El camino del Forjador

All Rights Reserved ©

Summary

En una ciudad industrial consumida por la corrupción, las mafias y la violencia, sobrevivir ya es una victoria. Leonardo Valerian lo sabe mejor que nadie. Su poder le permite absorber materia y convertirla en energía devastadora, pero cada combate destruye su cuerpo un poco más. Aun así, cuando una organización criminal conocida como los Chatarreros Rojos comienza a extender su control sobre los barrios olvidados de la ciudad, Leonardo decide intervenir... aunque eso signifique condenarse. Junto a Kara, una explosiva mercenaria incapaz de diferenciar el caos de la diversión, e Ilyana, una brillante ingeniera obsesionada con entender los límites del poder humano, comenzará una guerra contra enemigos mucho más grandes de lo que imaginaban. Pero en una ciudad donde la información vale más que las vidas, cada victoria tiene un precio. Y el poder... siempre exige algo a cambio

Genre
Fantasy
Author
Jouci
Status
Ongoing
Chapters
12
Rating
n/a
Age Rating
18+

El despertar de Hierro

El sonido lo golpeó primero. Un crujido lento y profundo, como si un coloso de acero estuviera girando sus entrañas oxidadas bajo tierra. Leonardo abrió los ojos de golpe, su respiración entrecortada, el corazón tamborileando como un martillo sobre metal desnudo. Un instante atrás, estaba en su cama, envuelto en la monotonía gris de una vida sin brillo. Ahora, el mundo había cambiado. Radicalmente.

Estaba tendido sobre adoquines húmedos, fríos como la piel de un cadáver. Se incorporó con torpeza, las palmas mojadas apoyadas en el suelo sucio. El olor a aceite, vapor y carbón le inundó los sentidos. A su alrededor, edificios de arquitectura victoriana se elevaban como gigantes de latón y cobre, sus fachadas cubiertas de tuberías, válvulas y placas metálicas grabadas con inscripciones que no reconocía.

Una lámpara de gas chisporroteó sobre él, proyectando su sombra distorsionada contra una pared de hierro oxidado. El leve zumbido eléctrico que la acompañaba parecía el aliento tenue de una máquina vieja que se negaba a morir.

Leonardo se incorporó del todo, sacudiendo la cabeza con incredulidad.—¿Qué carajo...?

La ciudad bullía a su alrededor. Personas con abrigos largos y gafas oscuras caminaban apuradas, indiferentes a su presencia. Algunos llevaban mochilas a presión conectadas a tubos, otros sombreros ornamentados con engranajes que giraban lentamente. A lo lejos, el rugido profundo de turbinas retumbaba en el cielo: un zeppelín cruzaba entre las nubes pesadas, dejando una estela de vapor denso mientras su silueta cortaba la ciudad como un leviatán aéreo.

Y entonces, una voz áspera y autoritaria desgarró el ambiente.

Eh, tú. Leonardo giró justo a tiempo para ver a un hombre corpulento acercarse desde la bruma del vapor callejero. Su abrigo militar estaba cubierto de insignias metálicas, y su brazo izquierdo, completamente reemplazado por un miembro mecánico, brillaba con un tono acerado bajo la luz de las farolas.

Extranjero. Este es territorio restringido para civiles. Identifícate inmediatamente.

Leonardo no respondió al instante. Su mente aún trataba de juntar las piezas rotas de su realidad. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había llegado allí? ¿Por qué todo olía a metal quemado y electricidad?

Sus ojos, por instinto, buscaron una salida, una ventaja, cualquier cosa útil. Y la vio.

Un contenedor metálico abierto, no a más de tres metros. Dentro: pedazos de maquinaria antigua, fragmentos de cobre, hierro oxidado, tubos rotos, engranajes sin dientes. Desecho, pero no inútil.

Algo en su cuerpo respondió antes que su conciencia. Un escalofrío extraño le recorrió los dedos. Como si una corriente invisible —familiar pero olvidada— le subiera por las venas.

El hombre se acercaba, su brazo mecánico emitiendo el chasquido de servos viejos al tensarse.

—Última vez que lo pregunto. ¿Nombre?¿Origen?¿O quieres que te arrastre al cuartel y lo descubramos cortándote pieza por pieza?

Leonardo tragó saliva. Su voz salió más firme de lo que esperaba, teñida de ese humor seco que le nacía como defensa en momentos críticos.

—No lo sé... Tal vez ayer era un contador. Hoy soy un maldito misterio hasta para mí.

El soldado no lo encontró gracioso. Dio un paso más, levantando ligeramente el brazo mecánico, como si fuera a cargarlo como un arma.

Y entonces...Leonardo sintió el metal. No sólo lo vio. Lo sintió. Allí, en el contenedor: el hierro oxidado, el cobre deformado, las placas quebradas...Era como si una parte de él supiera cómo descomponerlo. Cómo tomarlo. Cómo hacerlo suyo.

Su piel vibró. Apenas perceptible. Un zumbido leve en sus dedos. Un calor ascendente, no agresivo...poderoso.

Su cuerpo lo entendía antes que su mente.

Puedo absorber eso.

Leonardo no se movió. El brazo mecánico del hombre seguía tenso, listo, como si bastara un suspiro equivocado para soltar una descarga o partirle el cráneo. Pero él mantuvo la mirada firme. No había agresión en sus ojos, solo una mezcla de alerta y confusión, como un perro que ha despertado en medio de una tormenta que no comprende.

Tranquilo, amigo, no vengo a buscar problemas —dijo finalmente, levantando las manos despacio, en un gesto de paz que no se veía muy a menudo en calles como esa—. Me llamo Leonardo. Y sí... no soy de por aquí. No sabía que esta zona era restringida. Disculpa si crucé una línea.

El hombre lo estudió con ojos como tuercas oxidadas. Frunció el ceño, examinando el rostro, la ropa, las manos. Nada de lo que veía encajaba con lo que esperaba. Leonardo no vestía como un obrero, ni como un noble. No llevaba insignias, no tenía hollín bajo las uñas, ni tatuajes de banda. Era un forastero... completamente fuera de lugar.

El soldado —si es que eso era— soltó un gruñido bajo y se rascó la barba espesa. Su brazo mecánico emitió un leve chasquido, como si se descargara una pequeña cantidad de vapor entre las articulaciones.

—Mmm...Leonardo, ¿eh? —repitió, no del todo convencido. Su voz bajó medio tono, menos hostil, aunque aún tensa—. No pareces un saboteador... ni uno de esos bastardos de los Chatarreros Rojos. Te habrías echado a correr, o habrías intentado clavarme un destornillador oxidado.

Leonardo alzó una ceja.—Bueno, no descarto lo del destornillador, si me sigues amenazando con ese brazo de apisonadora.

Un silencio incómodo. Él soldado soltó una carcajada breve, seca. No lo encontró gracioso, pero lo aceptó.

—Estás en Ciudad Engranaje, muchacho. Sector Industrial. Todo esto —dijo señalando los callejones de latón y vapor que los rodeaban— ha estado bajo cierre desde hace semanas. Los malditos Chatarreros han estado atacando fábricas, robando piezas, dejando minas ocultas. Es zona roja. Peligrosa. Nada que un civil normal deba estar pisando.

Leonardo bajó las manos con lentitud.—Créeme, si tuviera idea de cómo llegué aquí, te lo diría. Me desperté en medio del suelo, con un zepelín sobre la cabeza y sin la menor pista de qué demonios es un Chatarrero Rojo.

El hombre no respondió de inmediato. Sus ojos, sin embargo, cambiaron: dejaron la amenaza para abrazar algo más turbio. Curiosidad.

—¿Sin recuerdos? ¿Sin rumbo? ¿Apareces en una zona cerrada sin un maldito permiso? Muy conveniente, pensó el soldado, aunque no lo dijo.

Un segundo más de tensión. Leonardo sintió de nuevo ese cosquilleo en la palma de la mano, como si el metal del contenedor cercano le murmurara, reclamando atención. Una sensación apenas perceptible... como hambre en una bestia dormida.

No lo mires, se dijo. Pero sus ojos lo traicionaron. Un parpadeo. Una mirada fugaz al contenedor lleno de metal abandonado. Fragmentos de cobre. Tuberías huecas. Hierro sucio.

El soldado lo notó.

—¿Qué miras?

—Nada —respondió Leonardo con rapidez, volviendo a su rostro de piedra—. Solo trato de procesar que me acabo de despertar en una jodida pesadilla mecánica y tú eres lo primero que veo, así que no es una muy buena primera vista.

Silencio otra vez. Luego el hombre bajó el brazo lentamente. La tensión en los músculos disminuyó. No del todo, pero lo suficiente como para que Leonardo pudiera volver a respirar con normalidad.

—Tienes suerte —murmuró—. Podría arrastrarte ahora mismo al cuartel para interrogarte como corresponde. Pero no tengo tiempo para más extraños con cara de perdido. Sal de aquí. Vete al centro de la ciudad, busca la Plaza de las Calderas. Allí hay información, y si sigues pareciendo tan idiota como ahora, quizá alguien te ayude.

Leonardo asintió, pero no se movió aún.

—¿Y tú? ¿Cuál es tu nombre?

El hombre lo miró con un dejo de sorpresa, como si esa pregunta fuera inusual.—Sargento Halvek. División de Seguridad Ferroviaria.

Halvek le extendió el brazo a Leonardo, buscando un saludo—Buen apretón de manos, Halvek. Aunque tu brazo parece más afilado que tu sentido del humor.

El sargento no respondió. Se giró, murmuró algo por un comunicador clavado a su oreja y desapareció entre el vapor de una caldera cercana.

Leonardo se quedó quieto. El metal en el contenedor detrás de él parecía haber dejado de susurrar.

Pero algo dentro de él seguía sintiendo esa presencia extraña.El poder aún dormía. Esperando.

Leonardo no se movió de inmediato. El vapor seguía silbando entre los callejones como si la ciudad estuviera respirando por mil bocas metálicas. Halvek ya se había girado, listo para marcharse, pero Leonardo levantó la voz una vez más.

—Espera.

El sargento se detuvo a regañadientes, girando solo la cabeza.—¿Qué?

Leonardo caminó un par de pasos hacia la pila de chatarra al costado del callejón: una montaña informe de engranajes rotos, tubos de cobre ennegrecidos, placas deformadas y piezas de maquinaria abandonada. Vapor rezumaba aún de algunas rendijas. El metal oxidado estaba cubierto de hollín y años de olvido.

—Mira —dijo Leonardo, sin apartar la vista del montón—. Quiero ayudarte. En las fábricas. Con los Chatarreros. Donde sea. Pero no te estoy vendiendo humo. Quiero que veas lo que puedo hacer.

Halvek arqueó una ceja.—¿Qué, vas a arreglar esa basura con palabras bonitas?

Leonardo no contestó. En cambio, levantó lentamente su mano derecha, los dedos ligeramente separados, como si temiera tocar algo sagrado.

—Ves esa pila de chatarra, ¿verdad?

El sargento asintió, ya más curioso que escéptico.

—Está bien, Leonardo —dijo al fin—.Sorpréndeme.

Leonardo se acercó al montón. Sentía su pulso acelerarse, como si su propio corazón golpeara al ritmo de un martillo de fundición. Estaba nervioso. Pero también había algo más... algo vivo dentro de él. Como una vibración leve, pero constante, que despertaba solo en presencia del metal.

Se arrodilló junto a una gran plancha de hierro oxidado. Cerró los ojos un segundo. Luego posó la palma sobre la superficie.

El contacto fue inmediato.

Un calor subió desde sus dedos como un rayo contenido. La plancha empezó a vibrar bajo su piel. No con sonido, sino con energía. Leonardo sintió cómo su cuerpo absorbía el metal, no como si lo devorara... sino como si lo descompusiera en esencia pura, y la arrastrara hacia su interior. Molécula a molécula. Gramo a gramo. El hierro fluía por sus venas como una corriente cálida y limpia.

Su piel brilló sutilmente durante unos segundos. Apenas una luz plateada, como el reflejo de una moneda en agua sucia. Luego el brillo se desvaneció.

Y la plancha... desapareció.

No con violencia. No como si se rompiera. Simplemente se deshizo. Como si nunca hubiese estado ahí.

Leonardo se puso de pie con calma. Su respiración era regular. Su cuerpo no parecía dañado. Pero dentro de él...algo había cambiado. La energía del hierro estaba ahora almacenada, vibrando con pulso leve, esperando ser usada.

Halvek retrocedió un paso. Su expresión ya no era dura ni desconfiada. Era pura incredulidad.

Por los engranajes dorados...—murmuró—. ¿Qué carajos acaba de suceder? ¿Absorbiste eso? ¿La... chatarra?

Leonardo no respondió enseguida. Solo se encogió de hombros.

—Digamos que tengo... habilidades, no de las que cualquiera podría emplear educándose un poco.

Halvek tardó un momento en recuperar la compostura. Luego se pasó la mano humana por la cara, exhaló con fuerza y lo miró como si estuviera viendo a un mutante nacido de un horno sagrado.

—Joder, Leonardo... ¿Qué demonios eres?

Leonardo lo pensó. Miró su mano. Aún podía sentir el metal allí, en algún lugar bajo su piel. No tenía respuesta.

—No lo sé —dijo—. Pero tal vez este mundo me ayude a averiguarlo, este poder es la única pista que tengo y voy a aprovecharlo todo lo que pueda.

Halvek asintió lentamente. Su voz fue más seria esta vez.

—Entonces ven conmigo. El inspector jefe Arken tiene que verte. Y si eres real —añadió, girando sobre sus talones—, tal vez acabas de convertirte en el arma que necesitábamos.

Leonardo no sonrió esta vez. Solo lo siguió, con el murmullo metálico aun latiendo bajo su piel

Ciudad Engranaje tenía pulmones de vapor y arterias de acero.

Halvek y Leonardo caminaron en silencio durante ocho cuadras de callejones angostos, calderas burbujeantes y pasarelas mecánicas que chirriaban con cada paso. A cada lado, los muros estaban cubiertos de tuberías y válvulas, y en lo alto, engranajes colosales giraban eternamente, como si movieran el cielo mismo. La ciudad respiraba y temblaba con cada bocanada de humo negro expulsado desde las torres industriales.

A mitad del trayecto, Halvek no pudo evitar lanzar una mirada lateral.

—¿Y cómo... se siente eso? —preguntó con tono seco—. Lo de absorber metal.

Leonardo sonrió de lado.—Como si el mundo tuviera sabor.—¿Qué? — Pregunto Halver con un tono de incredulidad—Hierro con un toque a electricidad quemada. Bastante... intenso, como si comieras, pero bueno, ahora parece que estoy llevando el concepto de omnívoro a un nuevo nivel.

El sargento resopló, pero no volvió a hablar. Cuando llegaron al final del recorrido, se detuvieron frente a un par de puertas de fundición maciza, custodiadas por dos soldados con armaduras metálicas completas, sin rostros visibles. Ambos llevaban rifles a vapor conectados a mochilas presurizadas.

Halvek hizo un gesto breve con el brazo. Uno de los guardianes escaneó un panel de válvulas en la pared, y con un estruendo sordo, las puertas se abrieron lentamente, dejando escapar una bocanada de aire caliente.

—Bienvenido a la Fábrica Central, Leonardo —murmuró Halvek—. El corazón del hierro.

Adentro, el ambiente era distinto: más oscuro, más denso. Las paredes vibraban con energía. Las lámparas no eran de gas, sino esferas eléctricas suspendidas por tubos colgantes que chispeaban intermitentemente. Las sombras se movían como criaturas encadenadas. El lugar parecía un cruce entre un búnker militar y el interior de una bestia industrial viva.

Descendieron por una escalera en espiral de hierro fundido hasta una plataforma de mando suspendida por cables y vigas. Desde allí se veía el núcleo: una forja colosal con maquinaria girando en todas direcciones. Tubos gigantes transportaban líquidos espesos, y una estructura central emitía pulsos rítmicos, como los latidos de un corazón mecánico.

Y en medio de todo, rodeado por ingenieros, soldados y un par de hombres de túnica negra...estaba él.

Viktor Hartmann.

Alto. Delgado. Vestía un abrigo largo de cuero con incrustaciones metálicas, una camisa oscura abotonada hasta el cuello, guantes finos, y un monóculo de cristal azul brillante conectado por cables a un dispositivo en su hombro. Su cabello era blanco como vapor frío, y su rostro tenía la precisión de una máquina de relojería.

Cuando se giró, su mirada cayó directamente sobre Leonardo.

—¿Este es el extranjero del que me hablaste, Halvek?

La voz de Hartmann era precisa, afilada, como una orden escrita con tinta de cuchillas.

—Sí, señor. Leonardo. Apareció en el Sector Industrial, sin identificación, sin recuerdos. Pero tiene... una habilidad.

Viktor Hartmann caminó hacia él con paso medido. Lo examinó como si fuera una pieza recién sacada del molde.

—¿Una habilidad?

Leonardo sostuvo la mirada.

—Absorbo materia. Especialmente metal. Lo descompongo y lo almaceno como energía. Y sí, suena tan jodidamente raro como suena.

Un silencio pesado se instaló. Los técnicos dejaron de hablar. Una válvula siseó a lo lejos, marcando el compás del juicio silencioso.

Hartmann se detuvo a apenas un metro de él.—¿Y puedes demostrarlo?

Leonardo alzó una ceja.—Ya lo hice frente a tu perro de guerra. Pero si quieres, me como esta barandilla.

Halvek reprimió una risa. Hartmann no.

—Eres sarcástico, impulsivo, y claramente no entiendes el peligro en el que estás —dijo sin alterar el tono—.Eso me gusta. La estupidez controlada se convierte en utilidad con el entrenamiento adecuado.

Leonardo parpadeó.—¿Se supone que me lo tengo que tomar como cumplido? — Dijo Leonardo mientras levantaba una ceja

—No. Fue una observación— Replico Hartmann al instante—Ah, me encantan las observaciones que suenan como amenazas, algo me dice que nos llevaremos muy bien— Leonardo le extiende la mano.

Hartmann le dio la espalda y se dirigió hacia una mesa de planos.—Si lo que dices es cierto, Leonardo, no solo eres útil. Eres una anomalía estratégica. Y no tengo el lujo de ignorar anomalías ahora que los Chatarreros están escalando sus ataques. Tenemos fábricas enteras cayendo. Trabajadores desapareciendo. Rutas de vapor saboteadas. Si puedes sobrevivir... y si puedes controlar ese poder... te convertirás en una herramienta crítica para el orden industrial.

Leonardo frunció el ceño.—¿Una herramienta?

—Exactamente. Pero tranquila, una herramienta bien aceitada puede tener privilegios. Protección. Comida. Dormitorio con calefacción. Quizá hasta respuestas sobre por qué estás aquí.

La última frase congeló a Leonardo por dentro. Porque , él tenía preguntas. Y en ese infierno de metal, este hombre podría tener una o dos respuestas.

—Estoy dentro —dijo finalmente—. Pero no soy tu martillo ni tu yunque. Si vamos a trabajar juntos...—...será bajo mis condiciones —terminó Hartmann sin girarse—.Y tu primera prueba comienza esta noche.

Leonardo apretó los dientes. El corazón de hierro había latido. Y él estaba justo en el centro.

La noche cayó sobre Ciudad Engranaje como un telón de hierro, y con ella llegó el susurro del peligro.

Leonardo esperaba en una plataforma de carga olvidada, bajo una vieja torre de refrigeración. A lo lejos, el silbido de las fábricas no se detenía, como si la ciudad trabajara incluso en sus pesadillas. A su alrededor, las sombras de estructuras oxidadas temblaban bajo el zumbido de lámparas intermitentes. Vapor goteaba desde los tubos como saliva de un gigante adormecido.

La misión era simple en papel. Infiltrarse en una estación abandonada del subnivel 3, usada ahora —según informes de vigilancia— por los Chatarreros Rojos como depósito de armas y centro de reunión nocturna.

Pero Hartmann había sido claro:

Nada de refuerzos. Ningún disparo a menos que sea necesario. Observa. Aprende. Y sobrevive.

Leonardo se había reído, claro. Luego se dio cuenta de que hablaba en serio.

Ahora, estaba solo. Vestido con ropa oscura que le habían entregado en la fábrica: cuero negro mate, guantes reforzados, botas de aislamiento. Una máscara de filtración colgaba en su cinturón, junto a un cuchillo de presión plegable que Halvek le había prestado “por si todo se iba a la mierda”.

El acceso al subnivel estaba oculto tras una compuerta en un callejón sin nombre, entre dos calderas inactivas. La abertura era estrecha y descendía por una escalera de mantenimiento, oxidada y cubierta de hollín.

Leonardo tragó saliva.—Muy bien, Virelian. Hora de dejar de parecer útil y serlo.

Descendió.

La oscuridad del subnivel era total. Solo los tubos calientes a los lados emitían un leve resplandor rojo. El aire estaba espeso, cargado de partículas metálicas y humedad industrial. Cada paso que daba era una oración muda para que la plataforma no crujiera.

A medida que avanzaba, empezó a escuchar voces. Distantes. Fragmentadas por el eco de los túneles.

—...¿ya montaron los fusibles?—...el cargamento llega al amanecer...—...Hartmann no sospecha una mierda...

Leonardo se detuvo en seco. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se pegó a una viga de soporte y contuvo la respiración.

¿Hartmann?¿Ellos hablaban de Hartmann?

Asomó la cabeza apenas unos milímetros. Había una compuerta abierta más adelante. Dentro, un grupo de cuatro individuos vestidos con piezas de metal reciclado, máscaras de soldador y ropa de cuero remendada. Uno sostenía una pistola de válvula conectada por cables a su antebrazo. Otro manipulaba lo que parecía una bomba artesanal, armada con piezas que Leonardo había visto en los planos de la fábrica.

Pero lo que más le heló la sangre fue lo que vio en el fondo de la sala: una marca grabada en la pared, hecha con quemaduras de soplete.

Un engranaje invertido. Exactamente igual al símbolo del departamento de energía de Ciudad Engranaje...Pero tachado con una equis roja.

Una facción. Un enemigo interno. No solo bandidos... traidores.

Leonardo retrocedió lentamente. Un paso. Otro. Pero algo crujió bajo su bota: un fragmento de vidrio roto.

—¿Qué fue eso?

Uno de los Chatarreros giró la cabeza.—¡Revisa el pasillo!

¡Mierda!

Leonardo corrió, pero sin hacer ruido. Se deslizó entre válvulas, cruzó bajo un tubo humeante y se detuvo tras una pared de placas de fundición. Respiraba rápido, pero su mente estaba enfocada.

Podría absorber parte del metal y usarlo. Crear una cobertura. Una trampa. Un arma improvisada...

Pero no. Hartmann quería observación. Descubrimiento. No carnicería. No aún.

Un Chatarrero se acercó. Sus pasos eran pesados, arrastrando una pierna con implantes mal calibrados. Se detuvo frente al lugar donde Leonardo había estado segundos antes. Olfateó el aire como un sabueso cibernético.

—Nada —gruñó—. Solo vapor y mierda vieja.

Se alejó. Las voces volvieron a sonar más lejos.

Leonardo esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Luego salió, volvió por el mismo camino, escaló por la compuerta del subnivel, y se internó en la noche... con el conocimiento de que algo mucho más profundo estaba corroyendo los cimientos de esta ciudad.

Cuando regresó a la Fábrica Central, Hartmann lo esperaba en silencio, bebiendo de una taza de metal.

—¿Y?

Leonardo se cruzó de brazos.—No son solo ladrones. Están organizados. Tienen armas, bombas... y usan tu símbolo invertido como escudo.

Hartmann apretó la mandíbula, pero no se sorprendió.

—¿Lo sabías?

—Confirmarlo era parte de la prueba —dijo Hartmann, dejando la taza con un clic metálico—. Y ahora, Leonardo Virelian...vas a ser mucho más que una herramienta.

Ciudad Engranaje dormía como una bestia enorme: ruidosa, caliente y peligrosamente viva.

Leonardo se encontraba en la Sala de Briefing 2, un cubo de metal sin ventanas, con planos desplegables sobre una mesa central. Hartmann no estaba. Solo un holograma proyectado por un cilindro rotatorio mostraba su silueta perfecta en azul frío, como si el hombre nunca se permitiera estar físicamente en un lugar más de lo necesario.

—Escucha con atención, Leonardo —dijo su voz, amplificada—. Esta misión no es oficial. No figura en el sistema. Tú no eres parte de Grupo 9 para esto. Si fracasas, no existes.

Leonardo no reaccionó. Solo asintió con lentitud.

—Hay una instalación de conversión secundaria en el Sector Olvidado. Antigua, fuera de uso desde hace seis años. Pero en los últimos días ha empezado a emitir señales térmicas. Alguien la ha reactivado.

El mapa proyectado mostró un distrito hundido, lleno de grietas geotérmicas y torres colapsadas.

—Queremos saber quién. Y para qué. Entra, inspecciona, y vuelve sin levantar alarmas. Si hay enemigos, evítalos. Si hay información, la recuperas. Si te atrapan, mueres sin escándalo.

Leonardo sonrió con un borde afilado.

—Clásico de ti Hartmann. Siempre tan cariñoso, vas a hacer que muera de ternura.

—No estoy siendo frío, Leonardo. Estoy siendo realista. Esto es una prueba. Y tú... eres un experimento con piernas. Ahora muévete.

La transmisión se cortó.

Sector Olvidado

El trayecto fue en solitario. Un vagón manual por la Línea Muerta, movido con una palanca a presión, bajando a niveles donde la ciudad dejaba de parecer civilización y se convertía en ruinas de acero podrido.

El aire era denso. El silencio, absoluto. Solo el chirrido de la palanca y el silbido ocasional de vapor rezagado.

Leonardo llegó al punto indicado: una estructura media enterrada bajo una montaña de escombros. La entrada lateral estaba parcialmente derruida, pero accesible si uno sabía cómo moverse sin que todo colapsara.

Él lo sabía.

Avanzó en penumbra, su linterna filtrada emitiendo luz roja para no delatar su posición. Los pasillos estaban calientes. Demasiado calientes. Eso significaba energía activa.

Alguien encendió esto hace poco.

El interior

Dentro, todo estaba más limpio de lo que debería. No abandonado. No oxidado. Usado.

Y allí lo vio: un panel abierto, mostrando una red de distribución secundaria que conectaba con uno de los viejos recolectores de calor. Pero lo que lo hizo frenar en seco fue lo que estaba enchufado al sistema: un dispositivo externo, de fabricación improvisada, pero con una estructura funcional.

Leonardo lo examinó de cerca, sin tocarlo aún. Esto no era obra de una banda cualquiera. Esto era alguien que sabía cómo desviar energía térmica sin activar los sensores centrales.

Y entonces escuchó los pasos.

Tres. Pesados. Coordinados.

No estoy solo.

Leonardo apagó la linterna. Se deslizó detrás de un tanque de condensación, y esperó.

Tres figuras entraron. Una con una lámpara, otra con una caja de herramientas, la tercera... con un fusil de vapor recortado.

—¿Cuánto falta? —preguntó uno.

—Diez minutos más, si todo va bien. Tenemos que sacar los datos antes de la redistribución. Hartmann no puede sospechar.

Leonardo apretó los dientes. Hartmann de nuevo. ¿Están infiltrados? ¿O están trabajando para él sin saberlo?

La tensión subió como el calor de una caldera descontrolada.

No podía huir. Y tampoco podía arriesgarse a que lo vieran. Tenía quehacer algo.

Cerró los ojos. Buscó el metal cercano. Un panel suelto. Un tubo roto. Un par de engranajes desalineados.

Extendió la mano con cuidado. Tocó el metal. Absorción inmediata. El calor subió por su brazo, lo envolvió, y en menos de dos segundos, el material ya estaba dentro.

La energía era suficiente. No para un ataque abierto... pero sí para una maniobra.

Leonardo susurró para sí mismo:

—Vamos a jugar a las sombras...

Se deslizó hasta una tubería oxidada, descargó parte de la energía y la hizo vibrar. El metal retumbó en un golpe sordo.

—¿Qué fue eso?

—Pudo ser una válvula fallando.

—Voy a revisar.

Uno de los infiltrados se alejó hacia el sonido. Leonardo se movió en dirección opuesta, y dejó una segunda descarga a baja intensidad, generando un calor residual que alteró los sensores térmicos del dispositivo improvisado.

Una alarma suave sonó. Los otros dos se giraron, confundidos. Uno gritó.

—¡¿Qué hiciste, idiota?! ¡La distribución se está desviando!

Era suficiente.

Leonardo aprovechó la confusión y desactivó la linterna roja por un segundo. Se deslizó, tomó una de las placas de datos del dispositivo, y se lanzó hacia una salida auxiliar.

Los gritos se multiplicaron. El calor aumentó. Y tras él, una válvula explotó con un rugido breve, empujando una bocanada de vapor ardiente que lo cubrió por completo.

Escapatoria

Salió tosiendo, con quemaduras leves en los brazos, pero con el objetivo cumplido. Y con algo más: un dato. Una prueba.

Porque lo que había en ese dispositivo no era energía. Era un mapa. Y Hartmann ya conocía parte de él.

Leonardo llegó a la superficie al amanecer. Cansado, manchado de grasa y vapor.

Pero en su pecho, el metal seguía latiendo. Y en su mente, ya no había solo duda.

Había dirección.