fui una niña prodigio —continuó ella—. No tan precoz, pero igual de ambiciosa. Por eso te entiendo mejor que nadie.

Señaló el suelo con la punta del zapato.

—Llegué a este orfanato a los doce años. A los trece —aunque no era la titular— ya dirigía el funcionamiento completo de este lugar.

Hizo una pausa.

—Este orfanato existe como es ahora… por mí.

Zibeón apretó los labios.

—Tu éxito es una novedad, Zibeón —continuó Viridiana—. Suerte. Fama temprana. Pero la verdadera prueba no es nacer distinto.

Se inclinó hacia él.

—La prueba es resistir cuando llegue la competencia.

El niño no respondió.

—Quiero verte triunfar cuando empresarios con más dinero te copien… y te devoren —remató Viridiana.

Se enderezó.

—Ese día, tal vez, te respete.

Una pausa.

—Por ahora… para mí sólo eres un prodigio.

—Y nada más.

Capítulo Ocho

Una mujer gritaba desde la entrada principal mientras golpeaba los barrotes de la reja con furia mecánica, como si el metal le debiera algo.

—¡Qué impertinente! —gruñó Víctor, irritado, mientras barría el pasillo exterior.

Dejó la escoba recargada en la pared y salió a enfrentarla.

—¡Gracias a Júpiter, por fin alguien! —exclamó la mujer al verlo—. Me habían dicho que en este lugar atendían bien a los visitantes —añadió con un reclamo que no pedía disculpas.

—Olvidaron decirle que el buen trato empieza a partir de las diez de la mañana —respondió Víctor, seco—. No cinco minutos antes de las siete.

—Lo siento, buen hombre. La reputación de este sitio ha crecido tanto que supuse que habría personal desde temprano.

—¿Qué desea, señorita? —preguntó Víctor, sin suavizar el tono.

—Vengo del Departamento Social —contestó ella, erguida, arrogante—. Tengo que hablar con Viridiana Lormendez para inspeccionar sus afamados Jardines Colgantes; “diseñados y construidos por un niño” —repitió despacio, como quien prueba una mentira antes de denunciarla—. Admito que son impresionantes —añadió, señalando la pirámide mayor—. Una solución creativa para enfrentar los recortes presupuestales de los últimos meses… aunque hay peros —levantó el índice con gesto amenazante.

Víctor apretó la mandíbula. Se sintió ofendido, pero se obligó a sonreír. Adoptó una actitud dócil, casi tímida, evitando la mirada directa.

—Voy por la señora Viridiana. No tardo.

—Ábrame —ordenó ella—. ¿O no sabe tratar a la autoridad?

—Perdóneme —farfulló Víctor mientras sacaba el manojo de llaves—. Tiene razón, señorita.

—No se preocupe. Sólo ábrame, hace frío.

La reja se abrió con un chirrido metálico. Víctor la dejó pasar.

—Mi nombre es Víctor Fermat. Estoy para servirle. ¿Cuál es su nombre?

—Milena Chopin —respondió ella sin detenerse.

—¿Gusta café y pan en lo que voy por los encargados?

—Jamás se rechaza el café y el pan —dijo Milena, sentándose sin pedir permiso.

Víctor sonrió con cortesía y abrió la puerta del cubículo de vigilancia.

Milena observó el lugar con atención clínica. Las paredes superiores pintadas de azul rey; el resto, cubiertas de duela de caoba pulida. Detalles blancos y dorados en ventanas, perillas y manijas. Sobre una repisa descansaba la cafetera, impecable. La jarra lucía transparente, como recién comprada, aunque aquel aparato llevaba más de cuarenta años en servicio.

—Qué limpio… y qué bonito lugar —comentó Milena—. ¿Quién se encarga de la limpieza? ¿Otro huérfano?

Víctor respiró hondo.

—El hombre que tiene usted enfrente —respondió con dignidad—. Desde el diseño hasta la limpieza diaria.

—Nos estamos retrasando —cortó ella, ignorando la respuesta—. Quiero ver a la señora Lormendez. Ya.

—Enseguida vuelvo —dijo Víctor, encaminado a la salida—. Sólo presione el botón cuando la jarra esté llena.

Salió casi corriendo.

Minutos después regresó acompañado de un hombre que imponía presencia desde lejos: alto, rostro limpio, cabello canoso bien peinado, cuerpo firme pese a la edad. La chamarra de cuero le asentaba perfecta. A Milena le recordó, con desagrado, todo lo que a su esposo le había faltado.

—Buenos días, señorita Chopin —saludó el hombre estrechándole el brazo con firmeza—. Darío Martín Carrasco. Veterano de nuestra Armada Soberana y esposo de Viridiana Elena Lormendez, encargada de este orfanato. A sus órdenes.

<>, pensó Milena, recordando a su marido: brillante con los números, útil al Estado, incapaz de imponerse con la sola presencia. Aquel veterano, en cambio, obligaba a bajar la soberbia sin levantar la voz.

—Buenos días, señor Carrasco —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

—Mi esposa vendrá enseguida. No esperábamos visitas tan temprano; aún se encuentra en la ducha.

—Puedo esperar —contestó Milena, imperturbable.

—¿Gusta café y pan?

—El señor Víctor ya me ofreció.

Mientras conversaban, comenzaron a llegar las muchachas de la cocina. Víctor abrió la ventana del cubículo para que marcaran su entrada en el reloj checador.

<>, pensó Milena. No exageraban en el Departamento Social: Viridiana era conocida por dirigir el orfanato más imponente, menos inspeccionado y más libre de Ciudad Centro. Demasiada confianza para un lugar tan productivo.

Pocos minutos después apareció ella.

La leyenda.

—Aquí no vamos a caber los cuatro —bromeó Darío—. Mejor pasemos al comedor.

Viridiana ni siquiera entró al cubículo. Giró sobre sus talones y marcó el rumbo.

Caminaron hacia el comedor, donde había más espacio… y donde la inspección podría comenzar sin testigos incómodos.

Capítulo Nueve

—Mi reconocimiento por la pulcritud y el orden con los que administras este lugar, Viridiana —dijo Milena.

—Muchas gracias —respondió Viridiana, esbozando una sonrisa impecable, de relaciones públicas.

Milena recorrió la habitación con la mirada.

—Bien. El motivo por el que me han enviado no es otro que los rumores sobre los Jardines Colgantes. Que fueron hechos por uno de tus huérfanos… y toda esa fascinante historia que, según parece, te ha generado bastante dinero.

La sonrisa incrédula de la inspectora irritó a Viridiana.

—Puede inspeccionar cuando guste —respondió con calma.

—Lo haré —repuso Milena con frialdad.

Viridiana entrelazó las manos.

—Las medidas de seguridad que tomamos para las atracciones son rigurosas. Nos aseguramos de que nuestros visitantes no sólo se diviertan, sino que permanezcan seguros durante toda su visita.

Milena ladeó la cabeza.

—¿Sabes cómo sonarías si grabara todo lo que acabo de oír?

Viridiana guardó silencio. Aunque estaba molesta, no cayó en la provocación.

—Vamos —continuó Milena con tono burlón—. Un niño no tiene la capacidad para crear algo como esos jardines. Y lo de la revista El Emprendedor… mmm.

Hizo una pausa teatral.

—No fue más que una estrategia entre ellos y tú. Ellos necesitaban algo atractivo que vender… y tú necesitabas más público. Y más dinero. Mucho dinero.

—Está usted muy equivocada —respondió Viridiana.

Milena soltó una risa breve.

—Señora Viridiana Lormendez… acabas de hablar como lo hacen los ejecutivos de las grandes empresas cuando son inspeccionados.

Sacó de su abrigo una pequeña grabadora, la colocó sobre la mesa y presionó reproducir.

La voz de Viridiana llenó la habitación:

“Las medidas de seguridad que tomamos para las atracciones son rigurosas. Nos aseguramos de que nuestros visitantes no sólo se diviertan, sino que permanezcan seguros durante toda su visita.”

Escucharse a sí misma la incomodó. Aquella frase sonaba ensayada.

Viridiana se ruborizó ligeramente.

—¿Lo ves? —continuó Milena—. No quiero manchar tu historial. Todos sabemos que esa historia del huérfano superdotado es pura publicidad.

Se inclinó sobre la mesa.

—El niño del orfanato se está convirtiendo en una marca. Y usar la imagen de un huérfano para obtener beneficios económicos es un delito.

La observó con mirada aguda.

—Dime, Viridiana. ¿Tú ideaste todo esto?

Viridiana respiró hondo.

—Señorita inspectora—

—¡No, no, no! —interrumpió Milena alzando la voz—. ¿Sabes qué? Mejor tráeme a ese huérfano brillante.

Viridiana guardó silencio.

Con una seña llamó a una de las muchachas veladoras que pasaba por el pasillo.

Antes de que pudiera hablar, Milena se adelantó.

—Trae a Zibeón.

La muchacha dudó. Milena le mostró su identificación.

Viridiana asintió levemente.

—Retírate, Viridiana —ordenó entonces la inspectora.

Cinco minutos después, un niño entró acompañado por la veladora.

Venía sudado y agitado: había estado jugando fútbol.

Milena lo recibió con una sonrisa inesperadamente amable.

—Puedes retirarte —le dijo a la veladora.

Quedaron solos.

—Toma asiento, Zibeón.

El muchacho estaba desconcertado, pero mantuvo la calma.

Milena abrió su bitácora.

—Dime, muchachito… ¿cómo te sientes?

—Muy bien —respondió el niño con sequedad.

—¿No te cansa que te obliguen a posar para portadas de revistas y…?

—¿Qué quieres, Milena?

La inspectora quedó muda. Había puesto nervioso a Víctor. Había dejado sin palabras a Viridiana. Pero aquel huérfano le devolvía el golpe sin vacilar.

—No eres más que una empleada mal pagada del gobierno —dijo Zibeón.

Milena entrecerró los ojos.

—Y tú no eres el genio detrás de todo esto.

—¿Y qué quieres hacer? —preguntó el niño con calma.

—Clausurar las atracciones.

—Hazlo.

Milena frunció el ceño.

—¿Para qué hiciste todo esto?

—¿Qué te importa? —respondió Zibeón—. Ciérralo. A eso has venido.

Se levantó de la silla.

—¡Siéntate! —ordenó Milena.

Zibeón obedeció, sin miedo.

—Lo voy a cerrar porque tú no hiciste nada de esto —continuó ella.

—Ciérralo, Milena. No pierdas tiempo.

Volvió a levantarse.

—¡Qué mocoso tan descortés! —exclamó la inspectora.

—Hablas demasiado —respondió él con frialdad—. Haz lo que quieras.

Milena respiró hondo.

—Así lo haré.

Zibeón se detuvo antes de salir.

—Sólo una cosa debes saber.

La miró fijamente.

—No hice todo esto para demostrarle nada al mundo. Lo hice para aprender a manejar a las personas, saber sacar el mejor provecho de ellas…

Milena arqueó una ceja.

—¿Manipulación?

—Yo diría… estimulación.

Sonrió apenas.

—Lo que he hecho es más difícil que venir a inspeccionar con arrogancia y prepotencia… como haces tú; un mero capricho.

Milena lo observó con atención.

—¿Por qué dices que esto es un capricho?

—Tu bitácora está en blanco —respondió Zibeón—. No tiene sello ni firma, ni está grapada a una orden del Departamento Social.

Milena hizo silencio.

—¿Cuánto llevas en el puesto? ¿Cuatro días?

Ella se tensó. Hablar con Zibeón ya no era hablar con un simple niño.

—¿Qué tiene que ver eso? —preguntó Milena.

—Que no conoces este lugar.

Zibeón se levantó y caminó lentamente.

—Viridiana ha visto pasar a muchos inspectores como tú. Creen que la investidura del Departamento Social los vuelve intocables.

Se detuvo frente a ella.

—Pero si los encargados de los orfanatos se molestan… el problema no es con uno. Es con más de cien encargados…

Milena retrocedió ligeramente. Este huérfano conocía el sistema, mejor que cualquier adulto, mejor que ella. No lo aprendió en un día, no era conocimiento producto de memorizar cosas de la noche a la mañana, era conocimiento real, como si él mismo manejara los hilos…

—Y cuando eso ocurre —continuó el niño—, el inspector suele desaparecer en pocas semanas.

Silencio.

Milena bajó la mirada hacia la mesa blanca. Estaba perturbada. Cuando volvió a alzar el rostro, Zibeón la observaba con una sonrisa burlona.

—También te asusta cómo hablo —dijo él.

—¿Por qué dices eso?

—He visto esa expresión muchas veces.

Se inclinó sobre la mesa.

—¿Sabes algo? Lo que he construido aquí es lo mismo que ha ocurrido durante milenios de civilización.

Milena lo miró con incredulidad.

—He implantado un sistema. El laberinto. Los jardines.

Señaló la ventana.

—Todos viven dentro de ese sistema… estén de acuerdo o no.

Milena respiró hondo.

—¿Has estudiado geometría, astronomía, arquitectura, historia antigua?

—Sí.

—Voy a ponerte un examen.

—No encontrarás nada —respondió Zibeón.

—¿Por qué?

—Porque no utilicé ninguna de esas cosas.

—Entonces ¿cómo se te ocurrió todo esto?

El niño se encogió de hombros.

—Quizás sea mi ángel de la guarda, que no sólo me cuida, me guía…

Milena golpeó la mesa.

—¡Es absurdo! ¡Es ridículo que un niño sea la mente detrás de todo esto!

Respiró con rabia.

—¡Dime! ¿Cuándo comenzaron a adiestrarte?

Zibeón guardó silencio.

Luego tomó suavemente las manos de Milena.

Ella se sobresaltó.

Los ojos del niño eran negros, brillantes. Pero ahora su mirada no era desafiante. Era casi infantil.

—Recorre mi laberinto, Milena.

—¿Tu laberinto?

—Mi laberinto de las sensaciones, señorita inspectora.

Milena dudó un instante.

Luego asintió.

—Vamos.

*

Milena salió del laberinto todavía aturdida por lo que había visto. Nada en su vida se parecía a aquello.

El recorrido terminó en un punto alto desde donde se dominaban las afueras del orfanato. Frente a la reja ya se reunía una multitud de visitantes que aguardaban la apertura de las atracciones.

Dentro del recinto, los niños y el personal corrían de un lado a otro preparando flores y pequeñas manualidades que más tarde venderían a los turistas.

Un poco más atrás, Milena distinguió a Zibeón. Una joven le acomodaba el moño en el cuello y alisaba su elegante traje negro, mientras él repetía en voz baja las palabras de bienvenida que, cada día, ofrecía a los visitantes.

Capítulo Diez

—Señor Víctor, tengo algo que le puede interesar —dijo Zibeón.

La moneda giraba en el aire.

Víctor no respondió de inmediato. Siguió el brillo con los ojos.

—Tengo muchas de esas, amigo.

—No lo creo —Zibeón sonrió.

La moneda subió otra vez.

A Víctor se le apretó el estómago. Demasiado perfecta. Demasiado limpia. Si caía mal… se arruinaba.

—¿De dónde la sacaste?

—¿Quiere verla?

Víctor asintió.

—Pero debe prometer algo.

—¿Qué quieres? —dijo, seco.

La moneda volvió a subir.

—Que sea mi mejor amigo.

Víctor soltó una risa breve. No por burla. Por desconcierto. Luego lo miró mejor.

—Te he ayudado más que nadie aquí… ¿y no soy tu amigo?

—No.

La moneda descendió. Zibeón la atrapó. No la guardó. La lanzó otra vez. Víctor tensó la mandíbula.

—No me gusta convivir con niños. Pero tú… —hizo una pausa—. Tú eres distinto. Ahora sí, al grano. ¿De dónde salió eso?

—Le diré todo —dijo Zibeón—. Cuando acepte.

La moneda giró de nuevo.

Víctor ya no la perdía de vista.

—¡Está bien! —tronó—. ¡Está bien! Seré tu mejor amigo.

Zibeón dejó caer la moneda… y la lanzó directo a sus manos.

Víctor la atrapó con torpeza. Pesaba. Era real.

—Y no solo eso —añadió—. Te voy a enseñar todo lo que sé.

Los ojos de Zibeón brillaron.

—Entonces es suya.

Víctor ya no escuchaba del todo. Observaba los bordes, el grabado, el desgaste mínimo.

Luego levantó la vista.

—Te voy a sacar de aquí —dijo—. Ven mañana conmigo. Quiero que veas mi taller, mis libros… mi colección —miró la moneda— todo esto del laberinto, es nada comparado con lo que estás destinado a hacer… Mañaña empezamos después de la escuela.

Zibeón rió. Abierto. Limpio. Como no lo hacía nunca.

—¿Mañana?

—Mañana.

—Sí. Pide permiso.

Zibeón asintió.

La moneda no volvió a girar.

Capítulo Once

Las décadas se habían ido como agua, y cuando la esperanza parecía morir, la promesa había llegado después de poco más de treinta y ocho años. Aquella moneda extraña, acuñada en quién sabe dónde y quién sabe por quién, la moneda de la promesa, que era de plata pura, brillante, limpia, con ese rostro raro en una de sus caras y ese año correspondiente a una era inimaginable.

Víctor Fermat, ese Víctor que vio llegar a Viridiana siendo una treintona que no solo era muy joven y llena de energía, sino férrea con lo que quería, aferrada a su visión, y, recién casada con un atractivo marino de la Armada Soberana. Víctor vio cómo ese roble dejó su carrera en las armas por ayudar a su amada; aquella era la primera señal de que la anunciación no era ficticia. Aquella voz no era una mentira de su mente, realmente actuó en tiempo y forma, y ahora le traía esa moneda fulgurante, por eso Víctor quería llegar y abrazar a Zibeón, platicarle de la promesa, contarle que la vida se le había ido entre la duda y la fe, y que, cuando menos lo esperaba, ya estaba aquí; era el momento de mostrar el conocimiento oculto, era momento de heredar las riquezas que por décadas acumuló para Zibeón, por eso se la pasó toda la tarde anterior ordenando sus libros y dejando los más importantes al frente del librero para tenerlos a la mano. Compró bocadillos y hasta revisó su carro porque le enseñaría a conducir; porque Zibén debía aprender mucho y rápido…

Víctor Fermat condujo a toda marcha hasta el orfanato; no tuvo mucho cuidado al estacionar su impecable vehículo. Estaba emocionado, como en décadas jamás lo había estado. Sin embargo, aunque el reloj marcaba las seis con treinta y faltaba mucho para que estallara el movimiento en el orfanato, los huérfanos corrían por aquí y por allá, como si las muchachas veladoras hubieran perdido el control ante una turba.

—¡Zibeón no está! —alterado le contestó un huérfano.

—¡¿Cómo que no está?! —desconcertado exclamó Víctor.

—El señor Darío encontró la habitación de Zibeón abierta a las cuatro de la madrugada; desde esa hora lo andamos buscando por todo el orfanato.

—¿Y dónde están Darío y Viridiana?

—Fueron a pedir ayuda a la Gendarmería.

<<¿Por qué no me habrán avisado?>> se preguntó Víctor en su interior, pues Darío y Viridiana siempre se apoyaban en él ante cualquier emergencia.

Víctor fue al cubículo de las muchachas veladoras para que lo pusieran al tanto. Al entrar, se dio cuenta de que las muchachas estaban en un estado de pánico; varias de ellas lloraban como si se tratase de una muerte.

—¿Dónde está Lucy? —preguntó Víctor, levantando la voz, sabiendo que ella mantenía una relación muy cercana con Zibeón.

Una chica, cuyos ojos estaban enrojecidos y llenos de lágrimas, con voz quebrada le dijo que Lucy estaba en la habitación del niño perdido.

Víctor Fermat corrió hasta ese lugar. Al entrar, vio sentada en la cama a Lucy, la cual lloraba; su rostro reflejaba tristeza profunda, pero no se mostraba desahuciada como sus compañeras en la cocina. En sus manos sostenía un trozo de papel amarillo, coloreado con acuarelas; muy elaborada la rosa y el corazón que solo aquel jovencito pudo haber dibujado, además de un “Atentamente, Zibeón” y un “¡Adiós!” con letras de pegamento cubiertas de brillantina.

—¿Qué sabes de esto, Lucy? —preguntó muy nervioso Víctor.

—Esto apareció en la cocina —respondió ella entre jadeos y con voz muy baja.

—¿Tú lo encontraste?

Ella negó con la cabeza.

—Me lo dio la señora Viridiana. Ella fue quien lo encontró. Pero, por favor, no pregunte a dónde se marchó porque no tengo la menor idea. Ya todo mundo me ha interrogado y yo no sé nada; lo amo, y por nada del mundo quería que se fuera de mí.

Víctor Fermat cerró la boca, se dejó caer en una silla…


Fin de la primera parte

Segunda parte


Capítulo Doce

Víctor Fermat era de esos hombres que no se rinden, aunque el cuerpo ya le estuviera cobrando las deudas. A sus setenta y cuatro años cargaba con treinta kilos de más, pura carne y pan que se le habían quedado pegados al espinazo. Aun con esa barriga que le precedía, trepaba a los árboles como un jaguar hambriento; se aferraba a las ramas con la derecha mientras la izquierda sostenía la motosierra, suspendido en el aire como si el miedo no fuera con él.

Cuando supo de los robos en la zona norte de la Unidad San Lucas, sintió un coraje que le subió desde el estómago. No era por los ladrones, sino por la gente, que se había vuelto fofa y dejaba que la Gendarmería les cuidara el sueño.

Salió a patrullar en las tardes, cuando el sol empieza a morir. Pero no encontró respeto. Dos veces lo señalaron por andar mirando a las muchachas y los vecinos lo acusaron de pervertido y lo amenazaron con lincharlo si lo cachaban en las mismas.

—¡A mí sí me ladran, hijos de perra! —mascullaba—. Pero al que les roba le tienen miedo.

Se fue manejando con el hambre apretándole las tripas, pensando en una cerveza que le lavara el gaznate y una torta de chorizo bien picante. Estacionó el carro en la zona sur. No se molestó en bajar el hacha ni el machete. Se quedó mirando el brillo de sus rines dorados y fue ahí, en ese reflejo, donde vio que la puerta de su casa se movía como un párpado.

Entró despacio, con el hacha por delante.

—Yo cuidando al mundo del mal… y resulta que el mal duerme en mi casa —dijo, clavando la vista en la sombra que ocupaba su sillón.

—Veo que has estado buscándome —respondió el otro, sin moverse.

—Qué vergüenza saber que eres tú la maldita rata, Zibeón.

—Nadie me da trabajo. Ni modo.

—Robas porque quieres. Lo tenías todo y elegiste el camino torcido.

—Me fastidiaron Viridiana y Darío. Me cansaron con su lengua de lija.

—Eres una basura temperamental —sentenció el viejo.

—Dicen que estoy loco. Que lo que hago no es mío, sino del maligno.

—¡No te me hagas el pobrecito! Ni siquiera esperaste mi apoyo. Te fuiste como un débil y pusiste de cabeza al orfanato. Me das asco. ¡Lárgate de aquí que te mato sino te vas! —atronó el viejo con desprecio real.

Zibeón se levantó con una parsimonia que no era de niño y salió a la calle. Víctor se quedó ahí, en el silencio de su sala, viendo cómo el huérfano se alejaba. No sintió lástima; sintió ese vacío que deja la decepción cuando se cae una estatua. Había creído —con esa fe ciega de los sueños que tuvo desde su juventud— que ese niño era el elegido. El que llevaría al siguiente nivel a la humanidad. Treinta y cinco años llevaba esperando a que la voz de sus visiones se hiciera carne, y ahora todo parecía una farsa mal contada.

Luego respiró hondo, tratando de que el odio no le llegara al corazón. Se calmó. Y entonces miró a Zibeón como lo que era: un animalito sin nido. Salió a la puerta. La silueta del muchacho ya se perdía tres calles más allá.

—¡Espera!

Zibeón volteó. Vio al viejo venir, torpe, con la panza rebotando en cada paso, y sintió que el pecho se le ensanchaba. Pensó que venía el perdón.

Víctor llegó con el aire escapándosele por la boca.

—Quédate.

Se abrazaron ahí mismo, en mitad de la calle, como si se hubieran estado buscando por siglos.

—¿Cuántos años tienes?

—Doce.

—No parece.

—He tenido que crecer a la fuerza —contestó Zibeón con voz quebrada.

—Cállate. Aquí no hay dramas. Aquí se pelea contra el mal y se le gana. Ven.

—¿A dónde?

—A la casa. A bañarte, que apestas. Luego nos vamos a comprarte ropa que esa se te ve horrible.

—Gracias.

—¿Y por qué robas trapos de adulto?

—Porque así soy yo —dijo el niño con aires de orgullo, acomodándose la corbata—. Camisas claras. Sombrero.

—Te ves ridículo.

—La ropa de niño ya no me entra, don Víctor. Soy más alto. He crecido más estas semanas; ya ni para esconderme sirvo.

—Dicen que los hombres demasiado altos se quedan bobos —gruñó el viejo—. No te espantes, eso se quita. Lo que sí da miedo es cómo hablas. Te haces el inteligente y eso cae gordo. Ubícate, muchacho.

*

Salieron de la casa cuando a la hora en que las luces ámbar y los rayos naranjas entristecen las tardes. Iban a comprar ropa para Zibeón, y bajo esa promesa, el camino se sintió liviano.

Víctor soltó la lengua como hacía tiempo no lo hacía; hablaba con una alegría que parecía de otro, contando todas esas cosas que le quería enseñar y que se habían quedado truncas desde la huida. Zibeón le devolvía las palabras con ganas, dándole razón de sus planes y de lo que buscaba alcanzar en la vida. Hasta le soltó una verdad que le pesaba: confesó que solo con Víctor se sentía confiado, incluso en paz. Víctor quedó en silencio, hundido en una mezcla de sentimientos.

El viejo detuvo el carro cerca de una acera donde yacía una solitaria caseta telefónica. Bajó sin mirar a Zibeón, sólo le dijo que no tardaba.

Apenas un minuto después, ya azotaba la puerta del carro mientras lo arrancaba y entonces dejó ver una sonrisa larga, una que se le quedó dibujada en la cara mientras el vehículo devoraba la distancia. Pero ya no buscaba el rumbo prometido. Tampoco buscaba las paces. Lo que Víctor quería era arrancarse de cuajo la causa de su decepción.

Zibeón sintió el vuelco en la sangre cuando vio que las calles se volvían grises y conocidas. El presentimiento le golpeó el pecho, pero ya no hubo forma de remediarlo: Víctor enfiló hacia los muros que morían en Vasco de Quiroga. El destino sopló a favor de los que allí mandan, pues en la entrada ya aguardaban Darío y Viridiana, escoltados por el azul oscuro de los gendarmes.

Antes de que el muchacho pudiera reaccionar, Víctor hundió los seguros de las puertas. El chasquido del metal cerró cualquier salida. Luego, hundió el claxon con una insistencia que hería el aire, llamando a los que esperaban afuera. En ese instante, un silencio de plomo cayó sobre los dos, enterrando el reencuentro y matando los sueños antes de que terminaran de brotar.

El silencio entre Zibeón y Víctor terminó de enterrar lo que apenas empezaba a retoñar. No hubo palabras, sólo el sonido del gendarme que corrió hacia el coche y tiró de la manija con la fuerza de quien arranca una raíz. Víctor soltó el seguro. En cuanto la puerta cedió, el uniformado sujetó al muchacho por el brazo.

—Vente con nosotros, hijo —dijo el otro, el que mantenía las manos vacías.

—¡Esperen! —Viridiana se interpuso, envolviendo al que llamaban ladrón en un abrazo que sabía a asfixia. —¿Por qué te fuiste, mi niño? —le preguntó, buscándole la cara con las manos mojadas de llanto.

—Ustedes han penado desde el primer día que pisé este suelo —contestó Zibeón. Trató de zafarse, pero la mujer se le pegaba como una sombra.

—No digas eso. Mira nada más cuánto has crecido —insistió ella, hundiéndolo de nuevo en su pecho.

—Señores —intervino Darío.

—Diga usted —respondió el gendarme.

—Queremos que se quede. Aquí es su lugar.

—¡No! —el grito de Zibeón fue un latigazo—. No quiero volver a pisar este sitio nunca. Soy un malvado ladrón. ¡Llévenme a donde encierran a los hombres, pero llévenme ya!

—¡Cállate la boca, hijo! —alzó la voz Darío.

—Ya lo dije —sentenció Zibeón, y su voz recuperó esa inteligencia fría que asustaba—. Desde que llegué no hicieron más que tenerme miedo; ni el sueño conciliaban por estarse cuidando de mí. Dejen que me lleven. Porque si me obligan a quedarme, les juro por mi vida que con estas mismas manos los voy a despachar a los dos.


Capítulo Trece

Al entrar en San Agustín, Zibeón no encontró el campo de batalla que esperaba. No hubo jaurías ni maltrato; solo una calma estéril que le produjo un rechazo físico.

Los internos se movían con una docilidad que negaba sus expedientes, como si el lugar les hubiera extirpado la voluntad. Había más malicia en cualquier pasillo del orfanato que en aquel patio encerado y la pulcritud del edificio, mantenida de forma parasitaria, le generó un escozor que no podía aplacar.

La rutina era una pérdida de recursos; leer cada tres horas un versículo de Los Dogmas, memorizarlo y exponer su aplicación práctica era una tarea hueca que lo fastidiaba sobremanera.

—¿No les aburre esta forma de existir? —le soltó Zibeón a Patricio, un convicto que caminaba a su lado.

—Es para nuestro bien —respondió el niño. Su voz tenía una alegría artificial.

—¿Por qué te encerraron, Patricio?

—Maté a mi hermana.

—No parece —sentenció Zibeón, midiendo la quietud del otro—. Estás demasiado tranquilo.

—Fue un accidente, pero mi familia me borró del mapa. Ningún orfanato quiso mi custodia hasta que Rogers me aceptó en este lugar. Ahora es mi casa. ¿Tú por qué estás aquí?

—Robo —contestó el huérfano.

—Eso no es nada. Saldrás pronto.

—Soy huérfano de sangre y de tierra. Mis raíces están en Mashrek y nadie allá sabe que respiro. No tengo a dónde salir.

Patricio se detuvo a observar la estatura de Zibeón.

—Eres muy alto. Pareces un señor —acusó con extrañeza—, por eso nadie se atreve a hacerte algo, vienes con el respeto ganado.

—No vine a perder el tiempo con trivialidades —lo cortó Zibeón—. Veo que aquí todos son unos holgazanes. Se limitan a existir. Deberían estar generando capital, buscando una actividad productiva que justifique su comida.

—Estamos aquí para reformarnos, no para levantar negocios, Zibeón.

—Ser productivo es la única reforma que funciona —sentenció el huérfano—. Todo lo demás es decoración.

—¿Y qué piensas hacer tú para cambiar esto?

—Hablar con Rogers. Decirle que sus versículos son tiempo muerto y que yo traigo las ideas que este lugar necesita.

*

—¿Qué te trae a mi oficina, muchacho? —preguntó Rogers. La entrada de Zibeón no había sido una petición, sino una invasión. El director no hizo ademán de bienvenida; se quedó tras el escritorio como quien espera el impacto de un golpe.

—He observado el territorio más allá del bloque de habitaciones. Esa enorme llanura es un desperdicio de tierra —soltó el huérfano, y su voz no tenía la suavidad de la infancia, sino la aspereza del reclamo—. No entiendo por qué se hunden en esa parálisis... —alargó, midiendo el despacho con desprecio—. Les encanta que el Estado Soberano los alimente con migajas, como a pajarracos enjaulados que olvidaron cómo volar.

Rogers no pestañeó, pero el aire en la oficina se volvió denso.

—Y otra cosa —siguió Zibeón—. ¿Para qué nos obligan a repetir cada tres horas los versículos de Los Dogmas? Han podrido el mensaje. Lo han vuelto una idolatría rancia que no sirve para nada. ¡Desperdician el tiempo de forma criminal! Podríamos ahorrarnos ese teatro de rezos y aplicarlo en algo que genere provecho.

El director mantuvo un silencio bilioso. Miró a Zibeón con esa incomodidad que provoca encontrarse un espejo que dice la verdad.

—¿Quién diablos te crees que eres para venir aquí, a tu lugar de castigo, a escupir reclamos? —soltó el director.

—Sea yo quien usted quiera —replicó Zibeón con una frialdad gélida—, pero sépalo bien: no pienso agachar la cabeza ante Los Dogmas ni una sola vez más. Leer sin practicar es una obscenidad. Es comer por pura ociosidad mientras el mundo se muere de hambre.

—Y sigues escupiendo palabras —se burló el director, aunque su risa sonó hueca—. ¿Y qué es lo que pretendes, mocoso ladrón?

—Écheme en cara el robo si eso le hace sentir hombre. Lo hice y no me arrepiento; era una necesidad, no un capricho. Antes me avergonzaría de dirigir este agujero y estar tan satisfecho como usted. Si gusta, enciérreme en la oscuridad. Seguro que así se sentirá mejor alimentando su pequeña venganza.

—¿Quién te enseñó a hablar como un maldito cotorro? —preguntó Rogers, y esta vez la desesperación le asomó por las grietas de la voz.

—¿Qué preguntas tan estúpidas hace el director de un lugar donde se reforma a la pequeña mierda social? —Zibeón dio un paso al frente.

Rogers enmudeció. Miró a Zibeón con esa lástima amarga que se siente por un genio que se está autodestruyendo. Se levantó bruscamente.

—No tengo nada que discutir contigo. Suelta tu pasado brillante; ahora eres un delincuente que huyó de su gloria. Sigue el reglamento al pie de la letra. Solo así saldrás de aquí antes de que te pudras, y con suerte, la Gendarmería o la Armada Soberana te adopte…

Zibeón guardó un silencio largo, un vacío que Rogers intentó llenar con una mirada de rareza. Intentaba descifrar si tenía delante a un niño o a un demonio. «Creo que me he pasado», pensó el director, sintiendo un súbito arrepentimiento al ver la quietud del huérfano.

—Está bien, recurriré a la diplomacia —cedió Rogers, bajando el tono—. Solo porque me has caído en gracia. Olvida lo que dije.

—No —dijo Zibeón, levantándose—. Disculpe usted que haya venido a su despacho con actitud desafiante, señor.

Giró sobre sus talones y caminó con tal brusquedad que su hombro derribó un trofeo. El metal golpeó el suelo con un estruendo. Rogers se lanzó hacia él y lo detuvo del brazo.

—¿Qué es lo que deseas, muchacho? ¿Erigir otro laberinto?

—No —contestó Zibeón, cabizbajo, pero con una mirada iracunda que quemaba.

—Controla ese carácter, hombre —dijo el director—. Detente y suéltalo de una vez.

—No se preocupe, señor Rogers, no voy a denunciarlo.

—¿De qué diablos hablas?

—Usted tiene la obligación legal de escuchar a los internos. Si me echa sin oírme, tengo el derecho de escupir mi queja ante el supervisor de zona. Por eso intenta ser amable ahora, ¿verdad? Quiere salvar su pellejo y reivindicar esta charla.

Rogers apretó los dientes.

—Mira, no hagamos las cosas difíciles. Aprovecha que te estoy dando la oportunidad. Si no quieres hablar, lárgate de mi vista.

Zibeón se detuvo en seco y clavó sus ojos en el director.

—Quiero que San Agustín deje de ser un parásito. Quiero que sea autosustentable. Podemos generar comida, venderla, dejar de ser una carga para el Estado. Quiero que este lugar produzca.

Rogers rió, una carcajada seca, pero sus ojos decían otra cosa. Sabía que Zibeón no era un soñador; era un arquitecto de realidades.

—No quiero comprometer este sitio como pasó con el orfanato. La idea es buena, pero los protocolos nos asfixian. Además, tu plan requiere dinero, y lo que ganaste con tus jardines colgantes se quedó allá, bajo llave.

—Por ahora necesitamos más voluntad que dinero —sentenció el huérfano.

—No tenemos ni un as de latón para empezar. Y no puedo sacarlos a la calle a pedir limosna; son convictos, no boy scouts.

—Ya habrá formas de sacar el dinero —replicó Zibeón con una sonrisa—. Eso es lo de menos…

—No quiero problemas —sentenció Rogers.

**

Zibeón esperaba su turno en la fila, con los ojos puestos en el mediocre menú que servían… De repente un custodio le rompió el paso.

—¿Eres Zibeón?

—Yo soy —soltó el muchacho. Su voz era un muro de piedra.

—Tienes visitas.

—Yo no tengo familia —respondió, cortante como una cuchilla.

—Dije visitas, no familia —contestó con brusquedad el custodio.

—Tengo hambre. No quiero interrupciones. Que se larguen.

El custodio lo miró con aires de reprensión, apretando la mandíbula.

—Los que vienen a verte traen comida y te esperan en el salón. Sé un poco cortés, si es que sabes qué significa eso, y recíbelos.

Zibeón dejó la fila. Siguió al uniformado por los pasillos que olían a encierro hasta el salón de visitas. El recinto rugía con el murmullo de los condenados. Buscó un rostro conocido entre la multitud de miserables, pero no encontró nada hasta que un brazo agitándose en el aire cortó el tumulto.

Era Milena Chopin.

Zibeón sintió una descarga eléctrica que le recorrió el espinazo hasta instalarse en el estómago. Un cosquilleo violento y delicioso al mirar a esa mujer esbelta, de piel pálida como el mármol y labios color escarlata.

Milena quedó petrificada. En pocos meses, el huérfano se había convertido en un hombre; su estatura y su porte ya no pertenecían a un niño, sino a un universitario que emanaba un peligro magnético. La confianza de la mujer se desmoronó como un mazapán apretujado.

Cada paso de Zibeón hacia ella era un puente colgante sobre un abismo. Pero Milena no venía sola.

Un hombre la acompañaba. Un sujeto bien parecido, de elegancia imponente. Zibeón sintió una rabia negra, un ultraje que le dio ganas de borrar a ese intruso de la faz de la tierra. Ese tipo era la mancha en el cuadro, la mala tercia que arruinaba la vista de aquel manjar humano llamado Milena.

—¡Zibeón! —exclamó ella, saltando de la silla para colgarse de su cuello—. Has crecido tanto... —dijo, apretando su cuerpo contra el del muchacho.

Zibeón quedó borracho. El aroma de aquella diosa, el roce del cabello ondulado y escarlata en su cuello, la presión de sus formas contra las suyas le nublaron el juicio. Sólo el pánico a que el pene se le levantara frente a los custodios lo obligó a apartarla con brusquedad, aunque por dentro seguía aniquilado, buscando el habla entre las ruinas de su autocontrol.

Luego apareció León, el nuevo esposo. Se presentó con esa cortesía de los hombres que tienen la vida resuelta. Como todos, no podía creer que aquel gigante de actitud hostil tuviera solo doce años.

—¿Qué los trae por aquí? —preguntó el recluso, dejándose caer en la butaca con una comodidad agresiva. Ya se había recuperado.

—Bueno —intervino Milena—, desde la última vez…

—Cuando tu única intención fue demoler todo lo que construí —la cortó Zibeón, clavándole una mirada de lija.

—Quiero disculparme por eso —balbuceó ella.

León observó cómo su mujer se humillaba ante el niño. Notó el resentimiento en Zibeón, una fuerza que no buscaba venganza, sino reconocimiento.

—Descuida —soltó el muchacho para aliviar la tensión—. Ya lo pasado, es pasado —recitó.

—Quisiera resarcir el daño —insistió Milena.

—¡Qué mejor oportunidad! —exclamó Zibeón—. La mujer que maneja los hilos del Departamento Social llega en el momento adecuado.

—Ya no —suspiró ella—. Después de lo que pasó contigo, renuncié. Ya no tengo poder ni gano lo de antes.

Zibeón soltó un suspiro de decepción que sonó como un silbido.

—Qué lástima. Justo ahora que tengo las puertas abiertas para un nuevo proyecto.

—Me duele verte aquí, Zibeón. No te juzgo por el robo; sé que nadie te dio la mano y tuviste que tomarla por la fuerza.

León, que tenía el instinto de los negociadores, intervino antes de que la escena se volviera sentimental.

—¿Qué pretendes hacer, muchacho?

—Algo que requiere dinero —contestó Zibeón con una sonrisa lobuna—. Algo imposible de conseguir en este agujero improductivo.

Milena interrumpió sacando unos recipientes.

—Te traje esto. Panqueques de frambuesa y avellanas. Los hice yo.

Zibeón aceptó los panqueques tibios y la botella de leche de cristal. Dio un mordisco salvaje, llenándose la boca, en un gesto que fue su único rastro de infancia.

—Entonces —insistió León—, el proyecto.

—Quiero construir un campo de cultivo —dijo Zibeón con la boca llena—. Rogers ya me dio luz verde.

—¿Cuánto dinero necesitas? —preguntó León.

Zibeón se detuvo. El hombre que acompañaba a Milena no era solo un adorno; era un complaciente, un tipo con dinero y una lealtad sumisa hacia su mujer que jugaba en la línea del misterio.

—No lo sé —dijo Zibeón tras un ruidoso trago de leche—. No he calculado la cifra.

—Calcula —pidió León con una amabilidad que desafiaba.

—Voy a hacerlo —sentenció el huérfano.

—Es interesante lo que dices —dijo Milena—, pero no creo que dures mucho aquí.

—¿Por qué? ¿Me van a freír en la silla eléctrica como a mi padre? —soltó Zibeón.

Los adultos rieron, una risa nerviosa. Zibeón siguió devorando los panqueques.

—Están muy buenos. Felicitaciones a la cocinera.

—¡Yo los hice! —exclamó Milena, brillando bajo el cumplido.

—Cocinas como los dioses —balbuceó él.

Milena se puso seria de golpe. El aire cambió.

—Zibeón, hay algo importante.

—¿Me van a mudar de penal por ser un gigante? —bromeó él.

—No. Es sobre nosotros. León y yo te queremos en nuestra casa. Queremos que seas nuestro hijo.

Zibeón dejó de masticar. El silencio que siguió fue absoluto. Para él, los padres eran mitos, y que alguien quisiera reclamar su custodia le resultaba una idea inconcebible, casi ofensiva.

—Éramos enemigos —inquirió Zibeón—. No me conoces. No sabes el demonio que llevas a tu mesa.

—Te conozco mejor que nadie —replicó ella, tomando sus manos como él lo había hecho una vez en el orfanato—. Confía en mí, como yo confié en ti, hijo.

Zibeón sintió el calor abrasador de ese afecto, una fuerza que daban ganas de rendirse y dejarse quemar. Pero recuperó la guardia. Soltó las manos de Milena.

—Les agradezco el interés. Pero yo nací para estar solo.

—No digas eso —pidió León.

—Nada de sentimentalismos —lo cortó el muchacho—. La soledad no pesa. Es mi madre y mi fuente de energía. No entiendo por qué los débiles le tienen tanto miedo.

—Te entendemos —dijo León, poniéndose de pie cuando vio al custodio acercarse—. Piénsalo. Vendremos cada tres días. No acepto un no definitivo.

El custodio llegó para romper el círculo.

—Señores, es hora de desalojar.

Milena se levantó y, antes de irse, le estampó un beso en la mejilla a Zibeón. Un abrazo dulce, irresistible, que estremeció sus entrañas a la par del dulce de su perfume.

—En tres días te veo —le susurró, mientras le acomodaba el cuello del uniforme de preso.

Zibeón se quedó ahí, viendo cómo se alejaba aquella preciosa mujer.


Capítulo Catorce

Al día siguiente, cuando el metal del comedor todavía resonaba en sus oídos, un custodio fue por él. El corazón de Zibeón dio un vuelco violento; una descarga eléctrica, caliente y adictiva, le bajó por el vientre al pensar que Milena no había soportado un día más sin verlo. Quizá la mujer estaba tan desesperada por arrancarlo de ese agujero que la paciencia se le había evaporado. Caminó al lado del custodio con el paso de un rey que va a reclamar su trono.

Entraron al salón de visitas, buscó entre el tumulto de carne joven y miserable, pero no había rastro de Milena ni de su impecable esposo.

—No veo a la mujer que quiere adoptarme —le soltó al gendarme, con una voz que exigía cuentas.

—Aún no llegamos —respondió el hombre.

Zibeón barrió la sala con una mirada de cuchilla hasta que tropezó con una sonrisa enorme, grasienta y familiar: Víctor Fermat.

Al huérfano se le retorcieron las entrañas; sintió el sabor de la hiel en la garganta. La ira le subió como una marea negra. Pero Víctor, el viejo zorro, no se inmutó ante el odio que emanaba del muchacho. Se levantó con una parsimonia insultante y deslizó una lata de refresco de cola fría y sudorosa que se resbaló sobre la mesa.

—Amigo mío. ¡Esta va por ti!

Zibeón no tocó la lata. Solo levantó el mentón, mirándolo con un desprecio que habría matado a un hombre con menos cuero.

—¿Por qué le permiten el paso a esta porquería de ser humano? —preguntó Zibeón al custodio, sin apartar los ojos del viejo.

—Este hombre ha pagado al Estado Soberano hasta el último centavo por cada minuto de esta visita —respondió el oficial—. No tiene antecedentes, está limpio y por lo tanto es tu obligación escucharlo. Siéntate y, si al final decides que es basura, no volverá a pisar este lugar.

Zibeón sonrió de medio lado, una mueca gélida, y finalmente se sentó. El custodio se alejó lo justo para mantener el control.

—Tenía que entregarte —escupió Víctor, con un tono burlón que picaba como el salitre—. ¿Qué esperabas, genio? ¿Que te abriera las puertas de mi casa y te diera una bendición después de lo que hiciste?

—Fuiste un cobarde —respondió Zibeón. La frialdad de su voz cortó la risotada que Fermat estaba soltando.

—Vengo porque tengo mucho que enseñarte —dijo el viejo—. La primera lección ya la digeriste: “Toda acción conlleva una reacción”. Pero anda, bebe tu azúcar y deja de actuar como un hombre ultrajado. No te queda el papel de víctima, y menos a ti.

—Ya me enseñaste lo suficiente —lo cortó el huérfano.

—¿Ah, sí? —farfulló el obeso barbón.

—La traición. Es lo único que un despojo como tú puede enseñar.

Víctor prorrumpió en una carcajada que le sacudió la panza.

—Eso no fue traición, muchacho. Fue realismo.

—Al menos yo tuve la decencia de ofrecer una moneda por tu amistad. Pero tú, cuando te pedí auxilio, te measte de miedo. Eres un cobarde.

—Me das pena, Zibeón —dijo Víctor, recuperando la seriedad.

—Lárgate. No vuelvas más.

Víctor dio un trago largo a su refresco y exhaló el aliento frente a la cara del muchacho. El aroma dulce y rancio no hizo retroceder a Zibeón.

—Tengo el conocimiento, los recursos y la experiencia para llevarte a donde tienes que llegar. Y tú sabes que es verdad —sentenció el viejo con una seguridad magnética—. Sé que vino esa mujer, Milena. La que te hundió en este fango, ¿no?

—¿Quién te lo dijo?

—Eso no importa. Lo que importa es: ¿qué puede ofrecerte ella, amigo? Solo puede ser la madrastra buenota que protagoniza tus fantasías sexuales precoces.

—¡Custodio! —bramó Zibeón, medio levantándose.

—¡Tranquilízate! —rugió Víctor, golpeando el aire con la mano.

—¡Lárgate de aquí! —Zibeón hundió el puño en la mesa, haciendo saltar la lata.

—¿No querías que los adultos te hablaran a la altura de tus pensamientos? —siseó Víctor, burlándose con las manos en alto—. ¡Aquí me tienes, hablándote como el mocoso cabrón que eres! Y ahora mírate, asustado y ofendido porque te hablo sin filtros. No seas cobarde y termina la charla.

—¡Eh, deje de ladrarle al muchacho! —intervino el custodio, acercándose con la mano en la porra.

—Usted no conoce a este ladrón —le escupió Víctor al oficial.

—¡No me importa! —el custodio agarró a Víctor por el hombro para sacarlo.

—¡Alto! —gritó Zibeón—. Déjenos. Quiero oír a este perro.

El custodio retrocedió, dudoso, sin quitarle el ojo de encima al viejo. Víctor se relamió.

—Como te decía... Milena es preciosa. Me encanta cómo se le marcan las nalgotas en esos vestidos que usa…

A Zibeón, contra su propia voluntad, se le escapó una sonrisa cínica.

—¿Lo ves? —exclamó Víctor con euforia—. Compartimos el mismo hambre, hombre.

—¿Qué buscas, anciano? ¿Vienes a proponerte como mi padrastro? —se mofó el huérfano.

—¿A dónde vas a ir si me rechazas? En dos años serás basura en la calle. Sin tutor, no eres nadie.

—Puedo ir a la Armada.

—Echarías a perder el camino. Ese que solo yo puedo abrir para ti.

—No te necesito, Víctor. Puedo solo.

—¡Ay, pequeñín! —se burló el viejo—. Iré al grano: Milena te vuelve loco. Tienes la oportunidad de estar a su lado. ¡Aprovéchala! Juega con ella, diviértete. Hablemos como hombres: quieres verla desnuda, quieres poseer ese cuerpo. Hazlo. Tienes el camino libre, no tienes padres que te juzguen. Pero no huyas de tu destino.

Zibeón guardó un silencio de plomo. Miró a Víctor a los ojos y soltó:

—Pasaré aquí cada uno de mis 730 días. Nadie me fuerza a nada.

—¿Y estás feliz en este agujero?

—No seas ingenuo, Víctor. Tuviste tu oportunidad y la tiraste a la basura.

—Fue un error. Todos cometemos errores. Tú el primero.

—No me voy a ir contigo ni de broma.

—Bueno —cedió el viejo—, dame al menos la oportunidad de luchar legalmente contra Milena por tu custodia. Déjame pelear por ti.

—Necesito dinero —cortó el huérfano—. Mucho dinero. Es lo único que quiero de ti.

—¡Qué perro eres! —exclamó Víctor con admiración genuina.

—Necesité tu amistad y me diste la espalda. Ahora solo necesito tu billetera. He sido claro.

—Tendrás el dinero que quieras —repuso Víctor.

—Pelea por la custodia si quieres. Pero si la ganas, solo serás mi banco. Nunca serás mi padre.

—Yo no quiero ser tu padre —cantó Víctor con una sonrisa que le partía la cara—. Solo necesito preparar el camino para el Gran Zibeón.

—Trato hecho —sentenció el muchacho.

Zibeón estrechó la mano de Víctor. Acababa de asegurar dos fuentes de guerra: la de León y la de Fermat. Había convertido su celda en un centro de subastas por su alma.

—¿Qué días puedo venir a verte, amigo? —preguntó Víctor, radiante.

—Sólo podrás venir el día de venus, el resto de tus días serán para Milena. Tú me entiendes —alargó con una sonrisa amenazante.

El viejo soltó una risotada.

—¡Eres un perro que sólo le falta ladrar! —dijo en tono de burla, pero aceptando el trato y estrechando la mano gorda a la de Zibeón—. Que bien se siente apretar la mano de nuestro salvador —escupió Víctor.


Capítulo Quince

Al día siguiente, tras el sopor del primer recitado de versículos, Zibeón cruzó el umbral de la oficina de Rogers. El optimismo le tensaba los músculos; ya no era un recluso pidiendo permiso: era alguien con el capital de Fermat y el de León quemándole en las manos.

Rogers lo recibió con la mirada de quien ya conoce el final.

—¿Qué te trae por aquí, muchacho?

—Tengo dinero —con ciertos aires de arrogancia anunció Zibeón—. El proyecto que le propuse, ya tiene financiamiento.

El director se echó hacia atrás en su silla de metal. Una risotada seca escapó de su garganta, cargada de sospecha.

—¿A quién has tenido que asaltar esta vez?

—La gente que me visita está dispuesta a pagar por mi visión.

—¡Ah! —exclamó Rogers, fingiendo sorpresa—. Manipulación.

—No he manipulado a nadie —replicó Zibeón, sin parpadear.

—¡Oportunismo, muchacho! Aprovecharte de los que vienen a verte… No es la primera vez que veo a un interno sacar recursos de los que están interesados en adoptar…

—Tampoco es oportunismo —Zibeón dio un paso al frente, invadiendo el espacio del director—. Esa gente tiene dinero que gasta en tonterías, tan sólo quiero aprovecharlo en algo productivo y beneficioso para todos. Digamos que soy un mediador; esas personas tienen dinero y no saben en qué gastarlo; pero yo tengo las ideas correctas para poner a trabajar ese dinero, insisto, nos irá bien a todos.

Rogers resopló, irritado.

—Esa dialéctica no borra el hecho de que estás jugando con gente que quiere adoptarte. Milena, León y Fermat han pasado por procesos arduos para tener derecho a venir a verte, platicar contigo y plantearte la adopción. Te lo diré una sola vez, por el amor de Júpiter: compórtate. Tienes a tres personas con la bolsa abierta, dispuestas a pagar lo que sea por tu tutela. ¿Sabes cuántos aquí tienen esa suerte? Ninguno. A la mayoría de estos perros no los quieren ver ni sus padres. Por ti, en cambio, hay una subasta. Aquí no vas a ganar nada, Zibeón. Podrás levantar un castillo de lodo, pero al final del día seguirás siendo un preso. Aprovecha la salida.

—Solo le pido que me deje intentarlo —sentenció el huérfano—. Respecto a los que quieren adoptarme... este proyecto es la prueba de fuego perfecta para conocerlos. Quiero ver qué tan profundo pueden cavar por mí.

Rogers miró a ambos lados, como si buscara una salida en el aire viciado de su oficina.

—No quiero que comprometas mi cuello ante el Departamento Social, tienes mi autorización. Pero que quede claro: si un superior asoma la nariz y ordena clausurar tu llanura como pasó en Vasco de Quiroga, no moveré un dedo por ti.

—Tenemos a Milena, ella conoce gente allí, aunque no trabaje allí, estoy más que seguro que tiene hombres dispuestos a cerrar los ojos con tal de hacer el favor a esa mujer —dijo Zibeón, una sonrisa se dibujó en su rostro.

El director asintió con frialdad.

—¿Y bien? —continuó Rogers—. Necesitas manos no sólo dinero. ¿Vas a pagarles o cómo piensas convencer a tus compañeros?

Zibeón esbozó una sonrisa sin rastro de infancia. Una sonrisa que olía a victoria y a desprecio.

—Ahora tengo dinero, Rogers. Mucho dinero. Con el capital suficiente, tendré ejércitos de amigos a los que ni siquiera necesito conocer por su nombre.

Rogers se quedó mudo, sintiendo un escalofrío que no supo de dónde venía.

—Estás muy joven, muchacho —murmuró el director—, pero también estás loco.

*

El veneno de la ambición resultó ser más contagioso que la fe. En pocas semanas, la llanura de San Agustín dejó de ser un erial para convertirse en un hormiguero de voluntad dirigida. Los internos, seducidos por la promesa de un propósito, lograron lo impensable: el Director Rogers sacrificó una hora de rezos Los Dogmas por noventa minutos de carpintería técnica.

Incluso Víctor Fermat se benefició, el viejo lobo de los árboles, abandonó sus tardes de numismática para hundir las manos en el proyecto, Zibeón se lo pidió.

León, por su parte, también se sumó con una alegría que rozaba el asombro; estaba fascinado por la fuerza magnética con la que el huérfano movía a los demás. Sin embargo, bajo el sudor y el serrín, León empezó a notar las grietas en el cristal.

Zibeón no lideraba: adoctrinaba con más fuerza que Los Dogmas. Sus discursos mezclaban mesianismo y estrategia, y siempre cerraban con un grito que inflamaba el pecho de los miserables:

—¡Ustedes son las mentes del futuro! ¡Júpiter los ha elegido para el engrandecimiento de nuestra ciudad-estado!

Pero León, cuya inteligencia no era de manual sino de supervivencia, veía más allá. Sabía que para Zibeón, aquellos muchachos no eran “mentes del futuro”, sino herramientas de bajo nivel, servidores cuya capacidad de razonamiento era una broma frente a la suya. El huérfano era un sol rodeado de satélites, todos sostenidos en la órbita que él mismo imponía.

Zibeón, que olía el miedo como un depredador, notó que León le había arrancado la máscara. Para no asfixiar el flujo de capital ni la amistad que le servía de blindaje, el muchacho ejecutó un giro en su conducta; se volvió cercano y extendió una calidez calculada que atrajo a los internos como moscas a la miel. Ahora le pedían consejos; buscaban su sombra.

León observaba en silencio, con una inquietud que no sabía nombrar. Lo que tenía delante no era un niño que necesitaba educación, sino un genio social capaz de controlar no sólo sus actos, sino su propia imagen pública con una precisión inquietante. La frase de Zibeón —“Nací para estar solo”— ya no sonaba a tristeza, sino a una advertencia. Tener a ese monstruo en casa no sería una obra de caridad; sería meter a un caballo de Troya en su propia alcoba… Las ganas de claudicar, de soltar la custodia y huir de aquella mirada de piedra, empezaron a carcomer el ánimo de León. Pero Milena estaba aferrada a ese clavo ardiendo, y él no quería ver el descontento en los ojos de su mujer. Decidió callar y seguir pagando la farsa. Al fin y al cabo, León era un hombre curtido en los negocios de fuera de la soberanía, poco sería el tiempo que conviviría con el huérfano.

La suerte —o el destino— le dio una tregua: negocios urgentes lo obligaron a salir de la ciudad-estado por meses. León se retiró del tablero, dejando el campo libre para que Milena, sola y vulnerable ante su propio deseo de ser madre, se entregara a las visitas del niño que poco a poco engullía San Agustín como una rana toro, pasiva, a veces lenta, pero con una hambre insaciable, imparable.


Capítulo Dieciséis

Pobre huérfano. Las imágenes le perforaban el cráneo en las noches insomnes, dejándole una sombra violácea bajo los ojos. «Tengo que mantenerme fuerte», se ordenaba. Pero caminaba como un sentenciado hacia el patíbulo de su propia naturaleza.No podía sacarse de la cabeza los labios escarlatas, ni la piel pálida de esa mujer envuelta en fuego.

«Nací para estar solo», repetía. Ese lema era su único indulto: un rezo obscuro para borrar la culpa y dejar que el delirio tomara forma.

La imaginó bajo el agua tibia. La piel erizada. El cuerpo apenas contenido. «No te quiero para madre», murmuró en la oscuridad, «te quiero para que me hagas hombre».

Zibeón bajó la mano. El cobertor ya se levantaba, tenso y húmedo. Masajeó la punta con una urgencia animal hasta que un desastre blanquecino y fétido, de un aroma metálico y desconocido, lo dejó vacío. Cuando el sol rompió el horizonte, el muchacho era puro cansancio; el remordimiento le pesaba en los huesos como si fuera plomo.

Cuando el sol rompió el horizonte, el muchacho era puro cansancio. El remordimiento le pesaba en los huesos.

Las clases pasaron sin dejar rastro.

Al llegar el almuerzo, salió directo a la sala de visitas. Necesitaba verla. Pero las mesas estaban vacías.

—Hoy no hay visitas —dijo un custodio—. Hoy toca la inspección de tu proyecto.

—¿Y qué voy a comer? —reclamó Zibeón.

—Ahí tienes el comedor —contestó golpeado el custodio.

Pero Zibeón no comió. El hambre se le volvió agria. Mejor se fue a la llanura para trabajar, pero el error lo alcanzó de golpe: habían sembrado donde debía ir el tanque de irrigación. Se llevó la mano a la frente. La distracción no era un lujo que pudiera permitirse.

“Milena, eres como una sirena.

Tus ojos brillan, y me acribillan.

¿Quién puede decir qué ver y qué no ver?

¿Acaso tú elegiste ser mujer?

¿Acaso yo elegí la orfandad y desprecié la maternidad?

No entiendo por qué, solo sé que te quiero ver.

Quisiera volar contigo de la mano.

Perdona mi funesto sentimiento humano.”

Buscó su cuarto. Necesitaba vaciar aquello en papel. Escribió:

“Son tus ojos como la miel. Son tus labios como…”

La voz lo cortó. Rogers estaba ahí, con los brazos cruzados.


Capítulo Diecisiete

Meses después, San Agustín ya no olía a encierro, sino a oyamel. La llanura muerta se había convertido en un bosque que el Estado Soberano, en un raro gesto de flaqueza, reconoció otorgándo un ejido tras la franja de pinos.

El huérfano una vez más, había cobrado nueva fama, el genio comercial de Vasco de Quiroga ahora era el adolescente brillante de San Agustín, pero por dentro, Zibeón era un campo de batalla: Estaba a días de su sentencia de tomar una decisión: irse de San Agustín para vestir el uniforme de la Gendarmería o la Armada Soberana, o ser adoptado. Zibeón no era un ignorante, sabía perfectamente su decisión.

Adopción era su destino y el sistema le impuso una semana con Víctor y otra con Milena y León. Catorce días de convivencia con aquellos que luchaban por adjudicarse la tutela de Zibeón, catorce días de silencio obligatorio; catorce días para decidir su destino sin revelar una sola carta.

Las tardes con Fermat fueron un ejercicio de cirugía mental. No hubo lazos, ni caricias, ni esa sensiblería que los hombres llaman amor. Víctor era un muro de piedra: frío, concreto, hosco. Pero Zibeón encontró en esa aridez su hogar.

¿Quién necesita un padre cuando tienes a un arquitecto de realidades? ¿Quién necesita el calor de una madre cuando tienes a alguien que sabe desarmar tu pensamiento como la maquinaria de un reloj de mil complicaciones? Víctor era el único que podía dejarlo descifrarlo, corregirlo y desafiar esa mente genial de Zibeón. Víctor era el labrador que preparaba la senda para que el roble creciera entre las grietas del mundo. Mientras los demás ofrecían refugio, Víctor ofrecía poder.

Con Milena, el aire era distinto: era denso y olía a peligro. León, el esposo de sombra y misterio, estaba fuera de la ciudad-estado en negocios que ni Milena comprendía. Su ausencia fue la puerta de entrada que Zibeón necesitaba para devorar con tranquilidad a esa preciosa mujer.

El muchacho que “nació para estar solo” ahora aprendía la logística del deseo: el papel sanitario en los calzones para frenar la humedad, la contorsión exacta para ocultar el pene erecto bajo el uniforme. Todo momento era perfecto para deleitarse con cada movimiento de Milena; en esas nalgas que desafiaban el decoro de sus faldas largas, y esos pechos que temblaban con la cadencia de su paso.

Una tarde, ella cargó una caja de porcelana fina que amenazaba con quebrarse. Zibeón, que la espiaba desde las sombras del jardín, corrió al rescate. Tomó la caja con un brazo y, con el otro, encontró el ancla que buscaba: su mano se posó directamente sobre una teta de la pelirroja. Milena, paralizada por el peso de la porcelana y por algo más oscuro, no lo apartó. Sintió el roce de esa mano joven y fuerte, y a cada paso, el roce se convirtió en un restregón eléctrico.

Zibeón ya caminaba con el miembro en todo lo alto, desafiando cualquier ley de la orfandad.

Otra tarde, en la penumbra del cine, Zibeón no miró la pantalla. Solo la miraba a ella, hasta que su voz, esa voz chirriante y cargada de una valentía funesta, rompió el silencio:

—Necesito decirte algo, Milena…

Ella fingió no oír, aunque por dentro se desmoronaba. Pero su fortaleza fue un castillo de naipes cuando sintió la mano de Zibeón posarse sobre su muslo. La mano tembló, recorrió la tela, ascendió hacia la ingle buscando el epicentro de la humedad. Milena no se movió. El miedo y la adrenalina se mezclaron en su vientre como el rocío sobre el pasto.

—Quiero tocarte más —susurró esa voz horrible, esa voz de hombre atrapada en la garganta de un adolescente.

Pero Milena se levantó enojada, salió rápido de la sala de cine. Zibeón no dijo nada, siguió los pasos con premura. Un taxi los llevó a San Agustín en un trayecto dominado por el silencio y la sentencia de que el fin había llegado y la adopción estaba en un sepulcro.

*

—No sé qué hacer —soltó Milena. La angustia le tensaba las facciones frente a Marx, su tío, un hombre que presumía entender los laberintos de la mente humana, pero que jamás había visto un abismo como el de Zibeón.

—Dime una cosa, Milena —dijo Marx, midiendo el silencio—. ¿León sabe de esto?

—No —jadeó ella; su voz se volvió de cristal—. Ni quiero que lo sepa.

—Deberías hablarlo con él. Los secretos de este calibre terminan por demoler un matrimonio… Zibeón ya ha tomado su decisión: quiere su lugar en tu casa. Pero si no tratas esto con la seriedad de un cuchillo en la garganta…

—Es que tengo miedo —lo cortó ella.

—Lo sé. No es una carga ligera. Pero hay salidas, Milena. La biología tiene sus cauces; en cuanto pise una escuela y vea señoritas de su edad, entenderá su extravío. Se lanzará a la conquista de una chica y esto quedará atrás. Además, piénsalo: él también está pagando. Tu silencio, ese no haberte despedido, debe estarle royendo las entrañas. Ha de creer que los ha perdido. El muchacho está sufriendo, Milena. Por muy genio que sea, no deja de ser un adolescente en carne viva.

Milena guardó silencio. Culpa y miedo se le mezclaban en el pecho.

—Tío Marx, no sé si deba presentarme mañana. Y tú sabes bien qué día es.

—¡Júpiter! El día del amor y la amistad —dijo Marx, con un sobresalto que sonó a burla del destino—. Te pregunto, hija: ¿aún estás dispuesta a adoptarlo?

—Creo que ya no —respondió ella, en un hilo de aire.

—No voy a decidir por ti. Esa sentencia la firman tú y León. Pero mañana tienes que ir por él; firmaste con el Estado. Te aseguro que no volverá a actuar igual. El miedo al abandono lo habrá domado.

—Mañana las calles serán un hervidero —dijo Milena, mirando la ventana—. Parejas de la mano. Besos en cada esquina. No lo voy a soportar.

—Llévalo a un lugar donde el mundo no esté en celo.

—Es imposible.

—Una biblioteca, entonces. Ahí el silencio es ley y los libros son refugio. Sé que a él le gustan.

—Eso haré y también le haré saber que cruzó una línea, y que no hay espacio en mi casa para él. Lo lamento…


Capítulo Dieciocho

Llegó la tarde de Saturno. Milena se armó con la elegancia de una viuda negra: vestido de lunares, encaje negro en las manos y un sombrero que proyectaba una sombra de misterio sobre su rostro de mármol. Se miró al espejo y sonrió; era la belleza antes de la catástrofe. Un último toque de escarlata en los labios, una nube de perfume dulce y el abrigo rojo como una herida abierta. Salió hacia San Agustín sin pensar, entregada al compromiso como quien camina hacia un acantilado.

En la sala de visitas, Zibeón la esperaba de espaldas. Estaba elegante, pero su cuerpo lo traicionaba: el pie izquierdo golpeaba el suelo con el ritmo frenético de un bombo de batería.

Milena posó su mano en el omóplato del muchacho y una corriente eléctrica lo paralizó. El ritmo se detuvo. Él estaba aterrado; ella, en cambio, era puro hielo. Lo tomó del brazo y salieron sin decir palabra.

En el taxi, el aroma de la mujer envolvía a Zibeón hasta asfixiarlo; él se pellizcaba los dedos, intentando que el dolor lo anclara a la realidad mientras sus pulmones se llenaban de ella.

El Palacio Poicare era un hervidero de amantes celebrando la ficción del amor. Parejas de la mano, besos desesperados y fotógrafos cazando pruebas de felicidad. Zibeón sentía que el corazón le iba a reventar las costillas. Milena compró un palco privado, una media luna de terciopelo tras un cristal frente al escenario. La obra era La narrativa de Lilith. Carne desnuda y erotismo bajo las luces.

En el intermedio, la luz bajó y la temperatura subió. Milena ya no tenía el abrigo. Dos botones de su vestido habían cedido, revelando un escote que exponía la blancura cegadora de sus pechos. Zibeón miró y quedó atrapado.

—Esto se siente mejor que tu maldito laberinto —le susurró ella, con una voz que era puro pecado.

Milena le acarició la mejilla y, con un movimiento felino, le arrebató del saco el papel doblado.

Mi querida y amada Milena,

En medio del mar descansas en una piedra.

Y yo te veo, mi hermosa sirena.

Tú ni me ves, y mi vida se quiebra.

Sé que hay tantas mujeres como estrellas.

Tantas posibilidades como en el azar.

Pero para mí, tú eres única entre las más bellas.

Y sufro en demasía al saber que de mí te vas a alejar.

Pies y manos tengo atados con cadenas.

Quién puede decir qué ver y qué no ver.

Soy muy joven y ya pago mis condenas.

La peor de todas; que no serás mi mujer.

Aunque sea una terrible sorpresa, tengo que ponerlo sobre la mesa.

Ya no puedo ocultarlo ni un minuto más.

No te amo, tan sólo te deseo y, aunque me encanta, también me pesa.

Tus ojos siempre han sido hermosos.

¿Pero qué puedo hacer? Sólo mirarlos.

¿Con mis ojos, que son como de abominables seres tenebrosos?

Los tuyos, yo quiero besarlos.

Ten seguro que mi vida puedo pasar sin dejar de mirarlos.

Tu piel debe ser tan dulce como la miel.

Milena, ¿sabes cuánto te quiero acariciar?

Pero bebo y beberé esta horrible rebosante copa de hiel.

Aun así, debes saber que solo a ti te quiero amar.

Quisiera cantarte al oído una canción.

Completamente transmitiré lo que por ti siento.

Depositar toda mi emoción en tu corazón.

Te darás cuenta de que no miento.

Suerte maldita la mía.

Voy a crecer y ser el más grande de los hombres.

Pero jamás tú serás mía.

Y viviré a la orilla del río y debajo del puente como los pobres.

Me alimentaré con mendrugos de amor.

Más pensaré que son bocados de tu cariño.

Tal vez así no sufra mucho dolor.

Sin importar que me encuentre en el caño.

Milena leyó los versos con una feminidad que habría hecho arrodillarse a un santo. Al terminar, sonrió.

—¿Esto es para mí? Es hermoso, Zibeón. Y algo así merece un pago a la altura.

Zibeón intentó balbucear una negativa, pero ella le selló los labios con un dedo. Desabrochó un tercer botón.

—Acércate.

—¡Espera! —gruñó el huérfano, carraspeando contra la decencia que se le escapaba—. ¡Esto no está bien!

Ella no respondió con palabras. Estrelló sus labios contra los de él. Al principio, Zibeón estaba rígido, pero pronto la biología tomó el mando. Se besaron con una pasión que ignoraba las leyes morales.

Milena se convenció de una verdad cínica: la capacidad de procrear no entiende de códigos morales, solo de supervivencia.

Se ajustaron la ropa con premura y entre risas pícaras salieron de allí como fugitivos.

Llegaron al lobby del COBB Capital. Milena arrojó ases de plata sobre el mostrador y exigió las llaves con un arrebato que hizo temblar a la recepcionista. Subieron las escaleras corriendo, dos locos buscando su propio incendio. Zibeón sentía que las piernas no le sostenían, pero el deseo era un motor más fuerte que el miedo.

Dentro de la habitación, el caos. Milena se despojó de la seda negra y desnudó al muchacho con manos expertas. Allí, el huérfano perdió la virginidad y Milena destruyó los últimos restos de su propia ley.

Fue el nacimiento de un hombre nuevo: manipulador, terco, un cabrón que sabía camuflarse bajo la máscara de un adolescente genio para obtener el cielo. Zibeón la tomó una y otra vez, con una fuerza que no era de este mundo, hasta que ella cayó rendida por el agotamiento.

Y a las dos de la madrugada, el mundo despertó. La radio escupía la noticia: el rapto de un huérfano por su pretendida madre.

—¡Júpiter! —gritó Milena al oír las sirenas—. ¡Van a matarnos!

Zibeón no se inmutó. La inteligencia fría había regresado. Se levantó desnudo, puso un cilindro en el fonógrafo y llevó a su amante a la ducha. Se besaron bajo el agua tibia mientras las patrullas cercaban el hotel y los gendarmes reventaban los pasillos.

“Preso de la cárcel de tus besos...” sonaba la música cuando el ariete destrozó la puerta. Los gendarmes entraron con las armas en alto, pero se detuvieron en seco. Allí, bajo la lluvia de la regadera, dos amantes desnudos seguían haciendo el amor, sordos al mundo, entregados al escándalo de su propia existencia.

Fin de la segunda parte