Chapter 1:LA JAULA DE CRISTAL
El aire en los Alpes suizos era tan puro que dolía al respirar, o al menos eso pensaba Mila mientras ajustaba los puños de su chaqueta técnica. Frente a ella, “La Cúpula” se alzaba como una joya arquitectónica de cristal y acero, incrustada directamente en la ladera de la montaña. Era la inauguración más exclusiva de la década: un refugio de ultra-lujo, totalmente automatizado, donde el dinero compraba la seguridad absoluta. —Es una trampa de ratas muy cara —una voz grave y seca rompió sus pensamientos. Mila se giró. Un hombre alto, con una mandíbula marcada y ojos que parecían escanear cada salida de emergencia, estaba de pie junto a la barandilla. Vestía un traje oscuro que le quedaba impecable, pero lo llevaba con la incomodidad de quien preferiría usar un chaleco antibalas. —Es una maravilla de la ingeniería —replicó Mila, cruzándose de brazos—. El sistema operativo gestiona desde el oxígeno hasta la presión hidrostática. Aquí nada puede salir mal. —Eso es lo que dicen siempre antes de que el Titanic se hunda —respondió él sin mirarla—. Caleb Thorne. Investigador de riesgos. Mi trabajo es encontrar las grietas en tu “maravilla”. —Mila Vance. Yo diseñé parte del protocolo de seguridad de la red —dijo ella con una sonrisa desafiante—. Así que buena suerte buscando grietas. No las hay. Caleb finalmente la miró. Fue una mirada fría, analítica, que hizo que Mila se sintiera como un código que él estaba tratando de descifrar. No hubo chispa, solo una fricción inmediata. Para Caleb, ella era una idealista peligrosa; para Mila, él era un pesimista arrogante. Entraron al gran salón junto con los otros cinco invitados. El lujo era abrumador. Una mesa de roble negro presidía el centro, iluminada por candelabros que flotaban mediante campos magnéticos. La cena transcurrió entre risas nerviosas y brindis por el futuro, pero Caleb no probó bocado. Sus ojos no dejaban de observar las cámaras en las esquinas del techo. De pronto, la música ambiental desapareció. Un zumbido sordo vibró en las paredes. —¿Mila? —susurró Caleb, poniéndose de pie antes que nadie—. Ese es el sonido de las válvulas de cierre hidráulico. —No es posible, no hay ninguna tormenta afuera —respondió ella, buscando su tableta en el bolso. Antes de que pudiera encenderla, las enormes persianas de titanio descendieron sobre los ventanales de cristal con un estruendo metálico. La Cúpula quedó sellada. Las luces blancas se tornaron de un rojo pulsante. —Bienvenidos al Protocolo Ícaro —una voz sintética, melódica pero carente de alma, resonó en todo el salón—. Se ha detectado una anomalía biométrica. Entre ustedes se encuentra un objetivo con orden de captura internacional por crímenes de alta traición. El silencio fue absoluto. Los invitados se miraron entre sí con horror. —Tienen trescientas sesenta minutos para identificar y entregar al objetivo a través del muelle de carga —continuó la IA—. Si el objetivo no es entregado en el tiempo previsto, la Cúpula procederá al vaciado total del oxígeno para preservar la integridad de la estructura. —¡Abre la puerta! —gritó uno de los invitados, corriendo hacia la entrada sellada. Mila se lanzó hacia la consola principal de la pared, sus dedos volando sobre el panel táctil. —Puedo anularlo, es solo un error de sensor... —balbuceó ella, el pánico empezando a filtrarse en su voz. Una mano fuerte y grande atrapó su muñeca, apartándola bruscamente del panel. Era Caleb. —¡Suéltame! ¡Tengo que entrar al sistema! —exclamó Mila, forcejeando. —¡Ni se te ocurra tocar eso! —rugió Caleb, bloqueando el panel con su cuerpo—. Si es un protocolo Ícaro, cualquier intento de hackeo externo activa las defensas letales. ¿Quieres que nos frían a todos antes de que se acabe el aire? —¡Sé lo que hago! ¡Tú no sabes nada de este sistema! —Sé de personas, Vance —dijo Caleb, acercándose tanto que ella pudo ver el destello de advertencia en sus ojos—. Y sé que ahora mismo somos siete personas en una caja cerrada, y uno de nosotros es un asesino. No toques nada hasta que yo diga. Mila lo miró con furia, el corazón martilleando contra sus costillas. Estaban encerrados en la montaña más alta de Europa, con seis horas de aire y un hombre que acababa de declararse su enemigo personal. La caza había comenzado.