A unos metros

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Summary

tras fallar bajo el agua por un episodio de ansiedad bea se narra historias antiguas y una omisión que le pesa.

Genre
Drama
Author
Bealel
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

A unos metros

Un cielo azul profundo cubre Arequipa. Son las 5:30 p.m. y no hay una sola nube. El viento sacude los eucaliptos. La luz empieza a caer. El sonido ambiente es constante: respiraciones agitadas, el golpe seco de las zapatillas contra la pista, ingreso al colegio militar donde es internado para usar la piscina que alquilan los instructores.

Bea camina por el borde de la pista atlética. Se detiene antes de empezar. Ya está agotada. Saca su teléfono.

—Llegué tarde… no quiero ir —dice, en voz baja.

—Tienes que hacer deporte, bebe. Te gusta nadar. No puedes quedarte sin hacer nada, tienes que salir. No te preocupes… ya conseguirás trabajo. Por mientras yo te apoyo, ¿sí?

La voz de él es suave, protectora. Y por eso duele más fallarle.

Bea cuelga. Respira hondo… y avanza.

El eco la envuelve apenas entra. Voces, agua, silbatos.

—¡Hola! Qué bueno que llegaste. Hoy toca 50 metros —dice el profesor.

Su enamorada se acerca y le da un beso en la mejilla.

—¡Hola, Beita!

Sonríen. Son amables. Siempre lo han sido.

Qué vergüenza, piensa Bea.

—Hola… gracias —responde, entre la vergüenza y una seguridad que no termina de ser real.

Los demás ya están calentando. Brazos, respiración, repeticiones.

—Ya tienes la técnica —dice el profesor—. Falta trabajar la respiración. Puedes hacerlo. Calienta y haz 25 para empezar.

Bea asiente.

El agua está helada y hasta parece cortante.

Se lanza porque toca. No porque quiere.

Braza una, braza dos, a los diez metros, algo se cierra en su pecho. no es técnica, sabe cómo mover los brazos, sabe cuándo girar la cabeza, sabe cómo soltar el aire en burbujas.

Pero el miedo… el miedo es más antiguo que todo eso.

Le pesa en los tobillos, la hunde, traga agua, tose, se aferra al carril.

A su lado, los nuevos avanzan sin detenerse: splash, splash, splash.

El ritmo de los que sí pueden.

Desde arriba, la voz del profesor llega distorsionada, lejana:

—Tranquila, Bea… respira.

Pero en su cabeza, la voz es otra. Fría. Inamovible: “No puedes. No lo intentes”

Bea intenta tomar aire.

Al tercer impulso, el aire ya no entra igual. En el pecho… algo se aprieta, el mundo se achica, el sonido desaparece. Solo queda un zumbido sordo dentro de su cabeza. Intenta coordinar, Pero el cuerpo se desordena, aspira antes de tiempo y traga agua.

No hay aire. No hay aire.

Late demasiado rápido, demasiado fuerte, patea más fuerte, desesperada, saca la cabeza, apenas avanza diez metros de nuevo. Ahora está temblando. Si esto es lo que ama, ¿por qué no puede fluir como antes?

Termina la clase, todos salen.

van a las duchas, el agua caliente le cae encima. Resbala por su espalda, por sus brazos, por su cara.

Pero no alcanza.

El frío es el interno.

¿Se me habrá bajado la presión?

Le tiritan las manos. Le suda la espalda… de frío.

Sale de las duchas, con gorra, audífonos y la mochila en la espalda.

Respira hondo.

Se despide.

—Chao, Bea. —Nos vemos. —Tú puedes.

Sonríe de vuelta.

—Sí… gracias.

Salió caminando despacio, como si nada hubiera pasado.

Sale y espera en el paradero de carros. Todos salen en sus transportes, motos, carros, y se despide a lo lejos de ellos. Sigue sentada, esperando el bus.

Hay bastantes carros. Es un anden, y desde allí se pueden ver las luces de la ciudad. A diez metros está el puente Chilina.

Hace tanto frío, y aún más con el cabello mojado.

Nunca fui por ahí. Qué curioso sería caminar por allí… solo ver.

Se pone de pie, temblando. Camina lento hacia la bajada del puente Chilina. Diez metros.

Solo quiero ver… nunca vine. Mi amiga dice que es seguro por los policías; hay varios, por la cantidad de personas que se saltan desde el puente.

El viento le pega en la cara y le duele la cabeza.

Llega el bus y su enamorado la llama.

—Hola, amor, ¿cómo te fue?

Sube al bus.

Hasta este punto, las luces son cálidas.

Corte brusco.

Las luces son azules.

Se baja del bus y va caminando hacia el puente.

Bea llega a la baranda. Mira abajo: oscuridad. Las manos le sudan, aunque están heladas.

Sonido: solo viento y su pulso. DUM… DUM…

Bea quita las manos rápido, como si quemara.

Se gira. A más de ocho metros, recargado en la baranda, hay un chico de unos treinta años. Capucha puesta. Mira al vacío. No se mueve.

Bea duda. Algo le dice que dé un salto de fe. es decir acercarse a hablarle y se le acerca lento.

—¿Estás bien?

El chico no responde. No la mira. Sigue con la vista al frente.

—¿En serio? Si deseas hablar… tengo tiempo.

El chico respira corto, como si le faltara aire. Se ve apagado, tenso, casi enojado. No dice nada.

Bea se recarga en la baranda, a dos metros de él. Mira también al frente. Decide hablar ella.

—Sabes… no vengo por aquí. Es la primera vez que lo veo hacia abajo. Una vez salté de un puente, pero por deporte extremo, puenting en Cayma. Lo único divertido fueron esos tres segundos cuando decides saltar y sabes que caerás. Lo demás se sintió como una montaña rusa, nada fuera de lo normal. Jajaja… qué cosas, ¿no?

El chico sigue sin responder. Es como si no la escuchara. Bea baja la voz.

—Sabes… yo no estoy bien. Te cuento, aunque no me escuches.

Recuerdo que, cuando iba al colegio, un día salí demasiado temprano. Eran las diez de la mañana y me dio curiosidad ver el colegio antes de mi hora. Me alisté y salí a las once, sin almorzar, así que compré una galleta soda en el camino.

Era tan temprano que no sabía qué hacer. Me quedé mirando la puerta del colegio y, sin pensarlo mucho, fui a ver a mi amiga que vivía cerca. Tal vez habría comida. Su abuela cocinaba bien, mas que el arroz a medio quemar de mi prima, siempre nos recibía con cariño. Fui, como tantas veces, sin mucha vergüenza.

La abuela me abrió llorando. Me dijo que entrara, que hablara con Diana, que la buscara en el patio.

La encontré allí, llorando, con algo en las manos. No entendí bien qué pasaba, pero me asusté. Le tomé las manos y, sin saber qué decir, le dije que tenía hambre, que le pidiera algo a su abuela, medio en broma. Se rió. Fue una risa corta, pero alcanzó. Luego le dije que no lo hiciera, que su abuelita estaba muy preocupada.

Le propuse caminar por los parques que llevaban al colegio. Salir un rato, distraernos. sollozo en silecio y acepto, caminamos, nos abrazamos, jugamos sobre las mesas del colegio antes de que llegaran los demás, cantamos… y luego dejamos todo en orden.

No recuerdo mucho más. Solo sé que siempre llegaba tarde… y ese día llegué temprano.

El viento sigue. El silencio también.

Sé que no me estás escuchando, pero igual sigo.

El miedo al rechazo… es algo que estoy aprendiendo a atravesar. A veces no hay explicación para lo que pasa, y está bien. No todo necesita entenderse. Incluso en medio de lo confuso, hay momentos de calma. De luz. De algo que te sostiene aunque no sepas por qué.

Me acuerdo de otra vez. Llovía fuerte en Arequipa, con truenos y rayos. Creo que fue en el Fenómeno del Niño. Yo estaba viendo una película y mi papá barría el techo para que el agua corriera. No quería que nadie le ayudara. Mi mamá y mi tía esperaban adentro.

Salí a ver si él ya entraba... solo salí. Como ahora. Sin pensarlo demasiado.

Lo vi caminando sobre el borde de ladrillos entre mi casa y la del vecino. Pensé que quería agarrar la canaleta o que el gato estaba por ahí. Le grité, pero la lluvia no dejaba escuchar.

Me dijo que había una niña en una ventana.

Una casa alta, cuatro pisos. Una niña llorando. Yo no la vi, solo escuché eso… y corrí. Toqué la puerta, insistí, nadie abría. Mi papá seguía atento, como si pudiera alcanzarla si caía.

La niña gritaba por sus tías. Tenía miedo de los truenos. Tenía cinco años.

Corrí a la tienda. Recordé que la señora Charo conocía a esa familia. Le dije lo que pasaba. Me dio una llave y vino detrás de mí.

Cuando regresé, ya había gente afuera, golpeando la puerta. Nadie abría. Usé la llave. La niña ya había bajado. Se acercó tranquila. No se cayó. Mi papá la había calmado desde afuera. Luego llegaron sus tías… y todo terminó.

Nunca supe quién era. Ni su nombre. Ni su cara.

El viento se hace más fuerte.

Siento que todo esto puede parecer sin importancia. Incluso inventado. Pero pasó.

Y, aun así, lo que más me marcó fue algo que no pasó nunca.

Un sueño.

Soñé que me moría.

Me veía fuera de mi cuerpo, en mi velorio, en mi entierro. Y lo que sentía… no era por los demás. Era por mí. Lloraba por lo que no hice, por lo que dejé incompleto. No podía hacer nada. Solo quedarme ahí.

No quería alejarse de mi mamá. Pero pasaron los días… y se levantó. Siguió. Volvió al trabajo.

Y eso me dolió.

Todo seguía. Nada se detenía.

Yo la seguía. Como si hubiera olvidado cómo caminar, simplemente la seguía. Días, meses, años. Observando. Sin que nadie me vea, y podia ver como sufria tambien.

Una dia de esos, al amanecer, me quedé quieta mirando cómo la ciudad despertaba. Cómo la gente trabajaba. Cómo los carros seguían pasando, como empezo obras en las pístas.

Todo seguía igual.

Y ahí entendí algo.

La vida sigue sin mí.

No cambia nada. Solo queda el dolor para mi familia… y después, la gente se levanta.

Y yo no tenía por qué quedarme atrás, aferrada a eso.

Ese sueño me cambió, y sabes que es lo mas raro? que eso soñe en el 2014 y las pistas si se contruyeron depues de ese año, en el 2020, las cuatro pistas que se conocia eran ahora las pistas subterraneas que conocemos.

Respira hondo

Pienso que todavía podemos hacer algo hoy. Aunque sea pequeño. Cambiar el destino de algo mínimo. A veces eso basta.

La vida no se trata de lo que otros dicen que es éxito o felicidad. Se trata de lo que uno decide hacer con ella.

Y hay algo que estoy empezando a entender:

Tengo que liberarme de lo que me hace daño… sin convertirme en daño para otros.

Las luces cambian. El azul frío se rompe. El ruido de los frenos del bus la trae de vuelta. Bea nunca bajó en el paradero del puente. Está sentada contra la ventana, el cabello aún húmedo pegado a la mejilla. Mira las luces de la ciudad pasar.

Al dia siguiente.

Te estuvieron buscando.

Perdón… por no haber sido lo suficientemente valiente para ir. Lamento lo que te pasó.

Noticias:

“...y esta mañana se confirmó el hallazgo del cuerpo de un joven en el río Chili. Fue visto por última vez el martes de madrugada en el puente Chilina...”

Bea baja la mirada a su celular. Ese lunes en la noche en su cabeza. Recuerda su “curiosidad” a unos metros. Recuerda las veces anteriores.

La tele sigue hablando, pero ya no la escucha.

—Lo siento —susurra Bea a la pantalla apagada.

El frío vuelve, pero esta vez, ya no hay agua caliente que lo cambie.