capitulo 1 Donde Todo Empezó Sin Querer
Elizabeth nunca fue el tipo de persona que destacaba.
En una familia de cuatro, su lugar siempre había sido el mismo: en medio. No solo por edad, sino también por lo que representaba. No era la mayor, la que abrió camino y aprendió primero; tampoco era la menor, el orgullo de la casa.
Ella era... el punto intermedio. El espacio entre dos historias que parecían importar más.
Su hermano mayor cargaba con las expectativas. Pero el menor... él era el favorito. Se notaba en los detalles, en las miradas, en los elogios que parecían salir con más facilidad cuando se trataba de él. Y Elizabeth lo sabía. No porque alguien se lo dijera, sino porque lo sentía.
Las comparaciones vivían en su día a día, escondidas entre palabras y silencios. Con el tiempo, aprendió a no hacer ruido. A no pedir. A no esperar. Se volvió callada.
Esa mañana no fue diferente. Elizabeth se arreglaba para ir a la universidad frente al espejo, observándose sin realmente mirarse.
—¿Qué me debería poner...? —pensó en silencio.
No tardó mucho en decidir. Tomó un pantalón negro, ligeramente roto, y una camisa sencilla del mismo color. Nada llamativo. Nada que destacara. Era lo de siempre. Su cabello castaño caía de forma natural sobre sus hombros, sin mucho esfuerzo. Pero si había algo que realmente resaltaba en ella, eran sus ojos... de un tono verde ámbar, profundo, casi imposible de ignorar si alguien se detenía a verlos con atención. Aunque casi nadie lo hacía.
Bajó las escaleras como cada mañana. Su familia ya estaba desayunando. Nadie preguntó cómo estaba. Nadie dijo nada. Elizabeth simplemente tomó asiento y empezó a comer en silencio, como si su presencia fuera parte del fondo, algo que siempre estuvo ahí pero que no necesitaba atención.
Pero no era el silencio lo que incomodaba... era lo que lo rodeaba. Su padre apenas la miraba, y cuando lo hacía, había algo en su expresión que pesaba. Un desprecio sutil, pero constante. Como si nunca fuera suficiente. Su madre, en cambio, no decía nada. Nunca lo hacía. Permanecía en su lugar, sumisa, evitando cualquier tipo de conflicto, como si el silencio fuera su forma de sobrevivir.
Y sus hermanos... Ellos hablaban de logros, de premios, de reconocimientos. De todo aquello que parecía llenar de orgullo a la familia, pero que nunca venía de ella. Elizabeth escuchaba sin levantar la mirada. Cada palabra caía como algo conocido. Nada nuevo. Nada diferente. Solo lo de siempre.
El sonido de los cubiertos era lo único que acompañaba ese momento, hasta que su padre habló.
—¿Y tú cuándo vas a traer algo que valga la pena? —dijo sin mirarla directamente—. ¿Un premio, algo que te haga importante?
Elizabeth no respondió. Siguió comiendo, aunque ya no tenía hambre. Podía sentir la mirada de su padre sobre ella.
—Nada de lo que haces... —continuó él, ahora con más firmeza—. Y esa carrera que estás estudiando no te va a traer nada bueno. Ni dinero.
Elizabeth bajó la mirada. Estudiaba música. Y aunque nunca lo decía en voz alta, era el único lugar donde se sentía libre, donde todo lo que llevaba dentro tenía sentido. Pero en esa mesa... eso no importaba.
—Noah es el orgullo de la casa —dijo uno de sus hermanos entre risas.
El menor. El favorito. Como siempre.
—Padre, deberías obligarla a estudiar algo que de verdad deje provecho —añadió Luca, el mayor, con total naturalidad.
Como si hablaran de alguien más. Como si ella no estuviera ahí. Elizabeth no dijo nada; solo agachó la cabeza. Las palabras ya no dolían como antes, pero seguían dejando algo. Algo difícil de explicar.
Se levantó lentamente de la mesa. Sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas, pero no dejó que cayeran ahí. No frente a ellos. Tomó sus cosas y salió de la casa casi corriendo. El aire afuera se sentía diferente. Caminó sin detenerse hasta la parada del autobús, como si alejarse fuera la única forma de poder respirar.
En la parada, Elizabeth solo esperaba, con la mirada perdida. Nunca se dio cuenta de que, a lo lejos... alguien la observaba.
Subió al autobús y buscó un asiento junto a la ventana. Se colocó los audífonos y se fue. No físicamente, pero sí a ese lugar donde todo era más ligero. Cerró los ojos, dejándose llevar; tanto, que no notó que alguien se había sentado a su lado.
Al llegar a la universidad, caminó directo a su lugar de siempre: un árbol alejado del ruido. Se sentó en el suelo y sacó su libreta. Le gustaba escribir lo que veía, lo que sentía, lo que no podía decir. Era su forma de existir sin ser interrumpida.
Levantó la mirada... y fue ahí cuando lo vio. Liam.
Caminaba tomado de la mano de su novia. Ella era todo lo contrario a Elizabeth: popular, segura, llamativa. Elizabeth los observó en silencio hasta que algo rompió la escena. De un momento a otro, la chica levantó la mano y le dio una cachetada.
El sonido fue seco. Marcó el aire... y su rostro. Por un instante, todo pareció detenerse. Pero Elizabeth no reaccionó como cualquiera esperaría. Solo dejó escapar una pequeña risa. No porque fuera gracioso, sino porque le pareció irónico. Como si incluso alguien como él no tuviera una historia tan perfecta como parecía.
Liam sintió una mirada. Giró ligeramente la cabeza y la vio. A lo lejos, bajo la sombra del árbol, estaba Elizabeth. Observándolo. Por un instante, sus miradas se encontraron. No hubo palabras, solo ese silencio incómodo, cargado de algo difícil de explicar.
Fue Elizabeth quien lo rompió. Se levantó y se fue.
Ya en el salón, abrió su libreta y empezó a escribir. Estaba escribiendo sobre él sin darse cuenta, hasta que notó que alguien se había sentado a su lado. Giró la mirada y lo vio. Liam. Aún tenía el cachete un poco hinchado.
Ella evitó su mirada casi de inmediato. De pronto, un pequeño papel apareció frente a ella. Elizabeth lo abrió:
"No le digas a nadie lo que viste."
Ella tomó su pluma y, sin mirarlo, escribió debajo:
"¿Y si sí?"
Deslizó el papel de regreso. Liam lo leyó y respondió:
"Es un secreto. Nadie lo sabe... solo tú."
Elizabeth bajó la mirada. Por alguna razón, esas palabras pesaban más de lo que deberían. Al terminar la clase, tomó el papel una vez más y escribió algo corto:
"Tu secreto está a salvo."
Se lo devolvió y salió del salón hacia la sala de música. Allí se sentía diferente; más ella. Se sentó frente al piano y empezó a tocar. La música llenó el lugar. No era técnica, era emoción pura.
Lo que no sabía era que Liam la había seguido. Se quedó escondido, observando desde la distancia. Pero al verla, al escucharla... algo cambió. Sin darse cuenta, Liam dejó de pensar en su "secreto". Porque, por primera vez en mucho tiempo, algo le gustaba de verdad