Hotel El Limbo

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Summary

Despiertas en una habitación de hotel sin recordar tu nombre, tu pasado… ni tu rostro. En el espejo solo hay un «joker» sonriéndote desde el otro lado del cristal. El Hotel El Limbo recibe a personas atrapadas entre la vida y la muerte: almas que deben reconstruir su identidad antes de que el tiempo se agote. Cada habitación esconde pistas. Cada huésped lleva un rostro imposible. Y cada recuerdo recuperado acerca más a una verdad que quizá sería mejor olvidar. Alicia solo sabe dos cosas: que algo monstruoso la espera dentro del armario de su habitación… y que la mujer que afirma ser su amiga parece conocerla demasiado bien. Mientras los recuerdos regresan fragmentados —un cadáver, una cuerda, sangre en el suelo y una voz dentro de su cabeza—, Alicia descubrirá que el verdadero horror no está en el hotel, sino en aquello que hizo antes de llegar a él. Oscura, psicológica y profundamente perturbadora, Hotel El Limbo es una historia sobre la culpa, la identidad y los monstruos que sobreviven dentro de nosotros incluso después de la muerte.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

1

Mis pies patalean en el vacío, persiguiendo el suelo como un depredador a su presa. La cuerda cruje, se tensa y se aferra a mi cuello. Cada espasmo me arranca un suspiro de vida.

Una sirena corta la noche. Su lamento se sincroniza con el vaivén de mi cuerpo. Parpadeos rojos y azules se filtran por la ventana.

Saboreo el óxido en mi lengua. Y el olor. Ese hedor espeso que satura la habitación y se clava en mi piel. El hedor de un cadáver. Su cadáver. Está a mi espalda, observándome con ojos ciegos, juzgándome con palabras mudas.

Un golpe. Otro. La puerta vibra bajo los puños de quienes están al otro lado. Voces. Prisa. Impaciencia.

No. No ahora.

—No entren —murmuro con un hilo de aliento—. No hasta que la mate.

Despierto en una cama desconocida. En una esquina, un armario exhala aire cálido por las rejillas, cual bestia asustada. Rayos de luz crepuscular atraviesan la única ventana y sumergen mi cuerpo en una tarde eterna. Transportan un calor apagado, perezoso, mestizo de hielo y fuego.

Me siento tres veces observada. Ignoro la presencia en el ropero y me centro en el espejo de enfrente. Un escalofrío me abraza y apresa. Me acerco con cautela. Mi respiración temblorosa empaña el cristal. Alguien ha robado mi rostro y lo ha sustituido por una carta de póquer: el joker de color. El tacto, creyendo que la vista ha enloquecido, palpa el naipe con rudeza. Es real.

Las piernas me traicionan. Caigo. Clavo las uñas en los brazos, anhelando que el dolor me arranque de esta pesadilla. El corazón me golpea el pecho con el frenesí de un pájaro enjaulado en una prisión de huesos. La garganta se cierra. Los oídos se taponan.

Desde la penumbra, aparece la tercera presencia. Tiene cuerpo de mujer, pero cara de joker blanco y negro. Se agacha junto a mí, desclava mis uñas y me acaricia la espalda hasta que me tranquilizo.

—¿Quién eres? —pregunto.

—No lo sé. ¿Y tú? —su voz es un eco en mi cráneo.

¿Quién soy? No logro recordar mi nombre. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Qué ha pasado con mi rostro?

Nuestras miradas conectan. Hace mucho que nos conocemos, aunque nuestras mentes lo hayan olvidado. Queda una huella de su paso por mi alma.

La madera del armario cruje. La mujer, mi amiga, se acerca. La agarro por la muñeca con rabia, aunque lo único que experimento es temor.

—No —murmuro—. Por favor.

—¿Sabes qué se esconde ahí?

Niego con la cabeza agachada.

—Salgamos de aquí —dice—. Descubramos qué es este sitio.

Agradezco en silencio. Lo que oculte ese ropero, lo prefiero encerrado.

El exterior es un pasillo largo, de puertas blancas y mal iluminado. Las bombillas perduran en un amago constante de infarto, en un tira y afloja entre la vida y la muerte.

Llegamos a la recepción de un hotel. La cristalera de la salida revela un páramo desértico congelado en un atardecer sin futuro. No hay relojes. Podrían haber pasado minutos. O años.

Mi compañera toca el timbre. La violencia del sonido nos obliga a taparnos las orejas. No es un tintineo armonioso, sino un grito desgarrador.

—Buenas tardes perpetuas, señoritas.

Un hombre elegante y sonriente, con una antorcha por cabeza, aparece tras el mostrador. El fuego danza sin consumirlo. Sus facciones, si las tuvo, ardieron hace mucho.

—¿En qué puede ayudarlas un honrado trabajador de tan ilustre establecimiento?

La sorpresa inicial no nos dura mucho. Mi amiga da un golpe sobre la mesa y agarra al hombre antorcha por la corbata.

—Cinco preguntas. Responde sin rodeos —las enumera con la mano libre—. ¿Quién eres? ¿Dónde estamos? ¿Qué ha ocurrido con nuestros rostros? ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí?

—No hace falta recurrir a la violencia —dice con la paciencia de quien ha vivido lo mismo demasiadas veces—. Contestaré con gusto. ¿Le importaría soltarme?

Lo libera de su agarre, pero lo apuñala con la mirada. Él se alisa el traje y carraspea.

—¿Quién soy? Ah, qué pregunta tan ambigua. Podría responder de mil maneras y ninguna me satisfaría. Baste decir que soy el gerente del lugar donde se encuentran. He ocupado este puesto tanto tiempo como ustedes llevan aquí, o más.

»¿Dónde están y por qué? En el maravilloso Hotel El Limbo, el destino de las almas que desconocen si continúan vivas. Esa es su situación.

»¿Sus rostros? ¿Sus identidades? Misma pregunta, distinta formulación. Todo aquel que olvida quién es pierde la cara. En su lugar, aparece un símbolo que representa al huésped. Nadie llega con memoria, pero nuestro deber es ayudar a que la recuperen y descubran dónde se encuentra su cuerpo: hospital o cementerio. Sus habitaciones están plagadas de pistas para recuperar los recuerdos. Allí, hallarán la clave para resolver el enigma: ¿vives o mueres?

Me cuesta digerir la información, pero mi amiga parece aceptarlo con naturalidad. Nos despedimos del gerente y volvemos a nuestros cuartos, pensativas.

En el corredor, una señora con rostro de magdalena nos ve y huye. La seguimos, extrañadas por su comportamiento.

—Déjame en paz —grita—. Estoy harta de que me hagas las mismas preguntas una y otra vez. ¡Llamaré al servicio para que te encierre!

La perdemos en un recodo del pasillo. Nos detenemos, jadeantes, con la sensación de haber encontrado una pieza más del puzle.

—¿Qué ha querido decir? —pregunto.

—Puede que esté loca. La cordura es un bien que no está exento de ladrones. Un día en este establecimiento equivale a un año en un manicomio —bromea—. Ven. Quiero enseñarte algo.

La sigo hasta su puerta. El número gravado en la madera es la versión especular del mío, el 333. Ninguna otra presenta esa peculiaridad.

En el interior, la misma luz inmutable baña la estancia, como si el sol hibernara en el ocaso. Dos elementos me llaman la atención. El primero es el ropero, idéntico en cada cicatriz al que poseo, como un hermano gemelo. El segundo, una puerta tímida en la pared. Ya entiendo cómo había entrado a mi habitación.

—Esto es lo que quería enseñarte —dice, señalando un espejo.

Me acerco, esperando presenciar el joker de color en vez de una cara humana. El cristal me devuelve el rostro borroso de una mujer. Una soga le decora el cuello como un colgante. Ese cuello morado es mi cuello. Ese rostro borroso es mi rostro.

Mi corazón se apaga. El telón se cierra sobre mis ojos y la oscuridad me acoge con brazos de seda. Una voz lejana intenta alcanzarme, pero apenas la escucho.

—¡Alicia! —dice, preocupada.

Desaparezco de este mundo.

Reaparezco en este mundo. Despierto en una cama conocida. Mi cama. ¿Cuánto tiempo ha transcurrido: minutos, horas, décadas?

Estoy sola. Hace mucho que no comprendo esa sensación. Me levanto y me acerco al espejo. Mi reflejo ya no es un enigma: cejas finas, ojos grandes, labios rosados, nariz pequeña, tez blanca. Alicia. Ese es mi nombre. Significa ‘verdad’. Mis padres me lo pusieron porque no querían que ocultara nada.

Una sonrisa devora mi rostro, pero desaparece como una nube tras la lluvia. Ella lo sabía. Desde el principio. Sofía. Significa ‘conocimiento’. Por eso sé que lo sabía.

El armario respira. El sonido de arañazos en su interior imita un gruñido contenido. No puedo posponerlo más. Camino hacia él, lista para aceptar la sentencia. La puerta se entreabre con un lamento metálico, como el chirrido de un cerdo en el matadero. Respiro hondo. Abro.

Un cuerpo femenino yace dentro, maltratado y desprovisto de alma, más una muñeca que un ser humano. El aliento se me quiebra en la garganta. No quiero gritar. No quiero llorar. Pero lo hago. Las lágrimas se enredan como lianas, pintando un jardín colgante en cada ojo. Es ella. Mi madre.