SIN RETORNO
La noche en el callejón no olía a ciudad, apestada a sangre fresca.
En la oscuridad, donde las luces de la calle no llegaban, se escuchaba cómo alguien masticaba algo húmedo. Dante estaba agachado sobre lo que quedaba de su presa. No sentía asco ni culpa; solo un hambre brutal que le quemaba las entrañas hasta que el primer trozo de carne tocaba su lengua.
Debajo de su piel, algo se movía. Sus dedos se habían estirado y sus uñas eran como cuchillas. Su mandíbula se rompió con un crujido seco para poder devorar con más eficiencia. En ese momento, no era el muchacho de veintidós años que trabajaba en la ventanilla. Era un mounstruo. Miró los restos como quien mira una bolsa de basura vacía. No le importaba quién era el muerto; para sus instintos, el mundo entero era un buffet.
Se levantó lentamente. El sonido de sus huesos volviendo a su sitio fue lo único que rompió el silencio de esa noche. Se limpió la mejilla con el dorso de la mano y exhaló un suspiro frío. La bestia se había dormido, pero seguía ahí, escondido detrás de esos ojos oscuros.
Al despertar, salio de casa (hacia el trabajo) con la mente en blanco; la luz del sol le dio en el rostro. Dante se miro en el espejo sucio del baño. Se acomodo el cabello y se puso bien la gorra del uniforme. El monstruo se habia puesto su mascara humana.
- ¡Dante! -Gritó el encargado- ¡A la ventanilla, que hay tres autos esperando el pedido!
- ¡Ya voy! -Respondió, con una sonrisa perfecta, esa que practicaba cada mañana.
Salió al área de empaquetado. Se movía rápido entre las máquinas de bebidas y alimentos. Para los clientes, él era un chico atento y trabajador que entregaba bolsas de papel por la ventanilla. Para él, esa gente solo era carne ruidosa.
Pero entonces la vio a ella.
Su compañera estaba junto a la caja, riendo por algo que había leído en su celular. Ella era diferente. No era solo su carisma o su ternura; era algo en su presencia que actuaba como un sedante para la oscuridad de Dante.
- Llegas tarde, monstruo -Le dijo ella entre risas, dándole un pequeño empujon en el hombro-. ¿Te quedaste dormido en el baño otra vez?
Al sentir su contacto, el ruido negro que siempre zumbaba en la cabeza de Dante se detuvo. Fue como si alguien hubiera apagado una alarma ensordecedora. La tensión de sus hombros desapareció y, por un instante, se olvidó del cansancio extraño y ese vacío raro que sentía al despertar. Se sintió, por un breve momento, querido.
- Solo me aseguraba de que ningún cliente muriera de hambre -Respondió él, con una sonrisa de verdad, de esas que solo le salían con ella.
Cuando terminó el turno, la ciudad estaba vacía con luces parpadeantes que tanto le gustaba. El trayecto a casa de ella era un camino de terror liminal, pero April caminaba despreocupada, confiando su vida al chico que, una noche antes, había sido una pesadilla.
-Gracias por acompañarme, Dante. -Dijo ella mientras llegaban a su puerta-. Este barrio da miedo de noche.
Él miró hacia la oscuridad de la calle, sintiendo cómo le venia un hambre incontrolable, mientras sus dedos empezaban a ponerse duros bajo los bolsillos.
-¿Qué me esta sucediendo? -Susurro.
Dante se asusto. Se quedo ahí parado, en un silencio total, sintiendo solo el sonido del viento pasándole por la oreja sin entender que le ocurría. Pero luego la miró a ella y, de golpe, el hambre y el susto se desvaneció.
- No te preocupes -Murmuró él, con una sinceridad que le dolía-. Conmigo estás a salvo.
Ella entró a su casa con una sonrisa, sin saber que acababa de despedirse del ser más peligroso de la ciudad. Dante se quedó solo, en la vereda, mirando cómo la luz de su habitación de April se encendía. Mientras ella estuviera cerca, él podía seguir estando traquilo.
-¿Qué fue ese vacío que sentí en el estómago? -Pensó, extrañado.
Mientras caminaba hacia su casa, cruzando los mismos callejones donde antes había sembrado la muerte; la tregua terminó. El hambre regresó, no como un antojo, sino como un incendio.
Sus huesos empezaron a romper la piel. Su mandíbula crujió violentamente, destrozándose, llenándose de colmillos sedientos. No pudo contenerse más.
Dante se cayó de rodillas y se dejó llevar por la mutación. Su cuerpo ya no era humano; trepaba las paredes con una fuerza descomunal, saltando de techo en techo como una sombra deforme en medio de la oscuridad.
Desde lo alto, localizó a su presa: un joven fumando sólo, en un callejón cerca del local de comida. Dante se lanzo desde las sombras. Hubo gritos desgarradores, de esos que te rompen los oídos al escucharlos, pero en esa parte de la ciudad, el miedo es más fuerte que la curiosidad.
Absolutamente nadie salió.