Capítulo 1: La chica del bosque
Después de haber fracasado una y otra vez en la búsqueda de trabajo, simplemente dejé de intentarlo.
Los días comenzaron a sentirse iguales.
Despertar… mirar el celular… perder horas en redes sociales… ver cualquier película sin prestar atención… y, cuando el aburrimiento me ganaba, dormir otra vez.
Así pasé toda una semana.
Hasta que un día, con los ojos irritados y la cabeza pesada, decidí salir.
No por motivación… sino por cansancio.
El bosque.
Ese lugar donde por las tardes la gente va a trotar, caminar o simplemente despejar la mente. No tenía ganas, pero tampoco tenía algo mejor que hacer.
—¿Voy o no voy…? —pensé.
No quería ir solo.
Pero la verdad era simple: no tenía a quién llamar.
Me puse una camiseta, una pantaloneta jean y unos zapatos cualquiera. Salí cerca de las cinco de la tarde.

El ambiente estaba tranquilo.
Poca gente.
El aire fresco golpeaba suavemente mi rostro mientras caminaba sin rumbo fijo, dejando que mis pensamientos hicieran más ruido que el mundo exterior.
asta que la escuché.
Pasos.
Suaves al inicio… pero cada vez más claros detrás de mí.
No volteé de inmediato.
Seguí caminando.
Pero algo me hizo girar.
Y entonces la vi.
En el carril izquierdo, una chica trotaba con una calma perfecta. Como si todo a su alrededor no existiera. Llevaba el cabello recogido en una cola larga que se movía con cada paso, y vestía completamente de negro: short, blusa y zapatos deportivos.

Pero no era solo eso.
Había algo en ella… difícil de explicar.
Sus ojos.
Su expresión.
Su forma de moverse.
No era una belleza común… era de esas que te dejan pensando incluso después de que desaparecen.
Y eso fue exactamente lo que pasó.
Siguió su camino… sin mirarme… sin notar siquiera mi presencia… hasta perderse poco a poco entre los árboles.
Me quedé quieto unos segundos.
—¿Qué fue eso…?

Sin pensarlo demasiado, intenté alcanzarla.
Comencé a trotar.
Uno… dos… tres minutos…
Pero fue inútil.
Se había ido.
El cansancio me obligó a detenerme. Incliné el cuerpo, apoyé mis manos en las rodillas y traté de recuperar el aire.
Cuando levanté la mirada… ya no estaba.
Regresé a casa caminando.

Pero esa noche… no fue como las otras.
Porque, por primera vez en días… no pensé en mi fracaso… ni en el tiempo perdido.
Pensé en ella.
—¿Tendrá novio…? —murmuré, soltando una pequeña risa.
Cerré los ojos.
Y sin darme cuenta… ya quería que fuera mañana.

A la mañana siguiente desperté más temprano de lo normal.
Y eso era extraño.
Últimamente me costaba incluso levantarme de la cama, pero aquella vez fue diferente. Apenas abrí los ojos, lo primero que vino a mi mente fue ella.
La chica del bosque.
Tomé el celular esperando distraerme un rato, pero ni las redes sociales ni las películas lograban quitarla de mi cabeza.
Solo podía pensar en una cosa:
—¿Y si hoy vuelve a aparecer…?
Miré la hora varias veces durante toda la tarde.
Parecía que el tiempo avanzaba más lento de lo normal.
Hasta que finalmente dieron las cinco.
Salí de casa casi de inmediato y me dirigí nuevamente al bosque. Esta vez el lugar tenía un poco más de personas. Algunos caminaban, otros trotando en pareja y varios niños jugaban cerca del parque.
Pero yo solo buscaba a una persona.
Caminé despacio observando a mi alrededor.
Nada.
Seguí avanzando.
Nada.
Miré hacia atrás una vez más.
Tampoco estaba.
Una pequeña decepción comenzó a invadirme.
—Tal vez no venga hoy… —pensé.

Decidí seguir caminando hasta llegar al pequeño parque que estaba en medio del bosque. Me senté en una de las gradas y saqué mis audífonos.
Luego puse una canción que últimamente escuchaba demasiado:
Reminiscencias de Julio Jaramillo.
La melodía comenzó a sonar mientras observaba el atardecer frente a mí. El cielo naranja se mezclaba con el movimiento de los árboles, creando un paisaje tan tranquilo que por un momento olvidé todos mis problemas.
Hasta que escuché unos pasos detrás de mí.
Mi corazón se aceleró.
Volteé lentamente.
Y allí estaba ella.
La chica de negro acababa de llegar.
Llevaba el mismo outfit oscuro y sostenía su celular en una mano mientras escuchaba música con unos audífonos blancos.
Se sentó en una banca detrás de mí sin notar mi presencia.
Sentí los nervios recorrer todo mi cuerpo.
—Ok… tranquilo… esta es tu oportunidad… —pensé.
Había imaginado muchas veces cómo hablarle.
“Hola.”
“¿Vienes siempre aquí?”
“¿Cómo te llamas?”
Pero ahora que la tenía cerca… mi mente estaba completamente en blanco.
Giré la mirada rápidamente hacia el frente intentando disimular los nervios.
—¿Le pregunto la hora?
No… muy tonto.
¿Le hablo de la música?
No… peor.
Sentía que el corazón me iba a explotar.
Y al final… hice lo peor que podía hacer.
Me levanté y decidí irme.
Mientras comenzaba a trotar de regreso a casa, no pude evitar reírme de mí mismo.
—Eres un idiota, Gabriel…
Pero incluso mientras me alejaba… seguía pensando en ella.
En su ropa negra.
En su tranquilidad.
En la forma en que aparecía y desaparecía entre los árboles.
Y fue entonces cuando sonreí solo.
—La viuda negra… —murmuré.
Sí.
Ese sería su apodo.

Aquella noche volví a pensar en ella antes de dormir.
La viuda negra.
No sabía absolutamente nada sobre esa chica, pero aun así sentía unas ganas inexplicables de volver a verla.
Imaginaba conversaciones absurdas en mi cabeza.
Que me saludaba primero… que caminábamos juntos… que incluso nos hacíamos amigos.
Y cada vez que lo pensaba, terminaba riéndome solo.
—Mañana sí le hablo… —me repetí varias veces antes de cerrar los ojos.
Pero al día siguiente descubrí que decirlo era mucho más fácil que hacerlo.
Como ya era costumbre, salí cerca de las cinco de la tarde rumbo al bosque. Esta vez llevaba mis audífonos puestos y escuchaba nuevamente Reminiscencias de Julio Jaramillo mientras caminaba entre los árboles.

El ambiente estaba tranquilo.
El viento fresco recorría el sendero y las hojas se movían suavemente sobre mi cabeza. Por momentos olvidaba que estaba allí buscando a alguien.
Miré hacia atrás.
Nada.
Volví la mirada al frente y seguí caminando.
Entonces ocurrió.
Mi pie izquierdo se hundió en un hueco escondido entre la tierra.
Sentí un fuerte dolor en el tobillo.
—¡Ahh!
Perdí el equilibrio y caí al suelo de inmediato.
El golpe no había sido tan grave, pero el dolor sí.
Apreté los dientes intentando soportarlo mientras me sujetaba el tobillo.

Y fue entonces cuando escuché una voz detrás de mí.
—¿Estás bien?
Mi corazón se detuvo por un segundo.
Reconocería esa voz en cualquier lugar.
Giré lentamente la cabeza.
Era ella.
La viuda negra.
Estaba parada a pocos metros de mí observándome con preocupación. El atardecer iluminaba parcialmente su rostro y, por un momento, sentí que me había olvidado completamente del dolor.
—S-sí… creo… —respondí nervioso.
Ella se acercó rápidamente y se agachó frente a mí.
—Déjame ver.
Su voz era suave. Tranquila.
Observó mi tobillo durante unos segundos y luego levantó la mirada.
—No parece tan grave… pero deberías tener más cuidado.
Asentí lentamente mientras intentaba no parecer demasiado nervioso frente a ella.
Entonces extendió su mano hacia mí.
—Ven. Te ayudaré a levantarte.
Por un instante dudé.
No porque no quisiera… sino porque sentía el corazón latiendo demasiado rápido.
Finalmente tomé su mano.
Sus dedos eran suaves y fríos por el aire de la tarde. Ella tiró ligeramente de mí hasta ayudarme a ponerme de pie.

En ese momento notó uno de mis audífonos tirado en el suelo.
Lo recogió.
Por curiosidad, se lo acercó al oído unos segundos.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—¿Reminiscencias? —preguntó—. Buena canción.
Luego me devolvió el audífono.
—Gracias… —respondí, todavía nervioso.
Ella acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja y volvió a preguntarme:
—¿Seguro puedes continuar?
—Sí… estoy bien.
Ella sonrió levemente.
—Entonces ten cuidado, Gabriel.
Me quedé congelado.
—¿Cómo sabes mi nombre…?
Pero antes de que pudiera preguntarlo, ella simplemente siguió trotando lentamente por el sendero.
Y yo…
Yo me quedé observándola mientras se alejaba entre los árboles, igual que la primera vez que la vi.

Esa noche casi no pude dormir.
No por el dolor del tobillo.
Sino por ella.
La viuda negra sabía mi nombre.
Y lo peor era que yo nunca se lo había dicho.
Acostado en mi cama, repasé una y otra vez lo ocurrido en el bosque.
Tal vez lo escuchó cuando me caí…
O quizás alguien me llamó antes y no lo recordaba…
Sí, debía ser eso.
Aunque, en el fondo, algo me decía que no.
Suspiré mirando el techo.
Luego sonreí como un idiota al recordar el momento en que tomó mi mano para ayudarme a levantar.
—Qué bonita sonrisa tiene… —murmuré.
Cerré los ojos lentamente.
Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí emoción por volver a despertar.

Al día siguiente regresé al bosque.
Todavía sentía una ligera molestia en el tobillo, así que esta vez decidí caminar más despacio.
El atardecer comenzaba a cubrir el cielo cuando llegué al pequeño parque de siempre. Me senté en una banca mientras escuchaba música y observaba a las pocas personas que pasaban trotando.
Intentaba parecer tranquilo.
Pero por dentro estaba pendiente de cada paso que escuchaba.
Entonces la vi.
Venía caminando desde el sendero principal.
Ropa negra.
Cabello recogido.
Audífonos puestos.
Mi corazón volvió a acelerarse.
Aparté la mirada rápidamente intentando disimular.
—Tranquilo… no hagas algo estúpido esta vez… —pensé.
Pero, para mi sorpresa, ella comenzó a acercarse directamente hacia mí.
Sentí que el alma se me salía del cuerpo.
Se detuvo frente a la banca y me dedicó una pequeña sonrisa.
—Hola. ¿Cómo sigue tu tobillo?
Por un segundo olvidé cómo hablar.
—Ah… mejor… gracias.
Ella asintió levemente.
—Me alegra.
Hubo un pequeño silencio incómodo.
Luego se quitó uno de sus audífonos y extendió la mano hacia mí.
—Por cierto… me llamo Isabel.
La miré sorprendido.
Así que ese era su nombre.
Y, sinceramente, sentía que le quedaba perfecto.
Tomé su mano con nervios.
—Gabriel.
Ella sonrió.
—Lo sé.
Mi corazón volvió a detenerse por un instante.
Antes de que pudiera preguntar algo, Isabel miró hacia el cielo anaranjado y luego volvió a verme.
—Ya casi está oscureciendo… ¿vas de regreso?
—Sí… bueno… eso creo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Entonces acompáñame.
—¿Eh?
—Somos los últimos por aquí. Además, no me gusta caminar sola cuando ya oscurece.

Intenté actuar tranquilo.
Pero por dentro estaba celebrando como si hubiera ganado la lotería.
—Claro… está bien.