Capítulo 1 - ¿Quiénes somos?
—¿Aún recuerdas cuando me encontraste? —preguntó el joven Nefin con mucha duda—. Dime, abuelo… ¿aún lo recuerdas?
Alfons apoyó una mano con fuerza sobre la mesa.
—Lo recuerdo.
Incluso siendo un anciano retirado, todavía mantenía la postura firme de alguien que alguna vez había sido comandante de la realeza.
—Abuelo, quiero saber cómo me encontraste. Dijiste que cuando creciera me lo contarías, pero siempre dices que aún no es el momento. Entonces dime… ¿cuándo lo será? ¿Cuándo me dirás quién soy realmente? ¿Qué pasó con mis padres? No sé nada de mí. Mis únicos recuerdos son tú y Madrick, y claramente él no es mi hermano. Entonces… ¿dónde está mi familia?
Nefin hablaba con una mezcla de enojo y tristeza.
Alfons respiró profundo antes de responder con voz firme y calmada.
—Nef… entiéndelo. Cuando llegue el momento, lo sabrás. Pero no quiero volver a escucharte hablar así de Madrick. Ese muchacho daría su vida por protegerte, y yo haría lo mismo por ustedes dos. Sé que tienes dudas, pero nunca olvides esto: tu familia es quien permanece y lucha junto a ti.
El anciano se levantó lentamente de la silla.
—Ahora quiero que vayas a buscar a Madrick. Dile que tengo algo importante que decirle y que traiga las espadas de entrenamiento. Cuando vuelvan, tendremos un combate.
—Pero… está bien, abuelo —respondió Nefin, arrugando las cejas—. Haré lo que dices. ¿Sabes dónde puede estar Madrick?
—Buen chico. Busca en el granero y, si no está ahí, probablemente se encuentre en la colina alta del pueblo. Últimamente le gusta vigilar desde arriba. Dice que quiere proteger a quienes no pueden defenderse solos.
Alfons tomó unas monedas de la mesa y se las entregó.
—Y cuando regresen, pasa por el pueblo y compra pan y queso para la cena.
Nefin salió de la casa caminando con la mirada agachada. Mientras avanzaba, pateaba pequeñas piedras del camino.
—Me pregunto si esta vez podré ganarle a Madrick…
Al llegar al granero notó que no había nadie.
—Entonces sí está en la colina.
Comenzó a dirigirse al pueblo. El sendero estaba rodeado de árboles y el sonido de las aves llenaba el ambiente. Nefin levantó la mirada al escuchar el aleteo de unos cuervos.
Los observó volar por encima de él.
Entonces se detuvo.
—Eso era…
Se quedó mirando al cielo con sorpresa.
—No… es imposible.
Uno de aquellos cuervos era completamente blanco.
Pero lo que más le llamó la atención fueron sus ojos.
Tenían el mismo color que las flores lilas.
Nefin permaneció unos segundos observando cómo desaparecía entre los árboles.
—Bueno… supongo que podría pasar. Pero esos ojos… eran extraños.
Al llegar al pueblo decidió pasar primero por el pan y el queso que Alfons le había pedido.
Conocía una pequeña panadería donde trabajaba una joven muy hermosa llamada Beatriz. Era hija de los dueños del negocio.
A Madrick le gustaba Beatriz, aunque jamás se había atrevido a decírselo.
Nefin soltó una pequeña risa.
—Me pregunto cómo un hombre tan grande y fuerte tiene miedo de hablarle a una mujer.
Negó con la cabeza.
—Yo creía que no le tenía miedo a nada… pero supongo que todos tienen alguna debilidad.
Después de comprar la comida, continuó su camino hacia la colina.
Al llegar vio a Madrick sentado sobre una roca, observando el pueblo desde lo alto.
—¡Oye, Madrick! —gritó Nefin—. El abuelo te está buscando. Dice que tiene algo importante que decirte y que hoy tendremos entrenamiento.
Madrick se levantó lentamente y cruzó los brazos.
—¿Algo importante? ¿Ahora qué querrá decir el viejo?
—No lo sé.
—Está bien, volvamos.
Mientras caminaban, Nefin lo miró de reojo.
—Oye, Madrick… ¿recuerdas cómo conociste al abuelo?
Madrick se detuvo por un momento.
—¿Para qué quieres saber eso?
—Porque él nunca habla del tema. Lo único que sabemos es que no es nuestro verdadero abuelo. Nunca lo ha dicho directamente, pero es obvio que no somos familia de sangre. ¿No tienes curiosidad?
Madrick puso una mano sobre la cabeza de Nefin y sonrió.
—¿Realmente importa tanto?
Nefin guardó silencio.
—No sé nada sobre mi pasado —continuó Madrick—, pero tampoco creo que sea más importante que mi presente. Así que deja de preocuparte tanto por quién eras y mejor piensa en quién te convertirás.
Luego comenzó a caminar otra vez.
—Ahora apresúrate. El viejo nos espera.
Cuando regresaron, Alfons ya los estaba esperando afuera de la casa.
—Escuchen con atención, muchachos.
Su voz sonó firme y autoritaria.
—Hoy ustedes dos pelearán contra mí. Usaremos las espadas de entrenamiento, así que no quiero que se contengan.
Los tres caminaron hacia el campo de entrenamiento.
Al llegar, Alfons tomó su espada de madera y se colocó frente a ellos.
—Quiero que me ataquen al mismo tiempo cuando estén listos.
Apenas terminó de hablar, Nefin corrió hacia él.
—¡Nef, espera! —gritó Madrick.
Nefin lanzó un golpe directo hacia el hombro de Alfons, pero el anciano lo esquivó con facilidad.
Ni siquiera necesitó usar la espada.
Le dio un fuerte golpe con el puño en el estómago y lo lanzó al suelo.
—¡Idiota! ¡Tenías que esperar la señal! —gritó Madrick mientras corría hacia Alfons.
El anciano también avanzó.
Las espadas chocaron.
Madrick logró bloquear el segundo ataque usando el brazo y alcanzó a golpear a Alfons en el costado.
Sin embargo, el anciano retrocedió rápidamente y tomó distancia.
Madrick sujetó la espada con ambas manos y comenzó a perseguirlo, intentando conectar algún golpe.
—¡Levántate y ven a ayudarme! —le gritó a Nefin.
—¡No puedo! ¡Mi espada se rompió!
Madrick continuó atacando, pero Alfons logró acertarle un fuerte golpe en el pecho.
Luego lo sujetó del brazo y le dio un cabezazo que lo hizo caer al suelo.
El anciano bajó lentamente la espada.
—Escuchen con atención.
Ambos levantaron la mirada.
—No pueden luchar si no son conscientes de lo que hacen. Nefin, actuaste impulsivamente y atacaste sin esperar. Trabajar en equipo puede ser la diferencia entre vivir o morir.
Luego miró a Madrick.
—Y tú… eres fuerte, pero usaste el brazo para bloquear una espada. Si hubiera sido una pelea real, habrías perdido el brazo. Nunca te confíes de tu fuerza. Siempre habrá alguien más fuerte.
Alfons guardó silencio por un momento.
—Fin del entrenamiento. Ahora vayan a bañarse. Yo prepararé la comida.
Madrick y Nefin caminaron hasta un pequeño templo que Alfons tenía cerca de la granja.
En el interior había un pequeño lago de aguas termales.
Ambos entraron al agua y suspiraron al sentir el calor.
—Estoy completamente adolorido —murmuró Nefin—. El abuelo es demasiado fuerte.
Luego levantó la mirada hacia el techo del templo.
—Oye, Madrick… ¿alguna vez has visto un cuervo blanco?
—¿Un cuervo blanco?
Madrick pensó unos segundos.
—Bueno, supongo que algunos animales pueden nacer diferentes… pero no, nunca he visto uno.
Nefin observó el agua mientras hablaba.
—Cuando fui a buscarte vi uno. Pero lo extraño no era que fuera blanco… eran sus ojos.
—¿Sus ojos?
—Sí. Eran del color de las lilas.
Nefin bajó la mirada.
—Quizá solo lo imaginé.
Madrick iba a responder, pero de pronto un fuerte ruido interrumpió la conversación.
Golpes.
Muchos golpes.
—¡Sabemos que estás aquí, Alfons! ¡Ya no puedes seguir ocultándolo! —gritaban varios hombres desde afuera.
Nefin sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—¿Qué está pasando?
Ambos salieron rápidamente del agua y se vistieron.
—Debemos ir con el abuelo —dijo Madrick.
Al salir del templo vieron decenas de hombres armados rodeando la granja.
Había antorchas, armaduras y espadas.
Alfons apareció por la puerta trasera de la casa sosteniendo una espada real.
Era vieja, pero seguía siendo un arma verdadera.
Nefin se quedó inmóvil.
Era la primera vez que veía miedo en el rostro de Alfons.
El anciano se acercó rápidamente.
—Escuchen con atención. Deben irse ahora mismo y no volver.
—¿Qué?
—No hay tiempo para preguntas. Vayan al granero. Debajo de la paja encontrarán una escotilla. Hay un túnel oculto que los sacará de la granja.
Madrick dio un paso al frente.
—No pienso huir.
Le arrebató la espada a Alfons.
—Entrené demasiado para convertirme en alguien fuerte. No voy a escapar ahora.
Entonces levantó la espada y gritó hacia los soldados:
—¡Aquí estoy! ¡Yo soy quien los derrotará!
Los hombres comenzaron a correr hacia ellos.
—¡No seas idiota! —gritó Alfons—. ¡Ellos tienen armaduras y tú apenas una espada vieja!
Madrick sonrió.
—Entonces los derrotaré con mis puños.
El primer hombre que llegó intentó atacarlo, pero Madrick esquivó el golpe y le dio un puñetazo tan fuerte en el casco que lo lanzó al suelo.
Luego le dio una patada que hizo salir despedido el casco.
Aprovechó para tomar el escudo del soldado.
Los siguientes dos hombres llegaron casi al mismo tiempo.
A uno le clavó la espada entre los ojos.
Al otro le pateó la rodilla con tanta fuerza que se la quebró incluso a través de la armadura.
Pero entonces apareció un caballero enorme.
Mucho más grande que Madrick.
El hombre le dio una brutal patada en el pecho.
Madrick cayó al suelo.
Su visión se volvió borrosa y apenas podía respirar.
Observó la silueta del caballero acercarse lentamente.
—Así que este es mi final…
El caballero levantó la espada para atravesarlo.
Pero justo antes del golpe, Alfons apareció.
Usó el escudo de un soldado caído para detener la espada.
Luego tomó el arma de Madrick y la clavó directamente en el cuello del caballero, justo entre las aberturas de la armadura.
El hombre cayó muerto.
—Te dije que siempre habrá alguien más fuerte —dijo Alfons.
El anciano tomó otra espada.
Ahora peleaba con una en cada mano.
A pesar de su edad, se movía con una velocidad aterradora.
Había sido comandante de la realeza y conocía perfectamente los puntos débiles de las armaduras.
Uno tras otro, los soldados comenzaron a caer.
Pero seguían llegando más.
Muchos más.
—¡Tenemos que irnos! —gritó Alfons.
Madrick miró alrededor.
—¿Dónde está Nefin?
Desde que comenzó la pelea, Nefin se había escondido dentro del templo.
Estaba completamente aterrado.
Alfons y Madrick corrieron a buscarlo.
Cuando lo encontraron, Nefin temblaba y apenas reaccionaba.
—¡Tenemos que irnos ahora! —gritó Madrick.
Pero Nefin no parecía escucharlo.
Así que Madrick lo cargó sobre el hombro y corrió hacia el granero.
Al llegar, Alfons cerró las puertas.
Afuera, los soldados comenzaron a golpearlas.
—¡Rápido! ¡Abran la escotilla antes de que entren!
Madrick apartó la paja y encontró la entrada.
Primero bajó Nefin.
Luego entró él.
—¡Apúrate, viejo!
Pero Alfons no descendió.
En cambio, cerró la escotilla desde afuera.
—¿Qué estás haciendo? ¡No es momento para juegos! ¡Tenemos que huir!
Madrick golpeó la puerta desesperadamente.
—¡Nefin te necesita! ¡Yo te necesito! ¡Podemos escapar juntos!
Entonces miró hacia abajo.
Nefin se había desmayado.
La voz de Alfons sonó desde arriba.
—Escúchame con atención, muchacho. Tú y Nefin son más importantes de lo que creen.
Madrick apretó los dientes.
—Nefin no se quedó paralizado solo por miedo. Su verdadero ser está intentando despertar… y cuando eso ocurra, necesitará que lo protejas.
El anciano guardó silencio unos segundos.
—No solo de otros… también de sí mismo.
Se escucharon golpes.
Los soldados estaban entrando.
—Ya no tengo tiempo. Escucha bien.
Madrick permaneció en silencio.
—Cuando salgan del túnel, abandonen el pueblo. ¿Recuerdas la vieja cabaña donde íbamos a pescar?
—Sí.
—Bajo el suelo encontrarán un cofre. Lo que hay dentro les ayudará a descubrir su pasado.
Los golpes se hicieron más fuertes.
—Ahora vete.
Entonces Alfons cortó una cuerda.
Madera y paja cayeron bloqueando la entrada.
Después prendió fuego.
Las llamas comenzaron a extenderse rápidamente.
Lo último que Madrick escuchó fueron los gritos de los hombres atrapados y el llanto desesperado de los animales ardiendo.
El humo empezó a entrar al túnel.
Sin otra opción, Madrick cargó a Nefin y comenzó a correr.
Cuando finalmente salieron, ya era de noche.
A lo lejos podía verse el humo del incendio elevándose hacia el cielo.
No había marcha atrás.
Madrick llevaba a Nefin sobre la espalda.
Poco a poco, el muchacho comenzó a recuperar el conocimiento.
—¿Dónde… está el abuelo?
Madrick bajó la mirada.
—Lo siento, Nef. No pude salvarlos a ambos.
Nefin comenzó a llorar.
—No sé qué me pasó… solo sentí miedo… y luego ira. Después ya no recuerdo nada. Perdón… perdón por no haber hecho nada.
Madrick negó con la cabeza.
—Ya no pienses en eso. A partir de ahora nos protegeremos mutuamente.
Luego miró hacia el camino.
—Debemos descubrir por qué la realeza nos perseguía.
Esa noche llegaron a la vieja cabaña.
No tenían comida ni agua.
Estaban completamente agotados.
Así que simplemente se acostaron y durmieron.
A la mañana siguiente comenzaron a buscar bajo el suelo de madera.
Después de mover unas tablas encontraron un gran baúl.
Tal como Alfons había dicho.
Ambos se miraron antes de abrirlo.
El interior estaba dividido en dos partes.
Cada lado tenía grabado un nombre.
La sección de Nefin era más grande.
Dentro había una carta, una funda y una espada corta.
Nefin tomó la carta lentamente.
—Si estás leyendo esto, significa que he muerto y no pude contártelo en persona.
El muchacho tragó saliva y continuó leyendo.
—Debes tener muchas dudas sobre quién eres y de dónde vienes. Comenzaré hablándote de tu madre… o al menos de la mujer que creo que lo era.
Nefin continuó leyendo en silencio.
—Hace muchos años hubo una noche que aterró a todo el pueblo. La lluvia caía con una fuerza terrible y los rayos iluminaban el cielo constantemente. La tierra tembló varias veces y muchas personas perdieron sus hogares.
—Pero entre todo ese caos, los aldeanos hablaban de una mujer que caminaba bajo la tormenta con el vestido cubierto de sangre. En sus brazos cargaba un niño.
Las manos de Nefin comenzaron a temblar.
—La mujer siguió caminando hasta llegar a un granero.
Respiró hondo antes de continuar.
—A la mañana siguiente fui a revisar el lugar y encontré un rastro de sangre. Entré con mi espada en mano y escuché el llanto de un bebé.
—Cuando encontré a la mujer, estaba recostada sobre la paja, casi muerta. A su lado estabas tú… y también había una espada corta.
Nefin observó la espada que estaba dentro del baúl.
—Las últimas palabras que aquella mujer pronunció fueron “Nefin”. Lo dijo tres veces antes de morir.
El muchacho sintió un escalofrío.
—Por eso ese es tu nombre.
Continuó leyendo.
—La espada que estaba junto a ti tenía símbolos grabados en el acero. Después de investigar durante años descubrí que se llaman runas. Las mismas runas que tienes grabadas en la espalda.
Nefin abrió los ojos con sorpresa.
—Y gracias a mis investigaciones descubrí que…
La carta terminaba ahí.
El resto estaba destruido.
—¿Qué? ¿No puede ser…?
El fondo del baúl estaba dañado por la humedad y parte del mensaje había desaparecido.
Nefin levantó la mirada.
—Madrick… ¿tu también tienes una carta?
—Sí, pero la mía quedó completamente destruida.
Madrick mostró una moneda de oro.
—Aunque al menos esto sí sobrevivió.
Intentó sonreír.
—Oye, Nef… me estoy muriendo de hambre. Deberíamos buscar comida.
Nefin asintió.
—Está bien. ¿Qué te parece si nos separamos? Yo intentaré cazar algo y tú puedes ir a pescar.
—No te alejes demasiado.
Nefin tomó la espada corta y caminó hacia el bosque.
Se mantuvo cerca del sendero para no perderse.
Después de un rato encontró un venado con enormes cuernos.
—Si logro atraparlo, tendremos comida para muchos días.
Comenzó a acercarse lentamente.
Pero de pronto pisó una rama.
El sonido alertó al animal.
El venado salió corriendo directamente hacia él.
Nefin intentó esquivarlo, pero uno de los cuernos le abrió el hombro.
El muchacho gritó de dolor y cayó junto a un árbol.
El venado se preparó para atacar otra vez.
Entonces una flecha atravesó el cuello del animal.
El venado huyó herido.
Madrick apareció poco después.
—¡Nef! ¿Estás bien?
—Sí… creo.
Nefin respiraba con dificultad.
—¿Fuiste tú quien disparó la flecha?
—No.
Una voz femenina respondió desde arriba.
Ambos levantaron la mirada.
Sobre la rama de un árbol había una mujer.
Era delgada y llevaba una capucha que cubría gran parte de su rostro.
La desconocida saltó al suelo.
—Déjame ver tu herida.
Nefin dudó unos segundos, pero finalmente obedeció.
La mujer colocó la mano sobre la herida.
Entonces ocurrió algo imposible.
La herida comenzó a sanar.
Nefin y Madrick quedaron completamente asombrados.
—Había escuchado historias sobre algo así… pero creí que solo eran cuentos —murmuró Madrick.
La mujer sonrió levemente.
—El mundo está lleno de cosas misteriosas.
Luego observó fijamente la espalda de Nefin.
—Y hablando de misterios… ¿por qué tienes runas de contención?
—¿Runas de contención?
Nefin miró a Madrick.
—¿Tú sabías sobre eso?
Madrick desvió la mirada.
—Sí… pero el viejo me prohibió hablar del tema. Decía que él te lo contaría cuando llegara el momento. Además no sabia lo que eran.
Nefin volvió a mirar a la mujer.
—Entonces… ¿sabes qué contienen esas runas?
La desconocida se levantó lentamente.
—Sé lo que son… pero yo no puedo decirte qué contienen.
Luego dio unos pasos hacia ellos.
—Aunque conozco un lugar donde quizá encuentren respuestas.
La mujer levanto un poco la capucha.
—Mi nombre es Naila.
Nefin quedó paralizado.
Esos ojos.
Eran exactamente iguales a los del cuervo blanco.
Tenían el color de las lilas.