Chapter 1
—¡Mi hermana! —dice Fran—. ¿Te lo puedes creer?
—Siempre ha sido un poco rara —me río.
La camarera deja las bebidas. Un ruido robótico acompaña el gesto. Alzo la vista. Nadie parece haberlo oído. El aire del bar está cargado de voces que se solapan, del tintineo de vasos que chocan y de música enérgica. Puede que sea mi imaginación.
—Te cojo una papa —dice Fran, alargando la mano hacia el plato—. O un par.
El sonido vuelve. Esta vez, estoy seguro. No viene de fuera; está demasiado cerca. Suena como un toro mecánico. ¿Será que él es…? No, no quiero ni pensarlo. Pero ¿qué hago si lo es? Necesito comprobarlo.
—¿Te has enterado? —digo—. Una señora apuñaló a su marido porque creía que lo habían suplantado con un androide indistinguible del original.
Fran arquea las cejas.
—No jodas.
—Y tenía razón.
El silencio dura un segundo más de lo normal.
—Qué miedo —sonríe—. Aunque eso explicaría el comportamiento de mi hermana.
—Preocúpate cuando empiece a comportarse con normalidad.
Reímos. Lo observo mientras lo hace: cabeza hacia atrás, ojos cerrados, nuez subiendo y bajando. La puesta en escena es perfectamente humana. Demasiado perfecta. ¿Siempre ha reído así? No lo sé. Nunca me he fijado.
—Voy al baño —dice—. Luego, me cuentas si el androide acabó en el hospital o en el taller.
Al levantarse, lo oigo otra vez. Nos miramos. Por un instante, ninguno de los dos se mueve.
—¿Pasa algo? —pregunta.
Sabe que lo he oído. Ya no puedo esperar más. Agarro el cuchillo y se lo clavo en el cuello. El primer golpe entra limpio. El segundo encuentra resistencia. Después, pierdo la cuenta.
El bar estalla en gritos. Los padres apartan a sus hijos. Los camareros dejan caer sus bandejas al suelo. Todos creen que estoy loco.
Hasta que miran a la víctima.
—¿Qué demonios…? —murmura un hombre.
Del cuello de mi amigo sobresalen cables del tamaño de venas y nervios. Una sustancia escarlata se extiende por su cuerpo y por el suelo. Mis manos y mi camiseta están manchadas. ¿Es sangre auténtica o falsa?
Voy al baño para lavarme. Primero, agua. Después, jabón. Luego, agua. Repito una y otra vez hasta sentirme limpio. Cubro las manchas de la ropa con la chaqueta y huyo del bar.
¿Dónde está Fran? ¿Cuándo lo sustituyeron? ¿Cuántos más han sido reemplazados? Las dudas me persiguen, así que corro. Corro para escapar de ellas. Corro para encontrar una certeza. Esta vez tuve razón, pero ¿tendré la misma suerte la próxima vez?
Mis pies se detienen frente a mi casa. No recuerdo el camino. Mi novia está dentro, esperándome. Inhalo y exhalo tres veces. Todo esto es solo una pesadilla muy persistente.
Entonces, lo escucho de nuevo. Ese sonido. Robótico. Artificial. Miro a mi alrededor. La calle está desierta.
—¿Dónde estás? —grito—. ¿Qué ha pasado con mi amigo? Sal. No te escondas.
Pero nadie responde. Estoy solo. O eso parece.
Andrea abre la puerta.
—Mi amor, ¿ya estás aquí? Me pareció oírte gritar. ¿Estás bien?
—Perfectamente. Tenía ganas de verte —miento.
Se acerca y me besa. El sabor de sus labios es distinto al usual, como si faltara un matiz que solo descubres cuando desaparece.
—¿Qué has cenado? —pregunto.
—Nada aún. ¿Por?
—Curiosidad.
Estoy pensando cosas innecesarias. Ella es el amor de mi vida; lo sabría al instante si solo fuera una copia sin alma. A menos que siempre haya sido una copia sin alma.
No, me quiere. Lo dice y lo demuestra a menudo. No es la respuesta de un programa, es un sentimiento genuino de un ser humano. ¿Verdad?
—¿Cómo te fue con Fran?
—Fran. Sí. Bien. Ya hablaremos de eso.
—¿Te encuentras bien? Pareces agitado.
Sospecha de mí.
—Solo estoy un poco cansado. Por cierto —cambio de tema—, ¿te has enterado? Una señora apuñaló a su marido porque creía que lo habían suplantado con un androide indistinguible del original.
Se ríe.
—Víctor, no te creas todo lo que leas. Hace una hora, leí una noticia que desmentía lo que acabas de decir. Era un engaño de un periodista para ganar visitas. Lo típico.
—¿Cómo? No, es real. Te juro que lo es.
—El periodista ya fue despedido. Se ha confirmado que era un engaño. Además, los androides no están ni de lejos tan avanzados. ¿No ves que no tiene sentido? Menos mal que te has enterado antes de apuñalar a alguien —se burla.
—¿No es real?
Niega con la cabeza. Me estoy mareando. Quiero vomitar.
—Voy al baño —digo.
Me encierro. El espejo refleja mi miseria.
—Cariño, ¿qué te ocurre? ¿Te ha sentado mal la cena?
—Necesito un momento a solas.
—De acuerdo. Si me necesitas, estaré en el salón.
Se va y enciende la tele. El volumen está muy alto. Está viendo la misma película que hace unos días.
Me acerco al salón. Al verme, me pide un abrazo con un gesto, aunque sé que es más para mí que para ella. Sonrío y me siento a su lado. Me besa en la mejilla, en el hombro y en la marca de nacimiento del codo. Da igual lo grave que sea la situación mientras esté conmigo. Si he enfermado de la cabeza, iré a un médico y confesaré mi crimen. Pero no hoy. No quiero que nadie me arrebate esta última noche de normalidad.
Cuando sus brazos se cierran sobre mi cuello, lo oigo. Ese ruido de máquina. No, alucino. ¡El sonido no existe! Está en mi cabeza. Pero ¿y si no?
—Andrea, ¿por qué esta película?
—Porque me apetece.
—Pero la vimos la semana pasada, ¿recuerdas?
—Ah, ¿sí? Me estaría quedando dormida.
—Claro —hago una pausa—. Voy a la cocina a por agua. ¿Quieres algo?
—Tráeme a mí también, por favor.
Lleno dos vasos y escondo un cuchillo en los pantalones. Cuando vuelvo, su móvil suena sobre la mesa. Estira la mano. Es ahora.
Los vasos caen al suelo y se fragmentan. Se asusta. Saco el cuchillo y se lo clavo en la mano. Grita, llora y sangra, pero sigo; no por rabia, sino por necesidad. Veo venas y huesos. Es humana. ¡Qué alivio!
—¿Por qué? —articula con dificultad.
Regreso a la realidad. Me doy cuenta de lo que he hecho: de que probablemente maté a mi amigo y de que he dejado a mi novia sin mano para toda la vida. Siento que caigo desde un precipicio; a mi alrededor, todo es oscuridad. ¿He tocado fondo o puedo caer más?
—Lo siento —tartamudeo.
—¡Aléjate de mí, monstruo!
Andrea huye de la casa con los ojos hinchados y la mano cubierta por una camiseta ensangrentada. Me gustaría decir que la tristeza y el arrepentimiento son las dos emociones que más siento ahora mismo, pero no puedo. Es la ira, porque lo sigo escuchando.
—¡Basta! —grito, histérico—. ¿De dónde vienes? ¿Por qué no me dejas?
Voy junto al espejo del baño. Me observo detenidamente. He hecho daño a gente importante, no debo temer hacérmelo a mí mismo. Levanto el cuchillo, temblando.
—No es momento de dudar —me digo.
Me corto el antebrazo desde el codo a la muñeca. No para de salir un líquido carmesí. Hundo los dedos en la herida. Bajo la gruesa capa de carne, aparece un aparato metálico en lugar del hueso.
Me río. No puedo evitarlo.
—Era yo. ¡Era yo!
¿Estoy vivo o solo lo finjo muy bien? Ni yo lo sé. Lo único evidente es que mi programación falla. ¿Cómo, si no, se explicaría la facilidad con la que hiero a mis seres queridos?
Un producto defectuoso debe ser desechado. Me corto la piel de todo el cuerpo, inundando el suelo con ese sustituto de la sangre, hasta que solo queda mi verdadera identidad al descubierto: metales, circuitos y chips.
Pronto amanecerá. Camino hasta los contenedores del barrio mientras cargo con mi propia piel. La tiro en el general, junto a restos de comida y trozos de madera podrida. El camión de la basura no tardará; debo darme prisa.
—Supongo que yo también voy en el general —bromeo.
Me escondo entre los desechos. El motor del camión suena cerca.
—Lo siento, Fran. Lo siento, Andrea.
El contenedor se eleva y se vuelca. La basura se junta con la basura. En un instante, mis circuitos serán aplastados. Por fin, silencio.
Andrea despertó en el hospital. Aunque los médicos le preguntaron quién le había hecho eso, no contestó. ¿Era una idiota por no hacerlo? No lo sabía. Había vivido tanto con Víctor que no quería perjudicarlo.
Tras leer una noticia esa mañana sobre un androide asesinado y descubrir que se trataba de Fran, entendió mejor lo que había ocurrido ayer. ¿Debería perdonarlo? Tampoco lo sabía, aunque las flores que tenía en la mesilla de al lado con la nota de amor la exhortaban a hacerlo.
Mientras reflexionaba, llamaron a la puerta.
—¿Puedo? —dijo.
Era él: el hombre al que había amado, al que amaba, al que seguiría amando. Víctor se quedó en la puerta hasta que ella dio una respuesta.
—Sí.
Se acercó despacio.
—Lo lamento —dijo—. Pasaron muchas cosas ayer. Enloquecí. Fran…
—Lo sé. Lo he leído.
Hubo una larga pausa en la que hablaron con la mirada. Andrea le tendió la mano buena. Él la cogió y ambos sonrieron con cierta tristeza. Ella lo observó y se extrañó. Algo había cambiado.
—¿No tenías una marca de nacimiento en el codo?
—Sí —miró sus propios codos—. Qué raro. ¿Cómo se pierde una marca de nacimiento? —bromeó.
Andrea pensó en la noticia, pero se dio cuenta de que estaba cayendo en la misma paranoia que su novio. Si el amor de su vida hubiera sido una copia sin alma, ella lo habría sabido. A menos que siempre hubiera sido una copia sin alma.
—No sé qué le ha ocurrido al verdadero Fran, pero pienso descubrirlo. Por él —dijo Víctor.
—Ven aquí —lo abrazó.
¿Cómo había podido temer y dudar de este hombre? Se juró que nunca cometería el mismo error. Lo amaba. Nada más importaba.
Él se alteró de repente.
—¿Pasa algo? —preguntó ella.
Víctor ladeo la cabeza, confundido.
—¿No lo oyes?