El Algoritmo del Desvelo
Capítulo 1: El Algoritmo del Desvelo
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El silencio de mi habitación en Venezuela no era un silencio tranquilo; era de esos
que tienen un peso físico, una densidad que parece comprimir el aire hasta que respirar
se vuelve un acto consciente y pesado. Era un zumbido constante en los oídos, una
estática que me obligaba a escuchar los pensamientos que preferiría ignorar. Estaba en
esa etapa de la vida donde el mundo exterior parece una película que ves a través de un
cristal empañado por el frío, una realidad que sucede "allá afuera", en algún lugar lejano,
mientras yo me quedaba estancado en una pausa infinita, viendo cómo los días se
fundían unos con otros en una gris monotonía sin propósito.
Me sentía como un espectador de mi propia existencia. Me veía caminar, hablar y
moverme, pero era como si alguien más estuviera operando los controles de mi cuerpo
desde una sala de mando distante. No me quedaba nada en qué sobrepensar, o quizá, ya
lo había sobrepensado todo tanto que las ideas se habían desgastado hasta volverse polvo
inerte. Mi mente era un desierto de arena blanca, vasto y desolador, y yo estaba cansado
de caminar por él sin brújula, buscando una salida que nunca terminaba de aparecer en
el horizonte de mis expectativas.
Las noches eran las más largas y crueles. En la oscuridad total, las sombras de las
paredes parecen cobrar una vida propia, estirándose y deformándose según mis miedos
más profundos, y los problemas, por pequeños que sean, se agigantan hasta volverse
monstruos imposibles de derrotar. Mi historia hasta ese punto había sido una crónica de
la soledad más absoluta y el desprecio creciente hacia una sociedad que me parecía
vacía. Iba al psicólogo una y otra vez, recorriendo consultorios que olían a café frío y
productos de limpieza, lugares diseñados para la "curación" que solo me hacían sentir
más fuera de lugar. Anotaban en libretas mis miedos, mis vacíos y mis silencios,
buscando patrones que yo ya conocía de memoria, intentando encasillar mi dolor en
diagnósticos de manual. En esos momentos de naufragio digital, mi único refugio solía ser la luz azul de la
pantalla del teléfono. Era una adicción anestésica, una forma de apagar el cerebro para
no escuchar el eco de mi propio vacío existencial. Desbloqueé el celular por inercia, más
por un tic nervioso que por una verdadera esperanza de encontrar algo que valiera la
pena. Mis dedos se deslizaban por el cristal con una apatía mecánica. Y ahí, de repente,
entre la maleza de notificaciones irrelevantes y publicidad vacía, apareció su perfil. Me
detuve en seco. No sé qué fue exactamente lo que frenó mi inercia. Quizá fue la calidez de
su foto, algo en la luz de su mirada que sugería que ella también sabía lo que era el
silencio y la distancia. En mi pantalla, el idioma estaba configurado en inglés, una
barrera que en ese momento me pareció un puente. Vi un botón que decía *Follow*.
Debido a la neblina mental de mi depresión, mi cerebro interpretó mal la interfaz. Pensé
que ella ya me seguía, que el universo me estaba lanzando un salvavidas directo después
de años de naufragio. Con el corazón rompiendo su ritmo monótono, hice click. Fue un
simple movimiento del pulgar, un gesto casi invisible, pero en ese segundo, el cristal que
me separaba del resto del mundo se agrietó para siempre.