C:1 (03::14)
Un niño permanecía a la orilla de un lago cálido. El verano hacía resplandecer el pequeño bosque, pero el llanto del pequeño, de apenas cuatro años, rompía la armonía, resonando en eco junto al fluir del agua. Estaba desnudo, con la piel expuesta al frío de la sombra y a los rayos de sol que se filtraban entre las hojas.
Sujin, una campesina que buscaba un lugar para pescar como cada mañana, se acercó a la orilla. Se sentó en la tierra húmeda y preparó su caña, dispuesta a empezar su jornada, hasta que un jadeo a su costado la puso en alerta. Al girar la cabeza, se encontró con una visión inquietante: un niño de ojos plateados se abrazaba a sí mismo, con el rostro iluminado por la luz matutina.
—¿Quién te ha dejado aquí? —preguntó Sujin con una mezcla de sorpresa y preocupación. Sin dudarlo, se quitó el chaleco y lo arropó con delicadeza.
El niño levantó la mirada. Por una razón que no lograba comprender, sintió un odio y una repugnancia abrumadores hacia la mujer; era un instinto oscuro que pedía destruirla. Sin embargo, aquel gesto protector —el contacto suave de la prenda y el calor humano— comenzó a apagar, poco a poco, el desprecio que crecía en su ser.
Sujin le sonrió con una amabilidad tan genuina que el niño, cautivado, permitió que su expresión se suavizara hasta volverse vulnerable. Sin embargo, en las profundidades de su ser, una fuerza roja y oscura rugía en silencio; era una entidad que despreciaba a la mujer con una repugnancia ancestral, una vibración destructiva que exigía el fin de todo lo cálido.
Ignorando el abismo que latía frente a ella, Sujin guio al pequeño de regreso hacia su caña de pescar. Con la destreza de quien ha repetido el mismo gesto durante años, lanzó el anzuelo al agua. Volvió a sentarse sobre la tierra húmeda y, con una voz maternal que buscaba no asustar a la frágil criatura, preguntó con curiosidad:
—¿Cuál es tu nombre? ¿Sabes quién te dejó aquí? —su tono era acogedor, libre de cualquier presión.
El niño, cuyo nombre era Zobros, dudó. No recordaba a un padre, a una madre, ni tenía el concepto de lo que era una familia. No obstante, la respuesta a la primera pregunta vibraba en su mente con una claridad absoluta. No sabía cómo la había obtenido, pero su nombre era la única verdad que poseía.
—Mi nombre es... Zobros —respondió con cautela—. Zobros Vy Ouroboros.
Al pronunciarlo, sintió una punzada de traición, como si al revelar su identidad estuviera fallándole a algo o a alguien que habitaba dentro de sí mismo, una voluntad latente que aún no podía comprender.
Sujin arqueó una ceja. Jamás había escuchado un nombre tan extraño y sonoro; le pareció impresionante y, a la vez, desgarrador que alguien hubiera abandonado a un niño tan único a su suerte en la orilla del lago.
—Bueno, Zobros —respondió ella con voz tranquila—. Si no tienes a dónde ir, puedes quedarte un tiempo conmigo. Pero, ¿me prometes que cuidarás bien de la casa? Vivo sola y me vendría bien la ayuda de un niño tan excelente como tú. ¿Aceptas?
Zobros sintió como si un peso invisible le fuera retirado de los hombros. Por primera vez, se sintió protegido. Inconscientemente, asintió con la cabeza, aceptando la oferta de la mujer que, sin saberlo, acababa de reclamar al "Verdugo de Dios" como su familia .
—Está bien... —susurró conmovido, bajando la mirada mientras la luz plateada de sus ojos se opacaba ante el calor de la esperanza.
Lejos del susurro de las hojas y la humedad del lago, en el corazón de la Ciudad 15, un hombre de porte imponente recorría las avenidas con una elegancia que parecía fuera de lugar entre el hormigón. Su melena, de un azul tan profundo que rozaba la oscuridad absoluta, enmarcaba un rostro joven pero cargado de una ambición antigua. Mientras caminaba, su mente no estaba en el presente, sino en la embriagadora idea de la creación: el deseo de engendrar vida, no por amor, sino por dominio. Quería una existencia que le perteneciera por completo, una voluntad que fuera solo un eco de la suya.
Se dirigía hacia un casino con la parsimonia de un depredador que no teme ser visto. Su vestimenta, de un blanco impoluto y costoso, atraía las miradas de los transeúntes, pero la atención que recibía no era de admiración. Había algo en su aura, una vibración sutil pero densa, que provocaba en los demás una repulsión instintiva; era el rechazo natural de los seres vivos ante algo que los ve simplemente como herramientas. Aquel hombre era Seo.
Al entrar en el casino, el bullicio pareció amortiguarse a su paso. Se sentó en la primera mesa de Baccarat que encontró y comenzó a jugar. Sin embargo, la fortuna le fue esquiva; una racha de manos desastrosas vació sus bolsillos en poco tiempo. Con una frialdad que ocultaba una molestia punzante, se levantó de la mesa. Ignorando las deudas dejadas atrás con un desprecio soberano y entregando lo poco que le restaba con un resoplido de hastío, abandonó el recinto.
Afuera, la noche ya había reclamado la ciudad. Seo encendió un cigarrillo, observando cómo el humo se perdía en el aire frío. Recordó vagamente que tenía a una mujer esperándolo en las afueras, un cabo suelto en su red de control, pero no apresuró el paso. Simplemente siguió caminando por la acera, dejando que las cenizas de su cigarrillo cayeran como pequeños fragmentos de un mundo que él, tarde o temprano, se encargaría de rediseñar.
Seo caminaba con parsimonia mientras la ciudad, ajena a la hora, desbordaba gente sobre las aceras. A su paso quedó un parque viejo, una reliquia olvidada y carente de remodelaciones que parecía agonizar bajo las luces de la calle. Tras soltar una densa bocanada de humo, encontró una banca lo suficientemente apartada del bullicio. Se sentó, apoyando los codos en las rodillas con el peso del cansancio sobre sus hombros. Al bajar la mirada, sus ojos dieron con una avispa muerta sobre el cemento.
Con una delicadeza casi quirúrgica, tomó el cuerpo inerte entre sus dedos y lo elevó para analizarlo bajo la luz mortecina.
—¿Qué es lo que queda para una depredadora como tú? —susurró. Los mechones de su cabello cayeron a los lados de su rostro, ocultando su expresión—. Agh, parezco un completo psicópata hablando solo...
Con un gesto de desdén, arrojó el cadáver del insecto a un costado.
A kilómetros de allí, el ambiente era drásticamente distinto. Sujin caminaba por el sendero del bosque, acompañada por el tintineo del agua en su cubeta. La pesca había sido extrañamente escasa; el tiempo y el entorno eran perfectos, pero los peces parecían haber huido de algo. A su lado, el niño caminaba en silencio, vistiendo apenas su chaleco sobre el torso desnudo.
—Y bien... ¿de verdad no sabes quiénes son tus padres o cómo terminaste allí? —preguntó Sujin con intriga, observando de reojo la pequeña figura que la escoltaba.
Zobros dudó. En su interior, una punzada de desconfianza luchaba contra una creciente e inexplicable sensación de seguridad maternal que Sujin irradiaba.
—Yo... Bueno, no... No sé cómo llegué —respondió finalmente, bajando la cabeza para evitar que ella leyera la confusión en sus ojos.
Sujin se detuvo un instante, sorprendida. No era solo la respuesta, sino la forma de darla; la fluidez y el tono del niño carecían de la torpeza infantil. Se sentía, extrañamente, como si estuviera hablando con un adulto atrapado en un envase pequeño.
—Eres muy inteligente para tu edad. ¿Alguien te enseñó a hablar así? —La pregunta escapó de sus labios de forma involuntaria; era un pensamiento que ya no podía contener.
Zobros, por su parte, se sumergió en un silencio absoluto, dejando que solo el sonido del bosque respondiera por él.
El silencio se prolongó durante varios minutos. Zobros la observaba con una expresión tensa, buscando una respuesta que simplemente no lograba articular. En lo más profundo de su ser, una pulsión oscura y violenta le exigía terminar con la mujer a toda costa, pero otra parte de él, una más frágil y nueva, se permitía darle una oportunidad a Sujin.
Cuando finalmente cruzaron el umbral de la cabaña, Zobros experimentó una sensación desconocida: un calor envolvente. No era el calor sofocante del desierto o el ardor de la ira; era una temperatura mansa, cálida y protectora.
—Te traeré algo de ropa, espera aquí —dijo Sujin. Apoyó la cubeta con la pesca del día junto a la puerta de madera y se dirigió con paso ligero hacia una de las habitaciones.
Zobros la vio marcharse. Con la docilidad de quien no conoce las reglas del mundo, se sentó en el suelo de madera, cruzando las piernas con una ingenuidad casi infantil. Le resultaba extraño e incluso irritante tener que lidiar con seres humanos, pero aquel refugio y la actitud de la mujer le hacían sentir, por primera vez, acogido.
Sujin regresó al poco tiempo cargando unas prendas holgadas. Eran demasiado grandes para un niño, pero era lo único que tenía para aquel pequeño de cabello plateado y mirada antigua.
—Espero que te queden —murmuró ella, extendiendo la ropa hacia él—. De todos modos, más adelante te haré algo de tu talla.
Zobros observó la tela y, por pura deducción lógica, comenzó a vestirse. La ropa le quedaba tan grande que el pantalón corto parecía capaz de tragarse su cuerpo entero. Al notar su torpeza, Sujin se acercó con un lazo y, con delicadeza, ajustó la prenda a la pequeña cadera del niño.
—Ya está —sentenció Sujin. Se puso en pie y le dedicó una sonrisa cargada de una amabilidad que Zobros no sabía cómo procesar—. Comenzaré a preparar la comida, así que... ve a pasear por la casa. Conócela, ahora es tu hogar.
Sujin se encaminó a la cocina cargando la cubeta. El aroma metálico y crudo de la pesca reciente comenzó a serpentear por las habitaciones; para evitar que el aire se volviera pesado, fue abriendo las ventanas, permitiendo que la brisa del bosque purificara el interior de la cabaña.
Mientras tanto, Zobros exploraba aquel nuevo territorio con pasos silenciosos e inseguros. Sus pies lo llevaron hasta la habitación de donde Sujin había extraído sus ropas. El cuarto olía a madera vieja y a una soledad que llevaba años acumulándose. Sobre la colcha de la cama matrimonial, descansaba una caja de anzuelos.
Impulsado por una curiosidad mecánica, Zobros trepó al lecho, un proceso lento que evidenciaba las limitaciones de su pequeño cuerpo. Al volcar el contenido de la caja, un perdigón de escopeta vacío rodó sobre las sábanas. Sin comprender el significado de aquel objeto —un vestigio de violencia humana que le resultaba irrelevante—, lo apartó con desdén. Su atención se centró en los anzuelos regados. Tomó uno entre sus pequeños dedos, analizando el brillo del acero y la curva letal de la punta. Al presionarlo, el metal desgarró la yema de su dedo.
No hubo grito. No hubo llanto. Zobros simplemente observó la sangre brotar, un hilo carmesí que contrastaba con su piel pálida. Para él, el dolor no era una advertencia, sino un dato; una confirmación biológica de su actual fragilidad.
Pronto, el aroma del caldo de anchoas comenzó a desplazar el olor del mar, envolviendo la sala y filtrándose en el cuarto. En la cocina, Sujin removía la olla, permitiéndose un lujo que casi había olvidado: la esperanza. La presencia del niño llenaba los huecos de una casa que el silencio había intentado devorar. Ya no dependía solo de sus redes y sus manos; ahora tenía a alguien a quien cuidar, una razón para que el fuego de la estufa no se apagara.
Sintió un pequeño tirón en la parte trasera de su pantalón. Al girarse, se encontró con los ojos plateados de Zobros mirándola desde abajo. Sujin arqueó una ceja, dispuesta a bromear.
—¿Qué sucede? ¿Te ha gustado la casa? —preguntó con una sonrisa gentil.
Su expresión cambió de inmediato al notar el rastro de sangre que goteaba del dedo de Zobros. Con presteza, tomó una botella de vinagre que tenía a mano y vertió un poco sobre la herida para desinfectarla. Mientras lo hacía, no pudo evitar una mezcla de preocupación y desconcierto: el niño ni siquiera se había inmutado ante el escozor del líquido.
—¿Cómo te hiciste esto, Zobros? —le preguntó, buscándole la mirada con intensidad maternal.
—Los anzuelos —respondió él con una calma gélida e indiferente, como si estuviera hablando del clima y no de su propia sangre.