El lazo que no debió florecer

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Summary

Atrapada entre el hombre que fue su dueño, el que desea poseerla y el que intenta salvarla. Boram ha roto con todo. Ha dejado atrás el peso de Revenge Town para esconderse en los bosques de Corea del Sur, buscando el silencio que le permita entender quién es cuando no tiene que servir a nadie. Pero su libertad es una amenaza para quienes la consideran suya. El conflicto estalla cuando el pasado regresa con una fuerza devastadora: su marido. Él no viene a pedir perdón, viene a reclamar un contrato, un lazo matrimonial que Boram siente como una soga al cuello. Representa la estabilidad que la anula, el hombre que la ve como una pertenencia legítima bajo leyes antiguas que ella ya no reconoce. En el otro extremo acecha Astaroth. Si su marido es el orden que la asfixia, el demonio es el fuego que promete quemarlo todo. Astaroth no quiere que Boram sea libre; quiere que sea suya a través de la pasión y el caos. Su obsesión es oscura y tan peligrosa que está dispuesto a desatar una guerra divina con tal de arrancarla de los brazos de cualquier otro. Y en medio de este choque de egos masculinos, Boram se encuentra dividida. ¿Es el amor lo que siente por el consuelo silencioso de Chun Jiang, o es solo el miedo a los otros dos lo que la empuja hacia el dragón? Esta no es solo una historia de magia; es la historia del divorcio más difícil de la historia divina. Boram deberá enfrentarse a la manipulación de su esposo y a la peligrosa tentación de Astaroth para descubrir que el único lazo que realmente importa es el que ella decida crear consigo misma. Dos hombres la buscan. Pero solo uno de ellos entenderá que Boram ya no pertenece a nadie más que a su propio destino.

Genre
Fantasy
Author
lorelasi
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

El demonio y el dragón

La casa de Boram se había convertido en un santuario de ausencias. El aire, que solía oler a madera vieja y a esa calma imperturbable que ella siempre cargaba consigo, ahora se sentía rancio, estancado. Era el silencio que queda después de que una verdad absoluta se rompe en mil pedazos.

Astaroth no llamó. No era un invitado y no pretendía serlo. Su entrada fue una transgresión; la puerta no se abrió, simplemente se rindió ante la marea de sombras que lo precedía. Cruzó el umbral y el salón pareció encogerse, asfixiado por una oscuridad que no procedía de la falta de luz, sino de una presencia que devoraba todo rastro de paz.

Sus ojos, dos pozos de hambre antigua, barrieron la estancia. Buscaba ese rastro de orden, esa línea recta que Boram siempre trazaba entre el deber y el caos.

Pero Boram no estaba. En su lugar, el destino le había reservado un encuentro que sabía a hierro y a eternidad.

Chun Jiang estaba allí, sentado frente a una mesa que parecía demasiado pequeña para la magnitud de su ser. No se movió. La taza de té que sostenía entre sus dedos largos y firmes no desprendía vapor; el calor mismo parecía haber huido ante la llegada del demonio. El dragón no necesitaba mirar a Astaroth para saber que la tormenta ya estaba dentro.

—Llegas tarde —la voz de Chun Jiang cortó el aire como una hoja de jade. Fría, perfecta, letal—. O quizás, simplemente, este lugar ha dejado de reconocerte como alguien que deba ser esperado.

Astaroth dio un paso. El suelo no crujió, pero la realidad pareció vibrar bajo sus botas. La presión atmosférica cayó de golpe, ese peso en los oídos que precede a los desastres naturales.

—¿Dónde está? —preguntó Astaroth. No era una pregunta, era una orden envuelta en un susurro que recordaba al roce de escamas sobre piedra caliente—. No me hables de tiempos, dragón. Sabes que mi paciencia se agotó hace siglos.

En un rincón, Bai dio un paso al frente. Su presencia, habitualmente luminosa, se veía ahora opacada, como una vela bajo una campana de cristal. Intentó mediar, con esa urgencia de quien ve un mundo a punto de fracturarse.

—Holii... —dijo alegremente, rompiendo la densidad del ambiente—. La casa ya está vacía. Boram se ha ido. Si desatáis vuestro poder aquí, no quedará nada de lo que ella amaba.

Astaroth giró la cabeza con una lentitud depredadora.

—Aquí no hay nada que amar, solo hay olor a pescado pútrido —dijo haciendo referencia al dragón.

Chun Jiang depositó la taza sobre la mesa. El sonido fue un eco seco que resonó en las paredes como un disparo. Se puso en pie, y con él, la autoridad de las montañas pareció elevarse. Su elegancia era insultante frente a la violencia cruda de Astaroth. Eran dos fuerzas que el mundo nunca debió permitir que coexistieran en la misma habitación.

—Ella ha vuelto al origen, Astaroth. A la raíz que tú, en tu obsesión, siempre creíste secundaria —dijo el dragón, con los ojos fijos en los del demonio—. Ha vuelto a Goryeo. Al refugio donde la sangre todavía tiene memoria.

Astaroth soltó una carcajada amarga. Un sonido seco, carente de cualquier rastro de humanidad.

—¿Goryeo? ¿Cree que el frío de esos bosques me detendrá? ¿Cree que puede esconderse tras los recuerdos de Clary y fingir que es una mortal más? —Astaroth se acercó un paso más, invadiendo el espacio del dragón—. Ella es mía, Chun Jiang. Y me pertenece.

Al pronunciar su nombre con esa posesividad, la calma del dragón se transmutó. No se rompió; se afiló. Un brillo azul plateado, líquido y ancestral, comenzó a pulsar bajo la piel de Chun Jiang. La estantería del fondo se astilló con un gemido de madera torturada y los cristales de las ventanas empezaron a cantar, a punto de estallar por la frecuencia de un poder que ya no cabía en cuatro paredes.

—No vuelvas a decir que ella te pertenece —la voz de Chun Jiang ya no era humana. Tenía el rugido del abismo y la inercia de los glaciares—. Ella es la única razón por la que todavía no he sumergido esta ciudad contigo dentro. Si ha decidido marcharse, es porque tu sombra ya pesaba demasiado.

Se quedaron a centímetros. El olor a azufre y el aroma a incienso antiguo colisionaron en el aire, creando un vacío donde nada podía respirar.

—No voy a retroceder —sentenció Astaroth.

—Yo tampoco —respondió el dragón.

En ese instante, ambos lo entendieron. Con Boram fuera de Revenge Town, las leyes habían muerto. Ya no había correcciones, ni equilibrio, ni piedad. Solo quedaba la voluntad de dos seres que no conocían el significado de la derrota.

A miles de kilómetros, en la espesura de Corea del Sur, Boram sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el viento helado del bosque. Miró hacia el horizonte, hacia donde el cielo parecía más oscuro de lo normal. Recordó la mirada de Clary antes de partir, la única conexión real que se había permitido conservar. Sabía que el silencio era solo una tregua.

El destino no florece en la paz, sino en la grieta que deja la guerra. Y la guerra acababa de encontrar su nombre en el salón de su antigua casa.