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El Cabello y La Diosa

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1
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18+

Capítulo 1

El aire de la noche era denso, cálido y tenía ese olor a salitre y libertad que solo se siente cuando estás lejos de la ciudad. La oscuridad a su alrededor era casi absoluta, un telón negro que aislaba al mundo exterior y dejaba solo un pequeño universo privado para ellos dos.

Bakhar estaba sentada sobre aquel grueso colchón texturizado de color gris claro, improvisado en la parte trasera de la furgoneta o quizás en la cubierta de algún lugar apartado, no le importaba realmente. Lo único que le importaba era el hombre que tenía enfrente.

Estaba vestida de la forma más casual y desaliñada posible, pero curiosamente, así era como se sentía más vulnerable y real. Llevaba puesta una enorme camiseta rosada de textura suave, casi aterciopelada, que le quedaba inmensa, cayéndole por los hombros y cubriéndole la mitad del torso. Debajo, solo llevaba la parte inferior de un bikini color menta, brillante y ceñido. Estaba descalza. En su tobillo derecho brillaba una cadenita plateada, y en sus muñecas llevaba un par de pulseras: una de cuentas coloridas a la derecha, y un reloj dorado a la izquierda.

Tenía las rodillas encogidas contra el pecho, abrazando sus propias piernas en esa postura tan suya, apoyando la barbilla en la palma de su mano derecha. Su cabello oscuro caía suelto, salvaje, enmarcando su rostro. Y lo miraba. Dios, no podía dejar de mirarlo. Su expresión en ese momento lo decía todo: tenía los labios ligeramente entreabiertos, la mirada suave, profunda, casi hipnotizada. Ese pequeño corazón tatuado justo debajo de su ojo izquierdo parecía latir al ritmo desbocado de su propio pecho.

Bakhar Nabieva, la mujer a la que medio mundo veía como una diosa inalcanzable, la reina del fitness, la chica de las piernas de acero y los tatuajes intimidantes, estaba irremediablemente, estúpida y profundamente enamorada.

¿Cómo carajos había pasado esto en un solo día?

Siegfried. Ese era el culpable.

Cuando lo conoció, pensó que sería como los demás. Un tipo guapo —jodidamente guapo, eso no se podía negar—, con esa apariencia casi irreal, su cabello claro, su porte atlético y esa vibra de héroe salido de un cuento. Bakhar estaba acostumbrada a los hombres que se le acercaban. Algunos lo hacían intimidados, tratando de sobrecompensar con una masculinidad tóxica; otros la fetichizaban, viéndola solo como un logro, un trofeo exótico de músculos y tinta.

Pero Siegfried... Siegfried había roto todos sus esquemas desde el minuto uno.

Recordó cómo había transcurrido el día. Habían decidido escapar del ruido, un viaje espontáneo sin rumbo fijo. Y desde el primer momento, él la trató con una naturalidad que la desarmó. No hubo comentarios fuera de lugar sobre su físico, no hubo miradas furtivas cargadas de morbo. Había, en cambio, una nobleza genuina.

Cuando pararon a comer en un pequeño lugar al lado de la carretera, un par de idiotas en la mesa de al lado empezaron a hacer comentarios pesados sobre el cuerpo de Bakhar. Ella, acostumbrada a lidiar con idiotas, estuvo a punto de mandarlos al infierno. Pero Siegfried se adelantó. No gritó, no armó una escena de macho alfa. Simplemente se levantó, se acercó a la mesa de los tipos y, con una sonrisa jovial pero con una presencia tan abrumadoramente imponente y pacífica, les dijo un par de palabras en voz baja. Los tipos se pusieron pálidos, pagaron su cuenta y se fueron sin mirar atrás.

Luego, él volvió a la mesa, le sonrió con esa jovialidad radiante y siguió contándole una anécdota estúpida que la hizo reír hasta que le dolió el estómago.

Esa era su magia. Era un caballero en un mundo moderno. Su amabilidad no era una táctica para llevarla a la cama; era su naturaleza. Se preocupaba por ella de formas pequeñas: asegurándose de que estuviera cómoda, prestándole atención absoluta cuando ella hablaba, mirándola a los ojos como si ella fuera el único ser humano en el planeta. Y además de todo eso, era divertido. Tenía una energía ligera, despreocupada, que hacía que Bakhar olvidara la presión de las redes sociales, los entrenamientos brutales y las expectativas del mundo.

Con él, solo era Bakhar. Una chica pasando el mejor día de su vida.

Y ahora, aquí estaban. En medio de la noche.

Siegfried estaba de pie frente a ella, mirándola con esa misma intensidad que la derretía por dentro. A la luz de la luna, su belleza era casi un insulto a la naturaleza. Sus facciones perfectas, esa mandíbula fuerte, esos ojos que parecían contener la sabiduría de mil batallas pero la ternura de un niño.

—¿Por qué me miras así? —le preguntó él, su voz ronca, una vibración baja que a Bakhar le recorrió la espina dorsal.

Ella no apartó la vista. No deshizo su postura. Solo sonrió un poco, una sonrisa ladeada y honesta.

—Porque estoy tratando de entender de qué planeta saliste —respondió ella, con su tono directo y coloquial—. En serio, Sieg. No eres normal.

Siegfried soltó una carcajada suave, de esas que le hacían arrugar un poco los ojos. Se acercó a ella, moviéndose con una gracia felina, y se arrodilló sobre el colchón texturizado, quedando exactamente frente a ella, invadiendo su espacio personal de la mejor manera posible.

—Soy bastante normal, Bakhar. Solo sé ver lo que tengo enfrente —susurró él, y el tono de broma desapareció por completo, dejando paso a una devoción que hizo que el corazón de Bakhar diera un vuelco.

Él levantó una mano. Sus manos eran grandes, fuertes, manos que se notaba habían trabajado, peleado, vivido. Pero cuando sus dedos tocaron su piel, fueron más suaves que la seda.

Siegfried apartó un mechón de cabello oscuro de la cara de Bakhar. Su pulgar acarició su mejilla con una lentitud exasperante, trazando la línea de su pómulo, deteniéndose justo sobre ese pequeño corazón negro tatuado debajo de su ojo. Ella cerró los ojos un instante, soltando un suspiro tembloroso, dejándose mimar.

—Eres perfecta —murmuró él.

No lo dijo mirando sus músculos. Lo dijo mirándola a los ojos.

Luego, su mano comenzó a descender. Sus dedos trazaron los intrincados tatuajes que adornaban el cuello de Bakhar, bajando por su clavícula, rozando el borde de la camiseta rosada. Cada roce era como una chispa eléctrica. Bakhar, que siempre tenía el control, que siempre era la fuerte, sintió cómo sus defensas se desmoronaban. Y lo mejor de todo era que no le importaba. Quería desmoronarse. Quería rendirse ante él.

Las manos de Siegfried bajaron hacia las rodillas que ella tenía encogidas contra el pecho. Con una suavidad firme, él tiró de sus piernas, deshaciendo su postura defensiva, haciendo que ella extendiera esas famosas y masivas piernas sobre el colchón.

Él las miró. Y luego, deslizó sus palmas por la piel desnuda de sus muslos. Bakhar sintió el calor de las manos de Siegfried masajeando la densa musculatura de sus piernas. No había urgencia animal en su tacto, sino una especie de reverencia sagrada. Acarició sus espinillas, el roce de sus dedos pasando por la cadenita de su tobillo, y luego subió de nuevo por sus muslos, trazando la forma de cada músculo con una admiración profunda.

La respiración de Bakhar se volvió irregular. Se apoyó hacia atrás sobre sus codos, dejando caer un poco la cabeza.

—Sieg... —susurró ella, y su propia voz le sonó desconocida, cargada de un deseo crudo.

Él no respondió con palabras. Se inclinó sobre ella. Acortó la distancia y tomó su rostro entre sus manos. Y entonces, la besó.

Fue un beso que empezó despacio, probando, saboreando. Los labios de Siegfried eran suaves, pero exigentes. Bakhar respondió al instante, abriendo la boca, dejando que sus lenguas se encontraran en una danza caliente y desesperada. El beso se profundizó, volviéndose voraz, lleno de toda la tensión acumulada durante ese largo y perfecto día. Ella levantó las manos, enredando sus dedos, con la pulsera y el reloj chocando suavemente, en el cabello de él, atrayéndolo más hacia sí misma.

Mientras se besaban, perdiendo el aliento, las manos de Siegfried no se quedaron quietas. Una de ellas subió por su pierna, acariciando la piel suave de la parte interna de su muslo, provocando que Bakhar arqueara la espalda, separando las piernas instintivamente para él. Solo para él. A ningún otro hombre le habría permitido esta vulnerabilidad, pero a Siegfried lo amaba. Lo amaba con una intensidad que le daba miedo y le daba vida al mismo tiempo.

La mano de él viajó hacia arriba, metiéndose por debajo de la inmensa camiseta rosada. Sus dedos rozaron la tela brillante de su bikini color menta. Bakhar soltó un gemido suave contra los labios de Siegfried cuando sintió que él enganchaba un dedo en el borde de la tela.

Con una destreza suave, él apartó a un lado la pequeña prenda de color menta. Sus dedos, cálidos y expertos, encontraron su centro. La piel de ella estaba ardiendo, húmeda y latiendo de anticipación. Cuando Siegfried deslizó un dedo sobre su intimidad, acariciando su vagina con una lentitud calculada y exquisita, Bakhar sintió que el mundo entero desaparecía. Solo existía la oscuridad de la noche, el colchón bajo su espalda, y el hombre que estaba haciéndole el amor con las manos y los labios.

Él profundizó la caricia, masajeando su centro con el pulgar mientras sus dedos exploraban su humedad. El tacto era firme pero increíblemente delicado, conociendo exactamente el ritmo que ella necesitaba. Bakhar dejó caer la cabeza hacia atrás, rompiendo el beso para tomar bocanadas de aire de la noche, susurrando el nombre de él entre gemidos incontenibles.

—Así... ah, Sieg... sí... —jadeó, aferrándose a los anchos hombros del hombre.

Él bajó sus besos por la mandíbula de ella, trazando los tatuajes de su cuello con la lengua, mordiendo suavemente su clavícula mientras su mano abajo seguía trabajando su magia, llevándola al borde de la locura. Ella se dejaba hacer, se derretía bajo su toque. Era una entrega absoluta. Su cuerpo, esculpido y duro como el diamante, era masilla en las manos de este caballero contemporáneo.

Siegfried se detuvo un segundo, solo para mirarla desde arriba, con la respiración también agitada. Vio su rostro extasiado, la camiseta rosada revuelta, las piernas abiertas para él, y sintió cómo el pecho se le inflaba de un amor feroz y protector.

Volvió a besarla, esta vez con una pasión que lo consumía todo, mientras sus dedos continuaban acariciando su intimidad hasta que ella no pudo más. Bakhar se aferró a él con una fuerza sobrehumana, su cuerpo entero temblando violentamente mientras una ola de placer absoluto la atravesaba de pies a cabeza, robándole el aliento en un grito ahogado contra el hombro de él.

Cuando el temblor disminuyó, se quedaron así, enredados en la oscuridad. Siegfried se recostó a su lado sobre el colchón texturizado, atrayéndola hacia su pecho. Bakhar, aún vestida con esa camiseta rosada gigante y con el pulso acelerado, apoyó la cabeza en el pecho de él, justo sobre su corazón.

Cerró los ojos, sintiendo el olor de la piel de Siegfried, la fuerza de sus brazos rodeándola. Ya no era la chica inalcanzable de internet. En ese colchón, bajo las estrellas, solo era una mujer perdidamente enamorada del hombre más noble y hermoso que había pisado la tierra. Y él era completamente suyo.

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