Crónicas del desvelo

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Summary

Sebas es un joven de dieciséis años que vive en una Venezuela marcada por la incertidumbre, pero su verdadera batalla es interna. Habita un "desierto mental" nacido de la soledad, un padre que se fue dejando una herida abierta y una madre cuya entrega al trabajo la mantiene físicamente ausente. En este vacío, Sebas se ha convertido en un espectador de su propia vida, convencido de que su capacidad para conectar con los demás ha muerto definitivamente.

Genre
Romance
Author
Coba
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

El Algoritmo del Desvelo

              Capítulo 1: El Algoritmo del Desvelo

...

       El silencio de mi habitación en Venezuela no era un silencio tranquilo; era de esos

que tienen un peso físico, una densidad que parece comprimir el aire hasta que respirar

se vuelve un acto consciente y pesado. Era un zumbido constante en los oídos, una

estática que me obligaba a escuchar los pensamientos que preferiría ignorar. Estaba en

esa etapa de la vida donde el mundo exterior parece una película que ves a través de un

cristal empañado por el frío, una realidad que sucede "allá afuera", en algún lugar lejano,

mientras yo me quedaba estancado en una pausa infinita, viendo cómo los días se

fundían unos con otros en una gris monotonía sin propósito.

Me sentía como un espectador de mi propia existencia. Me veía caminar, hablar y

moverme, pero era como si alguien más estuviera operando los controles de mi cuerpo

desde una sala de mando distante. No me quedaba nada en qué sobrepensar, o quizá, ya

lo había sobrepensado todo tanto que las ideas se habían desgastado hasta volverse polvo

inerte. Mi mente era un desierto de arena blanca, vasto y desolador, y yo estaba cansado

de caminar por él sin brújula, buscando una salida que nunca terminaba de aparecer en

el horizonte de mis expectativas.

Las noches eran las más largas y crueles. En la oscuridad total, las sombras de las

paredes parecen cobrar una vida propia, estirándose y deformándose según mis miedos

más profundos, y los problemas, por pequeños que sean, se agigantan hasta volverse

monstruos imposibles de derrotar. Mi historia hasta ese punto había sido una crónica de

la soledad más absoluta y el desprecio creciente hacia una sociedad que me parecía

vacía. Iba al psicólogo una y otra vez, recorriendo consultorios que olían a café frío y

productos de limpieza, lugares diseñados para la "curación" que solo me hacían sentir

más fuera de lugar. Anotaban en libretas mis miedos, mis vacíos y mis silencios,

buscando patrones que yo ya conocía de memoria, intentando encasillar mi dolor en

diagnósticos de manual. En esos momentos de naufragio digital, mi único refugio solía ser la luz azul de la

pantalla del teléfono. Era una adicción anestésica, una forma de apagar el cerebro para

no escuchar el eco de mi propio vacío existencial. Desbloqueé el celular por inercia, más

por un tic nervioso que por una verdadera esperanza de encontrar algo que valiera la

pena. Mis dedos se deslizaban por el cristal con una apatía mecánica. Y ahí, de repente,

entre la maleza de notificaciones irrelevantes y publicidad vacía, apareció su perfil. Me

detuve en seco. No sé qué fue exactamente lo que frenó mi inercia. Quizá fue la calidez de

su foto, algo en la luz de su mirada que sugería que ella también sabía lo que era el

silencio y la distancia. En mi pantalla, el idioma estaba configurado en inglés, una

barrera que en ese momento me pareció un puente. Vi un botón que decía *Follow*.

Debido a la neblina mental de mi depresión, mi cerebro interpretó mal la interfaz. Pensé

que ella ya me seguía, que el universo me estaba lanzando un salvavidas directo después

de años de naufragio. Con el corazón rompiendo su ritmo monótono, hice click. Fue un

simple movimiento del pulgar, un gesto casi invisible, pero en ese segundo, el cristal que

me separaba del resto del mundo se agrietó para siempre.