Angelito y Galleta
—Qué raro sentirse feliz un lunes —dijo, acariciándole las orejas a Galleta—. Ya no me duele la barriga.
El perro levantó apenas la cabeza, moviendo la cola como un péndulo de reloj viejo que se aferra al tiempo, porque sabe cosas que los demás no.
—No conseguí nada hoy, ya sé… —continuó el niño—. Ni pan. Y esas naranjas casi fueron nuestras hasta que empezamos a correr por el mercado.
Se quedó callado unos segundos, mirando quién sabe qué cosa en la oscuridad.
—Pero no importa. Mañana tendremos que ir más temprano a jugar.
Galleta le lamió la cara, emocionado. El niño soltó una risa pequeña.
—Gracias por los besos. Mañana seguimos jugando con la pelota, ¿sí? Pero ya no la escondas debajo de los carros porque después me da miedo entrar a buscarla.
Después de eso, como si alguien hubiera cerrado un libro leído a medias, Angelito fue cerrando los ojos de a poco, recostando la cabeza contra la pared más cercana.
Galleta se enroscó como un pequeño planeta marrón doblándose sobre sí mismo, al costado de Angelito, poniéndose en la noble labor de aquel que cuida la cabeza de los niños a la hora de dormir: almohada.
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Angelito abrió los ojos de golpe. Por un instante creyó que seguía dormido.
Había ruido por todas partes. Un ruido grande, desordenado, lleno de voces que se empujaban unas a otras como palomas peleándose por migas de pan. Alguien arrastraba cajas. Una señora discutía el precio de los tomates. Más allá, un hombre reía con una tos metida entre los dientes. Todo parecía demasiado vivo para esa hora.
Angelito parpadeó varias veces. Estaba de pie y el mercado despertaba, estaba de pie y no recordaba haberse levantado. Se quedó quieto, confundido, como si todavía caminara dentro de un sueño mal acomodado.
Entonces miró a los lados y Galleta no estaba. Un vacío pequeño pero rápido empezó a crecer en el pecho.
—¿Galleta?
Nadie respondió.
—¿Galleta? ¡Galleta!
Comenzó a girar entre la gente, empujado por las piernas de los adultos que iban y venían sin mirarlo.