La langosta se ha posado

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Summary

Siempre hay un poder más fuerte, clandestino, profundo, capaz de ordenar y desordenar conforme a sus intereses. Siempre hay hombres que bajo sus ambiciones buenas o malas, son los engranes perfectos para un sistema que creen haber diseñado ellos mismos, sin saber que lo creado, no es más que una tarea impuesta por el Estado Profundo.

Genre
Scifi
Author
royer
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Chapter 1

Padre:

Metete en tu maldita cabeza que Mesalina no participó en las guerras que dieron origen a la independencia de Ciudad Centro. No hubo en sus llanuras señales de estrategia militar, ni en sus colinas se escribieron informes de campaña. Siempre fue una franja olvidada, situada al sur de la línea que el Ejército de los Doce Patriotas consolidó con voluntad férrea. La Unión Occidental jamás la disputó. Mesalina pudo erigirse como nación por simple vacío de poder, pero no lo hizo: carecía del pulso.

Sus habitantes no tenían hambre de futuro. Ni guerreros, ni visionarios, ni herederos de ideales, vivían satisfechos en el anonimato, ajenos al ascenso industrial en el norte de la nueva soberanía y al poder de la Unión Occidental. Para ellos, la vida era aceptación: la pobreza, una costumbre; la quietud, una virtud. Su docilidad —esa mezcla de mansedumbre heredada, pacifismo ritual y obediencia entendida no como acto, sino como naturaleza— anuló toda posibilidad de insurgencia. No hubo conspiradores ni proclamas. Ni siquiera hubo el pulso mínimo que hace posible la traición. Mesalina existía como existe la arena que se deja llevar por el viento: sin resistencia, sin memoria.

Tras la guerra de independencia, los primeros signos de deterioro social comenzaron a inquietar a nuestro Estado Soberano. Grupos de mesalinos cruzaban la frontera hacia el Distrito Meridional. No buscaban trabajo. No buscaban progreso. Mendingaban comida, dinero y bienes, puerta tras puerta, avenida por avenida, recordándole a la ciudad-estado una pobreza demasiado profunda como para ser ignorada.

El flujo aumentó. Para contenerlo, el gobernante vitalicio ordenó la instalación de una aduana en la frontera. Y cuando eso no bastó, destinó una fuerza de gendarmes para sellar el paso. Con el tiempo, aquellos hombres fueron conocidos como los gendarmes mesalinos; su presencia se volvió habitual, como si la frontera les perteneciera. Pero ni ellos lograron contener la marea humana.

Entonces llegó la orden que cambiaría para siempre la relación entre Mesalina y Ciudad Centro: entrar y someter. Los gendarmes cruzaron la frontera, y así nació la Legión de Mesalina, una fuerza destinada no a proteger, sino a imponer estructura en un territorio que nunca la pidió. Años después, funcionarios menores fueron enviados a instruir a la población en la mecánica burocrática del Estado.

No hubo un solo disparo. No hubo resistencia. Mesalina fue absorbida por Ciudad Centro con la facilidad de quien recoge un objeto abandonado. Fue reconocida como el cuarto distrito, pero esa incorporación no fue un ascenso: fue un encierro. La tierra siguió olvidada, menospreciada, convertida en un recordatorio silencioso de lo que ocurre cuando un pueblo renuncia a escribir su propia historia y permite que otros la dicten por él.

Pero todo eso cambió porque, en silencio, llegó un hombre que veló por ellos, que los sacó del olvido, que los elevó de la miseria donde estaban. Un hombre mejor que tú y toda tu Armada Soberana; un hombre mejor que yo y todo mi Estado Soberano… Y me complace dejar Ciudad Centro en manos de ese maravilloso hombre. Serás un tonto —y la historia te castigará— si no lo admites como tu nuevo hijo…

Con dolor y rabia: gobernante vitalicio Tucídides.

Primera Parte

Capítulo Uno

Cuando se dio a conocer que la salud del anciano Claudio IV era precaria, el pánico se esparció por los mercados financieros de Ciudad Centro. Los analistas políticos despertaron el debate sobre los posibles candidatos para el cónclave, y las especulaciones sobre la sucesora o sucesor del gobernante vitalicio estaban a flor de piel.

A pesar de la mala noticia y de las crecientes voces que insinuaban la necesidad de reformar el sistema de gobierno, Nikolái Lobatchevski conservaba la opinión de que el Estado Soberano era un ejemplo de congruencia, continuidad institucional, prosperidad política y social. No era un fanático, pero defendía con fervor la figura del gobernante vitalicio y el peso que debía cargar. Incluso la guillotina —quieta, limpia, implacable— le parecía un recordatorio necesario de que ningún gobernante estaba por encima de la ley. Por eso miraba con desdén a quienes apoyaban la idea de que el nuevo gobernante renunciara a su carácter vitalicio; para él, aquella propuesta era una grieta peligrosa en los cimientos del orden.

Como presidente de la Cámara Industrial había construido una reputación a prueba de fuego. Para sus socios y para la ciudadanía era el emblema del hombre íntegro: recto, intolerante con la corrupción, imposible de doblegar. Su vida estaba consagrada al trabajo, al gremio y a la gente que sostenía la industria. La politiquería no le interesaba; tampoco necesitaba adular al gobierno para asegurar ventajas; quien ocupaba la presidencia de la Cámara Industrial ya poseía un poder e influencia que rozaban los del gobernante vitalicio, y una fama que podía rivalizar con la suya sin necesidad de un solo gesto de cortesía.

Su trato con peces gordos siempre fue prudente: firmeza sin arrogancia; rechazo sin diplomacia innecesaria. Quien se acercaba con propuestas de triangulación, lavado de dinero o contratos tendenciosos recibía una mirada incinerante y un rechazo inmediato. Nikolái tenía un don: hacía sentir a los corruptos como niños sorprendidos robando.

El día que estuvo sentado en la mesa de la Dirección del Instituto Superior de Euclides, le resultó de mal gusto la charla que escuchó de los hombres frente a él.

—Ya es tiempo de que el gobernante deje de ser vitalicio —comentó uno de los banqueros—. Un periodo limitado basta.

Nikolái se reservó sus opiniones cuando los dos monopolistas de la banca lo invitaron a discurrir del tema; prefería concentrarse en prepararse para el periodo de interregnum, afrontar los desafíos con temple. Hoy más que nunca, en su mente retumbaban las palabras de su mentor, Camaro Salas Gortari: dominio propio. Esa pequeña frase le servía como ancla cuando sus emociones hervían, poniéndolo en riesgo de pronunciar palabras viscerales más que razonables.

Mientras la discusión de los banqueros se elevaba, el mayordomo dio unas palmadas y anunció la entrada de Trevenant Keker, quien se acercó a sus invitados y les estrechó la mano con adulaciones sobrias pero precisas. Los tres hombres en la mesa se cuadraron ante la aparición del director del Instituto Superior de Euclides. La entrada de Trevenant interrumpió la tensión como un soplo de aire cargado de autoridad y cultura. Se movía con la elegancia de quien ha recorrido el mundo entero y con la seguridad de quien sabe que sus palabras pesan más que un ejército.

Detrás de él entraron dos meseros que cargaban charolas con vinos y bocadillos finos, cuya sola presencia abría el apetito. El anfitrión fue espléndido: no escatimó en detallar la procedencia extranjera de cada manjar.

Mientras degustaban aquellos alimentos, una mujer entró cargando una caja lacada. Al abrirla, reveló relojes excepcionales, piezas de precisión que parecían encapsular el tiempo mismo. Los banqueros —hombres acostumbrados a mover fortunas— se vieron sorprendidos. Omar Kayam exclamó:

—¡Qué maravilla!

Pero Trevenant no buscaba aplausos. Su objetivo era otro: demostrar que la lealtad y la inteligencia podían ser reconocidas sin necesidad de títulos o privilegios políticos.

—Estos obsequios —dijo— reconocen el trabajo que ustedes realizan en la economía de Ciudad Centro. Aprendo más de sus acciones que de las decisiones de cualquier político. Hoy los convoco porque deseo formar una alianza divergente, una fuerza que gobierne la economía basada en el conocimiento y la capacidad, no en el favoritismo ni en la herencia de poder.

Omar Kayam intervino con prudencia y escepticismo:

—Doctor, usted no es… estimado por el Estado Soberano. Formar una alianza divergente encabezada por usted, me parece arriesgado. Además, la economía funciona bien. ¿Para qué cambiar lo que no está roto?

—Le ruego que me permita terminar, Omar —respondió Trevenant con la calma de quien manda sin necesidad de elevar la voz.

El banquero se disculpó con un ademán.

—Hay algo más que debo compartirles —continuó Trevenant—: el Distrito de Mesalina…

Esto llamó la atención de Nikolái. Sintió una corriente interna, una vibración inesperada. Mesalina: el territorio olvidado, relegado a la sombra del progreso. Se acomodó en su asiento y prestó atención.

—Ingenieros de este instituto han explorado las tierras mesalinas —prosiguió Trevenant—. Han descubierto que Mesalina tiene riquezas que no se han explotado. Yacimientos de petróleo en sus costas; una reserva tres veces mayor que la del resto de los distritos.

—Aún hay mucho petróleo en Ciudad Centro —contratacó Nikolái.

—¡Pero no gas! —espetó Trevenant—. El Distrito Meridional tiene gas, sí, pero en una década no será suficiente ni siquiera para satisfacer la demanda interna. ¡Pero en Mesalina está la salvación! Y hasta podremos exportar.

—Tenemos una economía cerrada —respondió Nikolái—. Exportar es imposible e innecesario.

—Pues he allí uno de los ejes de esta charla —dijo Trevenant, extendiendo una mano hacia él.

—No lo entiendo —admitió Nikolái.

—Necesito de su apoyo para invertir en la extracción de gas y petróleo en Mesalina. Si el Estado Soberano no se hará cargo del crecimiento económico de ese distrito, nosotros debemos hacerlo. Mesalina puede ser un nuevo bastión industrial: así ganan sus habitantes y nosotros también.

Al Juarismi intervino:

—A nadie le importa Mesalina. No es nuestro problema que el Estado no atienda ese distrito bastardo.

Nikolái quedó sorprendido y seducido por las palabras de Trevenant; era el primer hombre que compartía exactamente su misma motivación. Estuvo a punto de interrumpir para halagarlo, pero dominó su emoción y siguió escuchando.

—Estoy agradecido por su recibimiento, doctor —continuó Al Juarismi—, pero esta charla debería tenerla con el Senado, no con nosotros.

Al Juarismi se levantó con una mueca de fastidio, dispuesto a retirarse. Entonces ocurrió el incidente.

El chasquido seco de los dedos de Trevenant fue respondido por otro sonido distinto, más áspero: el seguro de una pistola levantándose. Isaac, el mayordomo, ya apuntaba al banquero a menos de un metro. El viejo financiero palideció; la sorpresa le robó la respiración. Los demás se tensaron como si el aire se hubiera vuelto más pesado.

—¿Qué demonios significa esto? —reclamó Omar Kayam, sin disimular el temblor en la voz.

—Baja el arma, Isaac —ordenó Trevenant, sin alzarla.

El mayordomo obedeció, pero lo hizo despacio, como quien se traga una orden a regañadientes.

Nikolái fue el primero en romper la rigidez de la sala:

—Nos invitaste para hablar de equilibrio con el Estado Soberano… y ahora tu hombre apunta a un banquero. No parece el método adecuado.

—Ofrezco una disculpa —respondió Trevenant con un suspiro breve—. Isaac, deja el arma y sal.

Nikolái ni siquiera miró al mayordomo.

—A mí sí me interesa escuchar lo de Mesalina. Pero saca a tu gente de aquí. Esto lo hablaremos entre líderes, no entre perros y amos.

Cuando la puerta se cerró y quedaron solos, la tensión no desapareció; sólo cambió de dueño.

—Comparto tu visión sobre Mesalina —admitió Nikolái—. Pero lo que hizo tu mayordomo me deja un sabor repugnante. Detesto a los patanes, no me tiento el corazón con ninguno.

—Isaac es uno de mis leales —replicó Trevenant, sin disculparse.

—No es relevante —cortó Nikolái. Se puso de pie, apoyó los puños sobre la mesa y lo encaró—. ¿Qué quieres de nosotros?

Trevenant no retrocedió.

—Inversión en el Distrito de Mesalina, sobre todo con los yacimientos de gas para venderlo a la mitad de la tierra y así para multiplicar por tres o cuatro las ganancias actuales. Por eso necesito a los hombres que saben mover capital, no a los burócratas.

Nikolái negó con la cabeza antes de que terminara.

—Dinero no te daremos. Lo que propones requiere millones de ases y una maquinaria logística que ni siquiera la Cámara Industrial puede soportar. Si quieres levantar Mesalina, solo existe un camino: que te conviertas en gobernante Vitalicio.

Entonces abrió su saco y extrajo un arma. No para intimidar, sino para establecer las reglas del encuentro. Un gesto frío, calculado, que dejaba claro que entendía perfectamente en qué clase de reunión estaba sentado… y que no pensaba ser el único desprotegido en una conversación que ya bordeaba la conspiración.

Trevenant sonrió con una calma que inquietaba.

—Quiero ser el próximo gobernante vitalicio —dijo el director de Euclides, extendiendo cada sílaba como si pronunciara una sentencia y no una aspiración.

—¡Qué estupidez! —soltó Omar Kayam, llevándose una mano al rostro.

—Espera, Omar —cortó Nikolái, firme, sin elevar la voz—. Deja que termine, Trevenant no es un cualquiera fuera de Ciudad Centro. Allá lo tratan como a un dios, y no por devoción, sino por poder. Su influencia mueve r mercados, gobiernos. Nos guste o no, puede alterar el equilibrio del mundo sin pedir permiso. Así que escuchemos lo que tiene que decir. No sería inteligente pasar por alto a un hombre que opera a esa escala.

Nikolái volvió a recargarse en su asiento. Una sinfonía de ideas lo invadió: riesgo, ambición, quiebre del orden, una chispa de libertad para Mesalina. Trevenant no hablaba solo para convencerlos; estaba diciendo en voz alta lo que él mismo había deseado durante años y nunca se atrevió a pronunciar. Luego miró a los banqueros cuyos semblantes seguían demostrando duda, incredulidad y no soportando esas caras, les dijo:

—Si quieren irse, háganlo —sentenció Nikolái, sin alzar la voz, pero dejando que cada sílaba cayera con la gravedad de un veredicto—. Yo sí te voy a ayudar —dijo al mismo tiempo que devolvió su mirada a Trevenant.

Omar lo miró con resignación.

—Solo si tú estás con este hombre, yo estoy contigo.

Nikolái asintió y retomó la cuestión central:

—A estas alturas el gobernante ya tiene a su candidato —con cierto pesimismo dijo Nikolái mirando a Trevenant—. Así que, si quieres ser parte del cónclave, necesitas ser el candidato del Senado.

—Suena… complicado —murmuró Al Juarismi, aún tembloroso.

—A esos perros se les gana con dinero —respondió Omar con frialdad—. Mucho dinero.

—Entonces actuemos ya —concluyó Nikolái.