Intip Rikuy
El sol del Tahuantinsuyo brillaba intensamente sobre las montañas.
Los rayos dorados descendían sobre los andenes interminables, iluminando los cultivos de maíz y papa que cubrían gran parte del valle. Desde lo alto, el paisaje parecía una enorme obra creada por los mismos dioses.
El viento movía lentamente las hojas verdes de los campos mientras decenas de campesinos trabajaban bajo el calor de la tarde.
Algunos cargaban sacos.
Otros acomodaban herramientas.
Muchos mantenían la cabeza baja, concentrados únicamente en sus labores.
Después de todo, aquel día no era cualquier día.
El heredero imperial había llegado.
—¡El Auqui Amaru Mayta está aquí! —susurró uno de los administradores apenas vio acercarse la caravana.
Los murmullos comenzaron a extenderse rápidamente.
Varias personas dejaron lo que estaban haciendo para inclinar la cabeza en señal de respeto.
Los nobles avanzaban con elegancia detrás de los soldados imperiales, vistiendo finas prendas adornadas con bordados y pequeños detalles dorados que brillaban bajo la luz del sol.
Y al centro de todos ellos caminaba Amaru Mayta.
El futuro Sapa Inca.
Su presencia imponía silencio inmediato.
Era alto, de porte elegante y mirada seria. Sus prendas imperiales estaban decoradas cuidadosamente con tejidos finos y detalles que representaban el linaje solar de su familia.
Desde pequeño había sido criado para gobernar.
Le enseñaron estrategias militares antes incluso de terminar la infancia.
Le enseñaron historia.
Religión.
Política.
Cómo hablar.
Cómo caminar.
Cómo ocultar emociones.
Todo en su vida pertenecía al imperio.
Y aun así...
Amaru jamás había sentido que realmente le perteneciera a sí mismo.
—Los campos del sur han producido más de lo esperado este año, Auqui —comentó uno de los nobles mientras avanzaban entre los andenes.
Amaru asintió apenas.
—Eso aliviará las reservas del próximo invierno.
—Su padre estará complacido.
La sola mención de Kallpa Mayta hizo que Amaru desviara la mirada hacia las montañas.
El Sapa Inca jamás se conformaba.
Nunca era suficiente.
Ni las victorias.
Ni los cultivos.
Ni los sacrificios.
Mucho menos él.
—También han comenzado los preparativos para la ceremonia del Inti Raymi —continuó otro noble—. La futura unión entre usted y la Ñusta Sayri fortalecerá aún más el linaje imperial.
Amaru sintió una ligera tensión en la mandíbula.
Sayri Mayta.
Su hermana.
La futura coya.
Desde niños les habían repetido que aquel era su destino.
Que ambos habían nacido para servir al Sol.
Que el imperio siempre debía estar por encima del corazón.
Amaru nunca discutía aquello.
Simplemente guardaba silencio.
Porque discutir era inútil.
El heredero imperial no tenía derecho a desear otra vida.
—Auqui Amaru.
La voz del noble lo sacó de sus pensamientos.
—¿Desea descansar antes de continuar la inspección?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
Continuó caminando lentamente entre los campos, observando a la gente trabajar.
Había visitado muchos territorios del imperio durante su preparación como futuro gobernante.
Había visto templos.
Guerreros.
Nobles.
Ciudades enteras construidas para honrar al Sol.
Pero había algo en aquel lugar que se sentía extrañamente tranquilo.
Humano.
Real.
El viento descendió suavemente desde las montañas.
Y entonces...
Amaru lo vio.
Entre todos los campesinos había un muchacho arrodillado cerca de uno de los cultivos, acomodando cuidadosamente varios sacos de maíz.
Su ropa era sencilla.
Sus manos estaban cubiertas de tierra.
Y aun así...
Amaru sintió que el mundo entero se detenía por un instante.
El muchacho levantó apenas la cabeza para apartar un mechón oscuro de su rostro.
El sol iluminó delicadamente su piel trigueña.
El viento movió ligeramente su cabello.
Y sus ojos...
Sus ojos brillaban más de lo que Amaru había visto jamás.
No llevaba oro.
No llevaba adornos.
No tenía el refinamiento de los nobles del Cusco.
Pero era hermoso.
Demasiado hermoso.
Amaru disminuyó el paso sin darse cuenta.
Uno de los soldados lo notó.
—¿Auqui?
Él no respondió.
Sus ojos seguían fijos en el muchacho.
El campesino parecía completamente ajeno a la presencia imperial. Continuaba trabajando con tranquilidad mientras hablaba ocasionalmente con otras personas cercanas.
Incluso sonrió.
Y aquella sonrisa golpeó a Amaru de una manera absurda.
Extraña.
Peligrosa.
Porque por primera vez en mucho tiempo...
algo dentro de él se sintió cálido.
Vivo.
—Sumaq wayna... —murmuró en voz baja.
El noble que caminaba a su lado giró ligeramente la cabeza.
—¿Dijo algo, Auqui Amaru?
Amaru reaccionó rápidamente.
—Nada.
Intentó seguir caminando.
De verdad lo intentó.
Pero volvió a mirar.
Y el muchacho seguía ahí.
Cubierto de tierra.
Trabajando bajo el sol.
Tan lejos del mundo imperial... y aun así llamando toda su atención.
—¿Quién es él? —preguntó Amaru finalmente.
Uno de los administradores siguió la dirección de su mirada.
—¿Ese muchacho?
—Sí.
—Kusi Santur.
Amaru repitió el nombre mentalmente.
Kusi.
Extrañamente encajaba con él.
—Es hijo de campesinos de esta zona —continuó el administrador—. Trabaja aquí desde niño.
Kusi levantó uno de los sacos con esfuerzo antes de acomodarlo junto a los demás.
El viento volvió a soplar.
Y por un momento levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
El corazón de Amaru se detuvo.
Kusi parecía confundido.
Probablemente porque el heredero imperial lo observaba directamente.
Los demás campesinos reaccionaron de inmediato.
Muchos bajaron la cabeza.
Otros se arrodillaron rápidamente.
Pero Kusi tardó apenas un segundo más.
Y ese pequeño detalle hizo que Amaru quisiera seguir mirándolo.
Porque no parecía aterrado.
Ni impresionado.
Solo confundido.
—Bajen la cabeza ante el Auqui —susurró uno de los hombres mayores cerca de Kusi.
El muchacho reaccionó finalmente e inclinó la cabeza con rapidez.
—Mis disculpas, Auqui.
La voz de Kusi era suave.
Mucho más suave de lo que Amaru esperaba.
—No es necesario disculparse —respondió antes de pensarlo demasiado.
Varios nobles intercambiaron miradas discretas.
Aquello era extraño.
El heredero imperial rara vez hablaba directamente con campesinos.
Pero Amaru apenas lo notó.
Porque Kusi había vuelto a levantar ligeramente la cabeza.
Y sus ojos seguían siendo igual de hermosos.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Amaru.
El administrador pareció sorprendido.
Kusi también.
—Dieciocho, Auqui.
Dieciocho.
Amaru apartó la mirada por un momento.
No entendía qué estaba ocurriéndole.
Era absurdo.
Ridículo.
Él era el futuro Sapa Inca.
Había sido entrenado toda su vida para controlar cada emoción.
Y aun así un simple campesino lograba alterar sus pensamientos con solo mirarlo.
—Auqui Amaru —intervino uno de los nobles con cautela—, debemos continuar la inspección antes de que anochezca.
Amaru guardó silencio unos segundos.
Después volvió a mirar a Kusi.
El muchacho tenía pequeñas manchas de tierra sobre el rostro.
Y aun así seguía viéndose hermoso bajo la luz dorada del atardecer.
Algo dentro de Amaru le decía que debía apartar la mirada.
Olvidarlo.
Continuar caminando.
Porque aquello no podía significar nada.
No debía significar nada.
Pero por alguna razón...
sentía que acababa de encontrarse con alguien que cambiaría el destino entero de su vida.
—Continuemos —dijo finalmente.
Los nobles comenzaron a avanzar otra vez.
Los soldados siguieron la marcha.
Y poco a poco la caravana imperial volvió a alejarse entre los campos.
Pero Amaru miró hacia atrás una última vez.
Kusi había regresado a sus labores.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si no acabara de destruir silenciosamente la tranquilidad del futuro Sapa Inca.
El viento recorrió los cultivos una vez más.
Y el sol comenzó a ocultarse lentamente detrás de las montañas.
Sin saber que aquella simple mirada sería el inicio de un amor imposible.